Tierra de nadie - Margaret Way - E-Book
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Margaret Way

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Beschreibung

Alto, taciturno, poderoso… ¡y un obstáculo en su camino! La escritora Genevieve Grenville temblaba de emoción a medida que se acercaba a Djangala, la granja en la que por fin resolvería la misteriosa muerte que había marcado a su familia. Pero el poderoso dueño de la propiedad, Bret Trevelyan, no iba a allanarle el camino. A pesar de que Bret se sentía tentado por ella, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para impedir que hurgara en el pasado. Incluso desde lejos, el carisma de Bret era perceptible, pero de cerca, la intensidad y la autoridad de gran señor que irradiaba resultaban abrumadoras. ¡Por eso Genevieve evitaba pensar en lo que sucedería si la descubría espiando!

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Seitenzahl: 183

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2012 Margaret Way, Pty., Ltd. Todos los derechos reservados.

TIERRA DE NADIE, N.º 2457 - mayo 2012

Título original: Master of the Outback

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2012

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-0121-9

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

CAPÍTULO 1

HABÍA llegado la primavera y en el ambiente flotaban aromas de renovación. Las azaleas, los rododendros y una increíble variedad de bulbos, maravillosos lirios, iris, jacintos, perfumadas rosas, dorados narcisos florecían en los parques y jardines. Una sensual fragancia impregnaba la ciudad como el delicado tul de una novia. El cielo tenía el lustre azul del ópalo, y algunas nubes algodonosas lo salpicaban aquí y allá.

Genevieve Grenville caminaba prácticamente dando saltos de alegría desde que su vida había entrado en una buena racha después de haber tocado fondo. Pero eso era el pasado y mantener una actitud positiva y sentirse afortunada era lo que marcaría su futuro. Pronto incluso olvidaría las humillaciones de ese pasado que ya empezaba a difuminarse.

Convertirse en una autora reconocida, que en aquel momento iba a ver a su agente literaria y buena amiga, Maggie MacGuire, con lo que estaba convencida de que sería un bestseller, había sido la clave de su transformación. Estaba segura de que a Maggie le iba a encantar el borrador final de Amantes y perdedores. Ella la había acompañado a lo largo de todo el proceso, incluido el desastroso momento de su vida privada que había estado a punto de acabar con cualquier rastro de seguridad en sí misma.

Su opera prima, Secretos del pasado, había sido su tabla de salvación. La copia que llevaba consigo resonaba en el interior de su bolso con el movimiento de sus enérgicas zancadas, y sentirlo contra el costado aumentaba su confianza en sí misma. A los veintisiete años, ya se había hecho un hueco en el mundo literario. Y con la segunda parte, Amantes y perdedores, esperaba mantenerlo y ampliarlo.

Las críticas de Secretos del pasado había sido excelentes: Un debut de primera… Ha surgido una nueva estrella literaria… Y mejor aún había sido conocer las opiniones de sus lectores. Después de todo, uno escribía para ser leído y en más de una ocasión había sido no sólo un placer, sino una maravillosa experiencia que alguien le dijera que la lectura de su libro le había ayudado a superar una crisis personal.

Genevieve era una experta en crisis personales.

Secretos del pasado había causado el suficiente impacto como para llevar un adhesivo de una conocida revista que lo recomendaba como MAGNÍFICA LECTURA. ¿Qué mejor reclamo podía haber tenido? El éxito le había llegado en el momento en que más lo necesitaba.

Su prometido, el hombre al que había confiado la felicidad de su futuro, había caído en la peor de las tentaciones: acostarse con su hermanastra, Carrie-Anne.

¡Carrie-Anne, que iba a ser su dama de honor! ¡Y cuando Mark y ella estaban a punto de casarse! Durante un largo tiempo pensó que nunca lo superaría, y cada vez que recordaba aquel acto de traición seguía sintiendo un dolor en el pecho, además de no conseguir borrar la imagen de ambos desnudos en la cama. Había hecho que perdiera algo que no creía que consiguiera recuperar: la confianza en el ser humano.

Pero ya había superado el peor momento. Escribir se había convertido en un refugio y había asumido que el dolor y la desilusión eran una parte esencial de vivir. De haber sido más desconfiada, habría intuido el potencial destructivo de la delicada y rubia Carrie-Anne.

La excusa que le dio Mark fue la gota que colmó el vaso: «Fue un momento de locura, Gena. Es a ti a quien amo, pero Carrie-Anne siempre intenta arrebatarte lo que tienes, y en parte ha sido tu culpa. ¡Deberías haberme dedicado más tiempo a mí y menos a tu libro!».

