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El ranchero Ashe McKinnon había descubierto a alguien que no había sido invitado a la boda de su prima... ¡La ex amante del novio! Actuando con extrema discreción para evitar el escándalo, Ashe convenció a la guapísima Christy Parker para que se hiciera pasar por su acompañante durante todo el día. Christy estaba demasiado avergonzada del impulso que la había llevado a presentarse allí sin haber sido invitada como para rechazar el ofrecimiento de aquel hombre. Lo que no era normal era que se quedara en su maravillosa casa. Pronto tuvo que admitir que se estaba enamorando de su apuesto salvador, pero él le había dejado muy claro que solo se casaría por conveniencia...
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Seitenzahl: 171
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por Harlequin Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Margaret Way, Pty., Ltd.
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Una dulce seducción, n.º 1742 - octubre 2014
Título original: Strategy for Marriage
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-5573-1
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Epílogo
Publicidad
Enlace Deakin-McKinnon
Mansión de Riverside Brisbane, Queensland
Ashe, cariño, ¿quién es esa chica, la rubia con ese vestido verde tan exquisito? –le preguntó Mercedes, la mujer de su tío y madre de la novia, con un codazo en las costillas.
–¿Quieres decir la señorita Miss Universo? –respondió él con sarcasmo–. Yo me estaba preguntando lo mismo.
De hecho, había comenzado a preocuparse porque estaba prestándole demasiada atención. Lo sorprendía la atracción sexual tan grande que ejercía sobre él. Sobre todo, porque él se había convertido en un verdadero cínico con respecto a la belleza de las mujeres y a su habilidad para embelesar a los hombres. Las mujeres hermosas del estilo de aquella rubia le recordaban demasiado a su madre. La madre a la que había odiado desde que los abandonó a su padre y a él cuando tan solo tenía diez años.
–Parece ser que no la conoce nadie de nuestra parte –le susurró Mercedes, verdaderamente preocupada mientras jugueteaba con su collar de perlas australianas, las mejores del mundo–. Quiero decir, nadie a quien haya preguntado. ¡Por Dios Santo! No sé por qué me preocupo tanto –añadió con una risita forzada–. No es que no se esté portando a la perfección, pero parece que nuestro querido Josh la conoce, aunque no se haya acercado a ella. ¿Te importaría enterarte de quién es?
En realidad, ya lo había pensado. Por una razón: «nuestro querido Josh» era el novio y una antigua novia podía aguarles la fiesta.
–No te preocupes, Mercedes –le aseguró con una sonrisa– Déjamelo a mí.
Tenía mucho cariño a su tía Mercedes y a su prima Callista, que estaba preciosa en el día de su boda. Era una pena que su flamante esposo, Josh Deakin, no le cayera tan bien. Ese hombre tenía todo el aspecto de un cazafortunas y, en una ocasión, había estado apunto de decírselo; pero a su tía Mercedes parecía encantarle y su prima estaba colada por él. Así que no habría servido de nada. Según le habían dicho, aquella boda era como de un cuento de hadas y ¿quién creía en hadas? Desde luego, él no; aunque tenía que admitir que la señorita Miss Universo se parecía bastante a una.
El tono agudo de Mercedes lo sacó de su ensoñación.
–Todo va a salir a la perfección –dijo como si algo pudiera suceder–. Lo último que necesitamos es… –miró hacia la rubia sin acabar la frase.
–No te preocupes. Ya te he dicho que yo me encargo de todo –la tranquilizó él, con la esperanza de que no fuera demasiado tarde. Si Deakin pensaba que Callista y Mercedes no tenían a nadie que cuidara de ellas, estaba muy equivocado.
–Dependo demasiado de ti, Ashe –le dijo su tía con cariño–. Espero no ser una carga muy grande.
–Somos una familia, tía –le aseguró él a la ligera, aunque, en realidad, consideraba a la familia muy importante.
Él era el jefe de su clan porque su familia más inmediata se había marchado. Su madre, con su amante. Y su padre y su tío Sholto, el marido de Mercedes, habían muerto en un accidente de avión hacía cinco años. Así que, aunque aún no tenía los treinta años, se había convertido en el cabeza de familia, el cabeza del imperio McKinnon y el albacea de la herencia familiar.
