Un amor traicionado - Margaret Way - E-Book
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Un amor traicionado E-Book

Margaret Way

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Beschreibung

¿Dulce venganza? Nick Konrads había hecho fortuna y había vuelto al mismo pueblo australiano que lo expulsó de su seno años atrás. ¿Su crimen? Haberse enamorado de la tierna, inocente y adinerada Suzannah, que había traicionado su amor. Como nuevo propietario de la antaño gloriosa mansión de la familia de Suzannah, Nick pretendía hacerle pagar su deslealtad. Pero no podía negar los sentimientos que seguía albergando hacia ella. Y cuando vio por primera vez a la hija de Suzannah, de seis años de edad, la reconoció de inmediato: era su hija.

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Seitenzahl: 181

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Margaret Way Pty., Ltd. Todos los derechos reservados.

UN AMOR TRAICIONADO, N.º 86 - junio 2013

Título original: Claiming His Child

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Este título fue publicado originalmente en español en 2000.

Publicada en español en 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3117-9

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Capítulo 1

No habÍa nada como el momento de la premonición. La certidumbre surgida de ninguna parte. En el mismo instante en que Bebe, su secretaria, irrumpió en su despacho con la última edición del Preview, la afamada revista inmobiliaria, Nick sabía lo que sucedería a continuación. Por muy poco científico que fuera.

«Maldita seas, Suzannah», pensó. «Maldita seas por haberte metido de nuevo en mi vida».

–Creo que hemos encontrado lo que buscábamos, Nick –le estaba diciendo Bebe, satisfecha.

Bebe Marshall, de cuarenta y ocho años, era alegre y entusiasta, maravillosamente eficiente y ferozmente leal. Con una madre inválida a la que cuidar, se había arriesgado a abandonar Ecos Solutions para pasar a trabajar para Nick, cuando este se había arruinado cuatro años atrás para fundar su propia empresa de asesoría en tecnologías de la información: Konrads. Ni Bebe ni él se habían echado atrás. A esas alturas, Nick ya era multimillonario y Bebe, cuya madre ya contaba con ayuda profesional a tiempo completo, no tenía necesidad alguna de seguir trabajando. De hecho, los restantes miembros de su equipo, todos por debajo de los treinta y cinco años y altamente cualificados, veían generosamente recompensada tanto su lealtad como su dedicación a los proyectos. Konrads había empezado creando un programa informático muy utilizado por los profesionales de la medicina en análisis genéticos y pruebas de ADN. Su actual proyecto consistía en la creación de una gigantesca base de datos mundial al servicio de los especialistas médicos de todo el mundo, que contenía información de todos los aspectos relacionados con la genética.

–Oye, por cierto... ¿es que tú nunca duermes? –le preguntó Bebe. Eran las ocho menos cuarto de la mañana. Había llegado temprano pero, como siempre, para entonces Nick ya había empezado su jornada.

–Claro que sí. Lo que pasa es que no necesito dormir mucho –se levantó y cuadró los hombros, preparándose para lo que iba a seguir a continuación.

–Supongo que debe de tratarse de una característica de los genios –Bebe sacudió la cabeza, mirándolo maravillada.

Nick Konrads era un hombre realmente asombroso, una verdadera fuente de poder. El hombre que superaba a los demás miembros de su plantilla, todos ellos maestros consumados en ciencia informática y tecnologías de la información. Bebe bendecía el día en que se fijó en él, recién salido de la universidad, un cerebro fabuloso que Groszmann, de Ecos, soñaba con contratar. Un mago de la informática, brillante matemático, una personalidad que magnetizaba a la gente y, además, un magnífico compañero. Todo el mundo en Konrads era consciente del privilegio que significaba poder trabajar allí. Nick era un jefe fenomenal, y se merecía sin lugar a dudas el meteórico éxito que había tenido.

Pero también era un hombre que trabajaba bajo una tremenda presión, lo cual hizo pensar a Bebe en el motivo por el que había comprado la última edición del Preview. Nick necesitaba un descanso. Algún lugar hermoso y tranquilo donde pudiera retirarse a descansar cuando lo necesitara. Era ella quien había concebido la idea, y se había sentido muy satisfecha de que Nick la acogiera con tan buena disposición.

–Venga, dime –la invitó él, acercándose al enorme ventanal que ofrecía una espectacular vista de la bahía de Sídney–. ¿Qué propiedades vas a enseñarme? –hablaba con tono desenfadado, casi burlón.

