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Grandes secretos en una pequeña localidad Noah Cooper había llegado a Kerry Springs para hacer un trabajo y, como ranger de Texas, no podía permitirse ningún tipo de distracción. Por eso, era una pena que en el centro del misterio estuviera la irresistible Lilly Perry. Lilly estaba decidida a seguir siendo una madre soltera, así que tener a un inquilino tan atractivo como Noah en su casa no le parecía buena idea. Era encantador con los niños… ¡y ella solo pensaba en besarlo! Con todos los secretos que había entre ellos, ¿podrían alguna vez confiar el uno en el otro?
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Seitenzahl: 234
Veröffentlichungsjahr: 2012
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2011 Patricia Wright. Todos los derechos reservados.
UN AMOR IMPOSIBLE, N.º 70 - agosto 2012
Título original: Tall, Dark, Texas Ranger
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2012
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-0752-5
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
¿SERÍA su día de suerte? Noah Cooper bajaba en su coche por Maple Street cuando vio el cartel de Se alquila delante de la casa victoriana de tres pisos. No habría podido dar más en el clavo ni aunque lo hubiese preparado. Ya solo faltaba que consiguiese ser el próximo inquilino. Aparcó la camioneta bajo un enorme árbol y notó inmediatamente el calor de Texas. También sintió cierta emoción mientras iba por el camino hasta el porche, subía los maltrechos escalones de cemento y llamaba al timbre.
Era un nuevo trabajo, un nuevo cometido.
No contestó nadie. Miró hacia abajo y vio un cartel en el pomo: Me he ido a hacer colchas de retazos. Siguió por el porche que rodeaba toda la casa y llegó a unas escaleras y a un camino que llevaba a un amplio jardín. Aunque la casa parecía un poco descuidada, los setos tenían flores de todos los colores y el césped lo habían cortado hacía poco. Supuso que podía ser una familia que se dedicaba a la jardinería. Al fondo, vio otra construcción. Era una casa mucho más pequeña de madera, de un piso y con contraventanas del mismo tono gris y vino que estaba perdiendo intensidad en la casa principal. Aunque podía resultar un poco femenino para su gusto, la situación era perfecta. Se dirigió hacia allí con la esperanza de poder echar una ojeada adentro. Subió al pequeño porche, vio que la puerta estaba entreabierta y oyó música. Asomó la cabeza y vio una sala con una chimenea de ladrillo. En la pared de enfrente había una hilera de armarios, una mesa y dos sillas. El sitio estaba amueblado, pero ¿desde qué siglo? Entonces, vio que algo se movía.
Una mujer estaba a gatas fregando el suelo al ritmo de una canción country. Su bonito trasero se contoneaba mientras frotaba una baldosa sucia. El pelo, castaño con mechones dorados, estaba recogido en un moño en lo alto de la cabeza, pero casi todo se le había soltado. La camiseta ceñida y los pantalones cortos dejaban entrever una figura esbelta y con curvas. El cuerpo se le despertó súbitamente. Eso no era frecuente en su profesión y menos durante el año anterior. Sin embargo, no era el momento de recuperar la libido, tenía que hacer un trabajo.
–Disculpe… –le llamó por encima de la música.
Lilly oyó que la llamaban, miró por encima del hombro y vio a un desconocido. Dio un respingo y casi se golpeó la cabeza contra la mesa. Soltó un improperio y levantó una mano para detenerlo cuando vio que el hombre se acercaba a ella.
–¿Está bien?
Ella asintió con la cabeza, se levantó y apagó la música. Luego, se dio la vuelta para mirar al intruso. Era alto, delgado, con el pelo moreno, tupido y ondulado y unos ojos de color whisky. Llevaba unos vaqueros desteñidos, una camisa de algodón y unas botas que parecían del sur de Texas, pero recelaba de todos los desconocidos.
–¿Quién es usted? –preguntó ella con cierta aspereza.
Él no pareció inmutarse lo más mínimo.
–Espero ser su nuevo inquilino –contestó él saludándola con la cabeza–. Me llamo Noah Cooper.
–Yo soy Lilly Perry, pero no soy la propietaria, lo es mi madre. Se llama Beth Staley, es la dueña y alquila esta casita –cuando su madre decidió alquilarla no comentaron a quién alquilársela pero, desde luego, no a un desconocido–. Tendrá que volver más tarde.
