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¿Sería posible que se oyesen campanadas de boda mientras él estaba en el pueblo? Jack Sullivan era un guapo detective que no dejaba que nadie se acercara demasiado a él… hasta que aceptó el caso Kingsley. Willow Kingsley defendía a su familia con uñas y dientes, pero Jack era uno de los pocos hombres capaces de ver la ternura que ocultaba bajo su fría fachada. Había llegado a Wandering Creek con la misión de investigar un caso, pero pronto se dio cuenta de que lo que deseaba era proteger a Willow.
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Seitenzahl: 197
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por Harlequin Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2008 Patricia Wright
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Pura emoción, n.º 115 - octubre 2014
Título original: Wedding Bells at Wandering Creek
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Este título fue publicado originalmente en español en 2008
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-5562-5
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Publicidad
PARECÍA la fantasía de cualquier hombre hecha realidad.
Jack Sullivan miró a través del bosquecillo de robles a la mujer montada a caballo. Alta y delgada, trotaba con sorprendente facilidad sobre un garañón grande y negro como el carbón. Mecido por la brisa, su pelo trigueño le rozaba los hombros con gracia. Sus largas y delgadas piernas, enfundadas en unos vaqueros, se aferraban a los flancos del caballo mientras este se movía por la pradera.
Era una pena que no lo hubieran contratado para buscar a Willow Kingsley.
Al fondo, a lo lejos, una colina rocosa marcaba el límite de las doscientas ochenta hectáreas del rancho Wandering Creek. ¿Quién hubiera pensado que pudiera existir un oasis semejante a solo cincuenta kilómetros de Los Ángeles? Ese rancho era el hogar de una pareja de actores de cine, la en su día estrella infantil Molly Reynolds y el héroe de películas del Oeste Matt Kingsley. De su unión habían nacido un hijo y una hija: Dean y Willow.
Y Jack tenía la esperanza de que Willow pudiera decirle dónde estaba Dean.
Una sonrisa apareció en el hermoso rostro de Willow mientras el garañón movía la cabeza arriba y abajo protestando por su control. Tiró de las riendas y dijo:
–Así que estás retozón esta mañana.
Su voz sonó cantarina y, de pronto, Jack dejó de pensar en el trabajo o en la causa por la que se había desplazado desde Seattle hasta el sur de California. Ese sensual, susurrante tono de voz le hizo olvidar que llevaba veinticuatro horas plantado delante del rancho con la esperanza de tener la suerte de que Dean Kingsley hubiera vuelto a la casa de su familia. En ese instante, Jack solo pudo imaginar a su hermana Willow, esas largas piernas, esa voz, esos…
El garañón relinchó, Jack dirigió su atención a la pradera y descubrió que la señorita Kingsley lo estaba mirando. Lo había descubierto. Lo miró fijamente. No parecía muy contenta.
Pensó que, dado que estaba al otro lado de la valla electrificada, no había cometido ningún delito. Eso no era poco para un detective privado que solía manejar los márgenes con elasticidad. Estaba acostumbrado a recurrir a lo que fuera necesario para localizar a sus objetivos.
Y necesitaba encontrar a Kingsley antes de que se agotara el tiempo… de todos.
–Me gustaría hablar con usted, señorita Kingsley –gritó.
–No hablo con la gente que anda rondando nuestra propiedad.
–No estoy en su propiedad. Y me marcharé en cuanto me diga cómo encontrar a su hermano Dean.
Ella lo fulminó con la mirada, tiró de las riendas y se alejó al galope.
–Bueno, la he espantado de maravilla –se reprendió.
Se enorgullecía de manejar a la gente con calidez e inteligencia. Mike siempre lo había dicho: él sacaba lo mejor de la gente. La imagen de Mike, una vez compañero y amigo, apareció un instante en su mente.
–No estoy perdiendo mi toque, Mike –murmuró mientras volvía a meterse en el todoterreno–. Voy a encontrar a mi hombre, solo me va a llevar un poco más de tiempo.
