Seduciendo al enemigo - Sherryl Woods - E-Book
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Seduciendo al enemigo E-Book

SHERRYL WOODS

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Beschreibung

Las amigas de Karen Hanson intentaban convencerla de que vendiera el rancho que tantos problemas le daba y cumpliera su viejo sueño de viajar por el mundo. El problema era que el único posible comprador del rancho era el enigmático Grady Blackhawk, el peor enemigo del difunto esposo de Karen. ¿Cómo iba a venderle sus tierras a un hombre así? Pero entonces Grady decidió demostrarle que no era la persona despiadada que ella creía. Karen sabía que pasar tanto tiempo con un hombre tan increíblemente atractivo podría costarle muy caro, de hecho, a Grady cada vez le importaba menos conseguir el rancho... y más hacerse con el amor de su bella propietaria.

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Seitenzahl: 241

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2001 Sherryl Woods. Todos los derechos reservados.

SEDUCIENDO AL ENEMIGO, Nº 58B - julio 2013

Título original: Courting the Enemy

Publicada originalmente por Silhouette® Books

Publicado en español en 2003

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3462-0

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Prólogo

Muy apesadumbrada, Karen entró en la cocina a medianoche, se preparó una taza de té y se sentó a la mesa de la cocina para enfrentarse al correo. Mentalmente, sopesó el habitual número de facturas con un misterioso sobre de enrevesada caligrafía.

Aunque no hubiera necesitado algo que la animara, había optado de todos modos por dejar a un lado las facturas. Siempre había demasiadas a finales de mes y nunca tenían suficiente dinero en el banco. Parecía como si Caleb y ella no fueran a ser capaces de hacer que la contabilidad de su rancho saliera de los números rojos y así poder contratar más empleados para evitar que ellos mismos tuvieran que pasarse el día trabajando de sol a sol.

A pesar de que era muy tarde, ella misma acababa de volver del granero. Caleb seguía allí, tratando de salvar a un ternero enfermo. Siempre estaban al borde de la bancarrota, por lo que no podían perder ni a un solo animal. Había visto el estrés en el rostro de su marido y sus furiosas palabras, aunque él siempre había sido un nombre tranquilo y sosegado.

Decidió apartar todo aquello de su mente y abrió el grueso sobre. Resultó ser una invitación para la reunión de su instituto, en Winding River, Wyoming, a unos ciento cincuenta kilómetros de allí. Inmediatamente, las preocupaciones del día se desvanecieron. Pensó en sus amigas, las mujeres que habían compuesto el llamado Club de la Amistad, que las había unido por la tendencia de todas ellas a sufrir de los avatares del corazón.

Aquello era perfecto. Unos pocos días con sus mejores amigas le daría a su matrimonio exactamente el empuje que necesitaba. Llevaría de nuevo la diversión a sus vidas. Aunque Caleb era mayor que ellas y no había estado en su curso, disfrutaba de la compañía de sus amigas tanto como Karen.

Ella estaba pensando todavía en Cassie, Gina, Lauren y Emma cuando Caleb entró finalmente en la casa. Karen lo miró para tratar de saber de qué humor estaba. Sin decir ni una palabra, él abrió el frigorífico y sacó una cerveza. Entonces, se la tomó casi de un trago, como si tuviera la garganta seca. Finalmente, miró a su esposa y el sobre que ella tenía entre las manos.

–¿Qué es eso?

–Una invitación. Mi clase del instituto va a celebrar una reunión en julio –respondió, con una sonrisa–. ¡Oh, Caleb, va a ser tan divertido! Estoy segura de que Gina, Lauren y las otras van a venir. Va a haber muchos actos, como un picnic, un baile, además de los habituales fuegos artificiales por el Cuatro de Julio.

–¿Y cuánto va a costar todo eso? Un ojo de la cara, supongo.

–No tanto. Creo que podemos permitírnoslo –dijo ella, desilusionada por aquellas palabras.

–No podemos pagar la electricidad –replicó Caleb, señalando el montón de facturas–. La cuenta del pienso y del grano debió haberse pagado hace tiempo... ¿y tú quieres ir a una estúpida celebración? ¿Dónde nos alojaríamos, ahora que tus padres se han mudado? ¿Acaso piensas en conducir de acá para allá ciento cincuenta kilómetros todos los días? Los hoteles son muy caros.