Mercedes se fue a saludar a los invitados sin que él le hubiera dicho que todos sus instintos se habían puesto alerta desde que la vio colarse; no quería darle un disgusto si podía evitarlo.
En la puerta de la mansión había dos porteros que recogían las invitaciones; pero aquella mujer no la había presentado. La vio aparecer por un pasillo y, desde entonces, no le había quitado los ojos de encima. Al llegar a la altura de los porteros, la había visto representar una pequeña actuación. Había hecho como que buscaba en su cartera e, inmediatamente, había levantado el brazo, como saludando a alguien, con una preciosa sonrisa en la cara. De manera inmediata, los porteros la habían dejado pasar: las mujeres como ella siempre eran «alguien». Cualquiera podía verlo.
Tal y como había sospechado, no se dirigió hacia nadie en particular. Nadie estaba esperándola. Y allí estaba, en la mitad de la habitación, con la araña del techo bañándola de luz y haciéndola brillar de manera espectacular
Era rubia y las sandalias de tacón de aguja que llevaba la hacían más alta de lo que ya era. El vestido quitaba el aliento. Era de seda verde y tenía un escote palabra de honor que dejaba al descubierto unos perfectos hombros redondeados y marcaba a la perfección la curvatura de sus senos. La falda, adornada con pequeñas piedras brillantes, era corta y mostraba sus largas y esbeltas piernas. Desde luego, era un vestido que solo podía llevar una mujer joven, con una figura perfecta y con mucha seguridad en sí misma. Llevaba un recogido en lo alto de la cabeza del que caía una cascada rubia que le llegaba por la mitad de la espalda. Su tez era sedosa, con las mejillas sonrosadas y un hoyuelo en la barbilla. Aun en la distancia, podía ver el brillo de sus ojos verdes cristalinos.
Dio un paso hacia donde ella estaba y sintió que la atracción aumentaba.
Parecía nerviosa e, inexplicablemente para una belleza como ella, estaba sola. ¿Quién era exactamente? ¿A qué había ido allí? Él creía conocer a todas las amigas de Callista; de hecho, ya lo habían intentado emparejar con alguna de ellas en más de una ocasión, pero a ella no la había visto nunca.
Tampoco había estado en la iglesia. Si hubiera estado, la habría visto. Pero había aparecido en la casa. ¡Interesante! Afortunadamente para ella, no se trataba de una cena formal en torno a una mesa, sino de un espléndido bufé que se había servido bajo unas marquesinas en el jardín. Según le había contado la tía Mercedes, solo la mesa de los postres medía treinta metros de longitud. No había escatimado ni un céntimo en el gran día de su hija única.
Y ahora se les había colado una aguafiestas. Aunque fuera una belleza que cortaba la respiración.
Se rio de sí mismo al pensar en los efectos que le causaba. En su vida cargada de acción, no tenía tiempo para una mujer que podía convertir a un hombre en su esclavo. Estaba demasiado ocupado. Tenía demasiadas cosas que hacer. Y ella significaba problemas. Sin embargo, conocía a Josh Deakin, su primo desde hacía pocas horas. Probablemente, era una antigua novia dispuesta a causar problemas.
¡De ninguna manera!
Sintió que tenía que sacar a la señorita Miss Universo de la casa de manera inmediata.
Christy, con los nervios de punta pero demasiado enfadada para cejar en su intento, entró por la puerta principal de la mansión de dos plantas de los McKinnon. Era una falta de etiqueta colarse en una boda, pero su ex novio, Josh, después de convencerla de que la amaba, se merecía un buen susto. No tenía la menor intención de molestar a la novia, la heredera McKinnon. Probablemente, era tan joven y crédula como ella. Después de todo, Josh era todo un encanto, aunque solo fuera en apariencias. La única diferencia entre ella y la novia eran unos quince millones de dólares, eso por no mencionar la fortuna que la chica podría heredar de su madre. Josh, mientras cortejaba a su heredera, había continuado su ardoroso noviazgo con ella. ¿Cuántas veces le había dicho que la amaba? ¿Cuántas veces le habría hablado de matrimonio? ¡Incluso se había llegado a plantear en serio comprometerse con él! Seis meses juntos. Muy divertidos; aunque bastante superficiales. Todo acabó cuando por casualidad se encontró a Josh besando a otra mujer en los juzgados. La joven resultó ser Callista McKinnon, la actual señora Deakin.
