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Con motivo del «Año de la Fe y de la Nueva Evangelización», han surgido en el mundo católico numerosas iniciativas destinadas a profundizar en la fe que profesamos y a revitalizar la conciencia misionera. En esta línea, Editorial Verbo Divino se propuso ofrecer un servicio a las comunidades cristianas, manteniendo la opción por la divulgación bíblica, que viene caracterizando a algunas de sus colecciones. Así nació la colección «Leemos, Compartimos, Oramos», dirigida a favorecer la Lectura Creyente y Orante de la Escritura en clave de Lectio Divina. La primera publicación, Aumenta nuestra Fe, pretende invitar a reflexionar y ahondar sobre la fe que profesamos. El segundo libro, Rema mar adentro, que ahora presentamos, es consecuencia del anterior. Una vez retiradas las cenizas que cubren las brasas de nuestra fe, se impone pasar con decisión al anuncio expreso de la Buena Noticia de Jesucristo.
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Presentación
Bloque I: Nuevo ardor evangelizador
UNIDAD 1
• Texto bíblico: Jr 20,7-18
• Lectura creyente: Dios prende con su fuego el corazón humano
• Lectura orante: «Un fuego ardiente que no podía contener» (Jr 20,7-18)
UNIDAD 2
• Texto bíblico: Jn 3,1-10
• Lectura creyente: Encuentro con Cristo y nuevo nacimiento
• Lectura orante: «Debéis nacer de nuevo» (Jn 3,1-10)
UNIDAD 3
• Texto bíblico: Hch 22,1-21
• Lectura creyente: La luz del Resucitado y el celo evangelizador
• Lectura orante: «Vas a ser su testigo ante todos los hombres» (Hch 22,1-21)
UNIDAD 4
• Texto bíblico: Hch 2,1-13
• Lectura creyente: La comunidad guiada por el ardor del Espíritu
• Lectura orante: «El Espíritu Santo los inundó a todos» (Hch 2,1-13)
Bloque II: Nuevo método evangelizador
UNIDAD 5
• Texto bíblico: Is 44,6-20
• Lectura creyente: La denuncia de la idolatría
• Lectura orante: «No hay otro dios fuera de mí» (Is 44,6-20)
UNIDAD 6
• Texto bíblico: Jn 4,1-15.28-30.39-42
• Lectura creyente: Evangelizar mediante el propio testimonio
• Lectura orante: «Creyeron en Jesús por el testimonio de la samaritana» (Jn 4,1-15.28-30.39-42)
UNIDAD 7
• Texto bíblico: Hch 8,26-39
• Lectura creyente: Evangelizar con la Palabra de Dios
• Lectura orante: «Partiendo de este pasaje, le anunció la Buena Noticia de Jesús» (Hch 8,26-39)
UNIDAD 8
• Texto bíblico: Lc 10,1-12
• Lectura creyente: Jesús evangelizó «en equipo»
• Lectura orante: «¡Poneos en marcha!» (Lc 10,1-12)
Bloque III: Nueva expresión evangelizadora
UNIDAD 9
• Texto bíblico: Is 61,1-11
• Lectura creyente: Anunciar la Buena Noticia a los pobres
• Lectura orante: «Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres» (Is 61,1-11)
UNIDAD 10
• Texto bíblico: Hch 17,16-34
• Lectura creyente: Nueva Evangelización y diálogo cultural
• Lectura orante: «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,16-34)
UNIDAD 11
• Texto bíblico: Hch 11,19-30
• Lectura creyente: La Buena Noticia también llega a los alejados
• Lectura orante: «Enviaron a Bernabé a Antioquía» (Hch 11,19-30)
UNIDAD 12
• Texto bíblico: Hch 16,11-34
• Lectura creyente: La evangelización en las casas
• Lectura orante: «Venid a alojaros en mi casa» (Hch 16,11-15)
Celebración final: María, estrella de la Nueva Evangelización
• 1. María evangelizada
• 2. María evangelizadora
Créditos
Con motivo del «Año de la Fe y de la Nueva Evangelización», han surgido en el mundo católico numerosas iniciativas destinadas a profundizar en la fe que profesamos y a revitalizar la conciencia misionera. En esta línea, Editorial Verbo Divino se propuso ofrecer un servicio a las comunidades cristianas, manteniendo la opción por la divulgación bíblica, que viene caracterizando a algunas de sus colecciones.
