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Cuando arde el corazón es un comentario al evangelio litúrgico dominical del ciclo C. Pretende ayudar a todos los cristianos (laicos, religiosos, sacerdotes) a preparar la Mesa de la Palabra que se despliega en las eucaristías de los domingos. Cuando arde el corazón sigue el itinerario de la Lectio Divina, tan utilizado en la tradición de la Iglesia y recomendado por los últimos papas. A los pasos propuestos desde los inicios (lectura, meditación, oración/contemplación), hemos añadido el del compromiso, porque el Evangelio está llamado a encarnarse en nuestro mundo. Cuando arde el corazón, el título que pone nombre a esta publicación, recoge unas palabras de los discípulos de Emaús que resuenan hoy, a modo de profecía, en toda persona y comunidad creyente que se deja invadir por la Palabra.
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Seitenzahl: 618
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Presentación
Tiempo de Adviento y Navidad
Domingo 1º de Adviento
Domingo 2º de Adviento
Domingo 3º de Adviento
Domingo 4º de Adviento
Domingo de la Natividad del Señor
Santa María, Madre de Dios (1 de enero)
Domingo de la Sagrada Familia
Domingo 2º de Navidad
Epifanía del Señor
Domingo del Bautismo del Señor
Tiempo de Cuaresma y Pascua
Domingo 1º de Cuaresma
Domingo 2º de Cuaresma
Domingo 3º de Cuaresma
Domingo 4º de Cuaresma
Domingo 5º de Cuaresma
Domingo de Ramos
Jueves Santo
Viernes Santo
Domingo de Pascua de Resurrección
Domingo 2º de Pascua
Domingo 3º de Pascua
Domingo 4º de Pascua
Domingo 5º de Pascua
Domingo 6º de Pascua
Domingo de la Ascensión del Señor
Domingo de Pentecostés
Tiempo Ordinario
Domingo de la Santísima Trinidad
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Domingo 2º del Tiempo Ordinario
Domingo 3º del Tiempo Ordinario
Domingo 4º del Tiempo Ordinario
Domingo 5º del Tiempo Ordinario
Domingo 6º del Tiempo Ordinario
Domingo 7º del Tiempo Ordinario
Domingo 8º del Tiempo Ordinario
Domingo 9º del Tiempo Ordinario
Domingo 10º del Tiempo Ordinario
Domingo 11º del Tiempo Ordinario
Domingo 12º del Tiempo Ordinario
Domingo 13º del Tiempo Ordinario
Domingo 14º del Tiempo Ordinario
Domingo 15º del Tiempo Ordinario
Domingo 16º del Tiempo Ordinario
Domingo 17º del Tiempo Ordinario
Domingo 18º del Tiempo Ordinario
Domingo 19º del Tiempo Ordinario
Domingo 20º del Tiempo Ordinario
Domingo 21º del Tiempo Ordinario
Domingo 22º del Tiempo Ordinario
Domingo 23º del Tiempo Ordinario
Domingo 24º del Tiempo Ordinario
Domingo 25º del Tiempo Ordinario
Domingo 26º del Tiempo Ordinario
Domingo 27º del Tiempo Ordinario
Domingo 28º del Tiempo Ordinario
Domingo 29º del Tiempo Ordinario
Domingo 30º del Tiempo Ordinario
Domingo 31º del Tiempo Ordinario
Domingo 32º del Tiempo Ordinario
Domingo 33º del Tiempo Ordinario
Domingo de Jesucristo, Rey del Universo
Fiestas
San José, esposo de María
Festividad de la Asunción de María
Festividad de Todos los Santos
Festividad de la Inmaculada Concepción de María
Índice. Ciclo C
Índice de textos evangélicos comentados. Ciclo C
Créditos
Hace unos años, Editorial Verbo Divino sacó a la luz la colección «Animación Bíblica de la Pastoral». Con ella pretende ofrecer a todos los cristianos unos recursos serios y sencillos para profundizar en su fe a la luz de la Sagrada Escritura leída como Palabra de Dios. Dentro de esta colección, la subcolección «Leemos, Compartimos, Oramos» es una propuesta concreta para reflexionar y orar personalmente o en grupos creyentes, desde el itinerario de la Lectio Divina, con diferentes textos y libros bíblicos. Junto a esta subcolección ofrecemos ahora tres publicaciones orientadas a la reflexión en grupo del evangelio que se proclamará en la liturgia dominical:
• Cada una de esta publicaciones sigue el ciclo litúrgico correspondiente (ciclos A, B, C).
• Pensadas para una comunidad creyente y orante. Sin embargo, ello no excluye la reflexión personal. En ambos casos, comprobaremos que, cuando se han meditado antes los textos bíblicos, la Eucaristía o celebración dominical adquiere una mayor resonancia en la vida.
• Leemos el evangelio en clave de Lectio Divina. No obstante, en un recuadro final ofrecemos un brevísimo comentario de las otras lecturas bíblicas del domingo correspondiente, que deben ponerse en relación con el contexto litúrgico y la situación concreta de la comunidad que celebra.
A partir del Concilio Vaticano II y, sobre todo, a partir de los últimos papas, se está volviendo a recordar la centralidad del estudio, lectura, meditación y oración de la Sagrada Escritura. Para ayudar a este fin, la Iglesia ha recobrado algunos itinerarios de lectura de la Biblia y en su seno han surgido otros nuevos. Nosotros hemos adoptado el itinerario clásico de la Lectio Divina, al que hemos añadido, según la sensibilidad actual, el paso del compromiso:
• Lectura: ¿Qué dice el texto?
• Meditación: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?
• Oración/contemplación: ¿Qué le decimos a Dios a partir del texto?
• Compromiso: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros el texto?
Este itinerario va precedido por unos momentos de silencio y oración inicial que denominamos «Nos disponemos», y termina con una «Oración final» en la que se unifican las voces de los participantes. Un recuadro final recoge las otras lecturas bíblicas de la liturgia y pone el cierre a la sesión grupal.
Este es el paso que más hemos desarrollado en el itinerario. Consideramos que es importante enseñar a leer un texto bíblico y, a la vez, ofrecer pautas de comprensión para unas unidades literarias con características propias, que fueron escritas hace mucho tiempo, pero cuyo contenido de fe puede ser un espejo en el que se miren también los creyentes de hoy. Por eso, este paso, lejos de ser un análisis meramente intelectual del texto bíblico, busca descubrir el mensaje de fe que guarda, desde una actitud orientada a «saborear» el pasaje.
Los participantes del grupo bíblico, ayudados por la persona que hace las veces de animador, van leyendo el relato, deteniéndose en las reflexiones y preguntas marcadas en cursiva. Juntos, buscan responderlas acudiendo a los textos que se señalan. Es recomendable no saltar al párrafo siguiente, pues en él se ofrecen las respuestas requeridas. De esta forma, el mismo grupo va verificando su avance en la comprensión del pasaje.
Los recuadros al margen tienen carácter informativo. Son ayudas para comprender mejor el texto y para profundizar en elementos que quedan fuera de la explicación ofrecida. El animador debe decidir en qué momento de la sesión se deben leer, o incluso recomendarlos para el trabajo de profundización personal después del encuentro grupal.
El segundo paso del itinerario es la meditación. El objetivo en este caso es la actualización del mensaje de fe para la vida creyente de cada participante y, en su caso, del grupo. Es momento para compartir cómo la Palabra me lee, provoca un cambio en mi vida, me invita a cambiar de actitudes y de comportamientos concretos. La autenticidad, la transparencia, la sincera interiorización y la humildad son algunas de las actitudes que pueden ayudarnos en este segundo paso del itinerario.
