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¿Quién es esa chica? Después del accidente de su jet privado, la princesa Anastasia era incapaz de recordar sus orígenes reales. El guapísimo hombre que le salvó la vida, el ex agente del FBI Jake Sanderstone, decidió llevar a la dulce superviviente a su humilde casa. Y, mientras él luchaba por desenredar aquella maraña de secretos, lo único que ambos sacaron en claro fue la tremenda atracción que había surgido entre ellos... En medio de la tormenta se desató la pasión, ¿pero qué pasaría cuando Anastasia recuperara la memoria?
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Harlequin Books, S.A.
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Besos inolvidables, n.º 1355 - enero 2016
Título original: The Princess Has Amnesia!
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7677-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
EL aeropuerto de Penwyck estaba cerrado debido a los vientos de más de cien kilómetros por hora y a la intensa lluvia. Todos los vuelos estaban cancelados ya que la tormenta era tremenda. En la torre, un controlador aéreo intentaba contactar con el avión privado que había despegado justo antes del cierre de las pistas y que estaba en apuros.
Nada.
—Royal Bird Two, repita su posición. Cambio —volvió a decir esperando que, por un milagro, la aeronave volviera a aparecer en su pantalla—. Royal Bird Two, repita su posición. Cambio.
Solo silencio.
Tragó saliva y lo repitió varias veces. Ni rastro del avión de la familia real.
Inmediatamente, avisó a su superior y le puso al tanto de lo ocurrido.
—El Royal Bird Two ha desaparecido del radar —le explicó intentando que no le temblara demasiado la voz.
—¿Cómo que ha desaparecido? —repitió el supervisor sin poder ocultar su pánico—. ¿Cómo ha podido ocurrir?
—No lo sé. Podría haber perdido altitud… —contestó el controlador. Todos sabían que podía haberse estrellado, pero nadie lo quería decir. Estaban acostumbrados a la tensión de aquel trabajo, pero perder el avión de la familia real…—. Lo último que dijeron fue que querían cambiar de ruta para intentar salir de la tormenta. Les di la nueva ruta y desaparecieron.
El supervisor llamó corriendo a palacio. Tras recibir instrucciones desde allí, intentó él mismo contactar con el avión real, pero tampoco tuvo suerte.
No habían pasado ni diez minutos cuando aparecieron tres hombres vestidos de negro. Uno de ellos, el más alto, Jack Harrison, fue hacia la mesa de control. Todo el mundo se apartó.
—Tenemos una situación de Prioridad Uno. Vamos a repasar exactamente qué ha pasado, paso por paso —ordenó—. La princesa Anastasia está ahí fuera y hay que encontrarla.
EL avión se movía violentamente debido a las turbulencias. Anastasia Penwyck se agarró a la butaca. No tenía miedo a volar, pero aquel vuelo estaba resultando de lo más desagradable.
Tal vez, había sido una locura despegar hacia Londres haciendo el tiempo que hacía, pero, con todo lo que había pasado últimamente en palacio, había tenido que irlo retrasando y ya no podía más. Las necesidades de los niños a su cargo eran importantes. Ahora que Owen había vuelto a casa sano y salvo, lo que tenía que hacer no podía esperar más. Aunque significara tener que levantarse a las cinco de la mañana.
Le había costado convencer a su madre de la urgencia del viaje porque, como miembro de la familia real, su seguridad era un tema muy importante. Su padre, el rey Morgan de Penwyck, le había enseñado a estar siempre alerta. En aquellos días, estaba librando una batalla a vida o muerte y, aunque estaba recibiendo el mejor tratamiento existente, a Ana no le había hecho ninguna gracia irse dejándolo en coma. Sin embargo, sabía que a su padre no le hubiera gustado que dejara de cumplir con sus deberes.
El orfanato Marlestone House era una de sus últimas obras y estaba dispuesta a hacer lo que fuera para ayudar a aquellos niños. Una de las cosas que más le gustaba era enseñarlos a montar a caballo. Ya había hecho trasladar a algunos de sus propios caballos, los más dóciles, al orfanato. Lo mejor era que la prensa no sabía nada de todo aquello. Iba en vaqueros y con gorra y los niños la llamaban Annie.
Había una niña de seis años, Catherine, que no podía montar. Dos años antes, en un accidente, había perdido la movilidad de las piernas. En su afán por ayudarla, tenía que ir a ver al doctor Thor Havenfield, uno de los mejores cirujanos de Londres. Debido a que era un hombre muy ocupado, habían quedado para verse antes de que comenzara su ronda por el hospital.