Apreciaba mucho a Bebe, pero en aquel instante tanto su mente como su cuerpo vibraban de recuerdos. Recuerdos de cuando era un niño de diez años y sus padres inmigrantes acababan de establecerse en la tranquila y próspera población rural de Ashbury, al norte de Nueva Gales del Sur. El propio Nick había nacido en Viena, de padre alemán y madre checa, pero sus padres se lo habían llevado a Australia a la edad de cinco años. Ya entonces su padre se encontraba enfermo, aunque había tardado mucho tiempo en descubrirlo; tanto él como su esposa habían sido refugiados políticos.

–Dime, ¿qué te pasa esta mañana? –le preguntó en aquel instante Bebe–. Creo que no me estás escuchando.

–Perdona –se volvió para sonreírle, mirándola intensamente con sus ojos brillantes, casi negros.

–Bien. Sé que probablemente te hayas pasado la mayor parte de la noche trabajando, pero hay tres propiedades a las que creo que deberías echar un vistazo. Las he marcado con rotulador amarillo. Un maravilloso refugio en la isla de la Barrera de Arrecifes. El escenario, magnífico. Los jardines, espléndidos, y una mansión de estilo clásico...

«Bellemont Farm». Nick sabía que se trataba de aquella finca antes de que Bebe llegara a pronunciar su nombre. Era como una abrasadora huella en su corazón. Casi pronunció el nombre en voz alta, sintiendo un escalofrío en la base del cuello.

–Una propiedad de doscientas hectáreas, a unos treinta kilómetros de Ashbury –continuó Bebe–, utilizada como picadero ideal y con el sugerente nombre de Bellemont Farm. ¡Suena estupendo! Grandes praderas, un arroyo que atraviesa la propiedad, una mansión de estilo colonial con ocho dormitorios, cinco cuartos de baño, caballerizas y todo tipo de facilidades para montar a caballo, pista de tenis, piscina, una pesca estupenda en el cercano río Ashbury... El lugar adecuado para un tipo como tú.

–Te encanta cuidarme, ¿verdad, Bebe?

–Por supuesto –asintió con la cabeza–. Tú me has cuidado mucho a mí. Mi madre y yo te incluimos en nuestras oraciones nocturnas.

–¿Quieres asegurarte de que vaya al cielo?

–Creo que tendrás a los ángeles comiendo de tu mano –comentó.

–Gracias, Bebe.

Volvió a su escritorio después de darle una cariñosa palmadita en el hombro. Aunque sonreía, una sombría expresión oscurecía su mirada. Bebe estaba asombrada, ya que raramente lo había visto así; siempre mantenía sus emociones bajo un estricto control.

–La secretaria del profesor Morganthal confirmó su cita a las nueve y media.

–Sabía que volvería con nosotros –comentó Nick–. Somos su mejor ayuda.

–Estoy segura de que ahora ya es consciente de ello. Volviendo a lo del Preview, puedo conseguirte una información todavía más detallada. Con treinta y un años todavía eres joven, Nick, y también eres muy fuerte, pero sufres una constante presión. Al igual que nosotros, necesitas descansar.

–¡De acuerdo, de acuerdo, Bebe! Me encargaré de todo esto en cuanto tenga oportunidad. Te lo prometo. Podrías ponerte en contacto con Chris y con Sarah en cuanto lleguen. Necesito que me faciliten información para un trabajo importante.

–Déjamelo a mí –repuso Bebe con energía, antes de marcharse.

Nick siguió trabajando durante unos diez minutos hasta que finalmente se dio por vencido y tomó la revista. La isla de la Barrera de Arrecifes, un óvalo esmeralda rodeado de un anillo de pura arena blanca sobre un mar de color turquesa. Y en el centro, Bellemont Farm, el lugar que había aprendido a amar y luego a odiar. Bellemont Farm, el hogar de los Sheffield desde los tiempos de la colonia. El hogar de Marcus Sheffield y de su única hija, Suzannah. Suzannah. ¿Acaso nunca se libraría de ella?

Simplemente con susurrar su nombre se veía asaltado por una tormenta de furia y dolor. Suzannah, con su melena oscura flotando como un halo en torno a su rostro. A pesar de que era dos años menor que él, la primera vez que la vio le había parecido tan exquisita, tan pulcramente vestida, tan evidentemente mimada y privilegiada que casi había experimentado miedo ante su presencia. Recordaba incluso haber sentido una dolorosa opresión en el pecho hasta que, enfadada por su silencio, Suzannah había empezado a hacer muecas y a inventarse nombres divertidos con los que llamarlo. La táctica había dado buen resultado, ya que a partir de ese momento se convirtieron en grandes amigos. Poco después Suzannah empezó a recibir clases de idiomas y matemáticas del padre de Nick, que había sido un académico de renombre en su país, y también lecciones de piano impartidas por su madre. Tres años después del día en que Nick cumplió trece, su padre murió como consecuencia de una larga enfermedad pulmonar: su madre y él quedaron entonces solos en un país extranjero, con el corazón destrozado y pasando apuros económicos.

