El amor primero - Equipo Bíblico Verbo - E-Book

El amor primero E-Book

Equipo Bíblico Verbo

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Por san Juan sabemos que Dios es Amor (1 Jn 4,8.16) y san Pablo nos revela que el amor es la más grande de todas las virtudes (1 Cor 13,7.13). Todos entendemos que ningún ser humano puede vivir sin amor: su vida estará privada de sentido si no encuentra, experimenta y participa en el amor; no "somos" personas, nos hacemos personas amando. El título de nuestro libro, El amor primero ("El amor en primer lugar"), señala la preferencia, se diría que la urgencia, de poner en acción la caridad por delante de todo en nuestra vida. Con este volumen dedicado a la caridad, queda completada la trilogía sobre las virtudes teologales de la colección "Animación Bíblica de la Pastoral", destinada especialmente para grupos de lectura creyente y orante de la Sagrada Escritura y basada en la aplicación de la lectio divina sobre textos bíblicos cuidadosamente seleccionados.

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Seitenzahl: 275

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Índice

Presentación

Unidad 1

Dios es amor

De la primera carta de san Juan 4,7-16

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 2

Tanto amó Dios al mundo…

Del evangelio según san Juan 3,14-21

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 3

Ama a Dios, ama al prójimo, ámate a ti mismo

Del evangelio según san Lucas 10,25-28

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 4

¡Amaos!

Del evangelio según san Juan 15,12-17

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 5

El amor es fruto del Espíritu

De la carta de san Pablo a los Gálatas 5,16-25

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 6

La eucaristía, sacramento del amor

Del evangelio según san Lucas 22,14-20

Del evangelio según san Juan 13,1-5

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 7

Llamados a la fraternidad universal

Del evangelio según san Lucas 10,30-35

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 8

La alegría del amor se vive en la familia

Salmo 128

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 9

La vocación cristiana al amor: los laicos

De la carta de san Pablo a los Colosenses 3,12-17

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 10

La vocación cristiana al amor: los consagrados

Del evangelio según san Mateo 13,44-46

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 11

La vocación cristiana al amor: los sacerdotes

De la primera carta de san Pedro 5,1-4

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Unidad 12

¡Gloria!

De la carta de san Judas 1,24-25

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Celebración final

Nada nos separará (Romanos 8,39)

Preparación

Introducción

Muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él (Jn 6,66)

Se marchó triste porque era muy rico (Mc 10,22)

En aquel momento, todos los discípulos lo abandonaron y huyeron (Mt 26,56)

No conozco a ese hombre del que habláis (Mc 14,71)

Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Rom 8,38-39)

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre (Jn 19,25)

Créditos

Presentación

El ingenioso filósofo-teólogo danés Sören Kierkegaard comienza su libro Las obras del amor (1847) precisamente con esta declaración: «Estas son “meditaciones cristianas”, por lo tanto no tratan acerca del “amor”, sino de “las obras del amor”». Esa misma convicción tenía san Ignacio de Loyola cuando escribe en sus Ejercicios espirituales (1548): «El amor se debe poner más en las obras que en las palabras» [EE 230]. Y eso es en definitiva lo que Jesús sugería a aquel maestro que intentaba enredarle en academicismos sobre los mandamientos: Haz esto y tendrás la vida … Anda y haz tú lo mismo (Lc 10,28.37); entre medias le había propuesto la interpelante parábola del buen samaritano.

Como remate de esta serie que comenzó con Caminar juntos, nacer de nuevo. Diálogos de fe en la Palabra (2022)y prosiguió con ¿Dónde ha quedado mi esperanza? Diálogos de esperanza en la Palabra (2023), Editorial Verbo Divino completa ahora esta secuencia sobre las virtudes teologales –dentro de la serie «Leemos, compartimos, oramos» de «Animación Bíblica de la Pastoral»– con esta nueva entrega: El amor primero. Diálogos de caridaden la Palabra (2024). No es un volumen de teología ni de autoayuda, sino un manual que quiere acompañar a un grupo de lectura creyente de la Biblia en la tarea de determinar sus «obras de amor». Dicen que, para juzgar el valor de un libro, habría que calcular el aumento de vitalidad que produce en sus lectores; ojalá este librito sea entonces un best seller.