–Necesitamos un poco de distracción. Ya encontraré un lugar en el que podamos quedarnos.

–Lo que necesitamos es ahorrar cada dólar que podamos conseguir, o el año que viene por estas fechas vamos a estar preocupándonos por tener un sitio donde vivir.

Aquello era lo de siempre. El mayor temor de Caleb. Karen lo sabía y no se lo tomaba a la ligera. No sólo era cuestión de seguir poseyendo el rancho que él tanto amaba, el rancho que llevaba en la familia durante tres generaciones. Tampoco era cuestión de orgullo, sino de evitar que el rancho cayera en manos del hombre que Caleb consideraba el mayor enemigo de su familia.

Grady Blackhawk llevaba detrás del rancho de los Hanson durante años, desde que ella estaba con Caleb. Karen no recordaba ni una sola semana en la que no hubieran tenido noticias suyas, como si estuviera esperando a que el rancho se desmoronara por la ineptitud de Caleb. Karen no comprendía los motivos de Grady, dado que su marido se había negado rotundamente a hablar del tema. Sólo lo había presentado como el diablo y había advertido a Karen contra él.

–Caleb, no vamos a perder el rancho –dijo–. Ni ante Grady Blackhawk ni ante nadie.

–Ojalá estuviera tan seguro como lo estás tú. Quieres ir a esa reunión, así que ve, pero déjame a mí al margen. Tengo cosas más importantes que hacer con mi tiempo... como asegurarme de que seguimos teniendo un techo sobre nuestras cabezas.

Con eso, Caleb salió de la casa. Karen no volvió a verlo hasta la mañana siguiente.

Decidió dejar a un lado el tema de la reunión y, unos pocos días más tarde, arrepentido, Caleb se disculpó y le entregó un cheque para pagar todos los gastos.

–Tienes razón. Lo necesitamos. Veremos a todas tus amigas, tal vez bailaremos un poco –dijo Caleb, guiñándole el ojo, aunque se notaba que estaba agotado, quizá para recordarle que se habían enamorado en una pista de baile.

–Gracias. Va a ser maravilloso. Ya lo verás.

En vez de eso, pareció que tratar de resarcirse por el tiempo perdido resultó ser más de lo que el corazón de Caleb pudo soportar. Sufrió un ataque sólo unos días después de que terminaran las celebraciones.

Mientras iba de camino al hospital, Karen no dejaba de repetirse que debería habérselo imaginado. Debería haber sabido que nadie podría sobrevivir con aquella presión. Tal vez, si no hubiera estado con sus amigas, se habría dado cuenta. Se había pasado todo el tiempo con ellas, alejada por primera vez del rancho que tantos quebraderos de cabeza le daba.

Como Emma estaba trabajando como brillante abogada en Denver, Lauren iluminando la pantalla con su presencia en las películas de Hollywood, Gina tenía un exclusivo restaurante en Manhattan e incluso Cassie vivía lejos de allí, Karen había tomado la determinación de aprovechar cada segundo que pasaran en Winding River. Verlas la rejuvenecía.

Estaba en Denver con Cassie, esperando los resultados de la operación de cáncer de pecho de la madre de ésta, cuando la llamaron para decirle que se habían llevado a Caleb al hospital. Mientras volaba en dirección a Laramie, mil y un pensamientos se le pasaron por la cabeza. Nada de lo que sus amigas hacían o decían podía animarla. La culpa la corroía por dentro.

Había presionado a Caleb para que asistiera a la reunión. Lo había dejado solo para que él se ocupara de las innumerables tareas del rancho. No era de extrañar que el estrés hubiera podido con él. Todo era culpa de ella, una culpa con la que viviría toda su vida.

Una y otra vez se dijo que se pondría bien y que lo compensaría por todo aquello. Se ocuparía de todo y trabajaría el doble a partir de entonces.

En el hospital, el médico la saludó con expresión sombría.

–Era demasiado tarde, señora Hanson. No pudimos hacer nada...