Así nació la colección «Leemos, Compartimos, Oramos», dirigida a favorecer la Lectura Creyente y Orante de la Escritura en clave de Lectio Divina. La primera publicación, Aumenta nuestra Fe, pretende invitar a reflexionar y ahondar sobre la fe que profesamos. El segundo libro, Rema mar adentro, que ahora presentamos, es consecuencia del anterior. Una vez retiradas las cenizas que cubren las brasas de nuestra fe, se impone pasar con decisión al anuncio expreso de la Buena Noticia de Jesucristo.
El equipo de redacción de estos materiales, formado por teólogos y biblistas, hombres y mujeres, ha tomado como eje vertebrador la célebre frase de Juan Pablo II: «La Nueva Evangelización debe ser nueva en su ardor, nueva en su método, nueva en su expresión» (Discurso a la XIX Asamblea ordinaria del CELAM, 9 de marzo de 1983). En torno a esas tres dimensiones (ardor, método y expresión), se estructuran los doce temas que componen el libro:
En este primer bloque situamos el origen de toda evangelización: el encuentro con Jesucristo. Este encuentro despierta en la persona un nuevo ardor, fuente y motor de la evangelización. Está desarrollado en cuatro unidades, y tomamos para cada una de ellas un personaje que, por alguna razón, consideramos modélico.
Expresado sucintamente, lo exponemos en el siguiente cuadro:
1.- Dios deposita el ardor en el corazón del ser humano, que responde en medio de la crisis.
JeremíasJr 20,7-18
2.- Una forma de acoger ese ardor: poco a poco. Guiño hacia todos los que viven ocultamente su ardor.
NicodemoJn 3,1-10
3.- Otra forma de acoger ese ardor: tras el encuentro con el Resucitado, el celo por el Evangelio.
PabloHch 22,1-21
4.- El ardor evangelizador, que Dios pone en vida y que se manifiesta de diferentes maneras, es alentado por el Espíritu y vivido en comunidad.
Comunidad cristianaHch 2,1-12
En este bloque, recogemos algunos planteamientos evangelizadores que aparecen en la Escritura y que deben estar presentes en toda pastoral misionera. A las comunidades creyentes que reflexionen y oren sobre ellos les corresponde, en un movimiento actualizador, discernir cuáles son las estructuras caducas que ya no favorecen la transmisión de la fe y, manteniéndose en lo esencial, proponer creativamente otras nuevas.
5.- Evangelización mediante la denuncia de lo que no favorece la vida y la realización del ser humano.
El profeta anónimo del exilio Is 44,9-20
6.- Evangelización mediante el propio testimonio
SamaritanaJn 4
7.- Evangelización mediante la Palabra de Dios.
Felipe
Hch 8,26-39
8.- Evangelización «en equipo».
Comunidad enviadaLc 10,5-14
El ardor en el corazón del discípulo, que brota del encuentro con Jesucristo, además de ayudarle a encontrar métodos y caminos nuevos, le hará descubrir nuevos ambientes donde encarnar el Evangelio. La Escritura señala algunos de ellos donde debe echar raíces la Palabra.
9.- Anuncio a los «pobres», en «la frontera».
«El ungido del Señor»Is 61
10.- Evangelización de la cultura.
PabloHch 17,16-34
11.- Anuncio a los «alejados».
BernabéHch 11,19-30
12.- Evangelización en las casas.
LidiaHch 16,11-15
Para concluir nuestros encuentros, proponemos una celebración final, en la que invocamos la intercesión de María, bajo la advocación de «Estrella de la Nueva Evangelización».
Estos materiales están pensados para el trabajo en grupo, pero también son válidos para la reflexión personal. Son doce unidades más una Celebración final. Dado que cada unidad está pensada para dos sesiones, resulta un total de 25 reuniones de grupo, que son los encuentros que suelen tener lugar a lo largo del año en cualquiera de nuestras parroquias y grupos bíblicos.
Hemos denominado a la primera parte de la unidad «Lectura creyente». Lejos de ser un análisis meramente intelectual del texto bíblico, pretende descubrir el mensaje de fe que guarda, desde una actitud más orientada a «saborear» que a «indagar».