Por san Juan sabemos que Dios es Amor (1 Jn 4,8.16); y san Pablo nos revela que el amor efectivo y concreto es la más grande de todas las virtudes, un amor que todo lo cree, todo lo espera (1 Cor 13,7.13). Por lo demás, todos entendemos que ningún ser humano puede vivir sin amor: su vida estará privada de sentido si no encuentra, experimenta y participa en el amor; no «somos» personas, nos hacemos personas amando. Ese es el sentido inicial de la tercera palabra del título de nuestro libro: leída como adverbio, «el amor primero» señala la preferencia, se diría que la urgencia, de poner en acción la caridad por delante de todo en nuestra vida. Pero la palabra tiene intencionadamente un doble sentido: leída como adjetivo, «el amor primero» se refiere directamente a Dios-Amor, origen y providencia de todo, razón de ser de la Iglesia, fundamento basilar de toda vida cristiana. Por eso Jesús le reprocha a la iglesia de Éfeso: has abandonado tu amor primero (cf. Ap 2,4).

Algunas sugerencias sobre estos materiales

Como ya es habitual en la serie «Leemos, compartimos, oramos», la estructura de cada una de las doce unidades del libro siguen un mismo esquema, según el itinerario clásico de la lectio divina, la lectura creyente y orante de la Biblia. La articulación de cada unidad ha sido pensada para que pueda distribuirse cómodamente en dos sesiones del grupo:

• PRIMERA SESIÓN: un diálogo inicial en grupo, la proclamación del texto bíblico y la sección «LECTURA: ¿Qué dice el texto bíblico?» conforman esta primera etapa de cada unidad. Con esta primera sección se pretende que el grupo centre su trabajo en la lectura atenta (lectio) del texto bíblicopropuesto. Para cada unidad se ha seleccionado un pasaje del Antiguo o del Nuevo Testamento cuyo argumento esencial es el amor en cualquiera de sus múltiples facetas.

• SEGUNDA SESIÓN: habiendo realizado ya la lectio, en esta segunda etapa de cada unidad el grupo puede proseguir su itinerario de lectura creyente-orante a través de la meditatio («MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?»), la oratio («ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?»)yla actio («COMPROMISO: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?»). Una «Oración final» sirve como conclusión de la reunión, si bien se ofrece todavía un sugestivo último texto («Para continuar») que puede ayudar a los miembros del grupo a prolongar o profundizar las conclusiones de su lectura orante-creyente en cada unidad.

Se completa así, junto con la «Celebración final», un itinerario de veinticinco sesiones, que se ajusta bien al ritmo de un curso pastoral ordinario. Se sugiere, además, que el grupo programe la realización de dos «actividades extraescolares», relacionadas con el tema fundamental del curso: las obras del amor. Proponemos que el grupo planee, en algún momento del año, una visita a alguna delegación de Cáritas (diocesana o parroquial), con el fin de informarse y conocer en directo cuáles son las «obras de amor» que realizan, cuáles sus proyectos, cómo y en qué niveles se puede participar en sus acciones. La segunda propuesta consiste también en una visita o encuentro, esta vez con una comunidad religiosa contemplativa, de vida en clausura, para compartir con ella reflexiones, oración, vivencias, experiencias en torno a sus «obras de amor».

Algunas otras sugerencias más específicas al paso de las unidades pueden ser estas, siempre a título indicativo:

• En algún párrafo de cada una de las DOCE UNIDADES aparece una frase que siempre comienza con la misma fórmula: «El cristiano es aquella persona que…». Se propone que el grupo las localice al paso de su marcha durante el curso y, una vez recogidas las doce frases, se elabore una especie de declaración que todos los miembros puedan asumir y firmar, a modo de «Manifiesto del amor cristiano». Puede ser útil para la celebración final del curso.

• UNIDAD 7 («Llamados a la fraternidad universal»): la lectio divina de la parábola del buen samaritano (Lc 10,30-35) se realizará a la luz de las reflexiones sobre la misma que el papa Francisco nos ofrece en su encíclica Fratelli tutti. Puede ser útil tener disponible (y leído) el texto papal para la ocasión.

• UNIDAD 9 («La vocación cristiana al amor: los laicos»): en el momento «ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?», se sugiere la posibilidad de orar a partir del símbolo de la partida de bautismo. Si se ve oportuno utilizar ese símbolo, será preciso que cada miembro prevea su solicitud al archivo parroquial correspondiente.