–¿Demasiado tarde? –preguntó ella, sin comprender. Entonces, sintió que sus amigas se acercaban a ella para darle apoyo–. Oh... Está...

Ni siquiera pudo decir la palabra. El médico asintió con tristeza.

–Sí, lo siento. Tuvo un ataque masivo al corazón.

Karen también lo sentía. Había tanto arrepentimiento a su alrededor. Sentía una pena que la acompañaría toda la vida. Sin embargo, las lamentaciones no le devolverían a Caleb. Ni evitarían que el rancho cayera en manos de Grady Blackhawk. El rancho dependía de ella. Karen decidió que se ocuparía de todo, costara lo que costara y fueran cuales fueran los sacrificios que debiera hacer. Después de todo, su marido había defendido a aquel rancho con su propia vida.

I

La mesa de la cocina estaba completamente cubierta de folletos de viajes. Las amigas de Karen se los habían proporcionado todos. Ella estaba sentada a la mesa, con una taza de té y uno de los bollos de arándanos caseros recién hechos que Gina le había llevado aquella mañana. Estaba estudiando las fotografías sin tocar los folletos, como si temiera admitir lo mucho que le tentaba dejar a un lado sus responsabilidades y salir huyendo.

Sus amigas habían acertado al seleccionar los folletos, eligiendo los de todos los lugares de los que ella tanto había hablado en el instituto. Londres, por supuesto, era su favorito, dado que gran parte de sus libros preferidos se habían escrito allí. Italia, por el arte de Florencia, por la historia de Roma y por los canales de Venecia. París por los cafés de oscuras callejuelas, por el Louvre y por Nôtre Dame. Además, habían incluido un crucero por las islas griegas y una estancia en un maravilloso complejo turístico de Hawái.

Las imágenes que una vez hubieran acicateado su imaginación, la excitación que habría sentido ante la posibilidad de escoger uno de aquellos destinos, se habían convertido en una profunda tristeza. Finalmente, después de todos aquellos años, tenía la posibilidad de que su sueño se convirtiera en realidad, pero sólo porque su marido estaba muerto, sólo si volvía la espalda a todo lo que le había importado a él... a ellos.

Caleb estaba muerto. Aquellas palabras todavía tenían el poder de conmocionarla, incluso después de que hubieran pasado seis meses del entierro. ¿Cómo podría haber fallecido un hombre que todavía no había cumplido ni siquiera los cuarenta años? Siempre había parecido tan saludable, tan fuerte... A pesar de que era diez años mayor que ella, Karen se había sentido atraída desde el momento en que lo vio por su vitalidad, por sus ansias de vivir... ¿Quién habría creído que un corazón que era capaz de dar tanto amor, tanta ternura, fuera tan débil...?

Los ojos de Karen se llenaron de lágrimas. Éstas se le deslizaron por las mejillas y fueron a caer sobre los relucientes folletos de viajes, que anunciaban lugares que ella había pospuesto visitar para casarse con el hombre de sus sueños. No pasaba ni un solo día en el que Karen no culpara al rancho de haberlo matado, junto con su testaruda determinación por asistir a la reunión del instituto. Seis meses no habían podido mitigar el sentimiento de culpa que tenía por la muerte de Caleb ni habían aliviado su pena. Sus amigas estaban preocupadas por ella, lo que explicaba que, aquella misma mañana, hubieran llegado todos aquellos folletos. Se habían acordado de cómo ella había hablado una vez de marcharse de Wyoming, de convertirse en azafata, en agente de viajes o en directora de un crucero, en realidad cualquier cosa que le permitiera ver el mundo. Estaban utilizando todos su viejos sueños en un esfuerzo por tentarla para que se tomara un respiro. ¿Cómo podía hacerlo cuando lo que había deseado que fuera un respiro había sido la razón de que Caleb estuviera muerto? Ocuparse de un rancho no permitía respiros, al menos no un rancho del tamaño del de ella. Era un trabajo en el que había que emplearse las veinticuatro horas, interminable y muy duro, que suponía a menudo unas exiguas recompensas.

En el pasado, Caleb y ella habían pensado en hacer viajes juntos, visitar los lugares excitantes y lejanos con los que ella había soñado antes de conocerlo y enamorarse de él. Caleb había comprendido sus sueños aunque no los hubiera compartido. Aquel rancho había sido su única obsesión.