Esta sesión termina con un recuadro que lleva por título «Herramientas para profundizar». En él se ofrecen recursos para seguir ahondando en el tema desde otros lugares de la Escritura, desde las enseñanzas de la Iglesia, desde la pastoral, etc. El animador debe llevar preparado el recurso sobre el que profundizará el grupo, así como los materiales precisos para que pueda desarrollarse.
La Palabra, comprendida y saboreada en la sesión de Lectura creyente, es ahora meditada, orada y contemplada. Poco a poco, conformará en nosotros la mirada, los sentimientos y las actitudes de Cristo. Solo desde aquí brotará un compromiso auténtico y coherente con nuestra identidad cristiana.
Hemos tomado el itinerario clásico de la Lectio Divina, al que hemos añadido, según la sensibilidad actual, el paso del compromiso:
• Lectura: ¿Qué dice el texto?
• Meditación: ¿Qué dice de mí/nosotros el texto?
• Oración: ¿Qué le decimos a Dios a partir del texto?
• Contemplación (incluida en la Oración): Miro y me dejo mirar
• Compromiso: ¿Qué hace surgir en mí/nosotros el texto?
Este encuentro de Lectura orante, aunque se realice en grupo, tiene momentos de silencio y reflexión personal, tal y como está señalado en cada ficha. Como el objetivo es ayudar en el itinerario de oración, cada uno de los pasos (Lectura, Meditación, Oración) contiene numerosas sugerencias que, por otra parte, no se agotan en sí mismas. Evidentemente, no pueden contemplarse todas en una sola sesión: Será necesario que cada participante elija una para reflexionar y después la ponga en común en el grupo. El tiempo de silencio previo está orientado a dejar que la Palabra ponga al descubierto el elemento más apropiado para mí, aquí y ahora, y sobre el que cada uno va a detenerse y a compartir después con el grupo. El resto de las sugerencias, y otras no escritas que puedan presentarse, serán motivo de reflexión y oración en otros momentos.
Agradecemos las palabras de aliento que nos han llegado desde diferentes lugares e instituciones, animándonos a seguir publicando materiales de divulgación bíblica. Ojalá estos nos ayuden a avivar las brasas de la fe y a remar mar adentro, allí donde tantas personas esperan ser fortalecidas y vivificadas por la Buena Noticia del Evangelio.
Equipo Bíblico Verbo
7Me sedujiste, Señor, y quedé seducido;
me agarraste con fuerza y me sometiste.
Yo era objeto de mofa todo el día,
todo el mundo se burlaba de mí.
8Cuando hablo, tengo que gritar
anunciando violencia y destrucción;
la palabra del Señor me servía de insulto y burla todo el día.
9Me decía: «No me acordaré más de él,
no hablaré más en su nombre».
Pero algo ardía en mi corazón como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos,
que trataba inútilmente de apagar.
10Oía a muchos murmurar:
«Este es Terror-En-Derredor,
denunciadlo, vamos a denunciarlo».
La gente que me era más cercana andaba acechando mi traspié:
«Tal vez, seducido, lo sometamos
y podamos vengarnos de él».
11Pero el Señor está conmigo como poderoso defensor;
por eso tropiezan al perseguirme
y son incapaces de someterme.
Quedan decepcionados al fracasar,
nunca se olvidará su eterno deshonor.
12Señor, que examinas al honrado,
que ves sentimientos y pensamientos,
¡que yo vea que te vengas de ellos,
ya que a ti he encomendado mi causa!
13¡Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libró la vida del pobre del poder de los malvados!
14¡Maldito el día en que nací;
no sea bendito el día en que me dio a luz mi madre!
15¡Maldito el que felicitó a mi padre diciendo:
«Te ha nacido un hijo varón», dándole así una alegría!
16¡Sea ese hombre como las ciudades
que el Señor destruyó sin compasión!
¡Que oiga alaridos por la mañana
y toque de alarma a mediodía!
17¡Por qué no me mataría en el vientre!
Mi madre habría sido mi tumba,
con su vientre preñado para siempre.
18¿Para qué salí del vientre?
¿Para pasar penas y problemas
y consumir mis días deshonrado?
