Un momento en la vida - Sherryl Woods - E-Book
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Un momento en la vida E-Book

SHERRYL WOODS

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Beschreibung

En la pequeña comunidad de Chesapeake Shores, en Maryland, la "no relación" entre Susie O' Brien y Mack Franklin estaba confundiendo a todo el mundo, sobre todo desde que pasaban juntos todos y cada uno de los minutos que tenían libres. Cuando aquella amistad platónica por fin comenzó a subir de temperatura, la emoción de Susie fue indescriptible. Pero justo en el momento en el que la felicidad parecía al alcance de su mano, Mack perdió un trabajo que adoraba y Susie tuvo que enfrentarse a un diagnóstico devastador. Sin embargo, los O'Brien siempre superaban las crisis unidos. Incluso su prima Jess, la rival de Susie durante muchos años, llegó a convertirse en un apoyo incondicional. Sobre todo cuando una antigua amante de Mack llegó al pueblo. Era mucho lo que estaba en juego, pero Susie estaba más que dispuesta a aceptar el desafío, siempre y cuando tuviera a Mack a su lado.

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Seitenzahl: 500

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2011 Sherryl Woods. Todos los derechos reservados.

UN MOMENTO EN LA VIDA, N.º 27 - Febrero 2013

Título original: Beach Lane

Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-2648-9

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Bienvenidos de nuevo a esta pequeña comunidad de Maryland, Chesapeake Shores, para conocer otra historia rebosante de vida y amor de la mano de Sherryl Woods.

En esta nueva entrega, nuestros protagonistas, Mack Franklin y Susie O’Brien tendrán que enfrentarse a los últimos y devastadores acontecimientos que pondrán a prueba su amor, un amor nacido desde la amistad.

Con el estilo sencillo que caracteriza la prosa de nuestra autora y destacando como siempre la agilidad de los diálogos, que hasta en los momentos más trágicos de la narración muestran un toque de humor, Un momento en la vida transmite un mensaje positivo y esperanzador sobre la supervivencia y la capacidad del amor para superar cualquier problema.

Por eso queremos recomendarlo sinceramente a todos nuestros lectores.

Feliz lectura.

Los editores

Capítulo 1

Los hombres de su familia eran la pesadilla de la vida de Susie O’Brien. Estaba rodeada de ellos y todos eran extremadamente cabezotas, empezando por su padre, Jeff, siguiendo por sus tíos, Mick y Thomas, y añadiendo a sus hermanos, Mack y Franklin, que eran los peores. Era raro que pudiera pasar un día entero sin tener que gritar a alguno de ellos.

Y aquel día en concreto parecían estar poniendo su paciencia al límite de todas las formas que uno pudiera imaginar. Antes de que hubiera bebido el primer sorbo de café por la mañana, su tío Mick había entrado furioso en la agencia inmobiliaria que Susie dirigía con su padre en Chesapeake Shores.

–¿Dónde está Jeff, ese...? –al verla fruncir el ceño, Mick había decidido reprimir el insulto que estaba a punto de salir de sus labios–. ¿Dónde está tu padre?

–Mi padre tenía una cita con una cliente –respondió Susie.

Después, eligió con tacto las palabras para hablar del paradero de su padre. Sabía que aquella propiedad en particular era un tema espinoso para Mick.

–Está enseñando una casa de Mill Road. Es la tercera vez que han pedido ir a verla y es muy probable que hoy firmen un contrato.

Mick frunció el ceño mientras repasaba mentalmente las propiedades que tenían en Mill Road. No tardó en caer en la cuenta.

–¿La casa de Brighton? ¿Por fin están dispuestos a deshacerse de ese engendro? ¿Cómo es que han decidido contar con la inmobiliaria? Lo último que sabía era que ni siquiera les dirigían la palabra a los O’Brian.

Susie disimuló una sonrisa. El enfado de su tío se debía a que el señor Brighton se había negado a venderle una propiedad que habría resultado clave durante el proceso de construcción de Chesapeake Shores. Al parecer, su negativa tenía relación con un conflicto surgido entre los Brighton y los O’Brien varias generaciones atrás que ni el dinero ni las mejores dotes de persuasión habían sido capaces de resolver. Por lo que Susie sabía, uno de los tatarabuelos de los Brighton había robado un gallo a los O’Brian, le había retorcido el cuello y lo había asado para la comida del domingo. En su familia no hacía falta nada más para generar una enemistad que podía prolongarse durante generaciones.

–Eso parece –confirmó Susie–. Por lo visto, los herederos del señor Brighton no tienen tantos prejuicios contra los O’Brien como él.

–Viejo cabezota –musitó Mick.

–¿Por qué querías ver a mi padre? –preguntó Susie–. ¿Ha surgido algún problema?

Durante años, los problemas o las celebraciones que organizaba su madre habían sido el único vínculo entre los dos hermanos. Nell O’Brien siempre había insistido en que, aunque estuvieran enfadados, los tres hermanos y sus respectivas familias tenían que celebrar las fiestas bajo el mismo techo. Susie no podía recordar una sola celebración familiar libre de tensiones. Las fábricas de antiácidos debían de estar muy agradecidas a las dinámicas de la familia O’Brien.

Mick y su padre eran capaces de comportarse de forma civilizada durante una hora o dos, que ya era más de lo que se podía decir de Mick y su tío Thomas, al menos hasta hacía un tiempo. Durante los últimos años, habían llegado a una especie de acuerdo que había permitido llevar algo parecido a la paz a Middle East. Era un tratado que, al igual que otros anteriores, Susie sospechaba no tenía muchas posibilidades de durar. Aun así, el hecho de que Thomas estuviera con Connie Collins parecía haberle suavizado. Y ella también estaba decidida a mantener la tregua.

–Ha vuelto a haber una fuga de agua en la librería de Shanna –le explicó Mick a Susie, refiriéndose al negocio que su nuera tenía en la calle principal–. Y, francamente, también debería echar un vistazo a las cañerías de la galería de Megan. Lo último que necesita es que una fuga de agua acabe con todas esas obras de arte tan valiosas.

Susie le miró con fingida inocencia.

–¿Pero los cuadros no están colgados de las paredes?

Su tío la miró con el ceño fruncido.

–¿Qué quieres decir?

–Nada, que haría falta una inundación para que se echaran a perder esos cuadros –le dirigió una sonrisa radiante–. Además, cuando le cediste a Megan ese espacio por un dólar al año, ¿no quedasteis en que ella se haría cargo del mantenimiento? Si quieres, puedo echar un vistazo al contrato. Nos quedamos una copia, creo recordar que porque tú insististe en ello.

Mick le dirigió una mirada avinagrada.

–Si tu padre estuviera tan pendiente de los detalles como tú, sería un mejor hombre de negocios.

–No tiene por qué estar pendiente de los detalles –replicó Susie–, para eso ya me tiene a mí. Pero le pediré al fontanero que se pase por la librería. Lo último que necesitamos ahora es otra reclamación al seguro. Y también le diré que se pase por la galería de Megan, siempre y cuando te hagas tú cargo de las cuentas.

Aunque a regañadientes, Mick asintió.

–De acuerdo –la miró atentamente–. ¿Vendrás a casa el día de Acción de Gracias?

–Por supuesto.

Mick continuó estudiándola con la mirada.

–¿Y traerás a Mack?

Susie se quedó completamente paralizada.

–¿Por qué voy a tener que llevar a Mack? Nunca lo he hecho.

–Llevas ya cerca de tres años saliendo con Mack Franklin –respondió Mick–, quizá más. ¿No va siendo hora de que os toméis las cosas en serio o dejéis ya vuestra relación? ¿Qué clase de hombre es capaz de estar dando largas a una mujer durante tanto tiempo? ¿Y qué clase de mujer es capaz de permitírselo? Te mereces algo mejor que eso, Susie. Al fin y al cabo, eres una O’Brien, aunque no seas hija mía. Yo no habría permitido que trataran de ese modo a mis hijas.