Una hora después, tras haber cepillado a Dakota y haberlo metido en su cuadra, Willow salió del establo. Normalmente disfrutaba de sus paseos matinales a caballo, pero el incidente de esa mañana la había puesto nerviosa.
Desde que su padre había muerto hacía dos años, los medios de comunicación las habían dejado en paz a su madre y a ella. Había llegado a tener la esperanza de que se olvidaran de ellas para siempre, aunque suponía que la reapertura del campamento de verano volvería a atraer la atención de la prensa.
De vuelta a la casa, se detuvo al ver que un todoterreno negro estacionaba delante del edificio. De su interior se bajó el desconocido que había visto desde la pradera y se dirigió al porche.
–No dé un paso más –gritó Willow y aceleró.
El hombre larguirucho se dio la vuelta y tuvo el descaro de sonreír.
–Hola, señorita Kingsley, no he tenido la oportunidad de presentarme. Me llamo Jack Sullivan.
Willow no se dejó engañar por el tono amistoso.
–Me da igual quién sea, está usted en una propiedad privada sin autorización.
Miró en dirección a la caseta del capataz. ¿Dónde estaba Trevor? Era trabajo suyo mantener la puerta exterior cerrada para evitar la entrada de intrusos.
–Si se marcha ahora mismo, señor Sullivan, no diré al sheriff que me está acosando.
–No estoy acosándola, ni a usted ni a nadie –frunció el ceño–. Como he tratado de explicarle antes, estoy buscando Dean Kingsley. Con él es con quien tengo que hablar.
Willow no reconocía al hombre que preguntaba por su hermano. Andaría por los treinta y cinco. Era delgado, pero la camiseta negra que llevaba permitía adivinar unos pectorales bien desarrollados y unos hombros anchos, solo parcialmente ocultos por la chaqueta de color teja. Unos vaqueros ceñidos le cubrían las piernas. Sintió que un estremecimiento le recorría el cuerpo, pero rápidamente se olvidó de ello.
–Mi hermano no vive aquí, así que haga el favor de marcharse. Ya. No es bienvenido –señaló en dirección a la carretera que conducía a la autopista de California Sur.
–Pero si me han recibido muy bien… La señora Kingsley fue quien me franqueó la entrada. Es a ella a quien vengo a ver.
Jack dio otro paso en dirección a la casa. No pensaba marcharse hasta que hubiera hablado con la madre de su sospechoso.
–¿Willow? –una mujer menuda apareció en el umbral.
–Todo va bien, madre. Este señor ya se iba.
Así que aquella era la famosa estrella infantil, se dijo Jack, la dulce Molly Reynolds. La joven promesa que en su día le había robado el corazón a Matt Kingsley.
En ese momento andaría por la mitad de la cincuentena. Llevaba el pelo primorosamente peinado alrededor de su aún bonito rostro. Lucía vaqueros y una blusa al estilo del Oeste sobre una cuidada figura. Tenía los ojos del mismo azul que su hija, pero en los suyos había una tristeza que afectaba incluso a un hombre curtido como él.
Jack sonrió.
–Señora Kingsley, como le he explicado por el intercomunicador, soy Jack Sullivan, detective privado –buscó en un bolsillo, sacó una tarjeta, se la tendió a Willow y se acercó a la madre de esta–. Trataba de explicarle a su hija que estoy buscando a su hijo, Dean.
Molly negó con la cabeza.
–Hace mucho que no vemos a Dean. Lleva tiempo viviendo y trabajando en Seattle.
–He tratado de decírselo, madre, pero el señor Sullivan es insistente –Willow miró retadora a Jack–. Lo siento, no podemos ayudarlo –hizo una pausa–. Ahora, si nos perdona…
Jack no se movió. Dean Kingsley no se le iba a escapar solo porque tuviera dinero y sus padres fueran famosos. No, Jack no iba a permitir que eso volviera a suceder.
–Señora Kingsley, ¿tiene alguna dirección? ¿O puede decirme al menos cuándo fue la última vez que su hijo estuvo en su casa? ¿La llama?