La presencia del animador o animadora en este momento es importante para facilitar el diálogo y la apertura al grupo de cada uno de los participantes. Su labor es, además, moderar las intervenciones de modo que, en el tiempo fijado, nadie se extienda tanto en el uso de su palabra que prive a otros de compartir la suya.
Después de haber escuchado lo que dice el texto y haber compartido lo que dice de cada uno de los participantes, es momento de hablar con el Dios que nos ha dirigido su Palabra. En este paso, estos materiales contienen algunas sugerencias para la oración. Son solo eso, sugerencias, pero lo ideal es que, superando lo escrito por otros, el mismo orante llegue a expresarle a Dios su alabanza, sentimientos, súplicas, a partir del salmo compartido y meditado.
En todas las unidades, la última de las sugerencias para la oración es una llamada a dejar un tiempo de silencio contemplativo. Es cierto que Dios habla en las palabras de otros, en los acontecimientos, pero también en la interioridad silenciada de palabras propias y habitada por el silencio. Es lo que queremos favorecer con ello. No obstante, el animador puede provocarlo de otras formas que puedan ser provechosas para su grupo.
La Palabra comprendida, meditada, orada y contemplada, va conformando en nosotros la mirada, los sentimientos y las actitudes de Cristo. Solamente desde aquí brota un compromiso auténtico y coherente con nuestra identidad cristiana, que es el elemento que se explicita en este último paso.
A nadie se nos escapa que vivimos inmersos en el tiempo. Toda nuestra actividad se desarrolla en el trascurso de los días, los meses y los años. Todo pasa y todo se renueva. La Iglesia está inmersa y acompaña este devenir humano en el tiempo. Mediante el año litúrgico ofrece a cada creyente y a cada comunidad cristiana la oportunidad de vivirlo dejando que sean los acontecimientos de la vida de Cristo los que marquen el ritmo, los que den profundidad y sabor a la existencia sin sucumbir al sinsentido de la rutina. Así, a lo largo de muchos siglos de experiencia creyente y avatares diversos, ha quedado configurado un itinerario religioso que denominamos año litúrgico. Partiendo del acontecimiento central de la Pascua y deteniéndose en cada domingo del año, rememora la vida del Señor Jesús, la buena noticia de cómo vivió, de lo que hizo y enseñó.
El leccionario del año litúrgico que, como decimos, tiene como centro la persona de Jesucristo, quedó estructurado después del Concilio Vaticano II en tres ciclos (A, B y C) con tres lecturas para cada domingo. Este año corresponde el ciclo C y será el evangelista san Lucas quien nos acompañe en los llamados «Domingos del Tiempo Ordinario» de la Iglesia. Para los llamados «Tiempos Fuertes» (Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua), el leccionario seguirá una temática acorde a los acontecimientos rememorados y, además de san Lucas, se proclaman textos de otros evangelistas.
Evidentemente estas lecturas evangélicas y acontecimientos rememorados en el año litúrgico no suponen una repetición acrítica del pasado. Ofreciéndolos para nuestra proclamación y celebración, la Iglesia orienta su mirada y la nuestra hacia una vida en fidelidad: fidelidad a las enseñanzas del Maestro y Señor, y fidelidad al momento histórico en el que estamos llamados a encarnar tales enseñanzas.
La presencia y las palabras de Jesús resucitado provocaron que el corazón de los discípulos de Emaús ardiera, se pusiera en ascuas. Ojalá la escucha y meditación de los evangelios durante este ciclo litúrgico, y la fracción del pan que los va a acompañar, haga que nuestros ojos se abran, que reconozcamos al Resucitado en nuestro camino, que nuestra fe se fortalezca en la comunidad creyente y que seamos sus testigos ante el mundo entero.
Equipo Bíblico Verbo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
–25Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, 26desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. 27Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. 28Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.
34Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; 35porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. 36Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.
Lc 21,25-28.34-36
Comenzamos hoy nuestros encuentros de oración con el Señor a través de su Palabra recorriendo el año litúrgico. Nos preparamos pidiendo la ayuda del Espíritu Santo para que nos una como hermanos en este grupo de oración y nos abra el corazón a la Palabra de Dios de modo que la encarnemos en nuestras vidas. Invoquémoslo con confianza sabiendo que Dios Padre envía su Espíritu a quien lo suplica.
Espíritu Santo, inspíranos,para que pensemos santamente
Espíritu Santo, incítanos,para que obremos santamente.
Espíritu Santo, atráenos,para que amemos las cosas santas.
Espíritu Santo, fortalécenos,para que defendamos las cosas santas.
Espíritu Santo, ayúdanos,para que no perdamos nunca las cosas santas.
San Agustín
La madre Iglesia nos pone en situación de espera y esperanza al abrir el año litúrgico. Lo hacemos con este tiempo de Adviento, dirigiendo nuestra mirada al Señor que viene. En este primer domingo de Adviento se trata de la venida al final de los tiempos (parusía), cuando Jesucristo cierre definitivamente la historia universal. La liturgia nos hace escuchar pasajes de los llamados discursos escatológicos de Jesús en los que nos habla de este momento y nos exhorta a la vigilancia. En este ciclo C que iniciamos lo hacemos con la versión del evangelista Lucas.
Dejamos unos momentos para releerlo y que resuene en nuestro interior.
El texto está compuesto por dos breves secciones entresacadas del largo discurso escatológico de Jesús con el que concluye su predicación remitiendo a los acontecimientos del fin de la historia (21,5-38). La primera sección se ocupa de los signos que marcan la venida del Hijo del hombre (21,25-28). La segunda es una exhortación a la vigilancia para esperar ese momento final (21,34-36).
Leamos la primera parte comenzando por 21,25-26. ¿De qué signos se habla? ¿Qué significan?
El género literario «apocalíptico», tanto en contexto judío (ej. Daniel) como cristiano (ej. Apocalipsis), nace en tiempos de crisis para animar y sostener al pueblo perseguido y amenazado de muerte. Describe la victoria final de Dios sobre las fuerzas del mal y sus enemigos, con la intención de mantener a sus fieles firmes en la fe y en las tradiciones que les dan identidad.
Estando en el templo, Jesús habló de un «día» en que no quedaría piedra sobre piedra, y los discípulos le preguntaron cuándo ocurrirá y qué señales lo anunciarán (21,5-7). Después de advertirles de que nadie los engañe acerca del día y de señalarles algunos signos (tribulaciones, guerras, persecuciones… 21,8-24), Jesús alude al cataclismo cósmico (cf. Is 13,10; 34,4). Signos en el sol, la luna y las estrellas; el ruido del mar y las olas. La angustia se apodera de la tierra y todas las naciones se llenan de miedo ante esa conmoción del universo. El lenguaje apocalíptico es sumamente simbólico y quiere representar el final de este mundo presente, donde todas las fuerzas cósmicas caen y sucumben, dando paso a un nuevo mundo.
Prosigamos leyendo 21,27-28. ¿Cómo se describe la llegada de Jesús? ¿Qué pide a sus discípulos?