–Mack y yo no estamos saliendo –respondió Susie con frialdad–. Solo somos amigos. Además, el cómo me trate o deje de tratarme no es asunto tuyo.

Mick sacudió la cabeza.

–Pues si quieres saber mi opinión, lo único que estás haciendo es perder el tiempo. O le atrapas de una vez, o será mejor que sigas adelante sin él. Ese es mi consejo.

–Un consejo que no te he pedido.

Llevaba ya cerca de dos años teniendo que oír distintas versiones de ese mismo consejo de diferentes miembros de la familia y algún que otro metomentodo. Y estaba comenzando a cansarse, entre otras cosas, porque era un consejo que no tenía ganas de escuchar.

Desgraciadamente, por muy enamorada que hubiera estado de Mack durante la mayor parte de su vida, también era una mujer realista. Mack era un hombre guapo y atractivo, un deportista retirado acostumbrado a salir con mujeres sexys y sofisticadas. Sabía que no iba a tomarse nunca en serio su relación con una mujer que, en sus mejores días, podía considerarse normalita y que podía llegar a tener un aspecto lamentable cuando el sol cubría de pecas su pálido rostro y su melena pelirroja se negaba a dejarse domeñar. A pesar de su licenciatura y de los viajes a Irlanda que había hecho con su familia, Susie era, básicamente, una mujer de pueblo, y no se consideraba en absoluto el tipo de mujer adecuada para Mack.

Aunque Shanna, que estaba casada con Kevin, el primo de Susie, insistía en que Mack estaba tan enamorado como ella, Susie no terminaba de creérselo. Además, había descubierto que, una vez establecido un patrón de relación basado únicamente en la amistad, era casi imposible cambiarlo. En el caso de Mack y de ella, parecía un patrón esculpido en piedra. Y, aparte de un beso bajo el muérdago que se les había escapado de las manos, su relación era estrictamente platónica. Sin embargo, ese beso le había dado suficientes esperanzas como para continuar con aquella relación.

–A lo mejor le invito yo mismo a venir –sugirió Mick, mirando atentamente a Susie, como si quisiera analizar su reacción–. ¿Qué te parece?

Susie se encogió de hombros.

–Haz lo que quieras.

Estar cerca de Mack no representaba ningún problema. Estaban juntos muchas veces. El problema era cómo dar un giro romántico a su relación. Ese era el verdadero problema. Atarle a su cama y acostarse con él le parecía una solución extrema, pero estaba tan desesperada que hasta estaba comenzando a considerar esa posibilidad.

Más allá de eso, no tenía la menor idea de cómo cambiar las cosas sin arriesgarse a sufrir una humillación. Se preguntó qué diría su tío si le preguntara qué le parecería que le pidiera directamente a Mack que hiciera el amor con ella. Sonrió al imaginárselo.

Mick la miró con recelo.

–¿Por qué sonríes?

–Me estaba preguntando hasta dónde serías capaz de entrometerte en mi relación con Mack –contestó Susie, mirándole con curiosidad.

–¿Qué quieres decir?

–Estás muy orgulloso de tener a tus cinco hijas felizmente casadas. ¿Qué crees que podrías hacer para llevarnos a Mack y a mí al altar?

En cuanto vio el brillo de sus ojos, Susie reconsideró su pregunta.

–Por supuesto, no te estoy pidiendo que intervengas –le aclaró precipitadamente–. Solo me lo estaba preguntando.

Mick sacó una silla y se sentó, adoptando una expresión repentinamente seria.

–Muy bien, pensemos en ello. Supongo que todavía tengo algunos trucos que podrían funcionar.

El lado más atrevido de la naturaleza de Susie la traicionó al percibir el entusiasmo de su voz. Pero seguramente, la situación en la que se encontraba su relación era preferible al desastre que su tío podía llegar a provocar.

–No importa, tío Mick. Creo que será mejor que me ocupe yo sola de Mack.

–¿Estás segura? –preguntó Mick. Parecía decepcionado–. Como tú misma has dicho hace un momento, tengo unos buenos antecedentes.

Susie sabía que la mayoría de sus primos habían encontrado el verdadero amor a pesar de las interferencias de su padre, no gracias a ellas.

–Sí, estoy segura.

Mick se encogió de hombros.

–Tú verás, pero si cambias de opinión, cuenta conmigo. Es evidente que tu padre no te está ayudando en nada, pero conmigo, puedes contar para lo que quieras.

Susie tuvo que esforzarse para disimular una sonrisa. Volvía a asomar la cabeza el espíritu competitivo de su tío. Quizá ella no supiera qué le deparaba el futuro con Mack, pero estaba plenamente convencida de que lo último que necesitaba era que su padre y su tío se entrometieran en su relación e intentaran tomar las riendas de su futuro. Lo que tenía que hacer era encontrar la manera de que Mack dejara de considerarla una amiga y comenzara a darse cuenta de que era una mujer deseable.

Cuando Mick salió de la agencia, Susie miró con pesar su propio reflejo en la ventana. Lo primero que tenía que hacer, pensó, era aprender a verse a sí misma de ese modo.

Mack entró en la oficina del director del periódico de Baltimore una semana antes del día de Acción de Gracias, miró el rostro de Don Richmond y se sentó.

–Vas a despedirme –se adelantó antes de que su jefe pudiera pronunciar palabra.

Desde el primer momento había comprendido que ser llamado al despacho del director no presagiaba nada bueno.

–No me gusta tener que hacerlo –respondió Don.

No era una confirmación explícita, pero tampoco una negativa.

Miró a Mack a los ojos, como si estuviera suplicándole que le comprendiera.

–No me queda otro remedio, Mack. Ya sabes cómo es esto. Estamos recortando en todas las secciones. Las ventas de periódicos llevan tiempo bajando y nosotros no somos inmunes a esas pérdidas.

Don miró con el ceño fruncido el ordenador que tenía encima de la mesa.

–La culpa la tienen estos aparatos –gruñó–. Estas malditas máquinas están acabando con todo. Sé que el mundo está cambiando, pero jamás pensé que llegaría a ver el día en el que los periódicos se convirtieran en algo obsoleto.

Mack había anticipado la posibilidad de que le despidieran. Su columna de deportes tenía muchos seguidores y a veces resultaba controvertida. Al director del periódico no siempre le gustaba enfrentarse a las polémicas que surgían después de que Mack se metiera con algún deportista local o con el entrenador de algún equipo que había cometido alguna estupidez. Decía que le arruinaba la digestión tener que enfrentarse a ellos para defender las columnas de Mack.

Y lo peor era que Mack era el periodista mejor pagado de su sección. Al despedirle, podrían contratar a un par de becarios y convertirlos en reporteros. Como se oía últimamente por la redacción, los jóvenes podían compensar la falta de experiencia con entusiasmo.

–Lo siento –se disculpó Don desolado–. Te daremos una indemnización suficientemente generosa como para que puedas pasar algún tiempo buscando otra cosa. Ya sé que alguien tan bueno como tú no las necesita, pero, en cualquier caso, daré unas referencias inmejorables sobre ti a todos los contactos que tengo en el mundo del periodismo.

–Pero el problema es que, vaya a donde vaya, voy a encontrarme con el mismo problema de los recortes –dijo Mack siendo realista.

Había intentado prepararse para aquel momento, pero recibir la noticia había sido un duro golpe. Y de momento, ninguno de los planes que tenía para el futuro le resultaba particularmente emocionante.