–¿Sabe cuándo estará ella?
Lilly tuvo una sensación extraña cuando ese hombre siguió mirándola, como si esos ojos pudieran leer sus pensamientos.
–Para ser sincera, señor Cooper…
–Coop –la interrumpió él–. Me llaman Coop.
–Muy bien, Coop, creo que hay alguien más interesado en la casa.
Él señaló hacia el cartel con la cabeza.
–El cartel sigue puesto.
–Bueno, no es algo definitivo. Se lo digo para que no se haga ilusiones.
–Supongo que tendré que volver para hablar con la señora Staley. ¿Cuándo volverá?
Lilly se encogió de hombros.
–Nunca se sabe cuando está haciendo colchas de retazos con sus amigas. Puede tardar horas.
–De acuerdo –dijo él con resignación–. Tendré que esperar.
Se dio la vuelta para marcharse y ella oyó una voz muy conocida.
–¡Mamá! ¡Mamá! ¿Dónde estás?
–Aquí, Robbie –contestó ella dirigiéndose hacia la puerta.
El niño de cinco años entró como un rayo por la puerta de la casa.
–Colin y Cody van a bañarse y me han pedido que vaya también. ¿Puedo? Por favor…
–Robbie, cálmate.
Ella le apartó el pelo rubio que le caía por la frente y él la miró con esos ojos azules tan parecidos a los de su padre. Todavía sentía una opresión en el pecho al acordarse de aquellos tiempos y de un padre que el niño no había conocido.
–Si la madre de Colin y Cody está de acuerdo…
–Sí. Ella ha dicho que podrías trabajar un poco más si yo no estoy en medio.
Lilly quiso sonreír. Su hijo empezó a hablar cuando tenía un año y no había parado desde entonces.
–A lo mejor, debería ponerte a trabajar también.
Él arrugó la pecosa nariz.
–Mamá, tengo cinco años…
–Vaya, ayer contabas los días que te faltaban para tener seis.
–Pero sigo siendo un niño. Tengo que divertirme un poco. Estoy de vacaciones de verano –el niño se fijó en el señor Cooper–. Hola, ¿quién es usted? Yo soy Robbie Perry.
–Robbie, es el señor Cooper –contestó ella con una mano protectora en el hombro del niño.
–Hola, Robbie. Todo el mundo me llama Coop.
El niño miró a su madre y luego al desconocido.
–¿Qué haces aquí con mi mamá?
–Robbie…
Ella quiso decírselo en tono de advertencia. No le gustaba la actitud de su hijo aunque tuviera motivos para estar receloso.
–No pasa nada –intervino Coop–. Está protegiendo a su madre. Quiero alquilar esta casa, pero tu madre dice que hay otra persona interesada –le explicó a Robbie.
Robbie arrugó la frente.
–¿De verdad? ¿Quién es, mamá?
Lilly notó que se ponía roja por la mentirijilla, que estaba agrandándose.
–No estoy segura –contestó ella antes de cambiar de conversación–. Vete a por el traje de baño y la toalla.
–¿Puedo ir? –preguntó el niño con los ojos muy abiertos.
Lilly se encontró sin otra elección y asintió con la cabeza. El niño levantó un puño y salió corriendo.
–Menudo niño.
–Sí. Ojalá yo tuviera su energía.
Se hizo un silencio incómodo, hasta que Coop lo rompió.
–Bueno, yo también debería marcharme. Gracias, señora Perry.
–Siento que no lo haya conseguido –replicó ella–. Espero que encuentre otro sitio. ¿Está trabajando por esta zona? Quiero decir, es posible que en los ranchos contraten gente si tiene experiencia.
Coop se dio cuenta de que Lilly Perry desconfiaba de él, pero no le extrañó que recelara de los desconocidos después de todo lo que había pasado durante los meses anteriores.
–Tengo experiencia de trabajar en ranchos, pero no me dedico a eso ahora. Estoy trabajando en el proyecto de casas nuevas para la parte occidental del pueblo.
Ella no pudo disimular la sorpresa.
–¿Para Construcciones AC? ¿Trabaja para Alex Casali?
–Sí. Soy carpintero especializado –eso no era mentira y, si volvía a insistir en el alquiler de la casa, podía disuadirla–. Bueno, creo que será mejor que siga buscando. Adiós.