¡Menuda justificación! Ella siempre le había dedicado tiempo, pero el mimado y consentido Mark quería una mujer como su madre, que hablaba como un personaje de la era victoriana y estaba siempre pendiente de su marido y de su adorado hijo único. En una ocasión la señora Reed se había referido a ello como «un noble sacrificio».

La excusa de Carrie-Anne, expresada con su precioso rostro contraído en una mueca de remordimiento, había sido: «Han sido las hormonas. ¡Ya sabes lo peligrosas que son!». A lo que ella había contestado con sarcasmo: «La próxima vez lánzate al vacío, a ser posible sin paracaídas. Y llévate a Mark contigo».

No había excusa posible para un comportamiento tan despreciable.

Su cita con Maggie estaba programada para las tres de la tarde y ella era siempre puntual. Cuando llegó, había dos nuevos aspirantes esperando. Acudir al despacho de Maggie era similar a ir al médico y uno tenía que asumir que tendría que esperar. Rhoda, la recepcionista de Maggie, una mujer corpulenta e inexpresiva, le dedicó tal mirada de desaprobación que cualquiera habría pensado que había llegado tarde o que había cometido el pecado mortal de presentarse sin cita previa.

–Buenas tardes, Rhoda –saludó Genevieve a la dama de hierro, con una espléndida sonrisa.

Sin molestarse en responder, Rhoda le indicó que tomara asiento. Era evidente que nunca ganaría el premio a la mejor recepcionista del año, pensó Genevieve, quien tras saludar a los dos aspirantes se sentó al otro lado de la sala para sacar del bolso Secretos del pasado y volver a contemplarlo. Le gustaba la portada, en la que se veía a una hermosa mujer con la cabeza inclinada, encima de su seudónimo: Michelle Laurent, que había elegido por ser el nombre de soltera de su abuela paterna, de origen francés.

Aparecía en grandes letras encima del título, y el diseño era tan atractivo que el libro llamaba la atención. De hecho, de camino a ver Maggie, lo había visto en diversos escaparates ocupando un lugar prominente.

Había escrito Secretos del pasado de noche, cuando todavía enseñaba Lengua y Francés en Alma Mater, un prestigioso colegio para niñas. Había disfrutado mucho de sus años de enseñanza tras terminar la universidad, pero en cuanto había alcanzado el éxito literario, había podido dedicarse a escribir exclusivamente. La ayuda de su adorada Michelle había sido esencial para ello.

Grandmère Michelle le había enseñado francés desde pequeña; siempre le había dado afecto, la había apoyado y animado. Desafortunadamente, había muerto súbitamente por una serie de complicaciones tras una gripe, poco antes de que Genevieve concluyera el manuscrito de Secretos del pasado, para el que los consejos y recomendaciones de Michelle como lectora habían sido fundamentales. Maggie decía a menudo que Michelle era mejor editora que ella, y Maggie era considerada la mejor en el mundillo literario.

Al morir su abuela, Genevieve había decidido usar su nombre como seudónimo a modo de homenaje, así que sus lectores la conocían como Michelle Laurent.

Su padre la había dejado a su cargo al morir su madre, Celine, en un espantoso accidente de tráfico cuando Genevieve tenía diez años. Pasaron varios años antes de que su desolado padre se casara con Sable Carville, una mujer divorciada de la alta sociedad. Sable había aportado al matrimonio no sólo el glamour y la fama, sino a su adorable hija, Carrie-Anne, que pronto adoptó el apellido de su nuevo padre, Grenville.

Así que se convirtieron en las dos niñas Grenville. Una, Genevieve, alta y desgarbada, con una melena pelirroja indomable y el rostro cubierto de pecas; y otra, la preciosa CarrieAnne, con una aspecto siempre perfecto gracias a la ayuda de su madre, quien no había mostrado el mismo interés en dedicar tiempo a una hija adoptiva que no encajaba en la descripción de «bonita».

Sólo su padre, un abogado de prestigio, había intuido que llegaría el día en que el Patito Feo, se convertiría en un cisne, a imagen de su madre.

Un joven de pelo tupido y encrespado con mirada intensa salió del despacho de Maggie sacudiendo la cabeza con gesto de incomprensión. Por la mezcla de enfado y confusión que irradiaba, era evidente que acababa de enterarse de que, incomprensiblemente, su valioso manuscrito no había sido elegido para el premio Booker. Maggie lo despidió en la puerta con un animoso:

–No te des por vencido, Colin –que sonó como una palmadita en la espalda y que hizo reír a uno de los aspirantes.