Aun así, tal como había dicho Don, tenía tiempo. No iba a quedarse en la indigencia. Sin embargo, sí iba a quedarse sin trabajo. Y aunque era consciente de que no era culpa suya, eso le provocaba cierta sensación de fracaso. Se descubrió preguntándose si era así como se sentía su padre cuando estaba sin empleo. ¿Sería esa la razón por la que los había abandonado antes de que Mack naciera?

–¿Cuándo? –le preguntó a Don–. ¿Quieren esperar a que termine la temporada de fútbol?

–No. Este fin de semana. El editor cree que mantener a la gente en plantilla después de haberle anunciado un despido es malo para la moral de los trabajadores.

O a lo mejor temía que el resto de los trabajadores saliera huyendo. Eso era lo que habían hecho unos cuantos después del último recorte de plantilla.

Mack no sabía si tendría estómago para llegar hasta el fin de semana, y mucho menos para terminar la temporada, por supuesto.

–¿Te parece bien que escriba un par de columnas desde casa? –sugirió–. Puedo mandártelas desde allí.

Don parecía destrozado.

–¿Quieres irte así, sin más? La gente se va a llevar una gran decepción. Deberías quedarte al menos el tiempo suficiente como para que podamos organizarte la fiesta de despedida que te mereces en el Callahan’s.

–No, gracias –respondió Mack, estremeciéndose al pensar en ello.

Ser despedido era terrible, fuera cual fuera la razón. No quería tener que enfrentarse además a la humillación delante de sus colegas. Y tampoco quería su compasión.

–De acuerdo, en ese caso, haz lo que más te convenga –respondió Don con obvia reluctancia.

Desgraciadamente, lo que a Mack le convenía era conservar un trabajo en un mundo que amaba y que estaba desapareciendo prácticamente de la noche a la mañana.

Aquella noche, después de comenzar a asimilar realmente la noticia y las implicaciones que tendría a corto plazo, Mack miró taciturno la cajita de terciopelo que tenía encima de la mesita del café.

Por fin había decidido lanzarse y pedirle a Susie O’Brien que se casara con él, aunque ella siempre había dicho que preferiría comer tierra a tener una cita con un deportista promiscuo como él. Mack había llegado a la conclusión de que después de haber estado saliendo durante varios años con ella como amigo, estaba obligado a cortejarla de manera oficial durante algunos meses.

A lo mejor Susie pasaba por alto el hecho de que solo hubieran compartido un beso, un beso memorable y apasionado, durante todo ese tiempo. Mack dudaba que pudiera haberlo olvidado. Desde luego, él no lo había hecho. El calor y la dulzura de aquel beso continuaban ardiendo en su memoria. Nunca había pensado en enamorarse, y mucho menos de una joven tan vulnerable y llena de contradicciones como Susie. Pero había ocurrido. Y le había pillado completamente desprevenido.

Sin embargo, en aquel momento, y con la incertidumbre de su futuro inmediato, no podía proponerle matrimonio. De hecho, no podía pensar siquiera en casarse con nadie hasta que no averiguara a qué pensaba dedicar el resto de su vida. Y en ese instante, después de haberse tomado un par de whiskys para mitigar el dolor de su despido, ni siquiera quería cruzarse con Susie, que llevaba tiempo diciéndole que se dedicaba a una profesión que estaba en declive. Por supuesto, él nunca la había contradicho, ¿cómo iba a hacerlo?, pero no estaba preparado para soportar un «ya te lo dije».

El teléfono sonó repetidamente a lo largo de la noche, pero lo ignoró. E ignoró también las llamadas que recibió en el móvil al día siguiente. Tanto en el fijo como en el móvil iban acumulándose los mensajes, pero no tenía ningún interés en escucharlos. Él, que siempre había sido un hombre divertido y optimista, estaba terriblemente deprimido. Pero suponía que tenía derecho a hundirse en su tristeza durante unos cuantos días.

Desgraciadamente, sus amigos, Will Lincoln y Jake Collins, eran de otro parecer. Al ver que faltaba al almuerzo que compartían todos los días en Sally’s, fueron a aporrear la puerta de su casa. Como los dos tenían llave de su casa, a Mack no le sorprendió verlos entrar a los dos segundos de haber llamado. Los dos se detuvieron en la puerta y fueron desviando la mirada de la botella de whisky prácticamente vacía a la caja de pizza para terminar clavándola en su aspecto desaliñado.

–¿Qué demonios te ha pasado? –preguntó Will–. No contestas el teléfono, no has venido a almorzar, y siento decirte que tienes un aspecto lamentable.

–Sí, estás fatal –añadió Jake, mirándole con expresión especulativa–. ¿Cuándo te afeitaste por última vez? Creo que nunca te había visto así. ¿Has discutido con Susie?

–No, no he discutido con Susie –respondió Mack con cansancio–. Esto no tiene nada que ver con ella.

–Entonces, cuéntanos lo que te pasa –dijo Will.

Tomó asiento y le miró con paciencia.

Mack sabía que, como buen psiquiatra, Will era perfectamente capaz de pasarse el resto de la tarde allí sentado, esperando a que hablara.

–Me he quedado sin trabajo –aclaró por fin–, y no me lo he tomado demasiado bien

Ninguno de sus amigos pareció sorprendido, lo que demostraba que también ellos se lo esperaban.

–¿Y por qué ibas a tomártelo bien? –preguntó Jake–. Nadie se toma bien un despido. Lo siento, tío.

Mack suspiró ante aquella muestra de compasión. Eso era exactamente lo que había estado intentando evitar, pero sabiendo ya que era imposible, le gustaba saber que sus amigos estaban de su lado.

–Me encantaba ese estúpido trabajo –confesó con pesar–. Y se me daba bien.

–Y encontrarás otro todavía mejor –le aseguró Will–. Como tú mismo has dicho, lo hacías bien.

–La prensa escrita está en su lecho de muerte –se lamentó Mack, dando otro sorbo a su whisky–. Si sigo en el negocio, lo único que estaré haciendo será prolongar lo inevitable.

–Esa sí que es una actitud positiva –contestó Jake, en aquella ocasión, sin la más mínima muestra de compasión. Al parecer, siguiendo el ejemplo de Will, también estaba dispuesto a apoyarle–. ¿Puedo acompañarte a tu primera entrevista de trabajo?

–Olvídame, anda –respondió Mack, sonriendo a pesar de su mal humor.

–¿Te queda whisky? –preguntó Will.

–¿Por qué lo preguntas?

–Porque si piensas seguir emborrachándote, no vamos a permitir que lo hagas solo –insistió Will.

Fue a buscar un par de vasos y los llenó.

Jake bebió un sorbo y esbozó una mueca.

–No soporto esta porquería. Sabe a medicina. ¿Tienes cerveza?

–Por supuesto –respondió Mack–. ¿Por qué de pronto tengo la sensación de que debería hacer de anfitrión? Se supone que estoy deprimido.

–¿Y te está sirviendo de algo tu depresión? –preguntó Will.

Mack se encogió de hombros.

–No mucho.

–En ese caso, deja que te animemos –respondió Will–. ¿O prefieres llamar a Susie? Estoy seguro de que estaría encantada de venir a verte si supiera lo que te pasa.

–Me niego –dijo Mack al instante–. No quiero que sepa nada de esto.

Sus amigos se miraron con incredulidad.

–¡Pero eso es una locura! Es imposible mantener en secreto una cosa así, por lo menos en Chesapeake Shores.

–Quiero tener algo nuevo que contarle antes de verla –insistió Mack–. No quiero tenerla compadeciéndome o revoloteando a mi alrededor. Además, Susie llevaba tiempo diciéndome que iba a pasar algo así e intentando organizarme la vida de forma muy poco sutil. No tengo ganas de verla regodeándose por lo que me ha pasado.

–¿Regodeándose? –Will sacudió la cabeza–. ¿De verdad crees que esa sería la respuesta de Susie?