• UNIDAD 10 («La vocación cristiana al amor: los consagrados»): puede ser muy provechoso invitar a un consagrado/a conocido a participar de la reunión, con el fin de compartir con él y ella reflexiones, experiencias, preocupaciones, oración.

• UNIDAD 11 («La vocación cristiana al amor: los sacerdotes»): será interesante también invitar para estas sesiones al párroco o algún sacerdote, y compartir con él gozos y esperanzas en la fe.

Providencialmente, contamos con un valiosísimo magisterio de la Iglesia en los últimos años en torno al tema del amor en clave cristiana. En concreto, son cuatro los grandes documentos que están en la base del presente librito: las cartas encíclicas de Benedicto XVI, Deus caritas est, sobre el amor cristiano (25 de diciembre de 2005), y Caritas in veritate, sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad (29 de junio de 2009); y, de Francisco, la exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, sobre el amor en la familia (19 de marzo de 2016), y la carta encíclica Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social (3 de octubre de 2020).

Por lo demás, las citas en el texto tomadas del Catecismo de la Iglesia Católica están señaladas con las siglas CIC seguidas del número de párrafo correspondiente. El lector reconocerá fácilmente otras siglas de grandes documentos citados aquí y allá: AA (Apostolicam actuositatem), DCE (Deus caritas est), EG (Evangelii gaudium), FT (Fratelli tutti), LG (Lumen gentium), NMI (Novo millennio ineunte), OT (Optatam totius), VD (Verbum Domini). El texto bíblico empleado corresponde a la actual traducción de la Conferencia Episcopal Española (2010), salvo contados casos en los que el redactor ha realizado una traducción más literal en orden a facilitar la comprensión del texto. A lo largo del libro, en fin, van apareciendo algunos recuadros de texto que aportarán al grupo evocaciones de otros textos bíblicos, informaciones bíblicas complementarias o textos emblemáticos de reputados autores en torno al tema del amor.

Primera sesión

Introducción-diálogo

Cada sesión grupal puede comenzar con una breve plegaria común y acostumbrada, que puede ser, por ejemplo, el «Gloria al Padre», recitado de manera muy pausada y consciente. Esta oración ayudará a dar comienzo efectivo a la reunión del grupo y, sobre todo, a poner las mentes y los corazones en manos de la Trinidad, el Dios-Amor.

Tras esa oración inicial, cada unidad se abre con una primera introducción-reflexión que no pretende sino provocar un primer diálogo preparatorio entre los miembros del grupo, a modo de toma de contacto. Este primer momento trata de romper el hielo, centrar la cuestión y suscitar cuestionamientos a partir de la experiencia personal de fe y de vida de los participantes al respecto.

A este diálogo inicial le sigue ya la lectura propiamente dicha del texto bíblico elegido para la unidad. Huelga decir que debe ser una lectura solemne, sosegada, en voz alta, sin interrupciones, sin comentarios. Tras la lectura, resultará muy útil dejar unos minutos en silencio para que cada miembro relea el texto personalmente, subraye alguna palabra o frase que considere más relevante, la comparta con el grupo en forma de eco... Con esta primera proclamación y escucha, la Palabra empieza así a ser saboreada y a entrar en las mentes y los corazones de los creyentes.

LECTURA: ¿Qué dice el texto?

Puesta en marcha ya la dinámica de esta primera sesión, el grupo entra de lleno en el primer momento específico de lectura creyente: la lectio, la lectura activa y minuciosa del texto bíblico en cuestión. Sería muy conveniente que cada miembro del grupo explorara en su propia Biblia alguna información adicional en torno al texto elegido para cada unidad, como pueden ser los datos esenciales del libro bíblico correspondiente (¿Dónde se encuentra en la Biblia? ¿Quién fue su autor? ¿Cuándo fue escrito? ¿Cuál es su esquema y su argumento esencial?). Esta tarea, tan importante para contextualizar el pasaje leído, tal vez se pueda realizar en casa como ejercicio previo personal, de forma que, ya en la reunión, el animador del grupo puede sintetizar las aportaciones hechas por todos.

Los comentarios que ofrece el libro tratan de ayudar al grupo a leer más en profundidad el texto bíblico con el fin de extraer de él todo su rico contenido. Para facilitar esa comprensión, dichos comentarios van complementados por numerosas invitaciones, grupales o individuales, en forma de preguntas: no se trata de ningún examen, sino de cuestiones abiertas que quieren estimular la conversación en la fe, serena y amable. Se podría decir que la única finalidad de todos los materiales ofrecidos por el libro va en esa dirección: que los miembros del grupo puedan compartir sensaciones, comentarios, dudas, conocimientos, oraciones, propuestas, compromisos, etc. Si abunda esto, la lectio divina habrá conseguido su objetivo y alcanzado su éxito.