Fue así como empezó todo. Nick se puso a trabajar... en cualquier cosa. Cortando el césped, limpiando establos, coches, haciendo labores de carpintería... Era el típico chico extranjero que parecía encargarse y saber de todo. No pasó mucho tiempo hasta que su inteligencia natural comenzó a revelarse. Superaba a sus profesores mientras rezaba a Dios pidiéndole un imposible: que volviera su padre, que había sido su mejor maestro.

Incluso Suzannah se había beneficiado en gran medida de haber tenido al padre de Nick como profesor. Después de su fallecimiento, ella continuó acudiendo a su modesta casa para recibir las dos clases de piano a la semana que impartía la madre de Nick, y el propio Nick se ocupó de ayudarla en sus estudios. Juntos fueron al instituto de Ashbury, porque Suzannah se había negado a matricularse en las selectas escuelas de Sídney para no separarse de su padre.

–Y de ti también, Nick –recordaba Nick que le había dicho ella, mirándolo con los ojos brillantes–. No podría soportar alejarme de ti. Somos almas gemelas.

Lo mismo había pensado él en aquel entonces. Suzannah fue para Nick la hermana que nunca llegó a tener. Incluso desde que eran niños siempre había existido algo especial entre ellos. Pero cuando llegaron a la adolescencia, todo se complicó terriblemente. Nick dejó de contar con el favor de Marcus, y a la edad de dieciséis años, él mismo empezó a darse cuenta de que ya no resultaba conveniente que siguiera siendo el mejor amigo de su hija.

Aquel papel estaba reservado para Martin White, perteneciente a una de las mejores familias del distrito. Rubio, de ojos azules, Martin había hecho todo lo posible por disgustar a Nick, ocupándose de que nunca olvidara que era un «extranjero», aunque ambos sabían que su animosidad mutua no se debía sino a su rivalidad por conseguir el amor de Suzannah. A la temprana edad de catorce años Suzannah estaba rodeada de admiradores, atraídos por su belleza y por su inteligencia, así como por su condición de única hija del hombre más rico e influyente del distrito.

River Road. Un fantástico lugar con viejísimos árboles que daban sombra a las cristalinas aguas del río Ashbury. A todos los jóvenes del pueblo les encantaba bañarse allí, a donde acudían en grupos. Pero Suzannah y Nick preferían ir solos, e incluso tenían su rincón secreto favorito, el cruce de Jacaranda, una charca muy profunda en la que nadaban como peces. Solían ir en bicicleta, bordeando primero el río y descendiendo después por el estrecho sendero que llevaba a su privada laguna de jade.

–¡Qué calor! –exclamó Suzannah mientras bajaba apresurada de su bicicleta–. ¡Qué ganas de darme un chapuzón! –empezó a quitarse su uniforme de la escuela hasta que se quedó en traje de baño. Alta para su edad, tenía unas piernas largas y bien torneadas, y sus pequeños senos destacaban ya bajo la fina tela azul.

Nick la había visto hacer eso muchas veces antes, pero de repente sintió una violenta punzada de deseo.

–Venga. ¿Por qué sigues ahí? –se volvió para mirarlo, riendo.

Nick permanecía de pie, sin moverse, mirándola fijamente, incapaz de articular una sola palabra.

–¡Hey, tonto! ¿Se puede saber qué es lo que estás mirando ahí quieto, como un pasmarote?

¿Cómo podía dejar de hacerlo, cuando se estaba ahogando en la contemplación de su belleza? Por primera vez comprendió lo que significaba quedar hipnotizado por una mujer. Pero no era una mujer; era una chica de trece años. Una pequeña virgen. La princesa de su padre.

Finalmente se desnudó para zambullirse en el agua, agradecido de que su frialdad aplacara el ardor de su cuerpo adolescente. Suzannah era una llama. Él lo sabía. Y sabía que podía arder ante su contacto.

Poco después salieron de la charca, a la ribera arenosa.