–Probablemente no, pero creo que la preferiría a la compasión.

–¿Se te ha ocurrido pensar que Susie tiene una cabeza preciosa encima de los hombros? Ella podría ayudarte –sugirió Jake–. Estoy seguro de que querría hacerlo.

–No –respondió Mack con vehemencia.

–¿Y cómo piensas evitarla? –preguntó Will, intentando ser razonable–. Prácticamente os pasáis el día juntos. Si revisaras los mensajes que tienes en el teléfono, te darías cuenta de que algunos son de ella. Estoy seguro de que está muy preocupada. Nos ha llamado a Jake y a mí para ver si sabemos lo que te pasa.

–Podéis decirle que estoy bien. Decidle que he tenido que salir del pueblo por algún asunto.

Jake sacudió inmediatamente la cabeza.

–Me temo que no, amigo. Por lo que he oído comentar, Mick quiere invitarte a comer con ellos el día de Acción de Gracias. No sé si me arriesgaría a rechazar una invitación como esa.

–¿Por qué? –Mack sintió pánico al imaginarse en una comida en medio de los O’Brien–. Quiero decir, ¿por qué yo? ¿Y por qué este año? Nunca me han invitado.

–Bree tiene la teoría de que Mick ha decidido que ya va siendo hora de que Susie y tú os dejéis de tonterías y avancéis en vuestra relación –contestó Jake, citando obviamente a su esposa–. Cree que Mick debería esperar a que lo hiciera Jeff, pero ya sabes que a Mick le encanta ganar a su hermano en todo. Desgraciadamente, también sabes cómo es Mick cuando empieza a hacer de casamentero. Sus tácticas son tan delicadas como las de una apisonadora.

Mack gimió.

–¿Y tengo alguna posibilidad de librarme de esto? A lo mejor debo de ir pensando seriamente en abandonar el pueblo.

Will se echó a reír.

–No creo que sea una buena idea. No sé cómo vas a poder librarte, por lo menos sin ofender a Susie. Porque supongo que no quieres ofenderla...

–Si supiera lo que me pasa, lo comprendería –respondió Mack con un deje de desesperación en la voz.

–Pero tú no quieres decírselo –le recordó Jake–. Así que me temo que estás entre la espada y la pared.

Sí, aquello era un callejón sin salida. Si Mick le invitaba de manera oficial a la comida de Acción de Gracias, no podría faltar. Y mientras todo el mundo estuviera agradeciendo todo lo bueno que le había dado la vida, él estaría rezando para que no saliera a la luz la noticia de su despido.

También podía agarrar el toro por los cuernos, llamar a Susie e informarle de lo ocurrido. A lo mejor no andaba detrás de él como si se le hubiera muerto alguien de la familia. Mack suponía que, en cierto modo, la pérdida de un trabajo podía llegar a compararse con la pérdida de alguien importante en la vida de uno, pero no necesitaba ni la compasión ni el consejo de nadie en aquel momento. En realidad, no sabía lo que necesitaba, pero sí que no era eso.

La tercera opción era escapar del pueblo esa misma noche, de modo que no pudieran invitarle a nada, para empezar. Era la opción más atractiva, pero también la más cobarde. Y él podía ser un desempleado o tener una profesión sin futuro, pero no era un cobarde.

De pronto, la mirada de Will aterrizó en la cajita que había en la mesa del café. Se le iluminó el rostro.

–¿Eso es lo que estoy pensando?

Jake siguió la dirección de su mirada.

–¿Una sortija de compromiso? ¿Has comprado una sortija de compromiso? ¿Y es para Susie?

Mack frunció el ceño al oír la pregunta.

–Podrías estar saliendo con otra. La gente tiene secretos que hasta sus mejores amigos desconocen. Oí hablar sobre ello en Ophra.

Will y Mack se quedaron mirándole fijamente.

–¿Desde cuándo ves la televisión durante el día? –preguntó Will divertido.

–A veces Bree enciende la televisión en la floristería –respondió Jake a la defensiva–, y cuando tengo que ir a buscar algún encargo, la veo. No es que corra a casa cada tarde para ver la televisión.

Mack sonrió de oreja a oreja.

–Me alegro de saberlo.

–Un momento –intervino Will–, nos estamos alejando de lo verdaderamente importante. ¿Vas a pedirle a Susie que se case contigo?

–Ya no –respondió Mack, hundiéndose de nuevo en su depresión–. ¿Cómo voy a pedírselo? Este sería el peor momento para hacer una cosa así.

–Creo que Susie no estaría de acuerdo contigo –repuso Will–. Lleva mucho tiempo esperando a que despiertes y veas la luz. No creo que el hecho de que hayas perdido tu trabajo le impida aceptar tu propuesta.

–No estaría bien –insistió Mack–. Antes tengo que organizar mi vida –miró a sus amigos con el ceño fruncido–. Y como se os ocurra decirle a alguien una sola palabra de esto, os juro que os arrepentiréis durante toda vuestra vida, ¿está claro?

–Completamente –contestó Jake.

–No diré una sola palabra –le prometió Will.

–Gracias.

–Pero no voy a parar de decirte que creo que estás cometiendo un error –añadió Will–. La vida es corta. No deberías desperdiciar ni un solo minuto.

–Sí, y eso lo dice un hombre que tardó una eternidad en pedirle a Jess O’Brien una cita y mucho más tiempo todavía en pedirle que se casara con él.

–La situación era completamente diferente –se defendió Will, pero inmediatamente sonrió–. En cualquier caso, sí, perdí demasiado tiempo. Así que no sigas mi ejemplo. Intenta aprender algo de mi experiencia.

–Este no es un buen momento –insistió Mack–. Y no quiero seguir hablando del tema. ¿Qué os parece el mariscal de campo que han contratado los Ravens? Parece bueno, ¿verdad?

Will y Jake intercambiaron una mirada y suspiraron.

–Sí, muy bueno –reconoció Jake.

–Estaba pensando en escribir una columna sobre él la semana que viene... –comenzó a decir Mack, pero enmudeció.

Alargó la mano hacia el whisky. No importaba el tema del que hablaran, en ese mismo instante, su vida entera era un fracaso.

–Creo que deberíais marcharos. Soy una pésima compañía.

Pero sus amigos negaron con la cabeza.

–No importa. Lo soportaremos juntos.

–Jake tiene razón –dijo Will–. Pero si voy a seguir bebiendo, será mejor que vaya pensando en pedir una pizza. Ese repugnante pedazo que queda en la caja está comenzando a parecerme apetecible. Y si no como algo, me quedaré dormido aquí en el suelo y Jess se pondrá hecha una furia.

–Lo mismo digo de Bree –se sumó Jake.

Mack reconoció la determinación en sus rostros y suspiró.

–Voy a hacer una llamada.

–Pídela con ración extra de salsa –pidió Jake.

–Y de queso –añadió Will.

Mack se echó a reír.

–Cuando están vuestras mujeres cerca no es eso lo que pedís. Creo recordar que la última vez os limitasteis a pedir pizzas con verduras.

–Sí, esa es la triste verdad –reconoció Jake con pesar–. Por eso te queremos, porque tú no nos juzgas por nuestros hábitos alimenticios.

–¿Quién iba a decir que la pizza sería el vínculo que nos uniría durante toda la vida? –preguntó Mack con ironía.

–La pizza y el hecho de que conozcamos nuestros más oscuros secretos –añadió Will, alzando su vaso–. Por los amigos.

Mack y Jake brindaron con él. A lo mejor había una parte de su vida que no era un fracaso en absoluto, se dijo Mack. Tenía unos amigos inmejorables.