Un atisbo de sonrisa apareció en el rostro de la señora.
–Dean me llamó el mes pasado. Nunca olvida mi cumpleaños.
–Además de Seattle, ¿se le ocurre algún sitio donde podría ir su hijo?
–¿Está metido en algún lío? –preguntó Molly tras un momento de duda.
–No le mentiré, señora Kingsley. El director general de Walsh Enterprises, el jefe de su hijo, me ha contratado para que lo encuentre. Por ahora, lo único que quiere es hablar con él –esperaba que su sinceridad convirtiera a Molly en su aliada.
Madre e hija intercambiaron una mirada de preocupación.
–Tengo su tarjeta –dijo Molly–, así que lo llamaré si me entero de algo.
Jack no sabía si creerla o no, pero no podía hacer mucho más que sonreír.
–Esperaré su llamada. Por favor, no dude en marcar ese número.
Por el rabillo del ojo, vio a un hombre acercándose desde el establo. Cuando llegó al porche, se llevó una mano al sombrero para saludar a las señoras.
–¿Hay algún problema, Willow? –preguntó mirando a Jack.
–No, Trevor –dijo ella–, el señor Sullivan ya se marcha.
«Ni lo sueñes», pensó Jack.
–No me iré muy lejos… hasta que encuentre a Dean.
Trevor intercambió una mirada de complicidad con Willow y dijo:
–Me aseguraré de que llega bien a la puerta.
Jack esperó hasta que Willow y su madre desaparecieron en el interior de la casa.
–No sé a qué juega, Sullivan –empezó Trevor–, pero no puede entrar así en una propiedad privada.
–No he entrado sin permiso, la señora Kingsley me ha invitado –una sonrisa agradable iluminó el rostro de Jack mientras miraba al capataz, que sería más o menos de su misma edad.
Trevor no le devolvió la sonrisa. Se enderezó en su metro ochenta largo.
–Ese problema se corregirá muy pronto. Y le sugiero que no trate de volver a hacer que lo inviten.
El capataz lo acompañó hasta su todoterreno. Él se subió, arrancó y se alejó de la casa de fachada de piedra. No era la mansión que había esperado para una pareja de estrellas de Hollywood; ni las fotos de Willow le hacían justicia. Tampoco había esperado que fuera tan difícil.
Jack pasó al lado del establo y el corral. El camino de grava estaba flanqueado por robles tras el pretil blanco. Vio por el espejo retrovisor a Trevor hablando con otro hombre.
En seguida apareció una camioneta que lo seguía. Ningún problema, encontraría a Kingsley. Condujo hasta pasar por debajo del arco que señalaba la entrada al rancho.
Estaba seguro de que le ocultaban algo, tan seguro como de que se llamaba Jack. Y solo tenía que averiguar qué… o quién.
Después de comer, Willow dejó a su madre trabajando en la oficina en la lista de anunciantes para el campamento de verano. Subió al piso de arriba para hacer unas llamadas. Aunque Molly había tratado de disimularlo, estaba preocupada por las preguntas sobre Dean.
Dean no había sido exactamente el hijo ideal. Willow no echaba toda la culpa a su hermano. Era difícil vivir con un padre estrella del celuloide.
Una oleada de tristeza la invadió al recordar a su padre. No solo porque hubiera sido un gran actor, sino por su presencia. Fuerte y robusto, era el hombre ideal para cualquier mujer. A pesar de que durante años había sido un reconocido mujeriego, todo había cambiado cuando había conocido a Molly Reynolds. A pesar de los dieciocho años de diferencia de edad, habían sido fieles durante treinta y tres años de matrimonio… hasta la muerte de Matt dos años atrás.
Padre e hijo habían tenido algunas diferencias a lo largo de los años y Dean aún sentía que su padre le hacía sombra. Esa era la principal razón por la que su hermano no vivía en el rancho. Se había ido a trabajar a la zona norte de la costa del Pacífico con la esperanza de que la prensa lo dejara en paz.