Los signos que anuncian el cierre del mundo presente anteceden la venida del Señor. Su llegada se describe desde la visión de Daniel que profetizaba la venida del «Hijo del Hombre» como salvador universal (7,13). Jesús llega en medio de la nube, vehículo de revelación divina (Ex 16,10; 19,9). El título apunta a Jesús como ser humano, pero sus atributos son divinos: viene con el poder y la gloria de la resurrección. Cuando eso suceda no ha de brotar el miedo en sus seguidores, sino la alegría. Es el momento de alzar la cabeza y llenarse de ánimo porque viene el Mesías salvador, triunfante, a liberar definitivamente del pecado y de la muerte.
Pasemos a leer la otra sección del discurso, 21,34-36. ¿Qué pide ahora Jesús a sus discípulos?
La expresión «hijo del hombre» puesta en boca de Jesús tiene dos usos en los evangelios que podríamos traducir con minúscula o mayúscula. Con minúscula, «hijo del hombre» (cf. Ez 2,1.2.6) significa «este hombre», «yo», y con ella Jesús se refiere a sí mismo en su débil condición humana (Mt 8,20; 9,6). Con mayúscula, «Hijo del Hombre», proviene del texto de Dn 7,13, refiriendo a un salvador futuro, extraordinario, con el que se identifica Jesús (Mt 10,23; 13,41; 16,27).
Después de comparar estos signos de la llegada del Reino con los brotes verdes de la higuera que anuncian su fruto, Jesús asegura que este mundo pasará, pero sus palabras no pasarán (21,29-33). A continuación, Jesús centra su discurso en el presente, en el tiempo de espera, indicando a sus discípulos cuál debe ser la actitud que deben seguir: la vigilancia. Hay que tener cuidado en no dejarse embotar por el desenfreno o por las preocupaciones de la vida, porque impedirán estar preparados para acoger el Reino que llega. Existe el peligro de no percibir qué implica ese «día» y caer en la trampa de la mundanidad. Por eso, hay que velar y orar en todo momento para evitar perder el Reino definitivo y presentarse sin temor ante el Hijo del Hombre.
Tratemos de comprender las palabras de Jesús ahondando en el contexto en el que surgen. ¿Cuándo se escriben estos textos? ¿Qué pretende el evangelista?
Como sabemos, los evangelios han sido escritos muchos años después de la muerte y resurrección del Señor. Además, van dirigidos a una comunidad concreta que vive su fe en unas determinadas circunstancias. Fueron compuestos después de la gran catástrofe que asoló Jerusalén y las tierras judías en el año 70 d.C. Los romanos invadieron y conquistaron Judea. Este trágico momento quedó grabado en la mente de todos, también de los cristianos. Por otra parte, muy pronto las comunidades cristianas se vieron perseguidas y rechazadas tanto por las autoridades judías como romanas, y sufrienron persecución, amenazas e incluso la muerte. Los discursos escatológicos de los evangelios, junto a la memoria de las palabras de Jesús, llevan la huella de estas realidades históricas. El evangelista trata de explicar tanto la desgracia del pueblo judío como el sufrimiento de los cristianos para mantenerlos firmes en su fe y en la vigilancia, y los anima a no sucumbir y soportar las tribulaciones.
Para terminar, miremos de nuevo en conjunto las palabras de Jesús. ¿Dónde pone el acento? ¿Quiere infundir miedo?
A primera vista puede parecer que la finalidad de Jesús es infundir miedo, pero sucede todo lo contrario, trata de dar confianza a los que lo siguen reconociendo como el Mesías esperado. Ciertamente, hay una fuerte llamada a la vigilancia, pues el peligro de caer en la trampa del mal y perder el sentido de la vida es considerable. Sin embargo, en el texto sobresale la imagen de la cabeza levantada. Cuando todo parece caer (cielo, estrellas, tierra, mar…), hay algo que no cae: la cabeza. Así, los que permanecen fieles podrán contemplar con sus ojos la llegada del Señor Jesús que viene con poder. Mientras este mundo presente pasa las palabras del Maestro no pasarán. En ellas tenemos la roca firme en la que apoyarnos y sustentarnos hasta el momento de la llegada de aquel que hace nuevas todas las cosas.
Jesús nos habla del fin, pero el centro de interés de sus palabras está en el presente. Quiere llamarnos a vivir vigilantes para prepararnos a la llegada de su Reino, del que no sabemos ni el día ni la hora. Es necesario dejarse interpelar por él, pues se dirige a cada uno de nosotros para apoyarnos en lo que realmente es importante y no pasa, preparándonos para la eternidad.
¿Pensar en el final de mi vida me da miedo o esperanza? ¿Por qué?
¿Hay algo que «embote mi mente»? ¿Qué debería cambiar?
El evangelio concluye con la mirada al presente exhortando, a la vigilancia y a la oración. Jesús anima a permanecer despiertos mediante la fuerza de la oración. Sabedores de esta verdad, dirijámonos ahora a Dios con un corazón confiado.
• Damos gracias a Dios por habernos encontrado con Jesucristo y hacer de él la guía y «meta» de nuestra vida. Damos gracias por pertenecer a este grupo de oración que nos mantiene despiertos y apoyados en la Palabra del Señor que nunca pasará.
• Presentamos al Señor a los que no ven futuro para sus vidas a causa del hambre, el paro, la depresión o cualquier otra tribulación. Pedimos por los que tienen mayor responsabilidad para crear una sociedad justa e igualitaria.
• Damos gracias a Dios por todos los que trabajan por hacer realidad el Reino de Dios en la tierra y desgastan su vida por el bien de los demás. Pongamos también ante el Señor el esfuerzo de tantos misioneros que extienden la Palabra de Dios por el mundo entero.
• Levantamos la cabeza y nuestra mirada interior hacia el Señor resucitado. Lo contemplamos lleno de gloria y poder en el cielo. Nos sentimos cercanos a él gracias a la presencia del Espíritu en nuestros corazones, que nos hace sentir su Amor y nos mantiene firmes en su seguimiento.
El Señor Jesús nos hace una fuerte exhortación a la vigilancia para que no se «embote la mente» con las realidades de este mundo. Asumiendo la importancia de sus palabras, expresemos el compromiso que provoca hoy en nosotros.
– Compartimos en el grupo nuestros compromisos.
Para terminar, nos unimos en este himno de Adviento perteneciente a la Liturgia de las Horas.
Jesucristo, Palabra del Padre,luz eterna de todo creyente:ven y escucha la súplica ardiente,ven, Señor, porque ya se hace tarde.
Cuando el mundo dormía en tinieblas,en tu amor tú quisiste ayudarloy trajiste, viniendo a la tierra,esa vida que puede salvarlo.
Ya madura la historia en promesas,solo anhela tu pronto regreso;si el silencio madura la espera,el amor no soporta el silencio.
Con María, la Iglesia te aguardacon anhelos de esposa y de Madre,y reúne a sus hijos en vela,para juntos poder esperarte.
Cuando vengas, Señor, en tu gloria,que podamos salir a tu encuentroy a tu lado vivamos por siempre,dando gracias al Padre en el Reino. Amén.
El profeta Jeremías anuncia la llegada del «vástago de David». Es la promesa de la venida del mesías-rey, que, como su nombre indica, implantará el derecho y la justicia, e inaugurará la era definitiva de la paz. Este anuncio nos sitúa en la espera de la llegada del Salvador (primera venida-encarnación).
El salmista se abandona a la bondad y misericordia de Dios pidiéndole que le enseñe a caminar en sus sendas desde la fidelidad y la lealtad.
San Pablo pide vivir el amor mutuo, como único camino de santidad para agradar al Dios santo y estar así preparados para la venida final del Señor. Nos hace una fuerte invitación a no desaprovechar el tiempo presente, en el que Jesús viene (adviento) continuamente para indicarnos la senda del amor, tal como lo encarnó en su primera venida y como lo sellará en su última venida.