Mercedes McKinnon era cliente del bufete para el que trabajaba Josh como abogado. Un día se presentó en las oficinas con su preciosa hija, Callista. Josh era especialmente bueno con las clientas, así que su jefe le concedió el caso. Ese mismo día, debió darse cuenta de la oportunidad que se le acababa de presentar. Era un joven muy ambicioso al que le importaban mucho el dinero y la posición social. Christy nunca había llegado a conocer aquel lado de Josh. Aunque, a decir verdad, apenas conocía ningún lado. Porque él era un verdadero farsante. Un traidor y un actor genial. Lo peor fue cuando le habló de su plan para casarse con Callista, ¡se lo contó como si le hubiera tocado la lotería! Una lotería que los dos podían compartir, según él. Ella habría preferido morirse antes que aceptar semejante ardid.
A medio camino del vestíbulo, un lugar perfecto repleto de antigüedades y flores, se dio cuenta de que la estaban observando. Ella sabía que solía atraer la atención, pero la mirada que tenía clavada no era precisamente de admiración. Más bien, parecía que la estuvieran inspeccionando. Tenía los nervios tan en tensión que tuvo que levantar los ojos para ver de dónde provenía aquel magnetismo.
Delante de ella, se encontró con un hombre de profundos ojos negros.
Ashe McKinnon.
No le costó nada reconocerlo. Aunque en persona era mucho más atractivo y arrogante que en las revistas.
Después de que Josh le hablara de sus planes para casarse con una del clan de los McKinnon, ella se había interesado por la familia. Y no le resultó difícil encontrar cosas sobre ellos.
Eran toda una dinastía en Australia. Reyes del ganado provenientes de los tiempos coloniales que habían generado una gran riqueza. Había visto fotografías de la mansión, un lugar magnífico. También lo había visto a él en diferentes acontecimientos: funciones benéficas, jugando al polo… Lo habría reconocido en cualquier parte. De hecho, al verlo sintió algo muy extraño. No parecía un hombre amable, todo lo contrario. Desde luego, no parecía el tipo de persona que fuera a permitir que alguien se colara en la boda de su prima.
Christy se movió lentamente. Lo único que quería era tener la oportunidad, aunque fuera muy breve, de darle a Josh el susto de su vida. Lo único que pretendía era saludarlo con la mano; después, se marcharía a casa tan contenta… tan contenta como era posible después de que la hubiera humillado de aquella manera. Pero no había escrito ningún papel para Ashe McKinnon en aquella función. Un terrible error. Tenía el presentimiento de que se dirigiría hacia ella enseguida. Entró en el salón, impresionada por la decoración y las magnificas obras de arte que colgaban de las paredes.
–¿Una amiga del novio? –preguntó una voz atractiva detrás de ella.
Se giró sobre sus tacones de aguja para comprobar, aliviada, que se trataba de un joven de pelo rojo que la miraba con la admiración a la que estaba acostumbrada.
Estaba a salvo por un momento. Solo pretendía quedarse hasta que lograra su pequeña venganza y Ashe McKinnon, el barón del ganado, podía irse al diablo.
Ashe comprobó que no le costaba nada relacionarse. No con aquella imagen tan espectacular. La observó a través de la puerta de cristal que daba al solárium, sorprendido por su tenacidad. Vio a todos los solteros de la fiesta acercarse a ella y aquello lo molestó bastante. No podía creérselo, pero le apetecía decirle a Jake Reid, un joven al que conocía de toda la vida, que le quitara las manos de encima. Tenía los músculos en tensión. Algo poco frecuente en él.
El solárium se había convertido en una pista de baile para la ocasión. Esperó su momento, sin apartar los ojos de ella. Pasado un rato, se disculpó con el grupo con el que estaba y se dirigió hacia donde estaba bailando.
–Disculpa –le dijo a su amigo, Tim Westbury–, realmente, tengo que hablar con tu pareja.
–Bueno, Ashe, lo estábamos pasando muy bien…
Durante un momento, pareció que Tim no se iba a marchar, pero entonces, debió de ver algo en su expresión.
–Ya me he dado cuenta. Adiós.
