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De joven había sido demasiado indómito, demasiado atractivo, demasiado independiente... El chico sobre el que murmuraban y con el que soñaban en secreto todas las chicas del instituto. Convertido ya en un hombre, intrigaba más aún a Ashley Wilde. ¿Se atrevería Ashley a domesticar a Dillon Ford y a hacerlo suyo para siempre? La dama era impecable, de buena familia y de excelentes modales: la chica que siempre lo había tenido todo. Ahora había vuelto a su pueblo natal, y Dillon estaba decidido a seducirla. La había dejado escapar una vez, pero no iba a repetir el error...
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Seitenzahl: 352
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1997 Sherryl Woods. Todos los derechos reservados.
UN AMOR REBELDE, Nº 17b - julio 2013
Título original: Ashley’s Rebel
Publicada originalmente por Silhouette® Books
Publicado en español en 1997.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-3461-3
Editor responsable: Luis Pugni
Imagen de cubierta: YURI ARCURS/DREAMSTIME.COM
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
La gran sorpresa
La fiesta del sábado siguiente sería la quinta a la que había sido invitada Jane Dawson en los últimos tres meses con motivo del próximo nacimiento de un bebé. Tenía la sensación de que cada vez que se daba la vuelta, una amiga o compañera de trabajo se quedaba embarazada. Y tantas tripas redondeadas, caras radiantes y sonajeros estaban empezando a hacer mella en ella.
Había ido tantas veces a la Tienda del Bebé de Annie, que ésta la llamaba de manera rutinaria cada vez que recibía algo nuevo. Enseguida se habían hecho amigas, y la tienda se había convertido en el lugar favorito de Jane para ir a tomar un té después de las clases y hablar de cosas de chicas.
Como resultado de eso, el reloj biológico de Jane estaba sonando tan fuerte que ella estaba segura de que se oía en toda la ciudad. Cumpliría treinta años en julio y a pesar de no ser demasiado mayor para tener hijos, sí tenía edad para pensar en ello, y no había ningún futuro padre a la vista.
Había vuelto a ir a la tienda de Annie, en esa ocasión para comprar un regalo para la fiesta del sábado, de Daisy Markham. Tocó la funda de algodón de color amarillo chillón que había en una antigua cuna de roble que era el último hallazgo de Annie y suspiró. Últimamente suspiraba mucho. Y deseaba, y soñaba.
También le costaba cada vez más trabajo ocultar su envidia. Si oía más exclamaciones acerca de un par de minúsculos patucos hechos a manos, o de un trajecito, perdería los nervios. Tal vez aquél fuese el día, pensó mientras miraba la cuna.
—¿En qué piensas? —le preguntó Annie, radiante de orgullo por su nueva y refinada adquisición.
Todavía llevaba las manos sucias de haber estado puliéndola. Su pelo corto estaba despeinado y no se había molestado ni en ponerse colorete, mucho menos en pintarse los labios.
—¿Acaso no es la cuna más bonita del mundo? —añadió.
Jade intentó ocultar lo mucho que anhelaba poseer aquella cuna, tener un motivo para poseerla, y asintió.
—Es preciosa.
—¿Te lo puedes creer? —preguntó Annie indignada—. Me la encontré en un rincón de una tienda de antigüedades de la carretera. Tendrías que haberla visto. La habían pintado al menos media docena de veces. Al pulirla he encontrado capas de color blanco, azul, rosa y más blanco. Había tanta pintura que tuve que llegar casi a la madera para descubrir la talla.
La dueña de la tienda pasó la mano por el intrincado dibujo.
—¿Habías visto alguna vez algo tan lindo?
—Jamás —contestó Jane, todavía con más ganas de hacerse con la cuna.
Annie sonrió.
—Bueno, sé que es demasiado extravagante para tu fiesta, pero sabía que, de todas las personas que entrasen en la tienda, tú serías la que más la apreciaría. Tuve que llamarte nada más traerla. A veces, la necesidad de compartir mis hallazgos me supera. Espero que no te haya importado que te dejase un mensaje en el colegio. No es que pretenda vendértela. Sé perfectamente que no necesitas una cuna.
Algo dentro de Jane se removió con aquel comentario de su amiga.
—Me la llevo —le dijo, como si quisiera demostrarle que estaba equivocada—. Así como está, con el juego de cuna amarillo y todo. Cárgala en mi cuenta y mándame la factura.
Se arrepintió de sus impulsivas palabras casi de inmediato, cuando oyó el grito ahogado de Annie.
—Pero…
—¿Me la puedes mandar a casa? —la interrumpió ella—. John podría traérmela el sábado por la mañana, ¿no? —añadió, refiriéndose al marido de Annie, que la ayudaba con las entregas los fines de semana.
—Por supuesto, pero…
—Gracias —continuó Jane, sin dejar que su amiga le hiciese preguntas lógicas para las que no tenía respuestas racionales—. Ahora tengo que marcharme corriendo. Tengo una reunión del colegio esta noche. Tenemos que ir todos los profesores para reunirnos con los padres. Vamos a intentar que nos ayuden a recoger dinero para reformar la cafetería. No te olvides de enviarme también el jersey y el gorrito para la fiesta de Daisy. Es el sábado por la tarde. Puedes mandármelo también con la cuna.
—Por supuesto.