Maggie saludó a los dos hombres con un gesto de la mano y dedicó a Genevieve una amplia sonrisa.

–Adelante, Gena.

Y esta la siguió al interior.

El despacho de Maggie era espacioso. Estaba enmoquetado en beis y el centro lo ocupaba una magnífica alfombra oriental. El escritorio era una pieza magnífica de caoba. Frente a él había dos butacas de cuero color crema y, en el otro lado de la habitación, había un rincón de estar con un sofá y varios sillones en torno a una mesa de cristal. Tres de las paredes estaban forradas por estanterías repletas de libros encuadernados en cuero y con los títulos repujados en oro.

El retrato de un hombre con aspecto digno ocupaba un lugar preeminente a la espalda de Maggie, como si pudiera mirarla por encima de su hombro. La gente asumía que se trataba de un retrato de familia, pero después de un par de copas, Maggie había confesado a Genevieve, tras hacerle jurar que no se lo contaría a nadie, que lo había comprado porque le recordaba a Richard Dale, el famoso jugador de críquet de Nueva Zelanda, cuando estaba en su mejor momento.

Maggie se sentó tras el escritorio, que estaba como siempre tan desordenado que Genevieve se preguntó cómo podía trabajar en aquel caos. Genevieve se sentó, dejando el bolso a sus pies y Maggie se puso las gafas que no usaba en público porque era demasiado coqueta.

–Esto es una bomba, Gene –dijo, dando una palmada sobre el voluminoso manuscrito–. Lo he disfrutado muchísimo, como lo harán tus lectores. Es una historia fantástica, un gran romance, muy conmovedor, con reflexiones sutiles y giros muy ingeniosos.

Genevieve sintió que el corazón le daba un salto de alegría.

–Me alegro de que te haya gustado, Maggie. Sabes cuánto te debo.

–Puede que un poco –admitió Maggie–. Pero eres una escritora nata.

–La verdad es que escribo desde que tengo uso de razón.

–Es evidente –Maggie sonrió. Al contrario que Rhoda, sonreía constantemente–. ¿Y qué vas a hacer ahora?

Genevieve se acomodó en la butaca.

–Creo que voy a tomarme un descanso. Quiero cambiar de escenario. Quizá durante seis meses. Sabes que he pasado una racha muy intensa. Primero con la muerte de mi abuela y luego con la ruptura de mi compromiso.

–Has tenido suerte de librarte de él –bufó Maggie, que nunca se reservaba la opinión–. Por muy guapo que fuera, era un traidor. ¡Por no mencionar a Carrie-Anne! –concluyó Maggie, alzando las manos.

–Ya no me importa, Maggie –dijo Genevieve, aunque una doble traición no se superaba con facilidad.

–Como te he dicho en otras ocasiones, de menuda te libraste. Imagínate que te hubiera sido infiel después de casados. Te aseguro que me dan ganas de llorar. A los hombres les asusta el éxito de las mujeres, querida –confesó por enésima vez–. Lo sé por propia experiencia.

Maggie se había casado dos veces y se había divorciado otras tantas. En aquel momento miraba a Genevieve con expresión especulativa mientras clavaba sus perfectos dientes, producto de una costosa ortodoncia, en el labio inferior.

–¿Te plantearías ir a las tierras del interior para cambiar de escenario? –preguntó como si asumiera que la respuesta sería negativa–. Te alojarías en una de las granjas más famosas del Channel Country, donde viven algunos de los terratenientes más prominentes del país. Podría pedírselo a otra persona, pero he pensado que a ti te gustaría. Podrías disfrutar de unas vacaciones, cargar las pilas y quizá encontrar inspiración.

Genevieve experimentó uno de sus habituales golpes de clarividencia. No sabía qué los causaba, pero había acabado por interpretarlos como un sexto sentido.

–¿Me estás ofreciendo unas vacaciones de trabajo, Maggie? –preguntó con una calma que contradecía un leve tensión en su rostro.

Aunque no le pasó desapercibida, Maggie fingió no notarlo.

–Exactamente –tras una pausa, añadió–: Solo si quieres, claro. Para ti sería pan comido, y se trata de un lugar apasionante.

–¿Vas a contarme de qué se trata? –preguntó Genevieve, aunque había adivinado la respuesta. Por algo había heredado la capacidad visionaria de Michelle.