–Hasta luego, Christy –dijo Tim antes de que lo agarrara su novia.
–Bonita fiesta –dijo Ashe.
Al rodearla con un brazo e inhalar su fragancia, un extraño placer le recorrió el cuerpo.
–Muy bonita –asintió ella, mirando hacia otro lado.
–La ceremonia también fue preciosa.
–Se me llenaron los ojos de lágrimas.
–¿De verdad? Estoy seguro de que no estuviste en la iglesia. Por cierto, soy Ashe McKinnon, el primo de la novia.
Ella entrecerró los ojos.
–No os parecéis en nada.
Era difícil no estar impresionada con aquel hombre. Físicamente, por lo menos ¿Cómo describirlo? Imponente. Un poco serio. Aunque del tipo que volvía loca a las mujeres. Pero no a ella. Ella ya se había dado cuenta de que era demasiado duro para su gusto; aunque, con aquel frac, tenía un aspecto fantástico.
Tim le había dicho que había sido el padrino por ser el cabeza de familia. Desde luego, le pegaba. Solo por su altura, ya sobresalía de los demás; debía de medir más de un metro noventa. Ella, a pesar de su metro setenta, se sentía pequeña a su lado. Era delgado, pero también fuerte. Podía sentirlo en el brazo que la rodeaba.
Christy siguió con su inspección. Estaba muy moreno, aunque no parecía del tipo de hombre que se pasara mucho tiempo en la playa. Tenía el pelo negro como el ébano y un poco ondulado. Si se lo dejara crecer un poco, seguro que le salían rizos. Sus ojos eran azules como el océano, realmente preciosos. Aunque ella no podía ver en su interior, parecían estar atravesándola.
No era un hombre amable. O un hombre que hiciera a una mujer sentirse segura. Más bien parecía bastante peligroso, por lo que tendría que tratarlo con cuidado. Entre ellos había demasiada tensión.
–Me muero por saber cómo te llamas –dijo él con sarcasmo.
–Solo tenías que preguntarlo. Soy Christine Parker. Mis amigos me llaman Christy.
Su respuesta sonó dulce y amable. Pura música. Otro as que se sacaba de la manga.
–Entonces, yo te llamaré Christine. ¿Te puedo preguntar si eres amiga del novio? –preguntó deslizando la mano por su espalda.
–¿Por qué me habrá sonado eso a un reto?
–No lo sé. Quizá porque eres del tipo de mujer que los va buscando.
–No pretendo hacer nada.
–Me alegro –dijo él mirándola con sarcasmo–, porque yo no puedo permitir que le estropees el día a mi prima.
–No tengo la menor intención de hacer algo así –protestó ella.
–Pero quieres molestar a Deakin.
–Ahora parece como si no te importara mucho –era un placer retarlo. Sentía cierto peligro al estar al lado de aquel hombre y, al mismo tiempo, algo más le estaba sucediendo, pero no sabía qué.
–Lo único que me preocupa es que esta fiesta salga a la perfección –le dijo advirtiéndole–. Me debo a mi tía y a mi prima.
–¿De verdad? –de repente, sintió la necesidad de mostrase mordaz–. Por tu aspecto nadie habría dicho que fueras tan sentimental.
–Tómatelo con calma, Christine.
Su conversación era bastante acalorada. Christy se dio cuenta de que, aparte de la tensión, había algo muy sensual entre ellos. Se preguntó cómo sería posible cuando todavía lloraba el abandono de Josh. A pesar de todo, sentía el calor de sus dedos a través del vestido, igual que si le estuviera tocando directamente la piel.
–Vamos –dijo él con brusquedad.
Los pezones de ella, que le rozaban el pecho mientras bailaban, lo estaban torturando.
–¿Adónde? –preguntó ella levantando la cabeza, sorprendida. La expresión de él era indescifrable.
–Al jardín –sugirió cortante–. Deakin no ha apartado los ojos de ti desde que empezamos a bailar. A pesar de que tiene a la novia colgada del brazo.
–No me había dado cuenta –dijo ella, deseando que Josh la hubiera visto. Callista parecía un encanto y se merecía ser feliz. Pero el instinto le decía que no sería por mucho tiempo. No con Josh. No era un buen tipo.
A pesar de todo, Christy deseaba que todo hubiera sido diferente. Que Josh hubiera sido un hombre distinto al que en realidad era.