El avión volvió a moverse violentamente y Ana tomó aire. ¿Por qué estaba tan nerviosa? El piloto tenía muchas horas de vuelo y ya estaban llegando. Miró por la ventana buscando la costa galesa, pero no se veía nada. Se dijo que tendría que haber esperado a que mejorara el tiempo para ir a Londres.
¡Más turbulencias! Oyó al piloto hablar con la torre y le pareció que cambiaban de rumbo, pero el avión seguía moviéndose salvajemente.
Ana oía a los hombres de la cabina hablar. De repente, oyeron un ruido diferente. Uno de los motores se había pardo. Comenzaron a perder altura.
A Ana se le aceleró el corazón. ¡Dios! ¿Qué estaba pasando?
—Hemos perdido un motor, pero vamos a intentar aterrizar —le dijo Rory, su guardaespaldas, desde la cabina—. Agarre todos los cojines que pueda, póngaselos alrededor y baje la cabeza.
—Rory, por favor, dime la verdad. ¿Nos vamos a…?
Rory sonrió.
—No voy a permitir que le ocurra nada, princesa.
El avión vibró como si se fuera a romper. Anastasia cerró los ojos y pensó en su familia, en todo lo que no había hecho a sus veinticinco años, en que nunca iba a saber lo que era enamorarse de verdad.
—¡Mayday! ¡Mayday! —le oyó gritar al piloto—. Aquí el Royal Bird Two. Hemos perdido altura y vamos a intentar un aterrizaje de emergencia.
Anastasia sintió que le resbalaba una lágrima por la mejilla. Metió la cabeza entre los cojines y rezó. Entonces llegaron los terribles sonidos de metal, cristales rotos, golpes. La fuerza del impacto la lanzó hacia delante, pero el cinturón de seguridad la paró. Se oyó llorar y luego… nada…
La ve correr hacia el coche. No puede hacer nada. Intenta ir tras ella, pero algo o alguien lo agarra.
Está aterrorizado. Va directa a una trampa. «¡No! ¡No! ¡Meg! ¡No vayas!», grita. Pero sus palabras apenas se oyen. Una explosión sacude el suelo y lo lanza hacia atrás mientras salen llamas y cascotes en todas direcciones y él siente el calor abrasándole la piel y el pelo.
Jake Sanderstone se incorporó en la cama con un grito. Tenía el cuerpo empapado en sudor. Intentó respirar con normalidad, pero sabía que eso no sucedería si no hacía los ejercicios de relajación que le había mandado el médico. Pronto, consiguió respirar con normalidad y que el corazón volviera a su ritmo normal.
Entonces, se dio cuenta de que estaba lloviendo una barbaridad y de que Max estaba ladrando como un loco.
Se pasó los dedos por el pelo y fue al salón, donde estaba el pastor alemán de cinco años.
—Muy bien, muy bien, sal —dijo abriéndole la puerta y sintiendo el aire helado en el cuerpo.
Le sentó bien. Le hacía sentirse vivo… aunque no se lo mereciera. Se sintió triste, pero se sobrepuso y observó al perro. En ese momento, percibió un ruido, miró al cielo y vio unas lucecitas que iban acercándose a tierra. Como piloto que era, no le costó darse cuenta de que aquel avión tenía problemas. Querían aterrizar y no había ningún sitio dónde hacerlo en aquellas montañas.
¡Maldición! Solo pudo observar cómo la aeronave caía, dejó de verla, oyó el impacto y vio las llamas. Sin pensarlo, supo que tenía que ir a ver si había supervivientes.
Se puso ropa ignífuga sabiendo que no iba a haber ningún helicóptero de apoyo. Estaba solo. La zona donde había caído el avión era de muy difícil acceso, así que tenía que ir andando. Se puso la cazadora y agarró la mochila, en la que había metido una linterna y otros utensilios y salió corriendo.
—Vamos, Max. Tú delante —le dijo al perro.
Siguió al can a través de los arbustos rezando para encontrar supervivientes. Había dejado casi de llover, pero no podían avanzar muy rápido. Jake no conocía bien la zona ya que solo llevaba allí cuatro meses, así que se fió de Max. Justo cuando estaba amaneciendo, olió a combustible y humo. Luego, vio el reguero de árboles destrozados que el avión se había llevado por delante al caer. A pocos metros, estaba la aeronave siniestrada.
Jake llegó a la cabina, la parte más dañada. Ya no había llamas. Había dos hombres, les tomó el pulso. Nada. Tampoco lo esperaba. Corrió hacia la parte media del avión, que se había separado y estaba unos metros más atrás. Miró dentro. Nada. Max olisqueó y salió. Era obvio que había un pasajero porque había sangre en uno de los asientos. Entonces, Max empezó a ladrar. Jake lo siguió a través de los árboles. Comenzó a llover de nuevo con fuerza. Max ladraba cada más fuerte también. Estaba junto a un cuerpo.