–Claro, querida –Maggie bajó la mirada para dar unos segundos a Gena–. Uno de los miembros de la familia Trevelyan, Hester Trevelyan, que ha sido lo bastante lista como para no casarse, quiere un escritor que le ayude a escribir la historia de la familia. Pretende remontarse al periodo colonial y puede que quiera desenterrar su ilustre pasado de Cornualles. Richard Trevelyan emigró y se asentó en el sur de la colonia de Australia a mediados de mil ochocientos.

Genevieve hizo un gran esfuerzo para dominar su agitación.

–Lo sé. Tras el cierre de las minas de cobre y estaño en Cornwall muchas familia de mineros emigraron al Nuevo Mundo en busca de una nueva vida. Todavía nos referimos a la península de Yorke, en el sur de Australia, como «Pequeño Cornwall».

–Exactamente –exclamó Maggie–. Los Trevelyan de Cornwall poseían minas de estaño y de cobre, pero Richard Trevelyan era el último de varios hermanos y quiso abrirse camino. Así que emigró a Australia para fundar una dinastía. Por lo visto, luego se interesó más por el ganado que por la minería, aunque creo que la familia conserva numerosos intereses en la industria minera. Además de terrenos, hoteles y líneas de transporte por aire, tren y carretera. El heredero ahora mismo es Bret Trevelyan, sobrino nieto de Hester Trevelyan. Supongo que Bret es diminutivo de Bretton. De él sabemos que tiene treinta años, está soltero y es uno de los solteros de oro del país. En cierto momento estuvo prometido con la hija de otra familia de grandes terratenientes, los Rawleigh, pero se ve que el romance fracasó. Sus padres se divorciaron cuando era un adolescente. Creo que fue una separación muy poco amistosa. La madre huyó con un amigo de la familia. El padre, que nunca volvió a casarse, murió en un absurdo accidente en la granja. Por lo visto a un invitado se le disparó el rifle al trepar una valla. No conozco toda la historia. Hay un hermano menor, Derryl, y una hermana, Romayne, que se casó hace dos años con el heredero de la naviera Ormond, ¿lo recuerdas? Todos los medios se hicieron eco de la boda.

–Lo recuerdo –dijo Genevieve con voz queda. Lo sabía todo sobre la familia Trevelyan.

–La granja es gigantesca. Está en el límite con el desierto de Simpson –continuó Maggie–. Los aborígenes lo llaman Djangala, aunque no sé lo que significa. Además, la familia posee otras granjas de ganado en Queensland, en el Northen Territory y en Kimberley. Así que son millonarios y están muy orgullosos de su herencia –Maggie se apoyó en el respaldo, todavía intrigada con la reacción inicial de Gena, que estaba tentada de definir como de alarma–. La señora Trevelyan está cerca de los ochenta años, pero disfruta de buena salud.

Genevieve se concentró en respirar pausadamente confiando en no trasmitir la turbación que sentía.

La primera vez que había oído nombrar a los Trevelyan fue en una conversación entre sus abuelos, cuando tenía doce años y ellos pasaban unos días en su casa coincidiendo con su cumpleaños. Iba a entrar en la habitación a anunciarles que la cena estaba lista cuando oyó la voz de su abuela y se quedó paralizada. Aun siendo tan pequeña reconoció en ella una profunda angustia, como si el episodio de su vida del que estaba hablando le hubiera causado un espantoso tormento.

Aquel día Genevieve había descubierto que un doloroso pasado remoto podía revivirse con la misma intensidad en el presente.

Su abuela contaba un acontecimiento de su juventud que le había causado un trauma tan profundo que todavía lo recordaba vivamente. Genevieve escuchó aun sin pretenderlo, porque no habría podido moverse por más que lo hubiera intentado. Mirando por la rendija vio que su abuela lloraba desconsoladamente, y la escena la había marcado para siempre.

Después, no se había atrevido a preguntar quiénes eran los Trevelyan, y tuvo que averiguarlo por su cuenta años más tarde. No tenía la menor intención de contarle la historia a Maggie porque sabía que no pararía de hacerle preguntas. Pero de lo que estaba segura era de que iba a aceptar la oferta, porque nunca más en su vida se le iba a presentar una oportunidad como aquella para conocer a Hester Trevelyan.

CAPÍTULO 2

Dos semanas más tarde

CADA noche Genevieve tenía pesadillas que en lugar de desvanecerse de día, como la mayoría de los sueños, permanecían en su mente. No dudaba de que la causa era la inesperada irrupción en su vida de la familia Trevelyan.