Había habido otros sueños, por supuesto, sueños que habían compartido. Habían soñado con llenar la casa de niños, pero lo habían pospuesto hasta que la economía mejorara. O, al menos, eso había sido lo que Caleb le había prometido...

Karen pensó amargamente que ya no habría niños, ni vacaciones a lugares exóticos, al menos no con Caleb. Nunca habían ido más allá de Cheyenne, donde habían pasado su luna de miel de tres días.

Evidentemente, sus amigas se habían anticipado a sus protestas de que no tenía dinero para unas vacaciones, ni tiempo para dejarse llevar por una fantasías. Sus amigas del club habían incluido con los folletos un billete pagado a cualquier lugar del mundo. Seguramente, aquel regalo tan extravagante había provenido de Lauren. De Lauren y de Emma. Del grupo de amigas, la actriz y la abogada eran las únicas que tenían aquella cantidad de dinero a mano.

Cassie se había casado recientemente con un genio de la informática con mucho éxito, pero su vida estaba todavía marcada por el hecho de que a Cole le costaba aceptar que Cassie le hubiera ocultado durante años que había tenido un hijo suyo. Cassie no le pediría dinero a Cole, aunque Karen no dudaba que él mismo lo habría ofrecido si hubiera sabido el plan. Cole había sido un firme pilar de apoyo para ella desde la muerte de Caleb, ocupándose de cientos de pequeños detalles en los que Karen ni siquiera se hubiera parado a pensar. Habría querido hacer más y había querido enviarle ayuda para que le echaran una mano con las labores del rancho, pero Karen lo había rechazado. Llevar el peso del trabajo del rancho era su penitencia.

En cuanto a Gina, tenía algún problema financiero con su restaurante de Nueva York del que se negaba a hablar, pero seguramente era lo suficientemente serio como para haber hecho que se marchara de Nueva York y decidiera quedarse en Winding River. Se pasaba los días horneando y las noches trabajando en el restaurante italiano de la pequeña ciudad, en el que había desarrollado su deseo de convertirse en chef. Desde la reunión, se la había visto en ocasiones en compañía de un atractivo desconocido del que Gina se había negado a explicar su presencia.

Karen las adoraba a todas por su apoyo y su generosidad. Tenían unos corazones bien grandes, pero, en aquel momento, ella ni siquiera podía ir a Cheyenne a pasar el día, por lo que mucho menos podría irse a disfrutar de una vacaciones de ensueño. El trabajo del rancho no se había terminado con la muerte de Caleb. Hank y Dooley, sus dos únicos trabajadores, seguían en sus puestos, pero se estaban empezando a poner nerviosos por saber si se les pagaría o si el rancho conseguiría sobrevivir. Y tenían razones para preocuparse. Karen no sabía qué decirles, aunque era consciente de que Dooley, que llevaba treinta años trabajando para los Hanson, había persuadido a Hank, el más joven, para que esperara a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Era el mes de enero... Karen podría decirles que se buscaran otro trabajo y arreglárselas durante un tiempo, pero cuando llegara la primavera tendría que volver a contar con ayuda. Tal vez, lo mejor sería arreglárselas sola por el momento y, cuando llegara abril, volver a contratar a dos trabajadores en los que estaba segura que podía confiar.

Al notar que aquel pensamiento le cruzaba por la cabeza, gruñó. Estaba empezando a pensar como Caleb, viendo traición y enemigos por todas partes. Él había estado completamente obsesionado por Grady Blackhawk. Era cierto que Grady deseaba poseer el rancho. No se había molestado por tenerlo en secreto, especialmente desde la muerte de Caleb, pero no era muy probable que tratara de adueñarse de él metiendo un espía entre sus empleados.

Aparentemente, necesitaba un descanso más de lo que quería admitir. Finalmente, se atrevió a tomar el folleto de Londres. Buckingham Palace, Harrods... Trató de imaginarse cómo sería aquella cosmopolita ciudad en invierno. Seguramente el ambiente sería mágico. Sería todo tal y como lo había soñado siempre...