Concluida la LECTURA, finaliza también la primera sesión de la unidad. El grupo puede despedirse con una nueva lectura del texto bíblico, que, sin duda, habrá adquirido matices nuevos y podrá permanecer en la memoria para la siguiente sesión.

Segunda sesión

Esta segunda sesión de cada unidad puede comenzar, como la primera, con la oración habitual del grupo y con la lectura-recuerdo del texto bíblico, pues constituirá la base sobre la que se seguirá construyendo todo el edificio de la lectio divina. Tres son los pasos fundamentales que se concentran en esta reunión: meditatio, oratio y actio.

MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?

El pasaje bíblico cuya lectio ya hemos realizado y compartido en la primera sesión se convierte ahora en Palabra viva y actual que nos invita a reflexionar serenamente los contenidos de nuestra fe, a cuestionar viejos esquemas ya obsoletos, a descubrir nuevos aspectos de la vida cristiana. Nuevamente, las invitaciones-preguntas son un pretexto para dialogar y compartir en grupo los descubrimientos personales de cada participante.

ORACIÓN: ¿Qué le digo/decimos a Dios a partir del texto?

Siempre con base en el texto bíblico que preside cada unidad, llega ahora el momento de la plegaria. Santa Teresa de Jesús nos descubre de manera magistral la relación entre el amor y la oración: «Orar es tratar de amistad a solas con quien sabemos nos ama» (Libro de la Vida 8,5). Este importante momento de oración es, evidentemente, grupal, pero debe ser siempre personal, «a solas». A lo largo de las unidades se van sucediendo diferentes modos de orar, siempre con base y expresión bíblicas: peticiones, respuestas sálmicas, símbolos, pequeñas jaculatorias, silencios, gestos… Para facilitar que los participantes puedan concentrarse en su oración, se han señalado en negrita algunas palabras clave. Por lo demás, si en todo el desarrollo de las reuniones es esencial el papel del coordinador del grupo, lo es mucho más en este momento, en el que deberá actuar de verdadero «animador espiritual» de la oración.

Compromiso: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros este texto?

Como se puede fácilmente adivinar, todo el proceso de la lectio divina debe conducir al compromiso concreto. Especialmente cuando hablamos del amor cristiano, es decir, el que tiene su maestro y modelo en Jesús, tenemos claro que nuestra reflexión y nuestra oración tienen que desembocar irremediablemente en la acción, en las «obras del amor». San Pablo lo advirtió con mucho acierto cuando asoció el amor al «esfuerzo» (1 Tes 1,3). Con cierto humor, podríamos versionar la conocida advertencia de Jesús: no todo el que dice «amor, amor» entrará en el reino de los cielos… (cf. Mt 7,21).

Por eso, para que la lecto divina no quede reducida a filosofar acerca del amor (y entonces no sería lectio), es preciso que en este momento de la reunión se proponga, y quede por escrito, una pequeña obra a realizar, si es posible en doble versión: grupal e individual. «Es la hora de una nueva imaginación de la caridad» (NMI 50b). Y, como siempre, habrá de ser una acción revisable en la siguiente reunión: quién va a hacer qué, cuándo, dónde, cómo y con quién.

Oración final

Para concluir y coronar cada unidad, el último momento de esta segunda reunión está constituido por una oración que trata de recoger todo cuanto se ha pensado, dicho, descubierto y rezado durante las dos sesiones correspondientes. Se trata de textos tomados de la Sagrada Escritura, de la liturgia, de los documentos de la Iglesia o de algún reconocido autor espiritual.

Para continuar

Como complemento al contenido ofrecido en cada unidad, un texto ocupa la última página de cada una de ellas. Son sugestivos pasajes tomados de la tradición popular, de autores cristianos, de la literatura judía, del magisterio de los papas o de los Santos Padres. Estos textos cierran la unidad, pero a buen seguro abrirán nuevos horizontes en el corazón de cada participante.