El hecho de que uno de ellos fuera al mismo tiempo la mujer a la que amaba era un beneficio añadido. Y tendría que pensar en ello cuando esos dos se fueran a casa. A lo mejor, hablar con Susie de lo ocurrido no era tan terrible como había anticipado.

Pero, en cualquier caso, un hombre tenía su orgullo.

Capítulo 2

Susie tenía que admitir que estaba un poco asustada por no haber tenido noticias de Mack. Normalmente, la llamaba cada vez que regresaba de Baltimore. La mayor parte de las noches quedaban para cenar juntos. A veces cocinaba ella, pero lo más habitual era que compraran algo de comer en alguno de los establecimientos de la carretera de la playa y después fueran a dar un paseo y se sentaran a cenar y a charlar en la playa. Alguna que otra vez jugaban al scrabble o a las cartas. Y siempre le sorprendía lo competitivo que podía llegar a ser Mack hasta en el juego más estúpido.

Y ella había llegado a contar con aquellas veladas tan tranquilas y relajantes. Por supuesto, ese había sido su error. En realidad, no tenían ninguna clase de compromiso. Lo único que habían hecho era compartir la cena y la conversación noche tras noche durante lo que a ella ya le parecía una eternidad.

Aunque se había sentido una estúpida al hacerlo, se había tragado el orgullo y había ido a la cafetería Sally’s para ver si Mack estaba con Will y con Jake. Los tres presumían de compartir la misma mesa en la cafetería desde que Jake y Bree habían cortado años atrás. Will y Mack habían apoyado a su amigo durante el que había sido el período más difícil de su vida. Y habían mantenido la tradición. De hecho, Mack no conducía hasta Baltimore para pasarse por el periódico hasta después del almuerzo.

Como hacía las entrevistas desde casa o en los vestuarios y después enviaba por correo electrónico sus artículos, solo se pasaba por el periódico para que no se olvidaran de su aspecto, o, por lo menos, eso era lo que decía. Teniendo en cuenta que el periódico había plasmado su rostro en vallas publicitarias y hasta en las paradas de los autobuses, parecía muy poco probable que hubiera alguien en la región que no le reconociera, pero Mack decía que era importante presentarse de vez en cuando. Sally pensaba que, en realidad, disfrutaba de la interacción con los colegas y el bullicio de la redacción más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Una vez en Sally’s, encontró a Will y a Jake en la mesa de siempre, pero Mack no estaba con ellos. Su ausencia bastó para provocarle una punzada de inquietud. Se sentó con ellos y les miró atentamente.

–¿Por qué parece que los dos tengáis resaca? –preguntó directamente–. Yo pensaba que habíais dejado las juergas en el pasado.

–Ayer salimos hasta tarde –contestó Will con su habitual prudencia.

–¿Con Mack? –preguntó Susie educadamente. Advirtió que Jake y Will hacían un esfuerzo para evitar mirarse–. Muy bien, ¿qué le está pasando a Mack? Sé que lo sabéis. A lo mejor no lo sabíais cuando os llamé para preguntároslo, pero ahora lo sabéis. Os lo veo en la cara. Y que el cielo os ayude si alguna vez decidís apostar fuerte jugando al póquer. No podríais ganar ni un puñado de alubias.

–Susie, cualquier cosa que supiera, en el caso de que la supiera, sería completamente confidencial –respondió Will en tono santurrón.

Susie elevó los ojos al cielo y se volvió hacia Jake.

–¿Y tú? ¿Tú también tienes algún juramento de confidencialidad?

Jake se limitó a levantar las manos.

–No pienso hacer ningún comentario.

Susie les fulminó con la mirada.

–¡Esto es ridículo! Llevo dos días sin poder hablar con él. Esto de desvanecerse sin decir una sola palabra no es propio de Mack. ¿No podéis asegurarme por lo menos que está vivo?

–Claro que está vivo. Y estoy seguro de que pronto te llamará –contestó Jake.

Aunque su tono era de firmeza, su expresión demostraba un inconfundible escepticismo.

–Claro que sí –añadió Will.

Desgraciadamente, también su tono sonaba forzado.

–¿Está saliendo con alguien? –preguntó Susie, expresando en voz alta su más profundo temor.

Will y Jake podían ser amigos de Mack, pero también eran amigos suyos. Y los dos sabían lo que sentía por Mack. A lo mejor resultaba patético pedir que la tranquilizaran, pero necesitaba saber la verdad. Si había llegado la hora de seguir adelante con su vida, prefería oírlo de labios de sus amigos que enterarse por otros.

–Por supuesto que no –contestó Will con total satisfacción–. No dejes que se te desborde la imaginación, Susie. Mack solo necesita un poco de tiempo.

–¿Tiempo para qué? –quiso saber.

Mack no era un hombre particularmente proclive a los periodos de introspección. Todo lo contrario, generalmente contaba cualquier problema, lo superaba y lo dejaba en el pasado. No era un hombre complicado, excepto en todo lo relativo a sus sentimientos hacia ella. Ese era un tema que parecía querer evitar.

–Susie, déjale un poco de tiempo y de espacio –le aconsejó Jake.

–¿Tiempo? ¿Espacio? ¿Quiere distanciarse de mí?

–No –contestó Will–. Esto no tiene nada que ver contigo.

–Claro que tiene que ver, si lo que hace es darme la espalda.

Susie sacudió la cabeza. No tenía sentido seguir hablando con Jake y con Will. Al parecer, habían hecho un voto de silencio y no iban a romperlo por mucho que ella preguntara.

–No importa. Supongo que me lo contará cuando lo considere oportuno. E imagino que es mucho esperar pensar que puede considerarme una amiga que puede ayudarle cuando tiene problemas.

Se levantó.

Will la miró alarmado.

–Susie, por favor, no te formes una idea equivocada. Tú sabes lo que Mack siente por ti.

Susie le miró entonces a los ojos.

–No –contestó con un hilo de voz–. En realidad no sé lo que siente por mí, y ese es precisamente el problema.

Salió de la cafetería antes de que ninguno de ellos pudiera verle las lágrimas. Llorar delante de ellos sería una humillación imposible de soportar.

–Mienten –le contaba después a Shanna. Había ido a la librería en busca de su apoyo moral nada más salir de la cafetería –. Descaradamente.

–No creo que te estén mintiendo –intentó razonar Shanna–. Creo que están haciendo lo que Mack les ha pedido, por equivocado que pueda estar. Tú les has puesto en el disparadero, cariño. ¿Qué se suponía que tenían que hacer? ¿Traicionar a su amigo?

–Yo también soy su amiga.

–Claro que eres su amiga, pero son hombres. Desde que son niños parecen jurarse lealtad. En momentos como este, no tenemos ni una sola oportunidad –puso frente a Susie una taza de café bien cargada de crema y azúcar–. ¿Qué es lo que realmente te preocupa?

–Que Mack haya decidido sacarme definitivamente de su vida –contestó–. ¿Y si lo que está haciendo es reunir el valor que necesita para decírmelo?

–¿Has notado últimamente algo que pueda indicarte que está cansado de pasar tanto tiempo contigo? Precisamente, lo último que yo sabía era que erais inseparables, algo que, por cierto, genera una gran confusión en todos nosotros.

–La verdad es que no –admitió Susie–. Pero Shanna, reconoce que esto no es normal. Se supone que somos amigos. Es lo único que he podido esperar de él durante todo este tiempo.

Shanna negó con la cabeza.

–Eso es precisamente lo que no es normal. No entiendo que llevéis tanto tiempo diciendo que no sois más que amigos. De hecho, nadie lo entiende. A veces me gustaría encerraros a los dos en una habitación, en un dormitorio preferiblemente, y dejaros allí hasta que averigüéis todo lo que se puede hacer en una cama.

Susie sonrió a su pesar.