Imposible. Suspiró. De mala gana, volvió a colocar el folleto sobre la mesa. Justo entonces, alguien llamó a la puerta. Cuando fue a abrir, el alma se le cayó a los pies. Era Grady Blackhawk. También había estado en el entierro de su marido. Había llamado una docena de veces en los meses que habían pasado desde entonces. Karen había tratado de no prestarle atención, pero él, evidentemente, había perdido la paciencia y había decidido volver a ir a su casa para hablar con ella en persona.

–Señora Hanson –dijo, con una cortés sonrisa, mientras se tocaba el ala del sombrero.

Karen pensó que, deliberadamente, quería dar la imagen del malo. Iba todo vestido de negro y su personalidad era intensa y misteriosa.

Aquel último detalle sobre su personalidad era un problema con el que no había contado. A Karen siempre le había gustado despejar misterios y Grady era el más complicado con el que se había encontrado nunca. Desgraciadamente, resolverlo llevaría tiempo, un tiempo que no se atrevía a pasar con el enemigo de su marido.

Se imaginaba perfectamente la desaprobación que sentirían los padres de Caleb si supieran que estaba dedicándole tiempo a Grady Blackhawk. No le cabía la menor duda de que se enterarían, ya que los Hanson llevaban décadas viviendo en la zona. Los teléfonos arderían mientras los rumores se esparcían cada vez más.

–Creía que le había dejado claro que no tengo nada que decirle –replicó Karen, manteniéndose firme en el umbral de la puerta.

Aquel hombre, con su cabello negro y los fieros ojos del mismo color, era su enemigo. Era algo que había heredado con el rancho.

Deseaba entender por qué Grady quería apropiarse de aquel rancho en particular. Tenía tierras propias en un condado vecino, muchas tierras por lo que Karen había oído. Sin embargo, había algo sobre la tierra de los Hanson que lo obsesionaba.

A lo largo de los años, Grady, y antes que él su padre, habían hecho todo lo posible para robarles las tierras a los Hanson. En realidad, no era que no estuviera dispuesto a pagar, sino que quisiera apropiarse de algo que no era suyo por cualquier medio.

Según Caleb, Grady no tenía escrúpulos. Había realizado una maniobra en el banco para apropiarse del rancho que, gracias a que el director era un viejo amigo del padre de Caleb, había fracasado. Además, Caleb había estado completamente seguro de que Grady había estado detrás de un virus que había infectado la mitad del ganado del rancho el año anterior. También había culpado a Grady de un fuego que había arrasado los pastos dos años antes y que había destruido el alimento del ganado y había puesto a toda la cabaña en peligro.

Todo habían sido sospechas, aunque Karen nunca se las había terminado de creer. Grady siempre había aparecido inmediatamente, con la chequera en la mano, después de cada incidente. ¿Habría sido tan estúpido como para hacer eso si hubiera sido él el responsable de aquellos hechos? ¿Acaso no habría sabido que aquello lo convertía en el principal sospechoso? ¿O es que no le había importado, siempre que se saliera con la suya?

–Creo que hablar nos interesaría mucho a los dos.

–Lo dudo.

–No he ocultado a lo largo de los años que quiero esta tierra.

–Eso es cierto, pero, ¿por qué precisamente esta tierra? ¿Qué tiene este rancho en particular que le ha hecho a su padre y a usted estar molestando a los Hanson durante años?

–Si me permite entrar, se lo explicaré. Tal vez entonces no se muestre tan reacia a entenderme.

La curiosidad de Karen pudo más que su animosidad. Se hizo a un lado y lo dejó pasar. Él se quitó el sombrero y, tras colgarlo en la percha, se sentó. Su intensa mirada recorrió la sala, como si estuviera haciendo inventario. Entonces, se fijó en los folletos.

–¿Es que va a marcharse a alguna parte? –preguntó, sorprendido–. No creía que tuviera dinero como para ir a Europa.

–Y no lo tengo –respondió ella, preguntándose cómo sabía tanto del estado de su economía–. Es un regalo de mis amigas. Me están animando a tomarme unas vacaciones.

–¿Y se lo está pensando?

–Con usted dando vueltas alrededor, esperando que yo cometa un error que me cueste el rancho, no.