1En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, 2bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 3Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, 4como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
«Voz del que grita en el desierto:Preparad el camino del Señor,allanad sus senderos;5los valles serán rellenados,los montes y colinas serán rebajados;lo torcido será enderezado,lo escabroso será camino llano.6Y toda carne verá la salvación de Dios».
Lc 3,1-6
Con la esperanza propia de este tiempo de Adviento nos disponemos a vivir este encuentro con la Palabra de Dios y con los hermanos porque, más que querer saber muchas cosas sobre la Biblia, lo que deseamos tener es una rica experiencia de Dios y de la fraternidad. Comenzamos invocando al Espíritu Santo.
Ven, Espíritu de Dios,
abre nuestros oídos y nuestro corazón
para que podamos escuchar la voz
que nos anuncia tu Palabra.
Disipa nuestros miedos y nuestras sombras,
hazte fuerte en nuestras vidas.
Prepara nuestro interior para acoger tu voluntad,
dispón nuestros pies y nuestras manos
para que podamos caminar por senderos de hermandad.
Juan Bautista es uno de los protagonistas del Adviento. El evangelista lo sitúa en la historia, en un tiempo preciso y en un lugar determinado. Es un hombre llamado por Dios. Predica una reforma personal de vida que el creyente sella aceptando un rito, el «bautismo de conversión».
Dejamos unos momentos para que el texto del evangelio resuene en nuestro interior.
El pasaje que hoy proclamamos pertenece a los primeros capítulos del tercer evangelio. En ellos, Lucas establece un paralelismo entre el Bautista y Jesús para mostrar el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, y la superioridad de Jesús, el Mesías. Concretamente, los versículos que nos ocupan sitúan la actividad de Juan en el marco político-religioso del pueblo de Israel (Lc 3,1-2a), lo presentan como profeta (Lc 3,2b) y resumen su misión desde unas palabras que el Antiguo Testamento pone en boca de Isaías (Is 40,3-5).
Los primeros versículos (Lc 3,1-2) están llenos de nombres propios y lugares de Palestina. ¿Dónde sitúa el evangelista a Juan?
Lucas sitúa el ministerio de Juan Bautista en el reinado de Tiberio César, que gobernó desde el año 14 hasta el 37 d.C. Estas indicaciones históricas nos permiten situar el inicio del ministerio de Juan Bautista en torno a los años 27-28 d.C.
Con una introducción que imita el elegante estilo de la historiografía clásica (Lc 3,1-2), Lucas sitúa la misión de Juan en la historia del mundo pagano y en la del pueblo de Israel. Su intención no es ofrecer al lector unos datos históricos fríos. Pretende situar a Juan, y por tanto a Jesús, en un marco concreto. Dios entró en la historia y se puso a nuestro lado en las circunstancias comunes de la vida humana. Y, aunque su proyecto salvador encontrará serias dificultades (hasta el punto de que Juan y Jesús serán condenados a muerte), los poderes mundanos representados por estos personajes no tienen la última palabra. La buena noticia es que la última palabra sobre el destino del mundo la tiene Dios, el Señor de la historia.
Releamos Lc 3,2b. ¿Cómo es presentado el Bautista? ¿Cuál será su ámbito de predicación?
El bautismo que anuncia Juan es un rito de purificación por los pecados que existían en tiempos de Jesús, junto a otros ritos propios de pertenencia al pueblo. Este bautismo tiene un carácter profético de preparación para recibir en las debidas condiciones al enviado definitivo de Dios.
Lucas presenta al Bautista como un elegido desde el seno de su madre para ser profeta, alguien dotado con el Espíritu de Dios para la misión que se le encomienda (Lc 1,15-17). Su vocación es similar a la de los grandes profetas del Antiguo Testamento (véase, por ejemplo, Jr 1,1). Como la palabra que va a predicar no es suya, la recibe de Dios (Lc 3,2a) y en un ámbito con grandes resonancias para el pueblo de Israel: el desierto. Es este un lugar que remonta a los lectores al Éxodo, antes de la entrada en la tierra prometida. Evoca, igualmente, los desiertos que cada pueblo y cada persona llevamos dentro, y que deben abrirse a la voz de Dios para acoger la salvación ansiada.
En Lc 3,3-4a escuchamos el contenido de la predicación de Juan. ¿Cuál es el eje fundamental de esta proclamación?
En un lugar tan sugerente y evocador como el desierto, Juan llama a la conversión y ofrece un bautismo para el perdón de los pecados. Para presentar dicha misión profética, el evangelista acude a un pasaje del profeta Isaías, que se refiere al regreso de los exiliados de Babilonia (Is 40,3-5). La cita es, a la vez, un canto a la alegría, porque el fin del exilio está cerca, y una llamada a la conversión. Isaías invitaba a «preparar el camino del Señor», es decir, a quitar todo obstáculo (espiritual, moral) para que Yahvé pudiera llegar. Entonces él haría con el pueblo el camino de vuelta a la tierra prometida. Juan Bautista recuerda esas palabras y las aplica al momento histórico y definitivo que él y el pueblo están viviendo: Jesús, el enviado de Dios, viene ahora para salvarnos.
Leemos Lc 3,5-6. ¿Qué imágenes subrayan la idea de «preparar el camino»? ¿Qué es lo que le espera al pueblo?
Las imágenes dejan una sensación de cambio profundo del paisaje: los montes y las colinas serán rebajados, los valles rellenados, lo torcido enderezado, lo escabroso allanado... Todo quedará adaptado a la nueva situación que llega: la salvación de Dios en Jesús. Es un don que se promete a «toda carne», es decir a todo el mundo. Hay que prepararse para recibirlo. Hay que abrir caminos en el desierto de nuestro individualismo, de nuestra comodidad y de las seguridades y los miedos que nos paralizan. Es Adviento: hay que desprenderse de todo lo que obstaculiza la llegada de Dios a nuestro mundo.
Dejando ya a un lado el marco histórico del evangelio y actualizando a nuestra vida el oráculo del profeta Isaías y la predicación de Juan, hay dos ideas que resuenan con mucha fuerza: «conversión» y «preparar el camino».
¿De qué actitudes necesito convertirme en este Adviento?
¿Cuáles son los montes y las colinas (pecados, situaciones que me alejan de Dios...) que tengo que rebajar para poder acoger mejor al Señor?
Unos cuantos siglos antes de Juan Bautista, Dios llevó su pueblo al desierto y le habló al corazón (Os 2,16). Lo liberó de la esclavitud de Egipto y le guio por el desierto hasta la tierra prometida (Jr 2,6). Hoy, como al pueblo, Dios también nos invita a ir al desierto para encontrarnos de nuevo con él.
• Agradecemos al Señor su invitación a ir al desierto, a conocerle mejor y llevar una vida acorde con su voluntad. Miro mi corazón y busco las «colinas» y los «montes» de soberbia que no me dejan ver a Dios ni a mis hermanos. Pienso si mi torpeza ha causado daño a alguien recientemente y si ha encontrado perdón en mi interior.
• Recuerdo ahora a las personas que están en el desierto, pero sin el agua de la fe. Pienso y pido por todos los que sufren, por los que se sienten desanimados, por los que están gravemente enfermos, por los que no ven motivos para mantener la esperanza.