Dios prende con su fuego el corazón humano
La vida nos enseña que la seducción es una de las experiencias más bonitas o una de las más dolorosas. De los labios puede brotar la expresión «me sedujo» sintiendo pasión encendida en el corazón o teniendo clavado un amargo puñal. Por norma general, la seducción nos sitúa en el campo del amor, pero también la podemos considerar como una estrategia de engaño. El que seduce busca cautivar a una persona, movido por amor o por maldad. El seducido se siente buscado, cortejado y, en cierta medida, invadido. Puede, incluso, experimentar un matiz de «violencia», de fuerza que atrapa y supera, hasta el punto de no poder librarse de ella. En esta lucha, uno u otro, pueden salir vencedores o rendirse y «tirar la toalla».
Esta familiar expresión «tirar la toalla» proviene del mundo del boxeo, cuando el entrenador, movido por la aplastante superioridad del rival, decide dar por perdido el combate de su pupilo, renunciar a continuar la lucha y abandonar. Esta dura decisión la manifiesta tirando la toalla al cuadrilátero otorgando la victoria al contrincante y retirando a su boxeador, ya rendido. Como en el boxeo, también en la vida se presentan combates que pueden llevar a una situación límite parecida.
Reflexionemos sobre estas realidades y compartamos con el grupo: ¿He tenido experiencia de sentirme seducido por amor?, ¿y por engaño?, ¿y momentos límite de querer tirar la toalla y decir «basta»? ¿Qué me ha sostenido?
Los profetas reciben, en una experiencia profunda, la llamada del Señor para ser mensajeros de su Palabra ante el pueblo y las demás naciones. Esta misión acarrea, en muchas ocasiones, dificultades y persecuciones. De algunos, como Jeremías, nos ha llegado el relato de su vocación: Jr 1; Is 6; Ez 1-3.
La acción evangelizadora nace de una experiencia de seducción. Pero la frustración y el fracaso, como en la situación actual de increencia, secularismo e invasión de sectas, pueden impulsar a «tirar la toalla». De ahí la necesidad de recuperar la experiencia del amor original como clave que promueva una Nueva Evangelización. El papa Juan Pablo II, en un mensaje que ha quedado como referencia universal de la Nueva Evangelización, afirmó que esta debía caracterizarse en primer lugar por ser nueva en su ardor. En esta unidad vamos a descubrir de dónde viene ese ardor, cuál es su origen, quién lo suscita. Para ello acudimos al apasionado testimonio de Jeremías, un profeta que nació hacia el año 650 a.C. y que experimentó cómo la Palabra de Dios encendida en sus entrañas pugnaba por salir, venciendo toda debilidad humana.
Leamos el texto de Jr 20,7-18. ¿Qué situación refleja el profeta? ¿Qué sentimientos manifiesta?
Jeremías fue llamado por el Señor, a muy corta edad, para ser su profeta (Jr 1,5). No le tocaron tiempos buenos. El pueblo de Israel afrontaba entonces una época muy oscura, que lo llevaría a la tragedia del destierro. La impiedad de los reyes, manipulados por los grandes poderes, las injusticias, el culto vacío y la idolatría, pervertían la identidad del pueblo de la Alianza. Jeremías tenía la misión de denunciar tales infidelidades y corrupciones. Su denuncia provocó un duro enfrentamiento, hasta el punto de ser encarcelado, condenado, perseguido, maltratado... Esta cruda realidad le llevó al límite, al probar el dolor del fracaso, del obstinado rechazo del pueblo a su palabra, que era la de Dios. En estas situaciones de «crisis» es donde nacen sus «confesiones» (también llamadas, «lamentaciones»), composiciones literarias donde el profeta abre su corazón y expresa todos sus sentimientos. Nuestro texto es la última de ellas.
Volvamos a leer el texto. ¿Mantiene siempre Jeremías el mismo tono en sus palabras? Según el diferente tono, ¿en cuántas partes podemos dividir el texto?
El libro de Jeremías presenta cinco confesiones del profeta (Jr 11,18-12,6; 15,10-21; 17,14-18; 18,18-23; 20,7-18). Forman una serie en progresión, donde la angustia interior va creciendo en intensidad. Sin embargo, todas conllevan una renovación de la vocación del profeta.
Las palabras de Jeremías reflejan diferentes sentimientos, en ida y vuelta. Parte del lamento desesperado y la queja, pasa a la confianza plena, y vuelve de manera sorprendente a la amargura de la maldición. De este modo, el tono de sus palabras da al texto la forma de un tríptico. La primera (vv. 7-10) y la tercera tabla (vv. 14-18) tienen un tono pesimista, pero enmarcan una tabla central (vv. 11-13) caracterizada por el optimismo. Veamos cada uno de estos paneles.