Willow entró en la habitación que había sido su dormitorio desde pequeña. Había pasado por varias transformaciones, la más reciente en diferentes tonalidades de azul. En la mesa, buscó en su agenda el teléfono de Dean, levantó el aparato y llamó a Seattle. Después de tres señales, la llamada la atendió el contestador automático.
–Dean, soy Willow. Llevamos bastante sin saber de ti. Necesito hablar contigo. Por favor, llámame –hizo una pausa–. Es importante. Te quiero. Adiós.
Colgó y sus pensamientos volvieron a Jack Sullivan. Odiaba reconocer que se había fijado en su físico. No era que no se hubiera encontrado con hombres guapos antes, pero Sullivan no era el clásico niño bonito de Hollywood. Lo primero de todo era que en algún momento se le había roto la nariz y se había quedado ligeramente descentrada. Tenía serias dudas de que su pelo lo hubiera tocado alguna vez un estilista. Lo que más le había llamado la atención era el perfil cincelado de su rostro y esos seductores ojos hundidos.
Sintió que la temperatura de su cuerpo se incrementaba y sacudió la cabeza para apartar aquellas peligrosas ideas. Ese hombre andaba tras su hermano. Suspiró.
–¿Qué has hecho ahora, Dean?
Solía saberlo todo sobre su hermano. No había sido el hijo de juegos bruscos que Matt Kingsley solía contar. Dean nunca se había sentido atraído por el deporte, y el trabajo del rancho había sido más el fuerte de Willow. Lo de Dean eran los ordenadores.
Le había llevado unos años descubrir su vocación. Así que se había ido a vivir a Seattle y había encontrado un trabajo en Walsh Industries que parecía perfecto para él.
–¿Qué ha pasado, Dean? ¿Por qué te busca un detective?
Willow se sentó en la cama. Jack Sullivan era una amenaza para su familia. Y no sabía cómo, pero no iba a permitir que se saliera con la suya.
Jack se quejó mientras cambiaba a lo que esperaba sería una postura más cómoda, pero no había ninguna durmiendo en el asiento delantero de su coche.
Odiaba las vigilancias. Nada que hacer salvo esperar y pensar, y luchar contra los malos recuerdos que a oleadas acudían a la memoria. Recuerdos de una de las pocas personas a quien él había importado: Mike Gerick. Un policía que se había comportado como un amigo y lo había mantenido fuera de la cárcel. La figura paterna que había abierto su hogar a un chico problemático. El hombre que le había enseñado a ser un buen poli. Mike, a quien habían disparado y que había muerto entre sus brazos.
¿Qué habría pensado de que él hubiera abandonado el cuerpo? Le habría gustado que Mike le hubiera podido dar algún consejo sobre el duro trabajo que suponía crear su propia agencia de detectives, especializada en el espionaje informático.
Entonces ¿qué hacía allí, intentando dormir en un coche? Porque había pruebas de que no todo estaba claro en Walsh Enterprises. Y era su trabajo descubrir quién era el responsable.
Se incorporó en el asiento y miró el reloj. Eran las seis de la mañana. El sol empezaba a iluminar el rancho, una escena llena de paz. A su derecha, en los pastos, unas potras se perseguían entre la hierba alta hasta los tobillos. Un garañón color castaño relinchó e hizo unas cabriolas, nervioso por la presencia de una yegua al otro lado de la cerca.
–Sé cómo te sientes, muchacho –murmuró Jack.
Su vida social era prácticamente inexistente. Ni siquiera podía decirse que alguna vez hubiera empezado, imposible con tantas noches sentado en un coche. Menos mal que no creía en las relaciones a largo plazo. El amor no era algo que se llevara bien con su negocio.
Aun así, sus pensamientos volvieron a la hermosa Willow. Alta, delgada y con unos ojos azules como de porcelana. La piel tan blanca y suave como la de un bebé. Encogió los dedos como intentando tocarla.
De pronto sonó un golpe en la ventanilla y dio un brinco. Se dio la vuelta y descubrió al lado del coche a la mujer con la que estaba soñando.