–Ha sido maravilloso. Justo lo que necesitaba –comentó Suzannah secándose rápidamente antes de pasarle la toalla, porque Nick siempre se olvidaba de la suya.

No fue de sorprender que no replicara nada a su comentario. Sabía que, después de aquello, nada volvería a ser lo mismo.

Había estallado una tensión. La tensión sexual. No podía refrenar sus sentimientos. Se había enamorado.

–¿Nick?

–Nunca más volveremos aquí . Al menos solos –las palabras brotaron de sus labios en un espontáneo torrente. La decisión ya estaba tomada.

–Oh, Nick, este es nuestro lugar –protestó Suzannah–. No quiero juntarme con los demás.

–Tu padre no querrá que vengamos aquí solos –insistió él.

–¡Desde luego! –se echó a reír–. Nos mataría si se enterase.

–Entonces sabes lo que quiero decir, Suzy.

Nick la recordaba de pie en la arena, perfectamente inmóvil, frágil como una ninfa de las aguas.

–Con nadie estaría más segura que contigo –las lágrimas inundaron de repente sus ojos de color azul oscuro.

–Sí, es cierto, pero yo no quiero hacer nada que pueda perjudicarte. Eres una niña.

–Y tú también –lo miró furiosa.

–No, yo no. Nunca he sido un niño como tú y tus amigos. En cierto sentido, eres como ellos.

–¡Ni hablar! Yo soy diferente –se acercó a él, ruborizada.

–Pero tú no ves lo que yo –replicó Nick–. No sientes lo que yo.

–Sé que te quiero. Tú eres mi mejor amigo.

–Siempre cuidaré de ti. Siempre –se volvió bruscamente.

En ese instante Suzannah cometió el error de posar una mano sobre su espalda desnuda.

–¿Nick?

–Venga, vistámonos –le ordenó, sintiéndose humillado por la reacción de su propio cuerpo.

–Nick, no te enfades –le suplicó.

–No estoy enfadado. Anda, vámonos. Tú misma has dicho que a tu padre no le gustaría nada que nos viera aquí.

–Pronto cumpliré catorce años –se volvió para vestirse, obediente–. La misma edad que Julieta.

–No seas ridícula –en vano intentó hablar con tono tranquilo, recogiendo rápidamente su ropa. Se puso los pantalones, se los abrochó y tomó luego la camisa.

–No tienes por qué hablarme así –replicó furiosa–. No eres mi hermano mayor.

Algo en su voz le hizo creer a Nick que estaba a punto de llorar. ¿Suzannah llorar? Jamás lo hacía.

–Venga, Suzy. No he querido molestarte...

–Pues lo has hecho.

Fue entonces cuando Nick la besó. Acunándole delicadamente el rostro con las manos, le acarició los labios con los suyos. Sabía tan fresca y tan dulce...

Cuando la soltó ella lo agarró a su vez de una muñeca, y sus rosados labios se dispusieron a formar unas palabras... Unas palabras que no llegaron a pronunciar porque en ese preciso instante una voz masculina, joven y rabiosa, llegó hasta sus oídos:

–¿Qué diablos estás haciendo, Konrads?

Martin White iba vestido con una camisa blanca, vaqueros y zapatillas. La luz del sol arrancaba reflejos a su espeso cabello rubio. Se acercó a la ribera. Era un joven atlético, pero no tanto como Nick.

–Suzannah, estoy impresionado. Espera a que tu padre se entere de esto. ¿Cómo permites que este tipo te manosee?

Ella se abalanzó contra él, con los puños cerrados, y lo golpeó en un hombro.

–«Este tipo»–gritó– vale diez veces más que tú. Es, con diferencia, el chico más inteligente que hemos tenido en este pueblo y probablemente nunca habrá otro igual. Y además de inteligente es honesto y trabajador. Tú, en cambio, eres un patético ignorante. Con seis años aún no sabías leer... ¡cuando yo ya lo hacía con tres! –exclamó, cada vez más furiosa–. En cuanto a lo de contarle esto a mi padre... Hazlo y te juro que no volveré a dirigirte la palabra durante el resto de mi vida.

Era una amenaza que afectó profundamente a Martin White. Un puñado de años después, se casó con ella.

Con la Suzannah de Nick.