La celebración final

En el último capítulo del libro, tras las doce unidades, aparece un guion para una celebración del grupo al final de su curso. El tema es siempre el del amor primero: «Nada nos separará del amor de Dios». Es muy conveniente que el animador y el grupo lean con bastante antelación las sugerencias que allí se ofrecen, de forma que puedan preparar bien todos los detalles prácticos. Sería aconsejable no dejarlo para el mismo día de la celebración, sino tenerlo organizado todo en una reunión previa. Por lo demás, el grupo puede decidir si realizar esta celebración final en su última reunión o en un día completo de convivencia.

Madre del Amor Hermoso

Hay una palabra que asociamos instintivamente al amor: «madre». Por eso, para referirse al «amor de Dios», los antiguos autores bíblicos no encontraron mejor término hebreo que el de rah·amim, una palabra que hace referencia al vientre materno, a las entrañas maternas. El amor de Dios es como el amor de madre: tierno, entrañable, gratuito, dador de vida.

Desde el momento mismo de la encarnación, María se convirtió en Madre del Amor Hermoso (cf. Eclo 24,18), porque, al concebir en sus entrañas al Hijo de Dios, el amor se hizo carne entre nosotros en toda su belleza. Así, de la mano de nuestra madre María, podemos descubrir la inmensa hermosura de amar a Dios, de amar a Cristo, de amar al prójimo.

Que la Sagrada Familia nos ayude a caminar con el espíritu de Nazaret. Que María, Madre del Amor Hermoso, y José, custodio del Redentor, nos acompañen desde ahora mismo en este camino que emprendemos apremiados para descubrir el «amor primero». Porque… «el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa» (San Juan de la Cruz, Dichos de amor y luz 96).

Unidad 1

Dios es amor

Dios es amor. A muchos les sonará simplemente a gastada canción de catequesis («la Biblia lo dice, san Pablo lo repite, búscalo y verás»). Los más escépticos se quejarán de que no deja de ser una manida frase bonita, prácticamente w en los tiempos que corren: con la que está cayendo en este mundo nuestro, ¡¿a quién se le ocurre hablar de amor y de Dios?!

Sin embargo, para nosotros cristianos, en esa memorable expresión late el corazón de nuestra fe, pues de esa manera tan sencilla y profunda definimos a nuestro Dios. Es verdad que en ocasiones nuestro testimonio –en la actualidad y a lo largo de la historia– no solo no ha manifestado ese amoroso rostro de Dios, sino que más bien lo ha velado, desfigurado y hasta falseado. También es cierto que el término «amor» es una de esas palabras-chicle que, a fuerza de estirarse para significarlo todo, prácticamente se ha quedado vacía de contenido…

Volvamos, pues, a la Palabra para centrar nuestra identidad cristiana y nuestro Evangelio: solo si interiorizamos esta radiante declaración de la primera carta de san Juan podremos vivir y anunciar nuestra fe de manera sincera, liberadora, comprometida, gozosa, plena.

Habitualmente, ¿cuándo, dónde, en qué sentidos oímos hablar y hablamos del amor?

Por lo general, ¿cómo identificamos o describimos a Dios? ¿Qué breve definición podríamos dar los cristianos del Dios en quien creemos?

¿Cuál sería nuestro perfil ideal como cristianos, cómo debe ser una persona cristiana? ¿En qué aspectos mostramos los cristianos que nuestro cristianismo es «la religión del amor»? ¿Y en qué aspectos no lo mostramos?

i De la primera carta de san Juan 4,7-16

7 Queridos: amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. 8 Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. 9 En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. 10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

11 Queridos: si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. 12 A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. 13 En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. 14 Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. 15 Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. 16 Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

g LECTURA: ¿Qué dice el texto?

Son tres las radiantes definiciones de Dios que nos brinda san Juan en su primera carta: Dios es Luz (1,5–2,28), Dios es Padre (2,29–4,6), Dios es Amor (4,7–5,13). Precisamente, esta tercera reflexión se abre con el pasaje que nos ocupa en esta primera unidad y que se articula en dos párrafos muy bien entrelazados, encabezado cada uno de ellos por una misma palabra: queridos (o mejor: amados). Si hay una sección que se pudiera marcar como principal en toda la carta sería, sin duda, este texto, que nos descubre una de las joyas de toda la fe bíblica: Dios es amor (4,8.16).