–Estoy segura de que Mack tiene suficiente experiencia en camas como para saber qué hacer en una. Siempre he contado con eso –añadió con cierto anhelo.

–¿Y cuántas veces le has dejado claro que, precisamente, por toda la experiencia que tiene, no quieres tener otro tipo de relación con él?

–He sido yo la que se ha metido sola en este lío, ¿verdad? –dijo Susie desolada–. Todo empezó como un mecanismo de defensa, pero Mack se lo tomó al pie de la letra y ahora ninguno de los dos sabe cómo romper la dinámica que hemos establecido.

–Pues es una pena.

–¿Qué puedo hacer?

–Podrías empezar diciéndole lo que realmente quieres –sugirió Shanna–. Tengo entendido que esa es la forma más madura de enfrentarse a este tipo de situaciones.

Susie esbozó una mueca.

–¿Y arriesgarme a sufrir una humillación?

–O conseguir exactamente lo que quieres –la contradijo Shanna.

–Pensaré en ello –contestó Susie al cabo de unos segundos–. Aunque, por supuesto, decirle a Mack lo que quiero cuando ni siquiera me contesta el teléfono va a ser un poco difícil.

–Entonces, ve a buscarle a su apartamento –sugirió Shanna.

–Will y Jake dicen que necesita tiempo para asimilar lo que le pasa.

–Son hombres, ¿qué pueden saber ellos? Por lo menos, continúa llamándole hasta que no pueda soportar oír tu voz en el contestador y termine llamándote o contestando el teléfono. Susie, este no es un momento para la debilidad. Tienes que ir detrás de lo que quieres.

–¿Y si fracaso?

Shanna le dirigió una mirada cargada de compasión.

–¿Estarás peor de lo que estás ahora?

–¿Y si le pierdo para siempre? Por lo menos ahora somos amigos.

–Te lo repito, ¿de verdad puedes llegar a estar peor de lo que estás ahora? Por muchas veces que me lo digas, o que te lo digas a ti misma, es evidente que para ti ya no basta con ser su amiga –miró a Susie a los ojos–. ¿O en eso también me equivoco?

Susie suspiró.

–No, no te equivocas. Quiero más. Lo quiero todo. Quiero disfrutar de lo mismo que tú disfrutas con Kevin, de lo que Abby, Jess y Bree han encontrado en los hombres con los que comparten sus vidas. He crecido rodeada de ejemplos de lo que tiene que ser una pareja, por lo menos en el caso de mis padres. Y hasta tío Mick y Megan han sabido hacer las cosas bien al final.

–De acuerdo, en ese caso, haz todo lo que haga falta para conseguir lo que nosotras tenemos. Personalmente, creo que no corres ningún riesgo de que Mack te rechace si le dices lo que sientes. De hecho, creo que hasta agradecerá que tomes tú la iniciativa.

–A lo mejor –respondió Susie.

Pero continuaba teniendo sus dudas. Cientos de dudas, en realidad.

En cualquier caso, sabía que las cosas tenían que cambiar. Ya había sufrido suficiente estando durante tanto tiempo en el limbo. Y, desde luego, no iba a dejarse arrastrar por la tristeza.

–Gracias, Shanna –dijo mientras le daba un abrazo a su amiga.

–Mantenme al tanto; ¿de acuerdo? Estoy aquí siempre que me necesites. Toda la familia está de tu parte –sonrió–. Sobre todo el tío Mick. De hecho, si necesitas motivación, lo único que tienes que hacer es recordar que es mucho mejor intentar resolver los problemas por ti misma que dejar que Mick comience a maquinar para emparejaros.

–Definitivamente, lo tendré en cuenta –dijo Susie.

Tal y como Shanna acababa de decir, aquella podía ser la mejor motivación.

Mack permanecía sentado en medio de la oscuridad escuchando el que debía ser el vigésimo mensaje de Susie durante las últimas cuarenta y ocho horas. Comenzaba a parecer nerviosa. O quizá enfadada. No recordaba haberla oído nunca tan tensa.

–Así que ayúdame, Mack Franklin. Porque como no aparezcas pronto y me cuentes lo que te pasa, voy a llamar a la policía y a todos los medios de comunicación para que te localicen.

Mack esbozó una mueca. Sabía que era perfectamente capaz de hacer una cosa así. Susie podía parecer una mujer tímida y vulnerable, pero tenía una fuerza de acero y un brillo de determinación en la mirada que podía asustar a cualquier hombre. No siempre sacaba a relucir su bravura, pero cuando algo la espoleaba, era impresionante. Mack siempre lo había considerado un rasgo admirable, pero aquella noche, le hizo estremecerse.

Susie todavía estaba hablando cuando Mack descolgó el teléfono.

–No tienes por qué llamar a la policía –le dijo con calma–. Estoy aquí.

Susie suspiró aliviada al otro lado de la línea.

–Vaya, ¡gracias a Dios! –e, inmediatamente, comenzó a gritarle otra vez–. ¿Por qué no has contestado las otras veces que te he llamado? ¡O por lo menos podrías haber contestado a mis llamadas!

–La mayoría de las mujeres sabrían la respuesta a esa pregunta.

–¿Esa es una forma de decirme que me meta en mis asuntos? –le interpeló Susie–. Porque si es eso lo que pretendes decirme, no tiene sentido. Quería saber cómo estabas.

–No, lo que quería decir es que no quiero hablar con nadie. Y siento haberte preocupado. A lo mejor debería haberte avisado antes de encerrarme.

–Sí, deberías haberme avisado –contestó Susie–. ¿Qué te pasa, Mack? Cuéntamelo.

Mack no pudo evitar echarse a reír.

–¿Es que no has oído lo que te acabo de decir?

–Sí, has dicho que no quieres hablar con nadie y un montón de tonterías. Pero yo no soy nadie, Mack. Soy tu amiga, igual que Will y que Jake, y estoy segura de que a ellos sí se lo has contado.

Había un deje de dolor en su voz que a Mack le desgarró el corazón.

–Tú no eres como Will y Jake –contestó.

–Muy bien –respondió Susie con voz tensa–. En ese caso, siento mucho haberte molestado.

Colgó antes de que Mack pudiera decirle que le había interpretado mal. Mack musitó una maldición y le devolvió la llamada. Susie tardó más de diez timbrazos en contestar.

–Ahora soy yo la que no quiere hablar –le advirtió furiosa–. Así sabrás lo que se siente –y colgó otra vez.

Mack volvió a marcar su teléfono.

–¿Quieres hacer el favor de escuchar durante diez segundos? Después, si quieres, puedes colgar.

–Será un placer. Adelante, habla.

–Lo único que pretendía decir es que la relación que tengo contigo es diferente a la que tengo con mis amigos Will y con Mack.

–Un amigo siempre es un amigo.

–Vamos, Susie, sabes que eso no es del todo cierto. No estoy diciendo que los hombres no puedan ser amigos de las mujeres, pero las dinámicas no siempre son las mismas.

–Supongo que estás hablando de sexo. Pero como entre nosotros nunca ha habido sexo, supongo que la relación es idéntica.

–No –insistió Mack.

Le sorprendía que Susie hubiera mencionado el sexo. Era un tema del que jamás hablaban. Pero después de que Susie lo hubiera sacado a la luz, él ya no pudo evitar decir:

–Siempre hemos tenido un gran potencial para el sexo.

Aquel comentario fue recibido por un completo silencio.

–¿Eso es verdad? –preguntó Susi por fin. Se adivinaba en su voz un punto de diversión. Por lo menos ya no parecía ofendida o furiosa. Más bien, podía decirse que estaba intrigada–. ¿Y cuánto potencial crees que tenemos?

–Eso siempre ha dependido de ti –respondió Mack sin poder dominarse.