–Sé lo que su marido opinaba de mí, pero no soy su enemigo, señora Hanson. Estoy tratando de hacer un trato justo para los dos. Usted tiene algo que yo quiero. Yo tengo dinero para que su vida sea mucho más fácil. Es así de sencillo.

–No hay nada de sencillo en este asunto, señor Blackhawk. Mi marido adoraba este rancho. No tengo la intención de perderlo, y mucho menos con el hombre que él consideraba poco mejor que un ladrón.

–Un juicio muy duro sobre un hombre al que no conoce –dijo él, suavemente.

–Aquél era el juicio de mi marido, no el mío. Caleb no era la clase de hombre que se precipitara en sus apreciaciones. Si él desconfiaba de usted, estoy segura de que tenía sus razones.

–¿Y usted piensa aceptarlas a ciegas?

Karen se quedó perpleja ante aquellas palabras. La lealtad era una cosa, pero su sentido del juego limpio le impedía aceptar algo sin asegurarse por sí misma.

–Persuádame de lo contrario –le desafió–. Convénzame de que no tuvo nada que ver con los intentos por destruir nuestro ganado, de que sus intenciones eran honorables cuando trató de comprarnos la tierra con aquella maniobra en el banco.

–Y entonces, ¿venderá?

–Yo no he dicho eso, pero dejaré de etiquetarlo como un ladrón si no se lo merece.

Grady Blackhawk sonrió, lo que transformó su sombría amenaza en picardía y encanto. Karen casi contuvo el aliento ante aquella transformación, pero no se dejó llevar. Todavía no había demostrado nada. De hecho, dudaba que pudiera.

–Si le digo que nada de eso es verdad, ni siquiera que yo tratara de apropiarme de su hipoteca, ¿me creería?

–No.

–¿Qué le haría falta?

–Encontrar a la persona responsable.

–Sí. Tal vez lo haga. Mientras tanto, voy a contarle una historia –añadió, con voz profunda y seductora–. Hace muchas generaciones, esta tierra perteneció a mis antepasados. Se la robaron.

–No fui yo –replicó Karen, acaloradamente–. Ni mi marido.

–¿He dicho yo que fuera así? No. De esto hace muchos, muchos años. Se la arrebató el gobierno y se la entregó a los granjeros. Granjeros blancos. Mis antepasados tuvieron que irse a las reservas, mientras personas como los Hanson se adueñaban de su tierra.

Karen sabía que aquello era lo que les había ocurrido a los indios norteamericanos y que había sido algo despiadado e injusto. Sentía simpatía por el deseo de Grady Blackhawk de enmendar aquel error, pero ni Caleb ni ella, ni siquiera los padres o los abuelos de Caleb, eran responsables de aquella afrenta. Ellos habían comprado la tierra a otros que, a su vez, se habían aprovechado simplemente de la política federal.

–Me está pidiendo que enmiende algo en lo que no tuve parte –dijo Karen.

–No se trata de pagar una vieja deuda que no le pertenece, sino de hacer lo que está bien porque usted está en situación de hacerlo. Ciertamente no espero que me dé la tierra sin más, porque yo le diga que, en realidad, le pertenece a mi familia. Le pagaré un buen precio por ella, lo mismo que lo haría otra persona. Le garantizo que será mucho más de lo que se pagó entonces.

Antes de que Karen pudiera detenerlo, el hombre le dijo una cifra que la dejó atónita. Sería más que suficiente para pagar todas sus deudas y volver a empezar su vida en Winding River, donde estaría con sus amigas. Era muy tentador, más de lo que se había imaginado nunca. Sólo el recuerdo de Caleb la mantuvo firme en su resolución. Quedarse con aquel rancho era algo que le debía a su marido. Nunca podría olvidarse de eso.

–No tengo interés por vender.

–¿Ni a mí ni a nadie más?

–Eso no importa, ¿no le parece? No venderé este rancho.

–¿Por el cariño que le tiene?

–Porque no puedo.

–¿Es que no puede venderlo?

–Técnicamente, sí, pero le debo a mi marido seguir aquí, hacer lo que él habría hecho si no hubiera muerto tan prematuramente. Este rancho seguirá en manos de los Hanson mientras yo pueda mantener el control sobre sus tierras.