La Primera Carta de san Juan fue escrita hacia el año 100, unos años después de que apareciera el evangelio según san Juan. La carta constituye así un excelente resumen del evangelio y su mejor complemento: si este subrayaba la divinidad del Salvador, aquella acentuará la realidad humana del Redentor; de ahí que insista en hablar de la sangre de Jesucristo (1,7; 5,6.8), de su carne (4,2) y de su condición de víctima sacrificial (2,2; 4,10).

En efecto, no parece que ese «queridos» inicial sea la típica fórmula de cortesía para dirigirse de manera cordial a los destinatarios de una carta. Más bien podría leerse como un «amados [de Dios]», pues esa será la raíz y la constante convicción sobre la que se apoya toda esta reflexión de la carta acerca de Dios-Amor. Todo nace y se justifica ahí: puesto que sois receptores del amor de Dios, compartid ese amor unos con otros.

Aunque solo sea por curiosidad, podemos subrayar en el texto bíblico propuesto todas las palabras de la familia «amor, amar». ¿Qué nos sugiere esa cantidad de apariciones?

Queridos: amémonos unos a otros

El mandamiento de amar ya venían escuchándolo y practicándolo los cristianos desde el nacimiento mismo de la Iglesia, pues es el único mandamiento que nos dejó Jesús (Jn 13,34). Ahora, el autor de la carta reflexiona sobre la experiencia que él comparte con su comunidad de fe: la práctica del amor no es la mera obediencia a un mandamiento, sino que debe ser respuesta a la experiencia del don del amor recibido de Dios.

Con amor eterno te amé.

JEREMÍAS 31,3

Nuestro primer párrafo se centra, pues, en el amor de Dios como fundamento del amor cristiano; el autor nos invita a reflexionar siguiendo un itinerario ascendente que, como iremos viendo, conducirá a la gran definición cristiana de Dios.

Leemos el primer párrafo del texto propuesto (1 Jn 4,7-10). El autor relaciona el conocimiento de Dios y el amor de Dios. En diálogo, tratamos de explicar con nuestras palabras qué puede significar, según san Juan, la expresión «conocer a Dios».

En este texto aparecen tres «personajes» principales: Dios, Jesucristo y nosotros. ¿Cuál es el vínculo que une a los tres? ¿Cómo explicarías a tu modo la relación que la carta establece entre esos tres personajes?

1. El amor es de Dios

En efecto, el primer razonamiento del autor sobre el amor consiste en indicarnos que el amor es de Dios (v. 7), es decir, que nace de Dios, que procede de Dios. Esa es la primera fundamentación para nuestra tarea de amarnos mutuamente. El amor experimentado y practicado por los cristianos tiene su origen en Dios, pertenece a Dios, viene de Dios. Si profundizamos en la expresión de san Juan, podemos concluir que todo lo que recibimos de Dios (es decir: ¡todo!) es amor, un amor que, para nosotros, asume diversas modalidades: bienes materiales, dones espirituales, etc. Todo lo recibimos de Dios y todo lo que recibimos de Dios es amor. El cristiano es aquella persona que ama porque debe regalar el amor que ya ha recibido gratuitamente de Dios.

Entre todos, tratamos de enumerar las cualidades que adornan a este amor divino que todo cristiano recibe y está llamado a transparentar con sus obras. En otras palabras: ¿cómo es el amor de Dios y, en consecuencia, cómo debe ser el amor cristiano?

Sabemos que hay otros tipos de amor: propio, familiar, paterno, filial, fraterno, patrio, romántico, erótico, filantrópico, sentimental, platónico… ¿En qué se parecen y diferencian cada uno de ellos de este amor divino del que habla la fe cristiana?

2. Dios ama primero

El segundo razonamiento es que Dios es el primero en amar, en amarnos (cf. v. 10 y 4,19). Y parece lógico: si el amor brota de Dios, el primero en amar debe ser él mismo. Nuestra vida cristiana no quedó inaugurada cuando empezamos a amar a Dios, sino mucho antes: con los dones de la vida y del bautismo recibidos gratuita y amorosamente de Dios. Más aún: Dios mismo nos manifestó su amor encarnándolo, pues envió a Jesús, su Hijo amado, a nuestro mundo para que pudiéramos atrevernos a imaginar cómo de infinito es su amor (Ef 3,18). Así pues, el amor fontal al que primeramente se refiere el texto bíblico no es nuestro amor a Dios, sino el amor que Dios nos ha mostrado al enviar a su Hijo y entregarlo a una muerte redentora.