Fijémonos en la primera tabla, leamos los vv. 7-10. ¿Qué experiencia narra el profeta? ¿A quién se dirige? ¿Qué ha decidido? ¿Cómo califica a la Palabra de Dios?
Jeremías presenta al Señor el balance de su ministerio profético. Sus primeras palabras parecen, a simple vista, una constatación de amor: «Me sedujiste, Señor, y quedé seducido». El profeta comienza por el momento inicial de su llamada. Pero sus siguientes afirmaciones revelan un desánimo. En efecto, el verbo hebreo «seducir» es ambivalente, aúna el doble sentido de la seducción por amor o por engaño (ej. Jue 14,15; Job 31,8; Prov 1,10). Si en su origen Jeremías experimenta amor irresistible, ahora, en la dificultad, se siente violentado, vencido, por una fuerza que lo lleva a la angustia. Se queja a Dios y le presenta el amargo fruto por anunciar la Palabra: burla y vergüenza continuas. Lo hace responsable de su desgracia. Esta situación lo condujo a la desesperación y a querer desentenderse de la misión adjudicada: «No me acordaré más de él, no hablaré más en su nombre». Decide cortar por lo sano la relación con el Señor y con su Palabra, que se le ha vuelto insoportable.
Pero algo se lo impide. Al abrir su intimidad, encuentra algo mucho más profundo, que lo supera y lo tiene aún más atrapado: un fuego ardiente que le ha prendido todo su ser, y no puede contener. Como este ardor es más fuerte, no se puede desprender de él, y continúa su labor. Pero el mundo exterior impone su resistencia. Sufre los insultos de la gente y sus sucias maquinaciones: también quieren seducirlo para acabar con él y así vengarse de las acusaciones que les hacía. Por dentro y por fuera se encuentra contra las cuerdas. Duro combate el de Jeremías.
Pasemos a leer la segunda tabla, vv. 11-13. ¿Qué tono tienen ahora sus palabras? ¿Cómo describe al Señor? ¿Cómo se describe a sí mismo?
El término «pobre» tiene resonancias bíblicas significativas, pues además de la pobreza material, social, implica una pobreza espiritual, teológica. Los «pobres de Yavé» son los que confían en el Señor como único fundamento de sus vidas. Sof 2,3; 3,12.
Como respuesta a su angustia, Jeremías entona una apasionada plegaria que engloba a la vez la confianza, la súplica y la alabanza. El profeta siente a Yavé de su parte, luchando como valiente guerrero. Con él ha vencido y sus enemigos quedarán impotentes, aniquilados y avergonzados. A este Dios Todopoderoso, juez justo, ha confiado su causa, y le pide ver la derrota de sus adversarios. La batalla que está librando sabe que no es una batalla suya, sino de Dios, y como mensajero de su Palabra confía en que Dios lo defenderá. En su momento actuará para hacer justicia frente a sus adversarios. Y el profeta pide poder ser partícipe, pues esa también es su propia victoria.
De su fe en la respuesta del Señor, brota una invitación a la alabanza. Jeremías se define como «pobre». En medio del rechazo, de las calamidades y las burlas incesantes, lo único que posee es su confianza en Dios. Él lo ha salvado y sabe que lo hará una y otra vez. Jeremías se abandona a la fidelidad de Dios. A aquel Dios, que cuando lo llamó y él le presentó su objeción –«no sé ni hablar, soy muy joven»–, le prometió su asistencia continua: «no les tengas miedo, yo estoy contigo» (1,6-8), y lo constituyó «en plaza fuerte, columna de hierro, muralla de bronce» (1,18).
Leamos la tercera tabla, vv. 14-18 ¿Qué maldice Jeremías? ¿A quién se dirige?
Después de la hermosa oración anterior, sorprende el giro brusco de Jeremías. Pasa de la plegaria más confiada a las palabras más duras que pueden salir de la boca de un judío, y de todo ser humano. Maldice el día de su nacimiento y a quien proclamó la buena nueva de su llegada al mundo. Reniega de la vida y de su misión. Le invade un deseo: no haber nacido y haberse quedado sepultado eternamente en el seno de su madre. El profeta termina con una pregunta que, en la lógica de sus maldiciones, implica una respuesta afirmativa: «¿Para qué salí del vientre, para pasar penas y problemas?».