Jane se dio cuenta de que había dejado a Annie boquiabierta y de que la miraba con preocupación mientras salía de la tienda y subía la colina que llevaba hasta el colegio.
Fue mucho más tarde, después de la reunión con los padres, después de haber vuelto a casa, con una taza de té entre las manos, cuando admitió que tal vez Annie tuviese motivos para preguntarse qué quería hacer una mujer soltera y sin compromiso con una cuna. Con algo de suerte, se le ocurriría alguna explicación creíble antes de que todo el mundo en la ciudad llegase a la conclusión de que se había vuelto una solterona excéntrica con las hormonas alborotadas.
El querido marido de Annie, todavía guapo y en forma a pesar de estar en la cincuentena, le llevó la cuna el sábado a las nueve de la mañana. La dejó en la habitación que estaba vacía y no le preguntó en ningún momento para qué la había comprado. Ella se lo agradeció en silencio.
Cuando se hubo marchado, Jane se preparó una taza de té de frambuesa y se sentó en la pequeña habitación a admirar la cuna. Soñó con el día en que tendría un bebé durmiendo entre aquellas bonitas sábanas amarillas. Empapelaría las paredes de la habitación de colores vivos y pondría una cenefa con patitos y conejos y colocaría una mecedora en el rincón. La imagen era tan real, que estaba deseando que se materializase.
—Pero no es real —se reprendió a sí misma con severidad, obligándose a salir de la habitación y a cerrar la puerta con firmeza tras de ella.
De repente, pensó que había hecho una locura al comprar aquella cuna. Faltaban meses, si no años, para poder utilizarla.
En esa ocasión, era su amiga Daisy la que iba a tener un bebé, el tercero. Ya tenía dos chicos y le habían dicho que el tercero sería una niña. Tanto ella como su marido estaban encantados con la noticia a pesar de que los otros dos ya eran adolescentes y de que aquel bebé había llegado por sorpresa.
Jane se dijo a sí misma que era normal sentir envidia, que era normal que hubiese saltado la alarma de su reloj biológico, por expresarlo de alguna manera. No obstante, comprar una cuna había sido una reacción exagerada. Tal vez debía llamar a Annie, admitir que había cometido un ridículo error y pedirle que John fuese a recoger la cuna para llevarla de vuelta a la tienda. Hasta tomó el teléfono, pero no consiguió llamar.
Si…
Se detuvo a sí misma de golpe. No tenía sentido mirar atrás. Mike Marshall, el amor de su vida, formaba parte del pasado. Habían tomado una decisión madura y racional y habían terminado con su relación casi un año antes, cuando a él le habían ofrecido un excelente puesto de trabajo en San Francisco. Habían decidido romper por lo sano y no mirar atrás.
Mike siempre había soñado con tener las oportunidades que iba a darle la nueva empresa. Había anhelado el reconocimiento y la estabilidad económica que conseguiría trabajando de ingeniero en una gran empresa.
Lo sueños de Jane eran diferentes, más sencillos: un hogar, una familia, unas raíces en una comunidad en la que se conociesen los vecinos y se preocupasen los unos de los otros. Era más o menos como había crecido, y como quería que creciesen sus hijos algún día, con más tranquilidad y estabilidad de la que había tenido ella misma, con un padre que siempre había estado corriendo de un lado a otro.
Desde que Mike se había marchado, Jane había intentado convencerse de que habían tomado la decisión correcta, la más sensata. Amar significaba a veces dejar marchar a la persona amada. Si hubiesen estado destinados el uno al otro, se habrían casado años antes, pero Mike nunca había querido hacerlo, siempre había dicho que quería tener lo necesario para mantener a una familia en las condiciones que él no había tenido.
Pero Jane seguía llorando por él por las noches, hasta quedarse dormida. Había llegado a la conclusión de que ser sensata era un asco.
Desde que Mike no estaba, había escondido su fotografía favorita en el fondo de un cajón, pero de vez en cuando se la encontraba y los ojos se le llenaban de lágrimas. El último movimiento de Mike había consistido en vender su vieja casa, que estaba al lado de la de Jane, lo que la había dejado conmocionada durante meses. Últimamente había intentando convencerse de que ya lo tenía superado, de que tenía que superarlo, pero no era cierto, le quedaba mucho para hacerlo.
En una ocasión, habían hablado del futuro, de tener hijos y hacerse viejos juntos, pero Mike no había podido resistirse a la oportunidad de oro que se le había presentado en California. De todos modos, ella no habría permitido que la rechazase, aunque él hubiese querido.
Tampoco se había sentido preparada para dejar una ciudad y un trabajo que tanto le gustaban. Ambos se habían cerrado en banda, incapaces de ver una salida. Por eso había terminado una relación que lo había sido todo para los dos.
A esas alturas, Mike ya debía de haber encontrado a alguien nuevo, alguien acostumbrado al estilo de vida de una gran ciudad, alguien con una vida social que fuese más allá de fiestas por nacimientos y picnics y algún cine de vez en cuando. O eso esperaba Jane. No quería que Mike se sintiese tan solo y triste como estaba ella.
Pero ¿y si era así como se sentía? ¿Y si la echaba de menos tan desesperadamente como ella a él? Si ése hubiese sido el caso, ¿no la habría llamado?