Capítulo 2

La luz de unos faros la despertó, iluminando el dormitorio. Repentinamente alerta a cada sonido, Suzannah volvió la cabeza para mirar la hora que marcaba el reloj de la mesilla: las dos y treinta y cinco. El lado derecho de la cama estaba vacío, las sábanas sin arrugar. Era Martin, que a esas horas volvía a casa. «¿Qué le ha sucedido a mi vida?», se preguntó aturdida. «Lo he intentado, Dios sabe que lo he intentado, pero nuestro matrimonio estaba condenado desde el principio». Las mentiras y el desengaño. Las heridas que se profundizarían sin sanar. Incluso entonces todavía quería a Martin, aunque nunca lo hubiera amado. Y durante todo ese tiempo Martin lo había sabido.

Las luces no derivaron hacia el garaje, como había esperado ella. Pero de pronto se dio cuenta de que el motor del coche sonaba distinto. El sonido cesó cuando el vehículo se detuvo frente a la puerta principal, y Suzannah se incorporó con rapidez. Martin llevaba algún tiempo bebiendo demasiado... ¿habría sufrido un accidente? Se puso la bata azul marino, se calzó las zapatillas y corrió al balcón.

Un coche de policía se hallaba aparcado en el sendero de entrada, con las luces de alarma puestas. Suzannah se giró en redondo, con las piernas temblando. ¿Había algo más aterrador que ver un coche de policía a la puerta de casa a esas horas de la madrugada? Eso solamente podía significar problemas.

En su carrera por el pasillo y las escaleras, se detuvo un instante para cerrar la puerta de la habitación de Charley, cuidando de que nada interrumpiera el sueño de su hijita. En cuanto a su padre, Suzannah sabía que estaría durmiendo profundamente. Desde que sufrió el ataque de apoplejía, se había estado medicando mucho. Ya casi había terminado de bajar las escaleras cuando llamaron al timbre.

–¡Suzannah! Siento mucho molestarte –era Frank Harris, el jefe de la policía local, acompañado del agente Will Powell–. ¿Podemos entrar?

–¿Qué es lo que pasa, Frank? –inquirió con voz tensa y preocupada, después de invitarlos a pasar al vestíbulo–. ¿Se trata de Martin? –podía verlo en sus ojos.

–Que no se desmaye –pronunció en ese momento Will Powell, avanzando un paso como dispuesto a sujetarla.

Lo siguiente que recordó fue que los tres estaban en el salón, y que Frank la sostenía con cuidado.

–Lo siento mucho, Suzannah –su voz era profunda, amable. La sentó en una silla–. Ha sido un accidente. El coche de Martin se salió de la carretera del río. Chocó contra un árbol.

–¡Oh, Dios, no! –se agarró la cabeza con las manos, estremecida. No, Martin no. La vida daba otro trágico giro.

–Lo siento –repitió Harris, recordando que restaba otra mala noticia que darle. Martin White no había estado solo. Su acompañante, Cindy Carlin, también había fallecido. La había reconocido al instante por su larga melena rubia. Los conocía a todos; los conocía desde que eran niños: a Suzannah, a Martin, a Cindy, al chico inmigrante, Nicholas Konrads, que había abandonado el pueblo... expulsado por Marcus Sheffield.

Habían pasado siete años desde entonces, pero Harris aún lamentaba su marcha. Konrads se había convertido en un genio de los negocios, y Suzannah se había casado con el hombre equivocado. Marcus Sheffield, rico y arrogante, el supremo manipulador, había perdido la mayor parte de su fortuna y también su salud, antaño tan robusta. Y ahora fallecía su yerno, el marido de Suzannah, el padre de la pequeña Charlotte. La legendaria Bellemont Farm se había convertido en un lugar triste y deprimente.

Suzannah apenas podía recordar los sucesos que antecedieron al funeral. Fue como si se hubiera puesto en piloto automático para seguir adelante y sobrellevarlo todo. No se enteró de los rumores que circularon velozmente por la población. Rechazó la ayuda de sus bienintencionados amigos, explicó a Charlotte lo que le había ocurrido a su padre, habló con su padre brevemente y se encargó personalmente de todos los preparativos.

El cielo no lloró el día del funeral. Martin White yacía bajo un sol radiante acompañado de su familia y amigos, después de oficiada la ceremonia en la iglesia anglicana donde se había casado con Suzannah. Fue un gran funeral impregnado de sombría dignidad, en el que la gente hablaba en murmullos.

Al contrario que en el funeral oficiado el día anterior por el alma de Cindy Carlin, en el que sus padres levantaron la voz para condenar a Martin White y a la familia Sheffield, que en su opinión todavía seguía siendo la dueña del pueblo. También sacaron a colación la manera en que el joven Nick Konrads había tenido que huir de la población, y muchos escándalos más.