Coop se marchó e iba por el camino cuando el niño salió corriendo de la casa principal y bajó los escalones del porche como un torbellino.
–¡Robbie! –lo llamó Coop–. ¿Sabes por casualidad adónde ha ido tu abuela?
–Sí, está haciendo colchas de retazos en Puntada con Hilo –le niño puso los ojos en blanco–. Es muy aburrido. Cortan trozos de camisas viejas y otras cosas para hacer colchas. Mi hermana también las hace.
–Eso está bien, porque los chicos hacen cosas que son solo de chicos.
Le niño se quedó pensativo.
–Sí, pero yo no hago muchas porque mi papá murió.
–Lo siento mucho –Coop se quedó sin saber qué decir hasta que se oyó una bocina–. Que te diviertas.
Coop observó al niño que iba corriendo hacia el coche que lo esperaba. Maldijo en silencio al hombre que le había hecho aquello a esa familia. Michael Perry tenía una esposa muy guapa y dos hijos. Los perdió enseguida. Su cometido era descubrir qué había detrás de la muerte de Perry. ¿Era el confidente que no se presentó esa noche o todo fue una coincidencia? Pensaba encontrar la verdad y evitar que alguien más resultara dañado por el camino.
Treinta minutos más tarde, Coop había encontrado Puntada con Hilo en la calle principal. Kerry Springs, en Texas, tenía una población de unas diez mil personas. Sin embargo, él sabía por experiencia que no todos eran buenos ciudadanos. Abrió la puerta y entró. Se sentiría más cómodo en un bar de mala muerte en El Paso, pero tenía que hacer un trabajo.
La tienda estaba bien puesta y se encontró con estantes llenos de telas de todos los colores y con colchas de retazos hechas a mano que adornaban las altas paredes. Una mesa grande para cortar telas estaba ocupada por algunas clientas que esperaban su turno. Al otro lado, un amplio paso daba a otra zona con filas de mesas con máquinas de coser.
Por fin, una joven rubia, muy embarazada, se acercó a él.
–Hola, me llamo Jenny Rafferty. ¿Puedo ayudarle?
–Me han dicho que aquí podría encontrar a Beth Staley.
La joven sonrió.
–Sí, está aquí –señaló con la cabeza hacia una mesa redonda delante de un escaparate y con seis mujeres alrededor–. Son las mujeres del rincón de las costureras.
–Gracias.
Coop resopló, se quitó el sombrero, sonrió y se dirigió hacia la mesa. La media docena de mujeres, de distintas edades, dejaron de hablar y lo miraron fijamente.
–Buenas tardes –las saludó él–. Siento interrumpirlas, pero estoy buscando a la señora Beth Staley.
–Esa soy yo –una mujer diminuta de cincuenta y muchos años levantó la mano–. ¿Está seguro de que soy la mujer que busca?
Las demás mujeres se rieron y Coop se relajó un poco.
–Estoy seguro si usted es la mujer que alquila una casa.
Beth sonrió y él captó el parecido con su hija. Tenían los mismos ojos de color zafiro y la misma forma de cara. La mujer miró fugazmente a sus amigas y volvió a mirarlo a él.
–Efectivamente, alquilo una casa.
–Entonces, estoy interesado en alquilarla si no llego demasiado tarde.
La señora Staley pareció no entenderlo.
–¿Por qué iba a llegar tarde, señor Cooper?
–Su hija me ha dicho que hay alguien que también está interesado.
–Ya, es verdad –la señora Staley se puso seria–. Bueno, no ha cuajado y la casa sigue en alquiler, pero joven…
–Disculpe, me llamo Noah Cooper, pero todo el mundo me llama Coop.
–Yo me llamo Beth y ellas son mis amigas Liz, Lisa, Millie, Louisa y Caitlin.
–Encantado de conocerlas.
Todas le devolvieron el saludo.
–Disculpadme –Beth se levantó y se alejó un poco de la mesa–. Muy bien, señor Cooper, si está interesado en la casa, necesito referencias… y un depósito.
Coop asintió con la cabeza.
–No hay problema. Mi trabajo nuevo es en Construcciones AC, pero puedo conseguir referencias anteriores, de San Antonio.