Sabía que emprender ese camino en un momento en el que su vida profesional era un auténtico torbellino, era una pésima idea. Aunque el comenzar a pensar en acostarse con Susie podía ser una fascinante distracción, no era así como pretendía superar aquel bache. Sería injusto para ella.

Mack comprendió que había cometido un gran error cuando la oyó tomar aire y susurrar:

–¿Lo dices en serio? ¿Depende de mí? No sabía que tenía tanto poder sobre ti. Tendré que empezar a explorar nuevas posibilidades.

–Susie, tú no quieres acostarte conmigo –contestó Mack, como si la mera idea le pareciera ridícula.

–A lo mejor, sí –le espetó Susie muy seria.

Mack estuvo a punto de atragantarse con su propia lengua.

–Pero si ni siquiera estás dispuesta a tener una cita conmigo, y mucho menos una relación seria. ¿Cuántas veces me lo has dicho?

–Posiblemente demasiadas –respondió Susie con candidez.

–¿Qué quieres decir?

–No te hagas el tonto, Mack. Significa que podría haber cambiado de opinión.

–Es precisamente ese «podría» lo que me preocupa. Muchos hombres terminan en la cárcel por culpa de los «podría» y los «quizá».

–Podemos quedar para hablar de ello –sugirió Susie.

–¡Oh, no! –contestó Mack inmediatamente–. Es evidente que esta noche has tenido alguna especie de lapsus mental y has olvidado la clase de hombre que soy. De hecho, estás empezando a parecer incluso atrevida, algo que no es en absoluto propio de ti. Y no quiero aprovecharme de eso.

Susie suspiró pesadamente.

–Sabía que ibas a decir eso. ¿Es que nunca vas a intentar seducirme, Mack? Estoy empezando a acomplejarme. Aparentemente, estás dispuesto a salir con cualquier mujer, siempre y cuando no sea yo.

–Yo ya no estoy saliendo con nadie –repuso Mack indignado–. Por lo menos últimamente.

–¿Desde cuándo es «últimamente»?

La triste verdad era que había perdido el interés en otras mujeres desde el momento en el que había comenzado a quedar con Susie de forma regular. Ella era la mujer que ocupaba constantemente sus pensamientos. Y su corazón. Le había llevado tiempo comprenderlo, pero por fin lo sabía. Aun así, aquel era el peor momento posible para confesarlo.

–Eso ahora no importa –contestó–. Mira, ahora tengo que colgar. Hablaremos la próxima vez que nos veamos.

–¿El día de Acción de Gracias en casa del tío Mick?

Mack vaciló.

–No lo sé, Susie. No creo que sea una buena idea. Además, Mick todavía no me ha dicho nada.

–Lo hará –predijo Susie–. Y tú dirás que sí. Y aunque él no te invite, te estoy invitando yo ahora. Y la respuesta correcta es «sí», «sí, muchas gracias, me encantaría ir».

Para sorpresa de Mack, parecía completamente decidida.

–¿Por qué? –le preguntó.

–Porque no he vuelto a presentarme con un chico en una de esas fiestas familiares desde que a los ocho años llevé a Joe Campbell casi a la fuerza. Era su segunda comida de Acción de Gracias y terminó vomitando. Después de aquella experiencia, nunca me han animado a invitar a nadie.

–Joe Campbell siempre tuvo un estómago muy débil –comentó Mack–. En aquella época tenías un gusto terrible para los novios.

–¿No has oído que tenía ocho años? ¿Qué iba a saber yo de hombres entonces?

–¿Y ahora? –preguntó Mack, repentinamente nervioso.

¿Se habría perdido algo? ¿Estaría Susie interesada en algún otro hombre? No tenía ninguna prueba de ello, pero a lo mejor estaba tan harta como él de aquella vida de celibato. A lo mejor lo del día de Acción de Gracias era como una especie de prueba. ¿Cortaría para siempre con él si le fallaba? ¿Ese era el trasfondo de aquella conversación?

–Al parecer, todavía me muevo en un terreno movedizo en cuanto a hombres se refiere –añadió Susie–. Y eso hace que sea particularmente importante que el próximo hombre con el que me presente en una fiesta familiar sea la clase de hombre fuerte y sólido que mi familia aprobaría. A todos les gustas y estoy segura de que tú no vomitarás antes de que sirvan la tarta de calabaza.

–No, ni siquiera después –le prometió.

Se maldijo a sí mismo por su incapacidad para no ceder. Sabía que aquello podía salir mal por muchas razones. Aun así, se descubrió diciendo:

–De acuerdo, nos veremos allí.

–A lo mejor podías venir a buscarme –le propuso Susie–. Así no podrás salir huyendo.

–Y toda tu familia pensará que es una auténtica cita –aventuró–. ¿Crees que es sensato? Me temo que Mick ya está empezando a pensar en ayudarnos a consolidar nuestra relación.

–Sí, es cierto, algo irritante, pero en absoluto inesperado. Francamente, esto de las «no citas» a mí ya no me basta –confesó Susie, sorprendiéndole–. Creo que ya va siendo hora de empezar a hacer cambios.

Mack volvió a percibir aquel punto atrevido y temerario en su voz. ¿Qué demonios le estaba pasando? Y, que el cielo le ayudara, ¿por qué tenía que ser justo cuando acababan de despedirle?

–Susie, creo que deberíamos repensarnos todo esto. Es posible que no esté aquí el día de Acción de Gracias. Tengo algunas cosas de las que ocuparme.

–¿Y son más importantes que venir a comer con los amigos? –le preguntó Susie–. ¿Son tan importantes que vas a dejarme colgada?

Había un deje de advertencia en su voz que le pilló complemente desprevenido y le hizo confirmar sus sospechas de que, efectivamente, aquella invitación era una especie de prueba.

–Muy bien, ¿qué está pasando aquí, Susie? Llevas toda la noche hablando de cosas que no son propias de ti. Y ahora estás insinuando una advertencia. ¿A qué viene todo esto?

–A lo mejor he decidido que ya ha llegado el momento de que las cosas cambien. A lo mejor estoy harta de todos los rodeos que llevamos dando durante ya demasiado tiempo.

–¿Y has visto la luz precisamente esta semana?

–Sí –contestó con rotundidad–. Esta noche, de hecho. Tendrás que enfrentarte a ello.

Aquel tono era tan poco habitual en Susie que Mack no tenía la menor idea de cómo responder.

–¿Has estado bebiendo? –le preguntó, porque no se le ocurría ninguna otra explicación.

–¿Alguna vez me has visto beber algo más que una copa de vino?

–No, pero siempre hay una primera vez para todo. ¿Has estado hablando con alguien que te ha metido ideas raras en la cabeza?

Imaginó a Will manteniendo con ella una conversación de corazón a corazón e instándola a tomar las riendas de su vida. Sí, sería muy propio de él, puesto que sabía que Mack estaba dando marcha atrás en su intención de proponerle matrimonio.

–¿Has visto a Will? –preguntó.

Sus sospechas habían aumentado al ver que continuaba en silencio.

–Sí, le he visto esta mañana, pero no ha querido decirme nada de ese secreto que guardas tan celosamente, si es eso lo que te preocupa. Jake y él han estado más reservados que un espía. Estoy segura de que podrían dar lecciones a la CIA.

–Me alegro de saberlo –contestó aliviado.

Por supuesto, eso significaba que continuaba sin saber qué le había pasado a Susie aquella noche. A lo mejor debería invitarla a pasar por allí y llegar al fondo de todo aquello.

Pero, teniendo en cuenta su extraña conducta de aquella noche, podía llegar a ser peligroso... para ambos.

–Te llamaré antes del día de Acción de Gracias –le prometió por fin–. Ya haremos planes entonces.

–¿Y hasta entonces, qué? –le exigió Susie–. ¿Piensas continuar escondiéndote?