La prima carnal de su abuela materna, Catherine Lytton, había muerto trágicamente en la granja Djangala a finales de los años cincuenta. Había pasado suficiente tiempo como para que Genevieve tuviera la seguridad de que no la relacionarían con ella; además, acudiría con su nombre real, por lo que tampoco la identificarían como la autora Michelle Laurent. Aunque le había costado, había conseguido convencer a Maggie de que no mencionara su floreciente carrera literaria. Era esencial poder ir de incógnito, y una vez se aseguró de conseguirlo, organizó el viaje.

El escándalo no había afectado a la familia Trevelyan porque la muerte de Catherine se registró como un desgraciado accidente. Ansiosa por disfrutar de las espectaculares vistas, se había acercado en exceso a lo alto de un terreno escarpado, la tierra había colapsado bajo sus pies y había caído al vacío. Tanto los Trevelyan como la policía concluyeron que se había tratado de un accidente.

Nadie mencionó que acababa de recibir la proposición matrimonial de Geraint Trevelyan, de la que solo sabía su prima Michelle por una carta en la que se lo contaba llena de entusiasmo.

Trevelyan había acabado casándose con Patricia Newell, la que siempre se había asumido que sería su esposa. Catherine había acudido a la granja como la mejor amiga de Patricia, a la que había conocido en sus años de internado.

Las ruedas del destino habían vuelto a girar. Geraint Trevelyan era el abuelo de Bret Trevelyan. Al padre de Genevieve, que habría estado dispuesto a estrangular a Mark y a Carrie-Anne con sus propias manos, le pareció bien que su hija aceptara el trabajo, convencido que le ayudaría a olvidar, y que conocer a una de las dinastías pioneras del país representaba una gran experiencia. Desconocía las motivaciones reales de Genevieve porque la parte Grenville de la familia nunca había conocido el secreto de la abuela. Sin embargo, Genevieve había decidido que no podía dejar pasar la oportunidad de averiguar la verdad sobre los últimos días de vida de Catherine. Desde los doce años se moría de curiosidad por resolver el misterio.

¿Habría sido la muerte de Catherine un mero accidente? ¿Habían ocultado algo los Trevelyan? ¿Tenía algo que ver el «accidente» con un triángulo amoroso? La gente era capaz de cualquier cosa por amor.

Las viejas fotografías que conservaba mostraban a las dos mujeres como físicamente opuestas. Catherine era alta, con el cabello rubio, ojos azules y piel de porcelana. Patricia era menuda, robusta, con los ojos y el cabello oscuros. En las fotografías, tomadas entre los dieciséis y los veintiún años, parecían dos chicas alegres e inocentes.

Derryl Trevelyan, el menor de la familia, iba a recogerla en la puerta de su casa para llevarla al aeropuerto donde esperaba el avión privado de la familia que los llevaría a Djangala. Casi era la hora y Genevieve se miró por última vez en el espejo.

Había conseguido convertirse en un estereotipo de mujer intelectual, ratón de biblioteca y sin ápice de frivolidad. Maggie le había permitido leer la carta de la señora Trevelyan, en la que exigía una mujer trabajadora, nada glamurosa, y metódica, dispuesta a trabajar jornadas interminables porque, dado el estado de su salud, sus horarios eran variables. Aunque disfrutaría de tiempo libre, debía tener claro que su visita era, en esencia, para trabajar, y que debía tratarse de alguien a quien no le asustara el aislamiento que podía experimentarse en Djangala. En definitiva, una mujer sobria y consciente de la tarea a la que se comprometía.

Tomando en cuenta esa información, Genevieve había intentado estar lo menos favorecida posible. Llevaba su tizianesca melena recogida en un tenso moño, el mínimo maquillaje posible y una camisa de seda de un discreto color chocolate; y en lugar de sus habituales vaqueros ceñidos, se había puesto unos pantalones tostados y unas botas del mismo color. Para enfatizar el aspecto académico había encargado unas gafas sin graduación.

De no estar tan tensa, se habría reído de sí misma. Pero saber que iba al escenario en el que Catherine había acabado sus días dejaba escaso lugar al humor.

Un hombre joven, elegante aunque vestido informalmente, se apoyaba lánguidamente en la puerta del copiloto de un coche de alquiler.

–¿Genevieve Grenville? –preguntó, mirándola de arriba abajo sin disimular su desilusión.

–Así es –dijo ella con amabilidad–. ¿Te importa ayudarme con el equipaje?

–Claro –dijo él tras un breve titubeo, como si se considerara por encima de algo tan servil.

Genevieve se lo agradeció, le pasó la maleta mayor y tomó la menor.

–¿Eso es todo? –preguntó él.