Jake se arrodilló y comprobó que la superviviente era una mujer.
—Buen chico.
Intentó ignorar lo guapa que era. Tenía un fuerte golpe en la cabeza. Le tomó el pulso. Estaba viva. Le estaba mirando a ver si tenía huesos rotos cuando abrió los ojos, de un precioso azul, y habló.
—Fuego… Por favor… Ayúdeme —murmuró con labios temblorosos.
—Lo intentaré —contestó Jake cubriéndola con una manta. Supuso que llevaba media hora a la intemperie.
Decidió llevarla a su cabaña y ocuparse más tarde de los demás. Estaba lloviendo cada vez más y allí no había dónde guarecerse.
—Vamos, despierte —le dijo sentándola.
La mujer abrió los ojos y lo miró.
—La tengo que sacar de aquí. No tengo más remedio que llevarla en brazos y puede que le duela algo aunque intentaré hacerlo con cuidado.
La mujer cerró los ojos.
La tomó de la cintura y se la puso al hombro. La oyó gemir de dolor, pero era la única manera.
Para cuando llegó a la cabaña, ambos estaban empapados y a Jake le dolían las piernas. La dejó con cuidado en el sofá frente a la chimenea, donde hizo un buen fuego. La miró. Estaba pálida. La tocó. Estaba helada.
Retiró la manta y comenzó a quitarle el traje. Llevaba ropas caras, pero eso daba igual cuando el avión de uno se estrellaba. Le quitó la falda y vio que tenía unas preciosas piernas.
Al llegar a la ropa interior, sintió que toda la habitación se calentaba de repente. Debía de llevar demasiado tiempo en las montañas para excitarse con una mujer inconsciente. Fue a su dormitorio y quitó la manta seca de la cama. Volvió al salón y la tapó.
Recogió la ropa mojada y la puso cerca del fuego antes de cambiarse él. Preparó la cafetera y secó y dio de comer al perro. Decidió que ya se encargaría de los caballos más tarde.
De repente, la mujer se puso a gritar.
—¡No! ¡No! ¡Rory!
—Shh. No pasa nada.
¿Quién sería Rory? ¿Su marido? No llevaba alianza. Bueno, eso no quería decir que no estuviera casada o prometida.
La volvió a tapar bien y, con ella en brazos, se acercó al fuego. Se sentó con la mujer en su regazo. Ella se apretó contra su cuerpo.
—Frío —susurró—. Mucho frío.
—Lo sé. A ver si conseguimos remediarlo —contestó Jake apartándole un mechón de pelo mojado de la cara.
Era realmente guapa. Tenía los ojos azules, un óvalo de cara precioso, la nariz pequeña y recta y un hoyito en la barbilla. Jake se fijó en su boca, de labios de fresa… una verdadera tentación.
Entonces, vio que llevaba una cadena de oro al cuello. Se la sacó y vio que de ella colgaba un amuleto en el que se leía ANA.
—¿Se llama Ana? —le preguntó—. Vamos, señorita Ana, tiene que hacer un esfuerzo y mantenerse despierta.
La mujer tenía las pupilas completamente dilatadas del golpe que se había dado en la cabeza. Gimió y se volvió a apretar contra su cuerpo. Jake se dio cuenta de que hacía demasiado tiempo que no abrazaba a una mujer. Su cuerpo ya había reaccionado irremediablemente ante el contacto.
Aunque estaba encantado de tener compañía, algo le decía que aquella mujer le iba a traer problemas. El sonido de la lluvia sobre el tejado dejó muy claro que se iba a quedar con él un tiempo. No había manera de salir de aquellas montañas con aquel tiempo.
La mujer se volvió a apretar contra él y Jake cerró los ojos para no gemir de placer cuando sus pechos se pegaron a su torso. Aquello no lo arreglaban ni los mejores ejercicios de respiración del mundo.
—Vamos, preciosa —le dijo—. Soy humano. Despierte y sálvese. Sálvenos a los dos.
Ana oía una voz masculina. Era una voz grave que la llamaba, pero ella no se podía mover. Le dolía tanto la cabeza que sentía ganas de llorar. ¿Por qué quería hacerla daño?
—Ana, despierte —repitió la voz.
¿Ana? ¿Quién era Ana? Intentó recordar, pero su mente no recordó nada. Intentó moverse y un latigazo de dolor le recorrió el cuerpo. Gritó y rápidamente él la acarició y le dedicó palabras de consuelo.