Durante un momento, él pareció asombrado, pero no durante un largo tiempo.

–Seguiré viniendo, señora Hanson –afirmó–. Una y otra vez, hasta que cambie de opinión o hasta que las circunstancias la obliguen a hacerlo. Este lugar está derrotándola. Eso no me pasa desapercibido. Evidentemente –añadió, señalando los folletos–, sus amigas también lo ven. No se equivoque. Esta tierra será mía. Sin duda, antes de que acabe el año.

Su arrogancia avivó el temperamento de Karen.

–Eso será cuando se hiele el infierno –replicó, volviendo a abrirle la puerta para que se marchara.

El hombre no se inmutó. Se levantó y, tras volverse a colocar el sombrero, avanzó hacia la puerta. Se detuvo justo al otro lado del umbral. Entonces, sonrió.

–En ese caso, vigile los cambios meteorológicos, señora Hanson. Cualquier cosa es posible.

II

Grady no había esperado que Karen Hanson fuera tan testaruda como su marido. Después del entierro, realizó unas cuantas llamadas de teléfono para tentar las aguas, pero estuvo esperando deliberadamente durante seis meses antes de ir a verla. Había querido darle tiempo para ver lo difícil que iba a ser su vida. Se había imaginado que, para entonces, se moriría de ganas de librarse de un rancho que, evidentemente, estaba privándola del poco dinero que tenía. Sin embargo, estaba claro que no la había juzgado adecuadamente. Aquél era un error que jamás volvería a cometer.

Más desconcertante aún que el descubrimiento de que no iba a ser fácil convencerla había sido darse cuenta de que no le era indiferente. Aquellos enormes ojos azules habían estado nadando en lágrimas cuando abrió la puerta, que también habían cruzado sus sonrojadas mejillas. Sus labios le habían parecido tan suaves... y tan dignos de besarse. Grady había sentido un impulso casi irresistible de tomarla entre sus brazos y ofrecerle consuelo. Para ser un hombre duro, con poca simpatía por nadie, había sido una extraña reacción que lo había llenado de inquietud.

Al imaginarse cómo habría reaccionado ella, sonrió. Si Grady hubiera tratado de tocarla, por muy inocentemente que hubiera sido, ella probablemente habría agarrado un paraguas de detrás de la puerta y lo habría molido a golpes.

A pesar de todo, no había conseguido desprenderse de aquella imagen de vulnerabilidad perdida. Muchas mujeres que trabajaban en los ranchos con sus maridos se volvían muy duras, con músculos bien torneados y la piel quemada por el sol. Por el contrario, el cuerpo de Karen Hanson era suave y femenino y la piel tan pálida como la leche. Pensar que aquello podría cambiar porque tenía que luchar por mantener su rancho a flote le molestaba por razones que iban mucho más allá de su negativa a ceder y vendérselo todo.

No podía evitar preguntarse qué empujaba a una mujer como Karen Hanson. En primer lugar, lealtad a su marido. De eso no había ninguna duda. Orgullo. Testarudez... Grady suspiró. Ya volvía a lo mismo. Resultaba muy difícil enfrentarse a alguien que se empecinaba en contra de lo que indicaba la lógica.

¿Qué sería lo que deseara más allá de los viajes que implicaban aquellos folletos? En su experiencia, la mayoría de las mujeres querían amor, una familia... Es decir, las cosas para las que él no había tenido tiempo. Algunas otras simplemente querían que alguien las mantuviera y otras, las más independientes, no necesitaban más que la compañía ocasional de un hombre para sentirse satisfechas. Estas últimas eran las que más atraían a Grady. Tenía tantas obligaciones familiares con el pasado que no tenía tiempo de pensar en el futuro.

Trató de colocar a Karen Hanson en un pequeño recoveco de su memoria, pero no pudo hacerlo. Era una mujer independiente, de eso no había ninguna duda, pero la determinación por luchar las viejas batallas de su marido decía mucho sobre lo que la familia significaba para ella. Irónicamente, aquella misma lealtad, tan fuerte como la suya propia hacia sus antepasados, seguramente se interpondría en su camino.