Giró la llave y pulsó el botón para bajar la ventanilla.
–¿Algún problema, señorita Kingsley?
–Sabe perfectamente que hay un problema, señor Sullivan. ¿Qué hace aquí?
–Esperar… –le echó una ojeada. Llevaba vaqueros gastados, a juego con una blusa azul del color de sus ojos–. Y disfrutar del paisaje –se cruzó de brazos y trató de poner una mirada intimidatoria.
Ella no se amilanó.
–Está invadiendo una propiedad privada –miró por encima de él el interior del coche.
Jack fue consciente de que había unos cuantos vasos de café y los envoltorios de la cena de la noche anterior tirados en el suelo. Un desastre, más o menos el mismo aspecto que tendría él.
–Siento disentir, señorita Kingsley. No estoy en su propiedad.
Ella se quejó, frunció el ceño y volvió a la camioneta que estaba aparcada detrás de su todoterreno. Debía de haberse quedado dormido, ni siquiera había oído el motor. Mike se hubiera mofado de él por semejante error de principiante. Jack esperaba que Willow se fuera, pero no fue así; en lugar de eso, hizo una llamada desde su teléfono móvil.
Cuando terminó, salió del vehículo y volvió a acercarse a él.
–Para su información, señor Sullivan, he llamado al sheriff. A lo mejor preferiría marcharse ahora, antes de tener problemas…
A él le habría gustado mostrarle la clase de problemas que le gustaría tener.
–No puede decirme dónde debo aparcar.
–Sí, si me acosa.
–Olvídelo, señorita Hollywood –refunfuñó–. ¿Qué le parece decirme dónde se esconde su hermano?
–Mi hermano no se esconde en ningún sitio, así que váyase.
O era la mejor mentirosa del mundo, o no tenía ni idea.
–No, esperaré a la autoridad.
Ella volvió a hacer el mismo sonido de queja y empezó a pasear.
–¿Por qué es usted tan persistente? –se detuvo y lo miró–. Ya le hemos dicho lo que sabemos.
–Soy persistente porque es importante que encuentre a su hermano… y pronto. Es mi trabajo.
Ella lo miró a los ojos y Jack sintió una repentina oleada que lo atravesó. Maldición. Era realmente bonita, menos mal que él era inmune a esa clase de belleza.
–¿Puede al menos decirme quién desea con tanto interés encontrar a Dean?
–¿Me dirá si ha estado en contacto con él la semana pasada?
–No, no he tenido ningún contacto con Dean.
Jack frunció el ceño.
–Es cierto –dijo ella nerviosa–. Justo después de que usted se fuera ayer, lo llamé por teléfono, pero solo conseguí hablar con el contestador. Ahora, ¿quién lo busca?
–No tengo autorización para revelar ese dato.
Ella se cruzó de brazos y lo miró fijamente.
Antes de que él pudiera decir nada más, apareció el coche del sheriff.
–Ahora ya tiene problemas –dijo Willow, y echó andar en dirección al agente que acababa de salir del coche.
Movió las manos mientras le explicaba su punto de vista sobre la situación. Igual que el capataz del rancho, el joven agente parecía enamorado de Willow. Se acercó al coche de Jack.
–Señor, ¿podría salir del vehículo?
–Por supuesto, oficial –Jack abrió la puerta y bajó.
–¿Puedo ver alguna identificación?
–Está en mi bolsillo –dudó un momento y después, tras un asentimiento del agente, sacó la cartera con la placa y le mostró su identificación y el permiso de conducir del estado de Washington.
–Voy a comprobar los datos, espere aquí.
–Bien –Jack se apoyó en la puerta del coche y se cruzó de brazos–. No me voy a ir a ningún sitio, Willow, así que vaya acostumbrándose. No hasta que hable con Dean.
En ese momento, volvió el agente.
–De acuerdo, no hay ninguna orden previa –le tendió el permiso a Jack.
Willow apoyó los puños en las caderas.