Sus superiores no tendrían inconveniente en amañar algo.
–¿Trabaja para Alex?
–Sí, soy carpintero especializado. Preferiría no vivir en un motel durante los próximos seis u ocho meses –aunque había vivido en peores sitios–. Cuando vi su casa, fue una sorpresa muy agradable. Además, he restaurado muchas casas en el pasado y podría ayudar a hacer algunas reparaciones en su preciosa casa.
–Me avergüenza decirlo, pero mi casa ha estado muy abandonada. Cuando mi marido vivía, él se ocupaba de las reparaciones –se cruzó de brazos sobre una camiseta que decía: Prefiero estar haciendo colchas de retazos–. ¿Tendría tiempo de trabajar en mi casa con el otro empleo?
–Mi empleo empieza dentro de unas semanas, pero estoy dispuesto a mudarme ahora mismo. Naturalmente, tendrá que comprobar mis referencias primero.
Ella arrugó la nariz.
–Me imagino que si trabaja para Alex Casali, es porque es de primera. Allison, su esposa, es la dueña de esta tienda.
–Entonces, ¿la señora Casali también hace colchas de retazos?
–Es una de las mejores –contestó Beth con una sonrisa mientras volvía a la mesa–. Señoras, Noah Cooper va a ser mi nuevo inquilino.
–Madre…
Todo el mundo se dio la vuelta y vio a Lilly Perry que se acercaba al grupo. Se había cambiado y se había puesto unos pantalones cortos de color caqui y una camiseta rosa. También se había peinado el pelo castaño, que le caía en cascada sobre los hombros. Él nunca se habría imaginado que tenía treinta y tantos años y dos hijos.
–Madre, ¿qué pasa?
–Me alegro de que hayas venido, Lilly. Quiero presentarte al señor Cooper.
–Ya nos conocemos –replicó Lilly con disgusto–. Pasó antes por casa –miró a Coop–. ¿Cómo ha sabido que tenía que venir aquí?
–Por su hijo Robbie. Él me dijo dónde encontrar a la señora Staley. No quería perder la ocasión. Usted dijo que había alguien interesado.
–¿Quién? –preguntó Beth mirando a su hija.
–Mandy Hews.
La mujer frunció el ceño.
–Solo tiene dieciocho años. No solo no puede pagarla, sino que tendría que pasarme todo el rato expulsando a ese novio que tiene. Por todos los santos, ¿las mujeres de esta generación no tienen gusto para los hombres? Ese chico ni siquiera tiene trabajo.
A Lilly no le gustó que la pusieran en evidencia delante de un desconocido.
–Excusadnos, por favor –tomó a su madre de la mano y se la llevó a donde no podían oírlas–. Madre, no deberías haber aceptado a ese hombre de inquilino sin comprobarlo todo antes. Además, creía que habíamos acordado alquilársela a una mujer.
–Si no recuerdo mal, tú decidiste eso. Además, no nací ayer y sé juzgar a la gente. No dejes que tu relación con Michael influya en tu juicio.
–Michael hizo mucho más que influir en mi juicio. Me dejó en la estacada con mis hijos y me quitó hasta el último céntimo. Por no hablar de lo que me humilló.
–Lo sé, cariño, y me gustaría poder cambiar todo eso, pero no puedo. ¿No crees que ha llegado el momento de seguir adelante? Empieza una vida nueva con tus hijos.
Lilly no quería volver a darle vueltas al asunto en Puntada con Hilo. El pueblo ya había cotilleado bastante sobre ella. Miró al atractivo Noah Cooper, que estaba hablando con las mujeres de la mesa. Parecía encantador… y ese era el problema. Mike había sido encantador cuando quería durante los trece años de su matrimonio. Entonces, de la noche a la mañana, las cosas se torcieron entre ellos y la abandonó con sus hijos.
Se oyó un lamento y todo el mundo se dio la vuelta hacia Jenny, que estaba doblada por la mitad. Gimió mientras se formaba un charco debajo de ella.
–Dios mío, he roto aguas –dijo sonrojándose.
El grupo se levantó y se acercó a ella.
–Voy a dar a luz –comentó Jenny conteniendo el aliento–. Tengo que llamar a Evan.
–Yo lo llamaré –se ofreció Liz–. Siéntate.