• Damos gracias a Dios porque Jesús trae la salvación para todos, porque rompe toda frontera de raza, género o condición económica. Pedimos que esta característica de la religión cristiana se extienda a nuestro mundo, a nuestra sociedad, a nuestra Iglesia.
• En unos momentos de silencio contemplativo acojo conscientemente la invitación del evangelio: «convertíos», «preparad el camino». Pongo a disposición del Señor mi corazón arrepentido y le ofrezco mis manos para que, con ellas, él genere vida y esperanza.
Dios quiere que su salvación llegue a todos. Cuenta con nosotros para hacerla extensiva y plantarla en nuestros ambientes. Pensemos cómo podemos «rebajar colinas» y «allanar lo escabroso» para prepararnos mejor a la llegada de Jesús en Navidad.
– Con la luz que nos ha aportado la Palabra, formulo el compromiso que quiero adquirir.
– Compartimos en el grupo nuestros compromisos.
Podemos terminar nuestro encuentro recitando el salmo responsorial del domingo o bien rezando juntos esta oración de Adviento (autor: desconocido):
En este Adviento voy a preparar cuatro velas.
Las pondré en los cuatro rincones de la tierra
para iluminarlo todo: al norte, al sur, al este y al oeste;
arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda.
Así todos los habitantes de la tierra podrán ver
la salvación de Dios y acoger al Dios-con-nosotros.
La primera vela será la luz de mi alegría y mi sonrisa
ofrecida a todos como un regalo…
La segunda vela será la luz de mi plegaria
dirigida al Señor como una mirada…
La tercera vela será la luz de mi perdón
concedido a todos como una mano tendida…
La cuarta vela será la luz de mi cariño
repartido cada día como pan sabroso…
Cuando llegue Navidad habrá luz en las casas y
en los corazones, y después…
¡seguirá siendo Navidad!
El profeta Baruc nos presenta un bello poema que pretende infundir esperanza en los judíos que vivieron la caída de Jerusalén en el siglo vi a.C. Ahora hay que dejar atrás el luto y la aflicción, y mirar a Oriente de donde volverán los desterrados a Babilonia. El evangelio evocará este acontecimiento en las palabras del profeta Isaías.
El Salmo da voz a los repatriados, a los que vivieron en Babilonia y, por fin, se les ha concedido el sueño de regresar a su tierra, a Jerusalén. En ellos solo hay risas alegría, alabanzas a Dios. Sí, el Señor ha sido generoso con ellos.
A Pablo se le llena el corazón de alegría al dirigirse a la comunidad de Filipos. Han sido colaboradores en la obra del evangelio y el apóstol le pide a Dios que culmine la buena obra que ha empezado en ellos. Podemos decir que los filipenses sí han escuchado la llamada a la conversión a la que nos invita Juan en el evangelio.
En aquel tiempo, 10la gente preguntaba a Juan:
–Entonces, ¿qué debemos hacer?
11Él contestaba:
–El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.
12Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
–Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?
13Él les contestó:
–No exijáis más de lo establecido.
14Unos soldados igualmente le preguntaban:
–Y nosotros, ¿qué debemos hacer?
Él les contestó:
–No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga.
15Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, 16Juan les respondió dirigiéndose a todos:
–Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; 17en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.
18Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.
Lc 3,10-18
Con la alegría de quienes están esperando la salvación de Dios, nos reunimos este tercer domingo de Adviento. Nos disponemos para acoger la Palabra de Dios en nuestra vida con un momento de silencio y una invocación al Espíritu Santo.
Espíritu Santo, inquiétame si me ves dormido/a.
Espabílame si no me pongo en camino.
Ilumíname si me notas ciego/a,
y agudízame el oído si me encuentras sordo/a.
Ven, Espíritu Santo.
Ante la llegada del Mesías, quienes escuchan las palabras de Juan inician el camino de la conversión. El Bautista responde a las preguntas de la gente personalizando cada respuesta y atendiendo sobre todo al aspecto ético de la vida: hay actitudes que enderezar y ajustar para preparar el camino al Señor.
Dejamos unos momentos para que el texto del evangelio resuene en nuestro interior.
El texto del evangelio que proclamamos este tercer domingo de Adviento continúa el del domingo pasado. Estamos conociendo la misión y la proclamación de Juan Bautista que terminará, según añade el evangelista Lucas, con la decisión del tetrarca Herodes de acallar sus denuncias, encerrándole en la cárcel (Lc 3,19-20). Los versículos que componen el pasaje de este domingo siguen a los vv. 7-9, que no proclamamos en la liturgia. Juan está anunciando un bautismo de conversión que se manifieste en frutos. Quienes lo escuchan, inician el proceso de transformación personal preguntando: «¿Qué debemos hacer?» (vv. 10-14). Juan, después de responderles, establece la diferencia entre su bautismo y el de Jesús (vv. 15-18).
El pasaje de Lc 3,10-14 organiza a los oyentes de Juan en tres grupos y se les dicta a cada uno un comportamiento específico. ¿Cuáles son esos tres grupos? ¿Qué dice Juan a cada uno de ellos?
A cada uno de los grupos que Juan tiene ante sí (gente, publicanos y soldados) no les pide que cumplan con ritos o sacrificios cultuales, sino que se impliquen en la justicia social, que mejoren las relaciones con el prójimo.
Primeramente, Juan se dirige a la gente (v. 11). Les habla de compartir alimento y vestido, que representan las necesidades básicas para la supervivencia. De esta forma, está proponiendo una «solidaridad horizontal», según la cual debemos apoyarnos unos a otros para vivir con dignidad. A esta ayuda, que aparece también en otros pasajes del evangelio, habrá que sumar una «solidaridad vertical», de los ricos hacia los más pobres (por ejemplo, en el rico epulón Lc 16,19-31). A los publicanos o cobradores de impuestos (v. 12) conocidos por sus abusos para enriquecerse a costa de los otros, se les pide honestidad. A lo largo del evangelio algunos de ellos van a vivir un cambio de vida radical al lado de Jesús (por ejemplo, Zaqueo: Lc 19,1-10). Por último, solicita de los soldados (v. 12) que no abusen del poder que se les ha concedido.
Leamos Lc 3,15-17. Juan contrapone dos bautismos. ¿Qué caracteriza a cada uno? ¿Quién administra cada uno de ellos?
La segunda parte del texto comienza haciendo consciente al lector de la expectativa mesiánica que mantenía el pueblo (v. 15). Ante ella, Juan toma partido. Lo hace subrayando la superioridad del Mesías y centrando sus palabras en dos bautismos: el suyo (con agua) y el que trae Jesús (con Espíritu Santo y fuego). Buscando subrayar la figura de este último, el pasaje se llena de contrastes e imágenes. Si Juan es fuerte, Jesús es todavía más fuerte: viene el que es más fuerte que yo». Si Juan es «grande» (Lc 1,15), el que ha de venir será «más grande» (Lc 1,32), hasta el punto de que se declara indigno de «desatarle la correa de sus sandalias». Si el bautismo del precursor es símbolo de purificación y de vida, el de Jesús realiza aquello que simboliza porque bautiza con Espíritu Santo, es decir, sumerge plenamente en la vida de Dios.
El último versículo del pasaje de hoy (v. 18) cierra la información que ofrece Lucas sobre la misión de Juan Bautista. ¿Cómo resume su predicación?
En el Antiguo Testamento la imagen jurídica de «desatar la correa de las sandalias» simboliza la privación de un derecho en beneficio del desatante. Frente al Mesías, Juan se declara sencillamente sin derechos.