–¿Eso es todo, Shawn?
–Lo siento, Willow. No está en propiedad privada, así que es libre de quedarse aquí si quiere.
–No puede quedarse aparcado ahí fuera –protestó Willow mientras paseaba frente a la ventana de la cocina a la mañana siguiente.
Su madre y Trevor estaban sentados a la mesa para desayunar. Willow no tenía apetito después de su enfrentamiento con el detective.
–No podemos hacer nada –dijo Trevor mientras miraba a Regina Vargas. La joven ama de llaves puso un plato de huevos y beicon delante de él. Trevor sonrió y le dio las gracias, y luego su mirada siguió a la bonita y morena Gina mientras volvía al fogón; después se puso serio y miró a Willow–. Tenemos que encontrar a Dean para que nos explique qué está pasando.
–Lo he llamado –dijo Willow sacudiendo la cabeza–. Y lo único que me he encontrado ha sido el contestador. Además, eso ya no va a detener a Sullivan. ¿Qué sucederá si la prensa se entera de que un detective anda rondando por aquí? Tenemos otras preocupaciones que la prensa rosa. ¿Qué pasará con los donativos para los Kingsley Kids y el campamento de verano que abrimos dentro de pocos días?
Años atrás, su padre había puesto en marcha un proyecto para ayudar a niños discapacitados. Era una forma de enfrentarse a los demonios de su terrible infancia.
Molly Kingsley se puso de pie.
–Todo va a ir bien, Willow. Estoy segura de que Dean aclarará todo esto cuando llame.
Willow sonrió. Así era su madre, la eterna optimista.
–Además –siguió Molly–, casi hemos conseguido el objetivo de patrocinadores que nos habíamos propuesto para el campamento.
Era cierto, pero Willow sabía lo fácilmente que las obras benéficas perdían apoyo debido a la mala prensa. Desde la muerte de su padre, Molly y ella habían tenido dificultadas para conseguir cubrir las necesidades económicas del proyecto.
Había prometido a su padre que mantendría el campamento en marcha. También era algo muy importante para su madre y, con un gran esfuerzo, se había convertido en realidad. Era la primera vez en dos años que el Campamento Kids de Kingsley podía reabrir sus puertas.
No podía permitir que Jack Sullivan la distrajera de su objetivo.
–Si llega a saberse que tenemos un detective merodeando por aquí en busca de Dean, todo se echará a perder.
Su madre miró a través del cristal en dirección al lugar donde estaba aparcado el todoterreno de Jack.
–Entonces tenemos que ocultar al señor Sullivan –se dio la vuelta y miró a su hija y después a Trevor–. Así no será noticia.
–Me encantaría esconderlo detrás, en el montón de estiércol –dijo Trevor tras terminar el desayuno.
Molly sonrió.
–¿Por qué no lo ponemos a trabajar mientras anda por ahí esperando a que aparezca Dean? Tú puedes emplear a alguien para que te ayude, ¿verdad, Trevor?
Willow parpadeó.
–Claro, pero Sullivan no parece el tipo de persona que sabe mucho de trabajo de rancho.
–Me ha parecido bastante dispuesto –sonrió, malévola, Molly–. Seguro que puede cargar un saco.
Willow volvió a parpadear.
–Madre, no puedes estar pensando en serio en contratarlo, en meterlo en nuestra propiedad.
–Es mucho mejor que tenerlo ahí aparcado, llamando la atención.
–¿Qué te hace pensar que aceptará? –preguntó Willow.
–Que quiere encontrar a Dean –respondió Molly–. Y yo quiero saber más sobre el lío en que está metido mi hijo.
Willow no quería extraños rondando por su casa, pero le gustaba aún menos tenerlo acampado en la puerta.
–Primero tendré que investigar a Sullivan; después, solo después, consideraré la posibilidad de seguir adelante con esa locura.
–Es una locura que protegerá a nuestra familia –dijo su madre.
Willow se había criado bajo la luz de los focos. No estaba segura de que algo pudiera proteger a su familia.