Jenny negó con la cabeza.
–Tengo que andar. Quiero que acabe enseguida. Llama a Jade y comprueba si está de servicio. Quiero que esté en el paritorio.
Lilly miró a Jenny, que daba órdenes aunque todo el mundo parecía alborotado. Se metió dos dedos en la boca y silbó. El alboroto terminó.
–Muy bien. Vamos a organizarnos. Liz, llama a Evan y dile que vaya al hospital. Millie, llama a Jade y dile que Jenny está dando a luz. Luego, toma el teléfono de Jenny y llama a su médico para decirle que va hacia allí –Lilly miró alrededor–. ¿Quién ha traído su coche?
Nadie dijo nada hasta que Noah Cooper habló.
–Yo tengo mi camioneta. Puede llevar a cuatro personas.
Jenny gruñó al sentir otra contracción.
–De acuerdo, señor Cooper. Queda nombrado conductor oficial –le dijo Lilly–. Vámonos.
Lilly pasó un brazo alrededor de Jenny y Liz la agarró por el otro lado para llevarla hacia la puerta. Su madre acompañó a Coop.
–Mi hija es la directora del colegio. Sabe actuar en situaciones difíciles.
–Y mantiene la cabeza fría –añadió Coop mientras salía.
Aceleró el paso, abrió la puerta del acompañante y Millie puso una toalla en el asiento. Jenny se disculpó por el follón.
–No pasa nada –la tranquilizó él.
La ayudó a montarse, dio la vuelta, sacó la bolsa de lona del asiento trasero y la dejó en el cajón de la camioneta. Se sentó en el asiento del conductor y encendió el motor. Lilly y su madre se montaron detrás y le indicaron el camino al hospital.
Lilly esperó poder dejar de dar instrucciones cuando llegaran, lo cual sería muy pronto a juzgar por la forma de conducir del señor Cooper. Tenía que reconocer una cosa: él no había salido corriendo cuando las cosas se habían complicado. Era un punto a su favor, pero solo uno.
Dos horas más tarde, Noah estaba bebiéndose la segunda taza de café de hospital y el bebé no había llegado. Al menos, el padre sí había llegado y estaba con su esposa. Él se habría marchado, pero no sabía cómo podrían volver a sus casas el resto de las mujeres. Además, era una ocasión para conocer a más gente del pueblo.
Se apoyó en la pared y observó a las personas que entraban y salían de la sala de espera. Al parecer, Jenny Rafferty era muy querida. Según Beth, Evan Rafferty, el marido de Jenny, era ranchero y propietario de un viñedo. Sean Rafferty, el padre de Evan, entró en la sala de espera con Gracie, su nieta de diez años e hijastra de Jenny. Los dos estaban muy emocionados con la llegada de otro miembro a la familia.
Sean Rafferty captó la atención de todas las mujeres. Se arremolinaron alrededor del hombre como si fuese una estrella de rock. Beth le contó que Sean era el soltero más codiciado del pueblo dentro de esa franja de edad.
Coop se fijó en Lilly Perry, quien estaba hablando por teléfono al otro lado de las puertas batientes. Seguramente, estaría interesándose por los niños. Recordó cuando la vio dando órdenes a todo el mundo. Era una mujer fuerte y decidida. ¿Era posible que supiera lo que había pasado? ¿Sabía en lo que había estado mezclado su marido? ¿Había sido ese el motivo para que rompieran? Tenía que ser difícil separarse de ella.
La puerta volvió a abrirse y su nuevo empleador, Alex Casali, entró con una atractiva pelirroja. Era Allison Cole Casali, su esposa. Alex lo vio y se acercó a él.
–Cooper, ¿qué haces aquí?
–Resultó que estaba en el lugar indicado y en el momento preciso. Era el único que tenía un vehículo para traer a Jenny al hospital.
–Bienvenido a la vida de un pueblo pequeño –dijo Alex con una sonrisa.
–¡ES UN niño!
Lilly levantó la mirada y vio a Evan, con bata de hospital, en la puerta de la sala de espera. Todos se levantaron de un salto y lo felicitaron. Sean estaba abrazando a su hijo cuando Lilly se acercó.
–Es una noticia maravillosa, Evan.
El guapo padre sonrió.
–Sí. Yo quería un niño, pero una niña también me habría encantado.