–¿Lo conocías muy bien? –preguntó Ashe empezando a mostrar desprecio.
–No creo que de verdad te interese.
–Inténtalo.
–Es parte del pasado.
Necesitaba alejarse de aquel hombre. Respirar aire puro.
–Eso espero –dijo él, levantándole la cara con una mano y clavándole la mirada
–¿Qué es lo que quieres? ¿Triturarme? –preguntó ella, envidiando su fuerza masculina.
De manera instantánea, él aflojó la mano. ¿Qué era lo que quería de ella? Agarrarla y llevársela de allí. Hacerle el amor hasta que se olvidara de la existencia de Deakin.
¿Y ella? ¿Por qué sentía tanta atracción por un hombre así, tan diferente de Josh? Su magnetismo era tan poderoso que atravesaba su dolor.
–¿Vas a decirme exactamente el motivo de tu presencia en este lugar? Estoy seguro de que no tienes invitación.
–La perdí –dijo ella–. Se voló.
Por el rabillo del ojo seguía viendo a Josh y a su mujer y sintió una punzada de dolor.
–Bésame –le ordenó antes de ponerse a llorar.
Él la meneó un poco.
–¿Quieres darle celos? Mírame.
Pensaba besarla antes de que acabara la noche. De hecho, nunca había deseado tanto besar a una mujer. A aquella preciosa criatura que estaba colada por otro hombre. Un hombre al que su prima estaba cariñosamente abrazada.
–Eres una tonta –murmuró Ashe agachando la cabeza sobre ella–. Nunca lo volverás a tener para ti. Nunca.
–Yo no lo quiero –lo dijo de verdad; pero no iba a superar la decepción en una noche–. ¿Nos vamos fuera?
–¿Por qué no? Ya hemos despertado la curiosidad de todos.
Pero no iba a ser posible. Callista llamó a su primo desde el otro extremo de la habitación.
–¡Ashe!
Nadie le había dicho quién era aquella hermosura rubia con el vestido verde. A los ojos de Callista era adorable y extravagante. ¡Qué vestido! Ella nunca se hubiera atrevido a llevar algo así. ¿Y qué estaba haciendo Ashe con ella? Los dos parecían estar perdidamente enamorados, como si nada más en el mundo importara.
Josh estaba al lado de Callista; pero le hubiera gustado estar en cualquier otro lugar.
–Tengo la garganta seca de tanto hablar. Voy a buscar una bebida. ¿Quieres algo, cariño?
Callista le dedicó una sonrisa embelesada.
–¡Por favor, Josh! Espera a conocer a la nueva novia de Ashe. Estoy un poco sorprendida, pero la verdad es que Ashe está lleno de sorpresas.
–No sé…
Realmente tenía la boca seca y el corazón le latía a toda velocidad. Christy siempre se había comportado como toda una dama; pero él sabía muy bien lo que una mujer enfadada podía hacer.
–Por favor, cariño, hazlo por mí –le pidió Callista, agarrándolo de la mano.
–No puedo hacerlo –le dijo Christy a Ashe mientras cruzaban la habitación.
–Sí puedes. Yo te acompañaré –la agarró de la mano y la sujetó con firmeza.
–¿Quién se supone que soy?
–Deberías haberlo pesado antes –respondió él con dureza–. Digamos que eres mi secreto mejor guardado.
–¿Quieres decir que estoy aquí por ti? –dijo ella atónita.
–¿Se te ocurre algo mejor? No voy a arriesgarme a que le hagas daño a Callista. ¿Crees que podrías sonreír?
–Por supuesto que puedo sonreír. No hace falta que seas tan arrogante –respondió ella llena de orgullo–. ¿Cuál es el plan?
–Improvisaremos –le dijo él con una sonrisa de lo más sexy.
Aquello le devolvió la adrenalina.
¡Vaya! Josh parecía tan asustado como un conejo.
Callista miraba del uno al otro sin saber lo que estaba sucediendo. Al acercarse, Christy se dio cuenta de que Callista era mayor de lo que aparentaba; debía de estar más cerca de la treintena que de la veintena. Probablemente, podría tener acceso a su herencia cuando cumpliera los treinta y era evidente que Josh no podía esperar.