No, por supuesto que no. No si se había tomado su decisión tan en serio como ella. No si su famoso orgullo irlandés había surgido con tanta fuerza como el de ella. En cuestión de cabezonería, eran la pareja perfecta.
Jane abrió la puerta de la habitación y volvió a mirar la cuna. Se imaginó allí a su bebé, suyo y de Mike. Un niño regordete de mejillas redondeadas y pelo oscuro y grueso, como el de Mike. O tal vez una niña de mofletes sonrosados y algunos mechones de pelo rojizos, como ella.
¿Le había cerrado la puerta a aquel sueño demasiado pronto? ¿Había aceptado la partida de Mike con demasiada facilidad, en vez de haber luchado con uñas y dientes para conseguir que lo suyo funcionase?
La cuna de Annie la había obligado a enfrentarse a emociones que creía muertas y enterradas. Si seguía queriendo a Mike tanto como siempre, ¿no debía volver a verlo, para comprobar si quedaba algo entre ambos después de que él hubiese tenido la oportunidad de disfrutar del trabajo y de la ciudad con los que siempre había soñado?
Las vacaciones de primavera estaban a la vuelta de la esquina, igual que el cumpleaños de Mike, aunque aquélla era una fecha que siempre le había gustado más a ella que a él. Después de pagar la cuna, no iban a quedarle muchos ahorros, pero sería suficiente para un viaje a San Francisco. No tendría que tocar el dinero que le había dejado su madre. ¿Acaso había una inversión mejor para sus ahorros? No se le ocurría ninguna.
Tal vez volverían a enamorarse. O tal vez se acostasen juntos por última vez, por los viejos tiempos.
Hasta era posible que se quedase embarazada de casualidad, soñó. Bueno, eso era poco probable, aunque nada la haría más feliz. Retomasen la relación o no, le encantaría tener un hijo de Mike, aunque tuviese que criarlo sola.
Tomó la decisión de ir a San Francisco de manera tan impulsiva como había tomado la de comprar la cuna. Estuvo una hora al teléfono con la agencia de viajes hasta tenerlo todo organizado. Cuando hubo terminado, llegaba tarde a la fiesta de Daisy.
La fiesta estaba en su máximo apogeo cuando llegó. Se oían las risas y las bromas desde fuera de la casa. Al entrar, todo el mundo dejó de hablar y la miró.
—¿Dónde estabas? —le preguntó Daisy, levantándose con torpeza de un sillón y acudiendo a abrazarla—. Tú nunca llegas tarde.
—Hemos intentando llamarte a casa un montón de veces, pero estabas comunicando —añadió Ginger—. Donna estaba a punto de ir a buscarte.
—¿Qué ha pasado? —insistió Daisy—. No me digas que Mike ha aparecido en tu puerta después de todos estos meses.
—No, nada de eso —contestó Jane—. Es sólo que he perdido la noción del tiempo.
—A ti eso no te ocurre nunca —protestó Daisy.
—Bueno, pues esta vez me ha pasado —replicó ella, con una nota defensiva en su tono de voz que sorprendió a todas.
Donna, que la conocía desde que eran niñas, la miró fijamente.
—Vale, tal vez no haya venido, pero tiene algo que ver con Mike, ¿verdad? ¿Te ha llamado?
—No, no me ha llamado.
—¿Y no tiene nada que ver con él? —continuó Donna, que la conocía muy bien.
Jane no estaba preparada para compartir sus planes con nadie, ni siquiera con sus mejores amigas. Se obligó a sonreír de oreja a oreja.
—Eh, olvidaos de mí, ¿vale? Ya estoy aquí y quiero ver los regalos —le dio el suyo a Daisy—. Haz algo. Da la sensación de que el bebé va a salir de un momento a otro, y quiero que lo abras antes de que eso ocurra.
A regañadientes, todo el mundo volvió a centrar su atención en los regalos. Jane y todas las demás exclamaron encantadas al ver la ropita, pero ella seguía con la mente en otro sitio, en una gran ciudad en la que nunca había estado, y en un hombre que formaba parte de su alma.
El ingeniero Mike Marshall había vivido más aventuras que la mayoría de los hombres que le doblaban la edad. Las más arriesgadas habían tenido lugar durante los últimos doce meses, desde que se había trasladado a San Francisco. Hasta aquel día, el de su trigésimo segundo cumpleaños, no se le había ocurrido preguntarse por qué, de repente, había querido poner su vida en peligro.
Lo cierto era que siempre le había gustado asumir riesgos. De niño, siempre había aprovechado cualquier desafío. No obstante, en esos momentos ni siquiera esperaba a ser desafiado. Si su empresa lo mandaba al extranjero y el viaje no satisfacía sus ansias de aventura, contrataba una excursión al Everest o hacía rafting por el río Snake. Hacía meses que no tenía ni un minuto libre, y mucho menos, un momento de aburrimiento.
Y, aun así, le faltaba algo. Lo sabía, como sabía cuando el diseño de un puente no estaba bien hecho. Miró por la ventana de su despacho hacia Golden Gate, que emergía entre una espesa niebla, e intentó ponerle nombre a lo que le faltaba en la vida.
Emoción, no, eso era seguro.
Ni compañía. Había conocido a una docena de mujeres, guapas, triunfadoras, que compartían su pasión por la aventura.