El evangelista ha señalado que el pueblo estaba esperando al Mesías (v. 15). El Bautista proclamaba la Buena Noticia de que su llegada estaba cercana y que era preciso convertirse, es decir, pasar del camino de pecado al camino del Señor. Esta era su Buena Noticia, su Evangelio. Y sigue resonando hoy, por eso las palabras de Juan son actuales. Queremos prepararnos para acoger a Jesús, con quien recibimos el don del Espíritu Santo e iniciamos una nueva vida llena de frutos de justicia y fraternidad. Rechazándolo llega a nosotros el «fuego» de muerte (recordemos que las imágenes del fuego y de la horca provienen del género literario apocalíptico) que espera a todos los que rechacen la vida.
Nos alegramos ante el Señor que viene, pero eso no basta. Es necesario preparar el camino, hecho de actitudes concretas de vida. Por eso nos preguntamos, como aquellas personas del evangelio: «Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?».
¿Sobre qué aspectos de mi vida personal, religiosa, social o profesional le preguntaría al Bautista «qué debo hacer»? ¿Qué me respondería Juan?
Escuchando la voz del precursor del Mesías, nos hemos preguntado hasta qué punto damos frutos de conversión sincera. Conscientes de nuestra debilidad, pedimos al Señor que podamos abandonar tantas excusas –a lo mejor válidas– y entremos en el camino de los frutos de vida.
• Gracias, Señor, por tu Palabra. Ella nos recuerda que la verdadera conversión se manifiesta ante todo en el comportamiento con el prójimo. Ayúdanos a cuestionarnos nuestra cómoda «buena voluntad», nuestro sentimentalismo religioso. Muéstranos tu camino y llévanos por él.
• Gracias, Señor, por tantas personas que se comprometen con el mundo en que vivimos, con la justicia para sus habitantes. Gracias por aquellos que están dispuestos a dar incluso la vida por los ideales y los valores en los que creen. Gracias por quienes nos alientan y acompañan en el camino de la conversión.
• Te pedimos hoy por los que no encuentran sentido a su vida, por los que creen que ya lo han vivido todo, por los desesperados, por los que se sienten deprimidos y solos. Que sepamos ponernos a su lado, escucharlos y ayudarlos a vivir desde Jesucristo.
• Como «si presente me hallase» en la escena del evangelio, escucho el anuncio del profeta Juan. Yo también le pregunto qué debo hacer. Su respuesta me habla de fraternidad, de rectitud, de reconciliación, desde las circunstancias que vivo. Pido al Señor recibir el Espíritu y el fuego que me darán valentía para la misión que se me encomienda.
La tonalidad litúrgica de este domingo de Adviento es la alegría, motivada por la pronta venida del Señor. Con ella en nuestros corazones, porque Dios nos ha hablado a través de su Palabra, expresamos ahora nuestro empeño por dar frutos concretos.
– Con la luz que nos ha aportado la Palabra, formulo el compromiso que quiero adquirir.
– Compartimos en el grupo nuestros compromisos.
Podemos terminar nuestro encuentro recitando el salmo responsorial del domingo o bien entonando el canto «Despertemos, llega Cristo» (autor: Osvaldo Catena).
Despertemos, llega Cristo, ven Señor.
Acudamos a su encuentro,
Ven, Señor.
La Iglesia espera tu venida, ven Señor,
y llena de alegría canta:
Ven, Señor.
Palabra eterna y creadora, ven Señor,
a renovar todas las cosas,
Ven, Señor.
Imagen de la luz eterna, ven Señor,
a iluminar nuestras tinieblas,
Ven, Señor.
Verdad y vida encarnada, ven Señor,
a responder a nuestras ansias,
Ven, Señor.
Sofonías, un profeta del s. vii a.C. invita a Jerusalén a la alegría. Ya no habrá de temer la miseria, las desgracias, el exilio, porque Dios va a establecer una nueva relación con su pueblo basada en el amor. Y Dios mismo vendrá a participar de la fiesta.
A la intervención de Dios en medio del pueblo, este responde con un himno jubiloso. Ante el Dios santo, salvador y liberador, el creyente estalla de alegría y gozo.
A pesar de estar encarcelado, Pablo habla de alegría. El motivo es la proximidad del Señor. Y es esta cercanía, interiorizada, la que alimenta la oración confiada con Dios y la que ayuda al creyente a vivir interior y exteriormente en paz y con serenidad, superando cualquier inquietud.
39En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; 40entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo 42y, levantando la voz, exclamó:
–¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! 43¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 44Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. 45Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá.
Lc 1,39-45
Nos encontramos, un día más, para compartir nuestra fe y apoyarnos en nuestro caminar. Sabemos que Dios viaja con nosotros y le pedimos que, durante esa marcha de la vida, nos alimente y fortalezca con su Palabra.
Señor Jesús, que estás presente entre nosotros
y nos visitas en cada acontecimiento del día,
en cada persona que pasa a nuestro lado,
en cada Eucaristía compartida.
Ven a nuestros corazones en este encuentro,
permite que te reconozcamos en la Palabra proclamada,
en las experiencias de nuestros hermanos.
Y luego, envíanos a hacerte presente en nuestras familias,
en nuestro trabajo, en nuestros ambientes.
Que ahora nos sintamos visitados por ti
para luego poder ser visita de Dios para otros.
El cuarto domingo de Adviento proclamamos la historia de dos mujeres creyentes. Las dos han sido «tocadas» por Dios. Isabel, anciana y estéril, lleva en su seno al gran profeta Juan Bautista. María, una joven virgen, está llamada a ser la madre del Salvador. Es un encuentro gozoso desde la certeza de que para Dios no hay nada imposible.
Dejamos unos momentos para que el texto del evangelio resuene en nuestro interior.
El evangelio del domingo nos invita a prestar atención a la celebración inminente del nacimiento de Jesús, y coloca en lugar destacado a María, su madre. Con este pasaje la saludamos como Arca de la Nueva Alianza en la cual Dios se hace presente y bendice a la humanidad de forma nueva y definitiva (véase el recuadro lateral). Para poder apreciar mejor la riqueza del texto, vamos a detenernos en algunos detalles de esta visitación que pueden darnos claves para la celebración de la Navidad.
Releamos, en primer lugar, Lc 1,39-40. ¿Cómo reacciona María tras el anuncio que le hizo el ángel Gabriel?
El pasaje de la visita de María a Isabel está construido sobre 2 Sam 6,1-5.12-18 donde se narra el traslado del arca de la alianza desde Baalá de Judá a Jerusalén por orden de David. Los dos episodios ocurren en la región de Judá; ambos viajes tienen manifestaciones de júbilo; tanto el arca como María son motivo de bendición; la permanencia de tres meses. Ahora la nueva arca de la nueva alianza es María.
El pasaje que hoy proclamamos se encuentra en el llamado «evangelio de la infancia» de san Lucas (Lc 1,5-4,13). En él, el evangelista construye su relato teológico a partir de dos historias paralelas, que se entrelazan en diversos momentos para subrayar la superioridad y novedad de la Nueva Alianza que se abre con Jesucristo. Tanto Zacarías como María han recibido la visita de un enviado de Dios, pero la mudez estéril del padre de Juan Bautista (Lc 1,20) contrasta con el «hágase» de la madre de Jesús (Lc 1,38). Ella, tras haber recibido y escuchado el anuncio del ángel, se pone en camino con prontitud, «de prisa». Ha acogido e interiorizado la voluntad de Dios, es ya una nueva criatura que actúa como portadora de la salvación divina y lleva una palabra a la casa de Isabel y Zacarías (Lucas señala por tres veces esa palabra hecha saludo: 1,40.41.44). Allí podrá constatar el signo del poder de Dios del que le ha hablado el ángel: la vida alumbrada en el seno estéril de Isabel.