Lilly notó unas lágrimas de alegría y se acordó de los días más felices de su vida, cuando tuvo a sus hijos.
–¿Qué tal está Jenny?
–Es una jabata –contestó Evan–. Ni una sola queja.
Jade estaba con ella y yo he sido su ayudante.
Lilly pensó en su amiga. Jade era enfermera en el hospital y hacía poco se había casado con Sloan Merrick, que también tenía un rancho.
–Me alegro. ¿Cuánto ha pesado?
–Sean Michael pesa tres kilos y ochocientos gramos.
El abuelo Sean también se acercó.
–¿He oído bien?
–Sí –contestó Evan–. Jenny quiere que nuestro hijo tenga un lazo familiar y hemos pensado que lo mejor es que lleve el nombre de su abuelo y de su bisabuelo. Creo que lo llamaremos Mick.
Sean se emocionó. Al corpulento hombre no le importaba demostrar sus sentimientos y los ojos se le empañaron de lágrimas.
–A mi padre le habría gustado –Sean miró a su nieta–. ¿Qué te parece, Gracie? ¿Te parece un buen nombre irlandés?
–Sí –contestó la niña de diez años–. Me gusta. ¿Cuándo podremos verlo, papá? Es mi hermano…
El grupo se rio.
–Vamos, creo que la familia tiene privilegios.
Lilly observó a los tres que se alejaban por el pasillo. Sintió envidia por lo que tuvo y ya no tenía, por lo que no tenían sus hijos. La tristeza se adueñó de ella, pero no dejó que la dominara. Había pasado meses intentando entender lo que le había pasado a su matrimonio, lo que había pasado entre Mike y ella, sin encontrar respuesta.
Apartó esos pensamientos tan tristes porque tenía que volver a su casa. Se dio la vuelta hacia la ventana y se encontró al señor Cooper apoyado en una columna. Estuvo a punto de dejar escapar un gruñido. ¿Por qué seguía allí?
–Al parecer, todo ha salido bien –comentó él.
Ella asintió con la cabeza.
–Un bebé sano siempre es una noticia maravillosa –por fin lo miró a los ojos. Tenía unos ojos preciosos–. No hacía falta que se quedara. Pueden llevarme de vuelta.
–No me importa. Esperaba poder saber cuándo podré mudarme a la casa.
Ella seguía sin estar segura de que quisiera tener a un desconocido tan cerca de sus hijos.
–Tendrá que preguntárselo a mi madre.
–Se lo he preguntado y me ha contestado que depende de cuándo termine de adecentarla, aunque yo puedo ocuparme de lo que queda.
–Había pensado limpiar las alfombras. Nadie ha vivido allí desde que estuvo mi tío, hace unos años.
Ella tomó aliento y captó su olor. Sintió una punzada de excitación como no había sentido desde hacía mucho tiempo, pero volvió al asunto que los ocupaba.
–Además, todavía quedan algunas cajas que tengo que guardar en el garaje. Tampoco he hecho la cama y no hay toallas.
El sonido del móvil de él interrumpió su palabrería. Lo sacó de la funda que llevaba al cinturón, comprobó el número, lo apagó y volvió a mirarla. Parecía muy incómodo y ella no podía construir una frase.
–Sé mover cajas y hacer una cama –replicó él–. Además, tengo algunas toallas en mi equipaje y mañana puedo comprar todo lo que necesite. ¿Cuándo puedo entrar?
Lilly quiso gritar que nunca. No quería complicaciones, aunque les vendría bien el dinero del alquiler si quería saldar la deuda. Además, sus hijos y ella tenían un techo gracias a su madre.
–Supongo que ahora mismo –contestó ella mirando al señor Cooper.
Él asintió con la cabeza y se dirigieron hacia la salida, pero ella se acercó a su madre.
–¿Vuelves a casa?
Beth miró por encima del hombro de su hija y vio a Noah Cooper.
–Bueno, antes quería ver al pequeño Mick. ¿Por qué? ¿Necesitas algo?
–El señor Cooper quiere entrar ahora mismo en la casa y tengo que terminar algunas cosas.
–De acuerdo, iré como dentro de una hora.
Su madre se acercó a su nuevo inquilino y Lilly los observó mientras hablaban. Luego, Beth volvió sonriente. Fantástico. ¿Acaso ella era la única que recelaba de los desconocidos?