Ni dinero. Su sueldo era más que suficiente para cubrir sus necesidades, más de lo que había soñado cuando vivía en Virginia. Por primera vez en su vida, se sentía económicamente seguro, capaz de mantener a una esposa y a una familia si aparecía en su vida la mujer adecuada.
Tampoco le faltaban retos. Los socios de la empresa de ingeniería en la que trabajaba sólo aceptaban trabajos que constituyesen un desafío.
¿Qué era entonces? ¿Qué era lo que le hacía sentirse como si lo demás casi no importase? ¿Qué había detrás de aquella sensación de insatisfacción? Le fastidiaba no ser capaz de definirlo.
Por suerte, el sonido del intercomunicador interrumpió aquella extraña y turbadora introspección.
—Sí, Kim. ¿Qué pasa?
—Tiene una visita, señor. No tiene cita.
Mike sonrió. Kim Jensen era una sargento del ejército retirada, que tenía el instinto protector de un pitbull y que llevaba su agenda con la precisión del plan de lanzamiento de un cohete espacial. La flexibilidad no formaba parte de su naturaleza.
—¿Tiene nombre el visitante? —le preguntó.
—Jane Dawson, señor.
La respuesta lo sacudió por dentro. Nada habría podido sorprenderle más. Se le detuvo el corazón, y luego volvió a latirle tan deprisa como si le hubiesen dicho que le tocaba tirarse en paracaídas. Su reacción le sorprendió tanto como la idea de que Jane estuviese en San Francisco. Jane, que jamás había tomado un avión, había atravesado el país, ¿sin avisarlo? Tenía que verlo con sus propios ojos.
—Que entre, por supuesto.
—¿Está seguro, señor? Tiene una reunión a las catorce horas. Lo siento, señor, quería decir dentro de diez minutos.
—Que entre —repitió él, poniéndose en pie, preguntándose por qué estaba tan nervioso.
¿La sencilla Jane en San Francisco? ¿La mujer que le había jurado que nunca saldría de su pequeña ciudad natal de Virginia había ido hasta allí, tal vez para felicitarlo por su cumpleaños? Aquello le parecía tan imposible como ponerse a diseñar un puente robusto y barato para un país del tercer mundo.
Pero, a no ser que se hubiese imaginado las palabras de Kim, Jane estaba allí, en su empresa, y el corazón le latía tan rápido como el día que le había robado el primer beso. Al mismo tiempo, una extraña sensación de tranquilidad lo invadió.
La puerta de su despacho se abrió, Kim se hizo a un lado y Jane entró. Mike se quedó boquiabierto. La conocía prácticamente de toda la vida, pero le costó reconocerla. No había nada de sencillo en la mujer que tenía delante. Llevaba un traje de color verde lima que resaltaba el color de su piel y tacones altos que alargaban sus piernas todavía más. Se había hecho un corte de pelo moderno, a capas. Y los mechones rojizos brillaban más que nunca. Parecía más sofisticada de lo que él recordaba. Y más sexy. Entonces apareció en su rostro la dulce y tímida sonrisa que la caracterizaba y el corazón le dio un vuelco, como siempre.
—Hola, Mike. Felicidades.
Él también sonrió.
—No puedo creerlo. Ven aquí.
Abrió los brazos y, Jane, después de dudarlo un instante, se dejó abrazar. Cuando la tuvo apoyada contra el pecho, con la cabeza debajo de su barbilla, Mike sintió que una extraña sensación se apoderaba de él. Por fin sabía lo que había estado echando de menos.
Aunque, por supuesto, no podía ser. Había dejado a Jane Dawson cuando se había mudado a San Francisco. Le había dado su palabra de que la ruptura sería definitiva, y la había cumplido. Dado que sus padres habían fallecido, que sus hermanos estaban repartidos por todo el país y que habían vendido la vieja casa familiar, no había tenido motivos para volver a su ciudad natal. No había mirado atrás, ni una sola vez. Bueno, casi ninguna una vez.
Retrocedió y la observó de arriba abajo.
—Estás increíble. Siéntate. Y cuéntame qué estás haciendo en San Francisco. ¿Has venido a algún congreso de profesores o algo así? ¿Por qué no me has avisado de que ibas a venir? ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
Ella rió ante el aluvión de preguntas.
—Te contestaré primero a la última pregunta. Voy a quedarme una semana. No te he avisado porque no me he decidido a venir hasta el último momento. Tenía vacaciones y no quería pasármelas limpiando la casa, como he hecho siempre.
Lo miró con incertidumbre.
—Espero que no estés a punto de marcharte de viaje o algo así —añadió—. ¿Tendrás tiempo al menos para que cenemos? Siempre hemos celebrado tu cumpleaños juntos, desde que éramos niños.
—Empezaremos por cenar —contestó Mike, pensando en todas las cosas que podría enseñarle en una semana, imaginando cómo reaccionaría ella, con entusiasmo.
Eso era lo que le encantaba de Jane. Se entusiasmaba con cada descubrimiento, fuese una punta de flecha a orillas del río Potomac, o el azafrán empezando a florecer en primavera. Ésa era la cualidad que la convertía en una excelente profesora, que era capaz de comunicar aquel entusiasmo a sus alumnos.