Leamos Lc 1,41-44. ¿Cuáles son las consecuencias del saludo de María?
Antes de que Isabel pudiera reaccionar al saludo de María, el niño «saltó de alegría» en el vientre de Isabel. Quien no podía expresar con palabras el gozo de la presencia de Dios, brinca de júbilo en el seno de su madre. A partir de este momento muchos saltarán de gozo a lo largo de todo el evangelio cada vez que se encuentren con Jesús, porque la alegría y la fiesta es el sentimiento que embarga a quienes experimentan la salvación de Dios (2,10; 15,5.9.23; 19,6; etc.). Isabel, movida por el Espíritu, capta la vida que su joven pariente lleva dentro y desvela públicamente su significado profundo. Ambas mujeres están viviendo el gozo de los tiempos mesiánicos, caracterizados por la alegría y la presencia del Espíritu Santo.
Releamos Lc 1,42-44. ¿Qué dice Isabel de María? ¿Qué motivos tiene para decir eso de ella?
En la Biblia, el Bendito por excelencia es Dios, que ejerce su acción misericordiosa sobre el pueblo y sobre el mundo llenándolo de vida: bendice a Abrahán, a David… En la plenitud de los tiempos, María es bendecida y se abre el tiempo definitivo, el tiempo de Cristo, fruto de su vientre. María es «la bendecida» porque acoge la voluntad de Dios sobre su vida y trae al mundo al Señor de la vida que vence la muerte y da la vida eterna.
Isabel llama a María «madre de mi Señor», «bendita» y «bienaventurada». Evidentemente, la primera de ellas es una expresión pospascual: Isabel se comporta como si fuera cristiana, dándole a Jesús el título de «Señor», que solo se le concede en propiedad a partir de la Resurrección (véase 24,34) y en la predicación de los apóstoles (Hch 2,36). Además, Isabel proclama a María «bendita» (véase el recuadro lateral) y «bienaventurada», dichosa, bien encaminada. María es bienaventurada no por participar de los bienes y poderes de este mundo, ni siquiera por ser la madre del Señor, sino por creer. Acogió la palabra de Dios, se abandonó a su poder creador y se dispuso a conformar su vida según la voluntad divina. A lo largo del evangelio, esta actitud de María será pedida a todas las personas que se encuentren con Jesús (Lc 7,9.50; 8,48; etc.). También hoy se nos presenta a nosotros como modelo y ejemplo.
Dos mujeres se encuentran en la sencillez de una aldea de Judea. Saben que Dios las ha visitado, las ha llamado para dar vida y comparten esa alegría común, cada una desde sus circunstancias. También nosotros ahora estamos invitados a dialogar con nuestros hermanos y hermanas de grupo acerca de cómo Dios actúa en nuestras vidas.
María e Isabel compartieron una experiencia fuerte de Dios en sus vidas. ¿Cómo favorecemos en nuestras comunidades y en nuestras familias espacios y momentos para comunicar y celebrar la fe?
¿Qué «silencio», qué «palabra», qué «visita» me pide el evangelio de hoy como preparación inmediata para la Navidad?
Cercana ya la Navidad, la figura de María se nos ofrece como modelo de acogida al Señor y de atención a las necesidades de los otros. Por eso oramos ahora desde las palabras del evangelio para que aquella historia contada por Lucas sea también la nuestra.
• «Bienaventurada la que ha creído». Como María, también nosotros deseamos escuchar, acoger y vivir tu Palabra. Danos, Señor, un corazón atento a tus mandamientos y una voluntad fuerte para no desanimarnos ante las dificultades.
• «María se puso en camino». Deseamos, Señor, una Iglesia en salida, atenta a las necesidades de los hermanos, dispuesta a subir todas las montañas necesarias para llegar al encuentro fraterno.
• «Bendita tú entre las mujeres». Hoy hacemos presente ante ti, Señor, a todas las mujeres que, en lo cotidiano, hacen posible la vida: en el parto, en el cuidado de los hijos, en la educación… en la muerte. Te pedimos que su labor sea reconocida en la sociedad y en la Iglesia.
• «La criatura saltó de alegría en mi vientre». Señor, queremos descubrir y vivir la alegría que brota del Evangelio. Queremos ser testigos jubilosos de una noticia gozosa: tú has venido a vivir entre nosotros.
• «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» Gracias, Señor, porque tú sigues visitándonos y abriendo nuevos caminos de relación, de encuentro, de futuro. Si lo deseas, envíanos para visitar a otros y, en tu nombre, ofrecerles vida.
A pesar de su estado de gestación, María acude a ponerse al servicio de Isabel. Su ejemplo nos invita a «levantarnos» y no dejarnos llevar por el cansancio de la vida o la comodidad. Otros aguardan nuestra ayuda.
– Con la luz que nos ha aportado la Palabra, formulo el compromiso que quiero adquirir.
– Compartimos en el grupo nuestros compromisos.
Podemos terminar nuestro encuentro recitando el salmo responsorial o bien rezando juntos la Salve.
El profeta invita a no despreciar lo pequeño e insignificante: una aldea pobre, en la montaña de Judá, será la patria de un nuevo rey que guiará al pueblo. El oráculo será recogido en el Nuevo Testamento (Mt 2,6) para presentar el origen davídico de Jesús, el Mesías.
Utilizando la imagen de la vid y del pastor, el pueblo suplica a Dios la salvación. Sus palabras son un grito para que Yahvé despierte, los visite y se vuelva con benevolencia hacia ellos.
Este pasaje de la carta a los Hebreos nos adentra en una novedad radical que solo puede proceder de la voluntad divina: la salvación no viene de la repetición de sacrificios y holocaustos, sino de la entrega de Cristo. En el Crucificado se hace evidente que Dios está con nosotros.
1En el principio existía el Verbo,y el Verbo estaba junto a Dios,y el Verbo era Dios.
2Él estaba en el principio junto a Dios.
3Por medio de él se hizo todo,y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
4En él estaba la vida,y la vida era la luz de los hombres.
5Y la luz brilla en la tiniebla,y la tiniebla no lo recibió.
6Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: 7este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 8No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
9El Verbo era la luz verdadera,que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
10En el mundo estaba;el mundo se hizo por medio de él,y el mundo no lo conoció.
11Vino a su casa,y los suyos no lo recibieron.
12Pero a cuantos lo recibieron,les dio poder de ser hijos de Dios,a los que creen en su nombre.
13Estos no han nacido de sangre,ni de deseo de carne, ni de deseo de varón,sino que han nacido de Dios.
14Y el Verbo se hizo carney habitó entre nosotros,y hemos contemplado su gloria:gloria como del Unigénito del Padre,lleno de gracia y de verdad.
15Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
16Pues de su plenitudtodos hemos recibido, gracia tras gracia.
17Porque la ley se dio por medio de Moisés,la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
18A Dios nadie lo ha visto jamás:Dios Unigénito, que está en el seno del Padre,es quien lo ha dado a conocer.
Jn 1,1-18
Es Navidad. Jesucristo, la Palabra de Dios, se ha hecho carne. Quiere nacer también en nuestras vidas, en nuestros hogares, en nuestra sociedad, en nuestro mundo. Dispongámonos para acogerlo con un canto (versión en español del «Adeste Fideles»):
Venid, fieles todos, entonando himnos.