Intentó mantener los ojos abiertos, pero no podía. Lloró de rabia por no poder hacer algo tan simple.
—Shh, no llore. Estoy aquí.
¿Quién estaba allí? «Por favor, quiero despertarme», rogó. Oía la voz masculina que iba y venía. Por fin, consiguió mantener los ojos abiertos. No veía con claridad, pero vio que era un hombre moreno. Siguió mirando y comenzó a enfocar. Tenía los ojos casi negros. Tenía el ceño arrugado y parecía preocupado.
—Menos mal que se ha despertado —sonrió.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Ana presa del pánico—. ¿Dónde estoy? —añadió intentando mirar a su alrededor.
—Eh, eh, tranquila. Se ha dado un buen golpe en la cabeza, así que despacio.
Entonces, Ana se dio cuenta de que estaba desnuda y en brazos de aquel hombre. Al instante, sintió que los pezones se le ponían como piedras. Por la cara de sorpresa de él, estaba claro que también se había dado cuenta.
—Aléjese de mí. ¿Cómo se atreve? —le espetó intentando apartarse de él a pesar del dolor y tapándose con la manta como pudo—. Exijo saber por qué ha juzgado oportuno despojarme de mi ropa.
—Porque, cuando hemos llegado, estaba usted calada —contestó Jake—. La única manera de evitar que sufriera una hipotermia era quitarle la ropa mojada e intentar que recuperara la temperatura normal. Ha estado fuera más de una hora.
Ana estaba confundida. ¿Qué estaba haciendo allí? Miró a su alrededor y vio que había pocos muebles. Un sofá y una mecedora y una alfombra de colores. No tenía ni idea de dónde estaba.
—¿Quién es usted?
—Jake Sanderstone —contestó Jake—. ¿Y usted…?
Ana parpadeó e intentó responder, pero nada.
—No lo sé.
NO sé quién soy —dijo sin poder creérselo.
Cerró los ojos e intentó recordar algo. En blanco. Nada. Era como si alguien le hubiera borrado todos los datos que tenía en el cerebro.
—¿Cómo puede ser? —le preguntó al desconocido.
—Supongo que ha sido a consecuencia del golpe que se ha dado en la cabeza. Le han ocurrido muchas cosas en unas horas —contestó Jake mirándola con intensidad.
Ana se levantó y se tocó la cabeza. ¿Cómo se había hecho aquello? Otra pregunta sin respuesta.
—¿Cómo he llegado aquí? ¡Dios mío! Pero, ¿dónde estoy?
—Tranquila. Intentaré darle toda la información que tengo. Está usted en las montañas Cambrian, en Gales. El avión en el que iba se ha estrellado —le explicó—. Max ha sido quien la ha encontrado. Él me llevó hasta usted —añadió señalando al perro—, que se había alejado del aparato. Entonces, decidí traerla aquí.
«Y, por último, me has desnudado», pensó ella. Nada de aquello le hacía recordar.
—Supongo que habría alguien conmigo… ¿o es que llevaba yo el avión?
—No, había dos hombres, pero no han sobrevivido. Lo siento. Usted es la única superviviente.
Muertos. Dos muertos. Ana esperó sentir algo, pero no fue así. Le dio vergüenza consigo misma. Aquellas personas podían ser amigos o incluso familiares.
Jake se levantó y fue hacia la cocina. Quería dejarla un rato a solas porque la situación era muy fuerte.
—¿Llevaba una cartera o algo que me identificara?
—No me ha dado tiempo a rastrear el avión. Nada más encontrarla, la tormenta empeoró considerablemente y decidí que era mejor volver aquí. Lo único es ese amuleto que lleva al cuello. Pone ANA. Podrían ser iniciales o su nombre.
—¿Podríamos llamar a la policía?
—No, no tengo teléfono y las carreteras están cortadas desde ayer.
—¿Y cómo me van a encontrar? —preguntó presa del miedo.
—Si antes de estrellarse, el piloto consiguió dar su posición, seguro que la están buscando, pero van a tardar unos días debido al tiempo.
Jake hizo funcionar la bomba del agua para ponerle un vaso. Aquel lugar no tenía las más mínimas modernidades. Por eso, a él le encantaba. Porque estaba alejado de todo, del mundo y de los problemas. Pero parecía que uno lo había encontrado.
—Tome —le dijo dándole el vaso y un par de aspirinas.
Ella lo miró desconfiada.
—Son analgésicos normales y corrientes. Supongo que la cabeza la estará matando.