Siempre había sido capaz de transmitírselo a él. Tal vez ése fuese el motivo por el que habían estado tan bien juntos, aunque las actividades de Jane fuesen mucho más tranquilas que las que él habría elegido. En una ocasión habían recorrido Stratford Hall, el lugar en el que había nacido el general Robert E. Lee. Cuando Jane se lo había propuesto ambos eran adolescentes y él había pensado que prefería jugar al balón a recorrer una vieja plantación.
Después le había sorprendido darse cuenta de que se había sentido como si hubiese formado parte de un increíble drama familiar que había tenido lugar durante la Guerra Civil estadounidense. No podía negar que Jane tenía un don para la enseñanza, la capacidad de despertar y avivar la imaginación.
Aunque en esos momentos, la imaginación de Mike iba por unos derroteros mucho más provocativos. Recordó cómo era tenerla entre sus brazos, sentir sus besos.
El intercomunicador volvió a sonar antes de que él estuviese preparado para interrumpir sus pensamientos.
—Señor, su cliente está aquí —anunció Kim con cierto aire de triunfo al saber que la visitante que no había pedido cita no tardaría en marcharse.
—Ofrécele una taza de café o lo que sea y dile que estaré con él enseguida —le dijo Mike.
Luego se volvió y vio a Jane mirando por la ventana, con los ojos muy abiertos, emocionada.
—Es impresionante, ¿verdad? —comentó poniéndose a su lado.
—Es mejor que en las fotografías —admitió ella. Se giró—. Ahora veo por qué quisiste venir aquí. El Golden Gate siempre te inspiró. Incluso cuando éramos niños, era tu fotografía favorita de la enciclopedia. Debiste de dibujarlo un millón de veces. Y ahora lo tienes aquí, frente a tu ventana.
Él también se había sentido intimidado por la imagen durante unas semanas. Después, se había acostumbrado a ella, como se había acostumbrado a tener el amor de la mujer que estaba allí a su lado. El sonido del intercomunicador le recordó que tenía a un posible cliente esperándolo y una secretaria impaciente que no iba a permitir que se olvidase de él.
Tocó la mejilla de Jane con arrepentimiento.
—Tengo que hacer entrar a ese cliente. ¿Dónde te alojas? —le preguntó—. Le pediré a Kim que me vacíe la agenda esta semana. Pasaré a recogerte a las seis.
—¿Estás seguro? No quiero que lo dejes todo por mí.
—Estoy seguro —contestó él sin dudarlo.
De hecho, no había estado más seguro de nada en mucho tiempo.
Jane seguía sin poder creerlo. Aquel primer viaje en avión le había causado muchos nervios desde antes de las primeras turbulencias, pero nada en comparación con el momento en que había entrado en el despacho de Mike para volver a encontrarse con él. Le había sorprendido que hubiesen resurgido viejos sentimientos, le había asustado la incertidumbre, a la que no estaba acostumbrada, hasta que había visto en sus ojos que la recibía con cariño.
En esos momentos, un par de horas después, se estaba dando cuenta de que su primera cita no la había perturbado tanto como aquélla, casi dieciséis años después. Por primera vez en su vida, quería hacer que ocurriese algo, quería arriesgarlo todo para hacer realidad su sueño. Se había obsesionado con quedarse embarazada desde que la idea se le había pasado por la cabeza. Estaba desesperada porque ocurriese, quería que Mike la desease como la había deseado en el pasado. Pero por mucho que quisiera aquel hijo, lo quería más a él.
Le temblaron las manos mientras se ponía el relicario de oro. ¿Se acordaría Mike de que había sido él quien se lo había regalado con motivo de su decimosexto cumpleaños? Todavía llevaba su fotografía dentro. Se miró al espejo, con el relicario entre los pechos, y se preguntó si era una equivocación llevarlo puesto. Tal vez estuviese contando demasiado con los viejos sentimientos y anhelos, en vez de pensar en el presente. Si así era, los regalos que tenía para él tampoco eran los adecuados, ya que habían sido escogidos para recordarle todo lo que había dejado atrás.
Deseó poder ser fría y calculadora, poder concentrarse en quedarse embarazada de un hombre que había sido su mejor amigo, además de su amante. Pero después de haber pasado cinco minutos a solas con él en su despacho, se había dado cuenta de que, para bien o para mal, seguía enamorada de él. Todavía quedaba por ver qué sentía él, o si estaban más preparados para el compromiso que un año antes.
Le temblaron los dedos al oír que llamaban a la puerta con impaciencia. Casi se le cayó el caro frasco de perfume francés que se había comprado para la ocasión. Se puso un poco más entre los pechos y fue a abrir.
Mike nunca dejaba de sorprenderla vestido con traje y corbata. Acostumbrada a verlo en vaqueros y camiseta durante tantos años, o con una camisa remangada y la corbata aflojada, como un rato antes en su despacho, no se había preparado para el impacto de aquel traje gris claro, la camisa blanca y una corbata de seda verde azulada y gris que resaltaban su pelo oscuro y su piel permanentemente bronceada. Sin darse cuenta, su vecino de al lado se había convertido en un hombre muy sofisticado. Era extraño que no se hubiese dado cuenta antes de que se marchase, a pesar de que ya lo había hecho con treinta y un años.