Venid, presurosos, a Belén llegad.
Hoy ha nacido el rey de los cielos.
Venid y adoremos, venid y adoremos,
venid y adoremos al rey de paz.
El prólogo de Juan es un antiguo himno que recitaban los primeros cristianos para confesar su fe en Jesucristo. Contiene un resumen de todo lo que es la Navidad, porque el niño de Belén es el Hijo único de Dios, la verdad, la luz y la vida del mundo que ha venido hasta nosotros.
Dejamos unos momentos para que el texto del evangelio resuene en nuestro interior.
El cuarto evangelista comienza su escrito con un prólogo poético, similar a la obertura de una obra musical. En dicho prólogo resuenan los grandes temas que luego se desarrollarán a lo largo de todo el evangelio. Para comprender mejor su contenido vamos a dividirlo en tres momentos: a) Presentación del Verbo (vv. 1-5); b) El Verbo en el mundo (vv. 9-14); c) El Verbo da a conocer al Padre (vv. 16-18). Como intermedio entre las partes es presentada la figura de Juan Bautista, testigo de la luz (vv. 6-8.15). Puesto que hoy es Navidad, nos fijaremos sobre todo en lo que se dice de Jesucristo, el Hijo encarnado, en este hermoso himno.
El himno cristológico con el que comienza el evangelio de Juan se remonta a la eternidad de Dios. Las traducciones hablan del Logos (en griego) o Verbo (en latín) o Palabra (en Dios palabra y acción son inseparables: lo que Dios dice, lo hace). En cualquier caso, se refieren a Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado.
Comencemos leyendo la primera parte (Jn 1,1-5). ¿A qué momento se remonta el texto? ¿De quién se habla? ¿Qué se dice de él?
El prólogo comienza situándonos «en el principio». Es esta una expresión que remite a las primeras palabras del libro del Génesis (Gn 1,1). No alude simplemente a un comienzo histórico del mundo. «En el principio» es una confesión de fe: Dios está en el origen de todo, en la hondura más profunda de todo ser, en el principio incipiente de toda vida. Ese Dios, siendo uno, es relación de personas, diversidad y unicidad. Dios y el Verbo se comunican, generan vida, porque el auténtico amor siempre sale de sí, se expresa donándose. Introducidos en esta dinámica de vida entregada y recibida eternamente, el evangelista continúa hablando de la mediación del Verbo en la creación (Jn 1,3: «Por medio de él se hizo todo») y de su ofrecimiento de luz y vida a la humanidad (Jesús se identifica con la luz y la vida en Jn 8,12 y Jn 11,25).
El Verbo está en el mundo. Leamos Jn 1,9-14. ¿Cómo expresa el evangelista el rechazo que encuentra el Verbo? ¿Qué ofrece a quienes lo acogen?
El contraste entre el ofrecimiento divino de luz y vida, y el rechazo de la humanidad se hace evidente. El evangelista lo expresa mediante oposiciones de términos como luz/tinieblas, creer/rechazar, nacer de Dios/nacer de la carne, etc. Algunos acogen la luz y pasan a ser hijos de Dios, a participar de su vida divina (v. 12). En un gesto supremo de entrega, escandaloso para algunos, Dios renueva su ofrecimiento de luz y de vida a la humanidad. El Verbo asume nuestra debilidad, se hace más cercano y visible para nosotros. El Hijo de Dios se encarna (v. 14), en Jesucristo se manifiesta de forma evidente la gloria de Dios (1 Jn 1,1ss).
Jesucristo, el Verbo de Dios, se ha hecho carne. Leamos Jn 1,16-18. ¿Qué se dice de él en estos versículos?
Si Moisés fue el mediador de la ley (recordemos que para el mundo judío en la ley de Moisés quedaba expresada la voluntad de Dios), ahora queda superada toda mediación, porque Jesús es el Hijo, el rostro visible del Padre, que nos muestra su voluntad con sus palabras y sus signos. Aceptarlo es permitir que su amor permanentemente fiel se derrame sobre nosotros por pura gracia, como magnífico don. Un ejemplo de respuesta y de acogida positiva es la del Bautista, testigo de la luz (Jn 1,6-8.15). Hoy, ante el Verbo hecho carne y recostado en un humilde pesebre, demos, una vez más, nuestra respuesta al Dios que «habitó entre nosotros».
Dios, en su Hijo Jesucristo, se ha encarnado, se ha hecho uno de nosotros para ayudarnos a comprender el amor de Dios y su proyecto salvador. Se nos muestra, sobre todo, en medio de la debilidad humana, en el grupo de los que no tienen, en medio de la noche.
Entre tantas luces, regalos y champán, ¿dónde descubro al niño Dios que ha acampado entre nosotros?
¿A qué me invita el rostro de Dios que aparece expresado en este himno del cuarto evangelio?
Hoy es un día para contemplar, para ponerse de rodillas ante el Dios que se hace próximo a sus criaturas, que asume todas las fragilidades humanas por amor. Agradezcamos su cercanía y su Palabra creadora.
•Gracias, Señor, porque eres el Dios amor que te entregas y nos llamas a la donación, al servicio desinteresado y gratuito. Gracias porque podemos celebrar tu llegada con nuestra familia humana y cristiana.
•Pedimos perdón por las veces que elegimos las tinieblas del egoísmo, de la cerrazón, de la dureza de corazón. Perdón por las veces que, personalmente o en comunidad, no recibimos a Jesús, preferimos no conocerle, rechazamos con nuestras opciones su vida y su luz.
•Presentamos ante el pesebre a los más pobres de nuestro mundo. Junto a ellos, ponemos nuestro deseo de una Iglesia más testimonial, más implicada en acercarse a quienes necesitan el amor de Dios en sus vidas.
•Ante una imagen del Niño nacido, acojo conscientemente, una vez más, el don que Dios nos hace en su Hijo Jesús. Me dejo iluminar por su luz e inundar por su vida. Contemplo, agradezco y alabo.
Celebrar la Navidad es contemplar el amor de Dios hecho carne, hecho historia y compromiso. Por eso, no podemos quedarnos indiferentes después de este encuentro. Estamos llamados a hacer vida lo que hemos contemplado y compartido.
– Con la luz que nos ha aportado la Palabra, formulo el compromiso que quiero adquirir.
– Compartimos en el grupo nuestros compromisos.
Terminamos nuestro encuentro expresando la alegría de la Navidad con un villancico popular (autor: Joaquín Madurga).
Hoy en la tierra nace el amor.
Hoy en la tierra nace Dios.
Alegría, paz y amor en la tierra a los hombres.
Alegría, paz y amor, esta noche nace Dios.
Alegría, gozo y paz en la tierra a los hombres.
Alegría, gozo y paz, esta noche es Navidad.
Alegría, paz y bien en la tierra a los hombres.
Alegría, paz y bien, hoy Dios nace en Belén.
El profeta anuncia el fin del dominio enemigo, el rescate de Jerusalén y el consuelo de Dios a su pueblo. Llega el «Príncipe de la Paz», una figura a la que muchos años más tarde los cristianos identificaron con Jesucristo.
Dios ha desplegado la salvación, el amor y la fidelidad hacia su pueblo. Todos los pueblos y naciones de la tierra se han enterado de esta intervención maravillosa de Dios y están invitados a participar también de ella.