La vida que todo ser disfruta es un don amoroso de Dios, especialmente la vida humana. ¿Con qué gestos concretos podríamos agradecer a Dios la grandeza de este regalo? ¿Qué actitudes se derivan del hecho de que cada vida es un obsequio de Dios?

El bautismo es, más aún que la vida biológica, don del amor de Dios, aunque a veces nos pueda parecer «poca cosa». ¿Cómo podríamos recuperar en nuestras comunidades, entre los bautizados, el aprecio por la gracia del bautismo que hemos recibido?

3. Dios es amor

Demostremos que somos lo que creemos.

SAN CIPRIANO (210-258)De mortalitate, XXIV

El tercer razonamiento –que es el cimiento de los dos anteriores– es que Dios es amor (v. 8). En efecto, Dios no solo es el origen del amor, no solo es el primero en amar. Es que él mismo es amor: su entraña, su naturaleza, su esencia más íntima es ser-amor. Esta es la definición cristiana de Dios, y también del amor. No es una definición abstracta: san Juan no escribe filosofía para tertulias, sino que contempla cómo actúa Dios en nuestro mundo, cómo se nos revela. De ahí que afirme que la profunda verdad del amor, de todo amor, solo la podremos conocer a partir de ese amor que es nuestro Dios.

Dios es amor no como una energía anónima y bonachona que llena de manera difusa el universo, sino como entrega total en sus tres divinas personas: el Padre se desprendió de su propio Hijo y lo envió en medio de nuestro mundo, un Hijo que se entregó a sí mismo por nosotros y que nos regaló su Espíritu como presencia divina perpetua y operante en nuestros corazones. Así pues, el amor –y el Dios-Trinidad en quien creemos– es donarse a sí mismo, es entregarse a sí mismo, es derramarse a sí mismo. En la cruz de Jesús tenemos la revelación suprema del amor, es decir, de Dios.

Aunque nos hemos acostumbrado al uso de la palabra «amor», la tradición cristiana reservó el término «caridad» (caritas, en latín) para referirse a este amor que es Dios, el amor manifestado en Jesús, el amor con el que los cristianos debemos amar. ¿Qué sentidos tiene hoy la palabra «caridad»? ¿Se distingue del concepto «amor»? ¿Crees que sería posible y adecuado potenciar el uso de caridad en el vocabulario cotidiano de la Iglesia: liturgia, homilías, mensajes, etc.?

Queridos: debemos amarnos unos a otros

El segundo párrafo de nuestro texto se centra en el amor fraterno, que debe ser siempre manifestación del amor que es Dios. En esta ocasión, el autor de la carta desarrolla dos finalidades fundamentales del mandamiento cristiano por excelencia.

En primer lugar, los discípulos de Jesús debemos amarnos «para que Dios permanezca en nosotros» (cf. v. 12). En otras palabras, esto es necesario para que nuestra fe sea real y se mantenga firme, pues la fe se alimenta y está activa mediante el amor (Gal 5,6). Los cristianos hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él: nadie se ha convertido en cristiano por seguir una ideología, sino por haber experimentado el amor de Dios en el encuentro con Jesucristo, encuentro que abre un nuevo horizonte a la vida y una orientación decisiva a la propia existencia.

En segundo lugar, los cristianos también hemos de amarnos para que nuestro testimonio acerca de la salvación de Dios realizada en Jesús sea creíble ante el mundo (v. 14). Por eso, el amor cristiano va más allá de la filantropía o la solidaridad: hemos de amar no solo cuando preveamos que la respuesta será amable y agradecida, sino también cuando sea menos simpática o incluso cuando no haya respuesta. Porque el motivo de nuestro amor no es sentirnos bien, sino responder al amor que nos ha regalado gratuitamente Dios. Cuando amamos, somos testigos del amor de Dios revelado en Jesús.

Leemos el segundo párrafo de nuestro texto (1 Jn 4,11-16). El autor emplea ahora seis veces el verbo «permanecer» (hay que sobreentenderlo en la última frase: y Dios [permanece] en él). Entre todos podemos señalar esos textos y explicar con nuestras propias palabras qué significan las distintas expresiones descubiertas.

Se añade ahora un nuevo «personaje»: el Espíritu. ¿Cómo incluirlo en la dinámica de la relación que ya hemos visto anteriormente entre Dios, Jesucristo y nosotros?

g MEDITACIÓN: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?