La mirada de Mike la recorrió con aprobación, haciendo que le ardiese la piel. Lo vio sonreír y volvió a tener ante ella a su vecino.
—¿Te has comprado todo un armario de ropa nueva para este viaje? —le preguntó él.
—Por supuesto que no —mintió ella, que no quería que Mike supiese todo lo que había invertido en aquella visita supuestamente improvisada.
Se preguntó si Mike imaginaría que el corte de pelo y las mechas se las había hecho un estilista de San Francisco que le había cobrado más de doscientos dólares. Se había quedado blanca al ver la cuenta, pero al mirarse al espejo había sabido que había sido dinero bien gastado.
—Nunca te había visto ese vestido —insistió él—. Lo recordaría.
—Hace un año que te fuiste. Me he comprado un par de cosas en todo ese tiempo.
Mike entrecerró los ojos.
—¿Compraste este vestido para alguna ocasión especial?
Jane no pudo evitar que se le escapase una carcajada.
—Mike Marshall, estás celoso.
A él pareció consternarle la idea.
—No seas ridícula.
—Es verdad. Nunca te habías preocupado por mi ropa antes.
—Porque antes siempre te vestías con cosas muy sobrias, típicas de una profesora —murmuró. Señaló el vestido escotado, de delicada seda—. Esto es distinto.
—¿Quieres que me cambie? —le preguntó Jane.
—Oh, no. Puedes ponerte este vestido para mí siempre que quieras.
—Para ti y para nadie más.
—Yo no he dicho eso.
Ella sonrió.
—No hace falta —entrelazó su brazo con el de él—. Vamos. Salgamos de aquí antes de que se te ocurra algo.
—Si no quieres que se me ocurra nada, será mejor que te pongas un jersey por encima de ese vestido.
Jane sacudió la cabeza y decidió que le gustaba esa nueva capacidad de excitarlo.
—De eso nada. Me he arreglado y voy del brazo de un hombre guapo, así que quiero salir. No pienso perder ni un solo minuto de este viaje. Quiero verlo y hacerlo todo.
—Entonces, será mejor que empecemos. Esto no es como tu pueblo, donde puede hacerse todo en un fin de semana. Vamos a tardar un poco más en explorar San Francisco.
Empezaron cenando en la bahía de Sausalito, luego se dieron un paseo por el muelle del Pescador y allí se tomaron un café irlandés. Jane se enamoró de las luces, de las vistas, de los sonidos y de los olores. Hizo tantas preguntas que a Mike le costó responder a todas.
Eran casi las dos de la madrugada cuando regresaron, agotados, al hotel. Mike se detuvo en la puerta de la habitación.
—Debería darte las buenas noches aquí —le dijo, acariciándole la mejilla con los nudillos y jugando con un mechón de su pelo.
Jane sintió un escalofrío.
—Deberías —admitió. Luego se puso de puntillas para darle un beso en los labios—, pero espero que no lo hagas.
—Jane…
—No discutas. Además, todavía no te he dado tus regalos de cumpleaños.
Aquél era el mejor incentivo. A pesar de querer demostrar su indiferencia, Mike nunca había podido resistirse a un regalo. Cuando se habían conocido, siendo niños, siempre se había sentido incómodo con el modo en que la madre de Jane celebraba todas las ocasiones especiales, sobre todo, los cumpleaños. Su propia familia casi ni se felicitaba, tal vez porque eran muchos y nunca quedaba dinero para gastos extraordinarios.
Jane siempre había celebrado el cumpleaños de Mike como si fuese un día de fiesta nacional. Le hacía una tarta, le compraba media docena de pequeños detalles y se los envolvía como si fuesen lingotes de oro. Ese año había hecho lo mismo. Hasta le había pedido al hotel que le subiesen una tarta de cumpleaños mientras estaban fuera. A su lado había una cubitera con una botella de champán. Mike lo miró todo como si fuese un banquete.
—¿Cómo lo has hecho?
Ella sonrió.
—Al fin y al cabo, estamos en San Francisco. Todo es posible. ¿No es eso lo que me dijiste cuando intentaste convencerme de que me viniese aquí a vivir contigo?
—Apuesto a que la tarta no es mi favorita —comentó él mientras hundía el cuchillo en la gruesa capa de nata que la cubría.
—Claro que sí. De chocolate, y rellena de frambuesas —confirmó Jane.
Él giró la cabeza y le sonrió.
—Eres increíble.
—Eso me has dicho siempre. Supongo que tendré que hacer lo posible para mantener mi reputación.
A continuación, abrió un cajón y sacó tres pequeños paquetes de colores chillones.
—Primero esto, y luego la tarta.
Como había hecho siempre, Mike abrió primero el más pequeño. Era un llavero dorado con un dibujo de una playa y la palabra Virginia escrita debajo en letras rojas.
—¿Te da miedo que me olvide de mi casa? —le preguntó él riendo.
Ella lo miró y dijo en voz baja:
—Me temía que ya lo hubieses hecho.
Mike dejó de reír y la miró a los ojos.
—Eso, nunca.
Jane tragó saliva y apartó la mirada.
—Abre el más grande ahora —insistió.
—Siempre dejo el más grande para el final.
—Este año, no.
—Está bien —dijo él, tomando el paquete más grande.