–Algo así. Pero como te he dicho antes, no te preocupes por mí. Estoy bien.

–Como tú digas. Pero ni se te ocurra dejarme plantada el día de Acción de Gracias. Porque como lo intentes, me presentaré en tu casa y te sacaré a rastras si es necesario. Llevaré a mis hermanos, a Will, a Jake, a quienquiera que haga falta, para arrastrarte hasta casa de tío Mick, ¿entendido?

Mack se echó a reír.

–Comprendido. Aunque tengo que decir que me va a llevar algún tiempo acostumbrarme a esta nueva faceta tuya tan autoritaria.

–Algo me dice que vas a tener muchas oportunidades de hacerlo –respondió Susie, en aquel tono tan inusualmente atrevido.

Colgó el teléfono antes de que Mack pudiera contestar. Ya fuera por culpa del alcohol o por algo que le hubieran echado al agua, definitivamente, Mack nunca la había visto así. Y a pesar de que aquel cambio hubiera hecho su aparición en el peor momento, no podía evitar sentirse fascinado. Hasta entonces, jamás se le había ocurrido pensar que Susie pudiera ser una persona mínimamente retorcida, pero a lo mejor se había equivocado. A lo mejor, lo que había pretendido aquella noche era, precisamente, dejarle intrigado.

Un día antes del día de Acción de Gracias, Laila Riley permanecía sentada en su despacho del banco mirando por la ventana de mal humor. El fin de semana que tenía por delante prometía ser el más deprimente de su vida. En el último momento, sus padres habían decidido hacer un viaje a Londres. Su hermano estaría con Abby y con las gemelas en casa de los O’Brien y ella, como era habitual, no tenía ningún plan.

Alzó la mirada y vio a Jess O’Brien, Jess Lincoln, se corrigió, entrando en su despacho sin que nadie la hubiera anunciado.

–Tal como me lo imaginaba –dijo Jess–. Sabía que estarías aquí sentada y deprimida.

–¿Quién ha dicho que esté deprimida? –replicó Laila, enderezándose en su asiento y procurando parecer más animada–. Tengo cuatro días de vacaciones por delante y todo tipo de planes.

–¿De verdad? ¿Qué piensas hacer?

–Bueno, ya sabes, lo que se suele hacer por estas fechas. Comeré pavo y el viernes y el sábado iré a las rebajas.

–Digamos que, por un momento, me estoy creyendo lo que me dices –propuso Jess–. ¿Con quién piensas comer el pavo? Tus padres se han ido ya a Inglaterra y Abby me ha dicho que no quieres venir a comer con nosotros.

–No podéis sentar a una persona más a esa mesa –repuso Laila–. Además, ya estoy cansada de que me inviten a todo por pena.

Jess la miró indignada.

–¿Desde cuándo te ha hecho sentirte alguien de mi familia como si te invitáramos por compasión? Todo el mundo sabe que te invitamos por tu chispeante personalidad.

Laila sabía lo que estaba intentando hacer su amiga y, una parte de ella, quería aceptar la invitación. Pasar el día de Acción de Gracias sola sería mucho más deprimente que todas las otras fiestas que había tenido que celebrar en solitario desde que se había jurado dejar de salir con nadie tras la última cita que había concertado por Internet y que había terminado convirtiéndola en víctima de un acosador.

–Mira, te agradezco la invitación, pero estaré bien, de verdad –insistió.

–De acuerdo entonces, lo retiro –renunció Jess con sospechosa rapidez–. Pero con una condición.

Laila la miró con recelo.

–¿Qué condición?

–Tienes qué contarme qué planes tienes. Y tienen que ser buenos. Comer pavo congelado y calentado en el microondas no cuenta.

Laila suspiró, sintiéndose vencida.

–¿A qué hora será la comida?

–A las tres en punto –contestó Jess, feliz por su victoria–. Will y yo pasaremos a buscarte a las dos para que puedas ayudar a prepararla. Eso forma parte de la diversión.

–Eso lo dice la mujer que tiene una chef en su posada ocupándose de todas las comidas.

Jess sonrió.

–No quiero que mi marido se muera de hambre. Ni que muera envenenado por mis guisos.

–En ese caso, ¿qué es lo que tu abuela te deja preparar para la comida de Acción de Gracias?

–El año pasado preparé las fuentes del relleno y la salsa y las llevé a la mesa –anunció Jess con orgullo–. Este año serviré el vino que Will ha seleccionado de la bodega de la posada.

Laila se echó a reír.

–Vaya, no sé cómo voy a poder competir con eso, pero teniendo en cuenta el nivel, supongo que no fracasaré. Seguro que hay alguna tarea en la que pueda incluso destacar.

Jess le devolvió la sonrisa, pero se puso repentinamente seria.

–Sabes que todos te queremos y te consideramos parte de la familia, ¿verdad?

A Laila se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Gracias.

–No se te ocurra llorar –le ordenó Jess–. Lo único que tienes que hacer es estar preparada cuando vayamos a buscarte.

–Estaré lista para las dos –prometió Laila.

Quizá el día de Acción de Gracias no fuera a ser tan deprimente como había anticipado. O a lo mejor, y una vez más, volvía a sentirse como el elemento discordante en medio de la desbordante felicidad de las parejas de la familia O’Brien.

Capítulo 3

El día de Acción de Gracias amaneció como uno de esos días perfectos de Chesapeake Shores. El cielo estaba de un azul radiante y el aire limpio y fresco. Las olas se encrespaban a la altura de la bahía, cubriendo su superficie de espuma.

Era, de hecho, un día ideal para jugar al fútbol. Y por esa razón, todos los hombres de la familia se habían reunido en el prado. Antes de salir, habían dicho, como siempre, que era la mejor forma de digerir una copiosa comida. Pero las mujeres de la familia sabían que era la mejor forma de quitarse de en medio. En realidad, en la cocina tampoco cabía nadie más, pero habría sido todo un gesto que, al menos uno de ellos se hubiera ofrecido a ayudar, pensó Susie mientras los observaba desde la puerta de la cocina.

Tenía un trapo de cocina en una mano y una copa de cristal en la otra. Hacía rato que había terminado de secar la copa, pero no era capaz de apartar la mirada de Mack, que estaba completamente entregado al juego. Tampoco podía dejar de pensar en lo bien que encajaba en la familia, como si realmente ya formara parte de ella. Pero le bastaba pensar en ello para sentir una punzada de tristeza y anhelo.

Su abuela se acercó a ella. Nell O’Brien era conocida por su capacidad para ver en el interior de las personas y por su sentido común. También por decir lo que pensaba.

–Es muy guapo, ¿verdad? –preguntó con un brillo travieso en la mirada.

–¿Quién? –preguntó Susie.

Nell la miró con incredulidad.

–No te hagas la tímida conmigo, jovencita. Mack por supuesto. No le has quitado los ojos de encima durante todo el día. Y por lo que he podido observar, él parece tener el mismo problema.

Susie sintió en su interior una chispa de esperanza. Sabía que su abuela no le estaba diciendo eso porque supiera que era lo que quería oír. Seguramente Nell era la persona más indicada para confesarle la verdad.

–¿De verdad lo crees, abuela? –preguntó, incapaz de evitar cierto tono lastimero en su voz.

Su abuela la miró con rudeza.

–¡Vamos, hija! Sabes la respuesta tan bien como yo. He visto a muchos hombres enamorados a lo largo de todos estos años. Mack está tan enamorado como cualquiera de ellos. Y lleva mucho tiempo así –señaló intencionadamente.

–Ojalá pudiera creerte –admitió Susie.

–Pues créetelo –respondió Nell con vehemencia–. Me alegro de que por fin lo hayas traído a casa. Estaba empezando a pensar que ibas a dejarle escapar. Y habría sido una auténtica pena.