Coop tuvo mucho cuidado de no forzar una conversación durante el camino de vuelta. Ya sabía que Lilly Perry no estaba muy contenta por tenerlo en la casa. Si daba un paso en falso, ella encontraría una excusa para librarse de él. Tenía que quedarse allí. Era el sitio perfecto para enterarse de más cosas sobre Delgado. Algo improbable, pero era lo mejor que tenía.
Lilly le indicó que entrara por el camino y que aparcara en el costado más alejado del garaje.
–Hay sitio suficiente para todos los vehículos.
–Gracias. Es muy práctico.
Coop se bajó, sacó la bolsa de lona del cajón de la camioneta y esperó a que Lilly diera la vuelta. Se dirigieron juntos hacia la casita y ella sacó un juego de llaves.
–Creía que los pueblos pequeños eran tan seguros que se dejaban las puertas abiertas.
Coop captó una expresión de espanto que ensombreció el precioso rostro de ella.
–Lo era, pero las cosas han cambiado.
Según la información que tenía sobre la muerte de Mike Perry, habían asaltado la casa de Lilly. Poco después, los acreedores se quedaron con la casa y ella tuvo que mudarse allí con sus hijos. Seguramente, era el sitio más seguro para ella, pero también se preguntó si eso era verdad con Delgado libre.
Entraron y la miró con otros ojos. Era pequeña, pero también era acogedora y los muebles parecían cómodos. Llevó la bolsa a la otra habitación, donde una cama enorme ocupaba casi todo el espacio. Asomó la cabeza en el cuarto de baño y vio una ducha pequeña, un lavabo de pie y un retrete.
–Es todo lo que necesito –comentó él.
–Hay televisión, pero solo tiene los canales básicos por cable.
–Es más de lo que esperaba.
–Dígaselo a mis hijos. Se sienten desdichados por no tener más canales.
–Con usted de madre y Beth de abuela, yo diría que son muy afortunados.
Eso pareció alterarla.
–Bueno, que su madre sea la directora del colegio no los convierte en los niños más apreciados…
Era infinitamente mejor que tener una madre que solo se preocupaba por encontrar otro hombre. Cindy Morales, después de dos matrimonios fallidos, seguía buscando un marido y eso significaba dejar solos a sus hijos.
–Sobrevivirán –replicó él.
Ese comentario le mereció una sonrisa.
–Bueno, dejaré que se instale. Grite si necesita algo.
–Espere –Coop sacó la cartera y un billete de quinientos dólares–. Tenga, parte del depósito. Dígale a su madre que mañana por la mañana le daré un cheque al portador.
Ella abrió los ojos como platos y miró el dinero.
–Los bancos está cerrados ahora –añadió él.
Ella asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Él no quería que se marchara y eso era un mal asunto. Estaba allí para hacer un trabajo y nada más.
–Me gustaría hacer algunas reparaciones por aquí –comentó él–. ¿Le importa?
–No hace falta –contestó ella dándose la vuelta.
Él se encogió de hombros.
–Tengo algo de tiempo hasta que empiece mi trabajo. Digamos que las casas victorianas son mi afición.
Ella no pareció muy convencida.
–Creí que le gustaría disfrutar del tiempo libre.
–Ya he tenido mucho tiempo libre y, además, haré algo que me encanta.
Eso no era mentira, le encantaba reparar y restaurar cosas.
–Bueno, a mi madre le vendría bien un poco de ayuda con la casa. Es muy grande para ella desde que mi padre murió, pero no se marchará nunca de aquí.
–Es una casa preciosa y hay mucho sitio para usted y sus hijos. Estoy seguro de que a su madre le encanta que estén con ella.
–No hubo elección –replicó ella encogiéndose de hombros–. No teníamos adónde ir. Adiós, señor… Coop.
Lilly se dio la vuelta y se marchó. Esa vez, Coop no la detuvo. No quería atosigarla. Si quería conseguir información, tenía que hilar fino.
Le vibró el móvil, lo sacó de su funda y comprobó quién era. Era la línea privada de su capitán. No querían que sus llamadas constaran como algo oficial.
–Hola, soy Coop.
–¿Qué tal todo? –le preguntó Ben Collier.