Como si quisiese provocarla, se tomó su tiempo para abrirlo. Cuando por fin lo hizo, se sonrojó. La miró, sorprendido.
—No es posible.
—Sí que lo es —le aseguró ella—. Es una fotografía de tu coche, aquel descapotable azul que tanto te gustaba —hizo una pausa antes de añadir—: En el que hicimos el amor por primera vez.
—¿De dónde…? Pensé que había acabado en la chatarra hace mucho tiempo.
—No. Un día iba paseando por la ciudad cuando oí el sonido de aquel motor…
—Era inconfundible —rió él—. Sonaba como un cortacésped.
—Pues sigue funcionado. Ahora lo tiene un adolescente, uno de los hijos de Velma Scott. Se cree el más guay de la ciudad.
—Como yo en su momento.
—Tú eras el más guay —comentó Jane—. En fin, que le pedí que me llevase al río y me dejase hacerle una fotografía al coche, para ti.
—Espero que no le contases por qué.
Jane rió.
—No hizo falta. Esa parte se la imaginó él solo. Me dijo que se acordaba de habernos visto a los dos en el coche cuando era un niño.
—Espero que no nos viese nunca aparcados al lado del río.
Jane rió al ver su expresión de horror.
—Lo vendiste hace diez años. Por entonces, él debía de tener ocho. Dudo que lo dejasen salir por la noche.
—Menos mal —dijo Mike pasando la mano por el cristal del marco. La miró a los ojos—. Gracias.
—De nada.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿A qué se debe este viaje al pasado?
Jane se encogió de hombros, intentando fingir indiferencia.
—No lo sé. Supongo que sentí nostalgia al recordar que iba a ser tu cumpleaños y pensar que sería el primero en muchos años que no estaríamos juntos.
—¿Me has echado de menos, Jane? ¿Es eso?
Ella se obligó a no apartar la mirada de él, a no eludir la verdad.
—Te he echado de menos, sí. Más de lo que había imaginado que sería posible.
—Oh, cielo —susurró él, abrazándola—. Yo también te he echado de menos.
Le hizo levantar la cara y, muy despacio, inevitablemente, bajó la boca hasta sus labios. Al encontrarse, la pasión surgió al instante y toda una vida de recuerdos los invadió a ambos.
Nadie en Virginia habría dicho que Jane era una chica sencilla si la hubiesen visto aquella noche, pensó Mike mientras sus caricias hacían que se le sonrojasen las mejillas y le ardiese la mirada. Él siempre había pensado que era preciosa, pero esa noche estaba seguro de que nunca había visto a una mujer igual.
Tomó su rostro con ambas manos y la miró a los ojos.
—¿Estás segura? —le preguntó—. Nos habíamos prometido que no volveríamos a hacer esto. Me dijiste, acordamos, que sólo serviría para complicar las cosas.
—Hace mucho tiempo que no he tenido ninguna complicación en mi vida. Creo que voy a correr el riesgo —contestó ella sin bajar la vista—. Por favor, Mike, quiero que vuelvas a hacerme el amor. He echado de menos estar entre tus brazos. He echado de menos el modo en que me siento cuando me tocas.
—¿Así? —le preguntó él, acariciándola—. ¿Y así?
Bajó la mano hasta llegar al dobladillo de la falda y le acarició el interior de los muslos por encima de las sensuales medias negras que llevaba puestas.
Ella respondió con su característico gemido de placer. Poco a poco, Mike se fue acercando a la parte más íntima de su cuerpo, sin tocarla, hasta que Jane empezó a arquearse contra su mano, pidiéndole más. En la cama, su timidez natural siempre se desvanecía. Le hacía saber lo que necesitaba, lo provocaba para que se lo diese, y compartía todo su placer con él. En esos momentos, ya lo estaba haciendo.
A Mike también se le había acelerado el corazón, estaba excitado, pero seguía concentrado en ella. La llevó al límite, luego retrocedió, hasta que la tuvo jadeando y rogándole que la penetrase.
Él quería hacerlo. Claro que quería. Pero no había ido preparado. No había imaginado que terminarían la noche haciendo el amor, porque ambos habían decidido que su relación había terminado para siempre. Había pensado que, como mucho, conseguiría robarle el beso que había estado deseando darle desde que la había visto aparecer en su despacho esa tarde.
—Mike, por favor —le susurró Jane al oído.
Metió la mano entre ambos y acarició su erección, haciéndolo casi saltar de la cama.
—No podemos. No he traído nada —contestó él, lamentándolo mucho.
—No pasa nada —insistió ella, arqueándose contra su cuerpo.
Mike la miró sin convicción. Nunca se habían arriesgado antes.
—¿Estás segura?
Jade le apartó la ropa y lo besó en el vientre, y fue bajando.
—Estoy segura —le dijo antes de llevar la punta de la lengua a su erección—. Estoy segura.
Y él no volvió a cuestionarse su sinceridad. Era la primera mujer a la que había amado, la mujer cuyo cuerpo y cuyas respuestas conocía tan bien como las suyas propias. El deseo le impidió pensar de manera racional y empezó a quitarse la ropa, luego, siguió con la de ella. La piel de Jane estaba caliente y húmeda cuando por fin se colocó encima. Muy despacio, saboreando cada dulce sensación, la penetró, revistiéndose de su aterciopelado calor.
Por un momento, aquello fue suficiente, sólo volver a estar dentro de ella, sólo sentir cómo respondía su cuerpo, cómo le latía el corazón. Pero pronto quiso más, mucho más. Los gritos de Jane le retumbaban en la cabeza mientras la penetraba cada vez más, con un frenesí que iba más allá del deseo.
Nunca había sido así. Nunca habían hecho el amor con aquel abandono desinhibido, como si cada sensación fuese salvaje y temeraria y nueva. Ningún reto de los que había aceptado desde que la había dejado había sido tan excitante, tan estremecedor. Pasase lo que pasase con ellos, la química que había entre ambos siempre triunfaría. Aquélla era la prueba de ello. El pasado, el futuro, nada importaba. Sólo importaba el presente, el momento que estaban viviendo.
Al pensarlo, Mike sonrió.
Jane se dio cuenta. Estaba entre sus brazos, con sus cuerpos mojados de sudor. Echó la cabeza hacia atrás y lo miró con curiosidad.
—¿Qué es lo que te divierte?
—Tú —respondió él—. Me diviertes, me deleitas y me emocionas.
—Demuéstramelo —lo desafió, moviendo las caderas de manera provocadora.
—Sólo tienes que esperar —dijo él, rodando hasta tumbarse boca arriba, con ella encima—. Voy a dejar que hagas lo que quieras conmigo.
Se puso las manos detrás de la cabeza y descansó ésta en un montón de cojines.
—Soy todo tuyo, Janie.
Ella abrió mucho los ojos.
—Pero…
—Utiliza tu imaginación. Todo vale.
Jane sonrió.
—Has cometido un grave error, Mike. Tengo mucha imaginación y he tenido muchos meses para dejarla volar.
Para su sorpresa, se lo demostró.
Cuando por fin se desplomaron y se quedaron abrazados el uno al otro, Mike escuchó el suave sonido de su respiración y suspiró.
—Oh, Janie —murmuró—. ¿Cómo voy a dejarte marchar por segunda vez?
Tendría que hacerlo. De eso no le cabía ninguna duda. Le encantaba San Francisco y su trabajo, la vida que tenía allí, la seguridad que tanto le había costado lograr. Y por mucho que quisiera no podía negar que Jane pertenecía a la ciudad en la que ambos habían crecido. Sus raíces estaban allí, y sus sentimientos por el lugar y por sus amigos, todavía más. En unos días, estaría de vuelta en Virginia y él tendría que seguir adelante con aquellos recuerdos, solo.
Se despertó y vio que Mike seguía a su lado, respirando sobre su hombro, con un brazo por encima de su vientre, y sonrió. Lo suyo no había terminado, no con aquella poderosa química que explotaba en cuanto se tocaban. Tenían seis días más para encontrar una solución que les permitiese seguir juntos. Jane tenía más esperanzas de las que había tenido desde la noche que le contó que se marchaba.
—Tienes una expresión asquerosamente petulante —murmuró Mike con voz de dormido.
—¿Sí? Tal vez sea porque he conseguido no sólo que anoche no abrieses tu tercer regalo, sino que tampoco probases ni la tarta ni el champán.
—¿Y consideras eso un buen golpe?
—Lo considero un milagro.
—¿Dónde está ese regalo?
Jane se encogió de hombros.
—Por el suelo, en alguna parte, supongo.
—Espero que sea algo que no se rompa.
Ella sonrió al pensar lo que había en aquella caja: preservativos que brillaban en la oscuridad. Los había comprado de broma… como último recurso si la fotografía del coche no funcionaba para llevárselo a la cama. Aunque cabían pocas posibilidades de que Mike, que era un macho sano y viril, se resistiese a un mensaje tan descarado. Además, como él había dicho la noche anterior, nunca se habían arriesgado durante su relación. Y ella no lo había hecho a propósito la noche anterior. Prueba de ello eran los preservativos.
No obstante, no podía dejar de repetirse en silencio que esperaba haberse quedado embarazada. No para atraparlo, pero para tener ese hijo que tanto deseaba. El hijo de Mike.
—¿Jane?
—¿Umm?
—El regalo. No se rompe, ¿verdad?
—No tienes que preocuparte por eso —le aseguró ella—. Éstos tienen garantía de que no se rompen.
—¿Éstos?
Jane bajó de la cama y encontró la caja. Se la dio. Él la sacudió, intrigado por su escaso peso. Luego quitó el papel y, al ver lo que había dentro, rió.
—¿Por precaución?
—Hay doce. Quiero recordar que hubo una época en la que lo habrías considerado un reto.
Él le guiñó un ojo.
—Y todavía es así. Vamos a pedir un buen desayuno para que tenga fuerzas para continuar.
Vieron muy poco de San Francisco al día siguiente, y al siguiente, pero Jane no habría podido estar más feliz. Al fin y al cabo, había ido a ver a Mike, no la ciudad. Aquélla era la luna de miel que nunca habían tenido, la que siempre había soñado desde que había sabido lo que era una luna de miel. No parecía importar que la boda con la que también había soñado no hubiese tenido lugar. El apetito que sentían el uno por el otro era más insaciable que nunca. Hablaban, hacían el amor, comía, hacían el amor, dormían y volvían a hacer el amor. No podría haber sido más perfecto.