Sus duras palabras no se dirigen a nadie. Habla consigo mismo, preguntándose por el sentido de su vida y de su misión profética. Siente el silencio más absoluto de Dios, y ni siquiera ya se queja a él. Solo le queda encontrar respuesta al aparente absurdo de su vida.
Jeremías concluye con una pregunta; pensemos en la respuesta. Si nos fijamos en el conjunto del texto, ¿cómo responde cada una de las tres partes a la pregunta? ¿Nos sugiere algo la estructura en tríptico para el mensaje final del texto?
Este final, ciertamente, desconcierta y deja encogido el corazón. Pero la imagen del tríptico nos puede ayudar a entender la composición del texto que es decisiva para su mensaje. Así como las dos tablas laterales de un tríptico se mueven y repliegan sobre la central, que contiene la escena principal, así también los extremos del texto encuentran el sentido de su lectura unidos a la tabla fija central. Desde la oración de confianza, súplica y alabanza se ilumina la experiencia de crisis y sin sentido. Esta luz ya la anticipa la imagen del fuego del primer panel.
La composición del texto es un símbolo de la vida de Jeremías. Externamente, Jeremías ve solo tragedia y doloroso fracaso. Pero en su centro, en su «corazón» hay algo que lo sostiene. Es verdad que su vida, de principio a fin, está plagada de combates que lo llevan al límite de sus fuerzas. Pero hay en ella una fuerza más profunda: el fuego que lo tiene prendido totalmente y que no puede apagar. Es el fuego del amor de Dios, de su Palabra, que comenzó a prender desde el momento que Dios lo llamó y envió. Una Palabra que Dios puso en su boca (1,7) y que Jeremías, como afirma en otra confesión, la devora, convirtiéndose en su alegría (15,16). Aquí reside el triunfo de su misión.
Volvamos a este momento del amor primero; leamos Jr 1,4-5. ¿Qué respuesta da este pasaje a la pregunta de Jeremías?
El profeta puede verse acorralado por los enemigos y llegar a maldecir el momento de su nacimiento. Puede desear haberse quedado perennemente en el sepulcro del vientre de su madre. Pero es ahí precisamente cuando «toca fondo». En ese estado, al borde de «tirar la toalla», resuena con fuerza la primera llamada, el tiempo del primer amor, de la primera seducción, cuando Dios le hizo saber: «Antes de formarte en el vientre te conocí [amé], antes de que salieras de las entrañas maternas te consagré» (1,5). Dios está mucho antes de donde se detiene Jeremías. Él lo ama, lo guía y protege desde antes de llegar al seno materno.
El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar: «El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (GS 19,1).
Catecismo de la Iglesia Católica, nº 27
Fue esta experiencia de Dios y del ardor de su presencia, encerrado en sus huesos, lo que hizo que Jeremías renovara su vocación y no tirara la toalla, sino que consumara su misión en medio de terribles dificultades. Dios ganó su combate seductor y el profeta, seducido, sin nada ya que perder, siguió dejando salir este fuego de su Palabra. No ha sido seducido por engaño sino por amor. Cuando la crisis le hace dudar, Jeremías vuelve al punto de partida, al vientre de su madre, y allí vuelve a comenzar todo. Ya tiene una respuesta, salió del seno materno, «seducido por amor», para ser profeta. La experiencia de Jeremías hemos de hacerla nuestra. El continuo y aparente fracaso de la misión evangelizadora nos hace lamentarnos ante Dios, que nos enroló en ella. Pero, en ese instante en que vaciamos el corazón, descubrimos la auténtica verdad: el fuego ardiente de su Amor que seduce y no se puede contener.
Semejantes experiencias de crisis y confianza final aparecen en otros personajes como Job o Habacuc. Ellos también se quejan a Dios y encuentran una respuesta que les sumerge en el irresistible misterio divino que refuerza su fe.
Leamos Job 3; 38-42; Hab 1-3 y comparemos con Jr 20. ¿Qué semejanzas y diferencias encontramos? ¿Qué relación existe entre Dios y el personaje en cada uno de ellos?
La Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II alude a la realidad de la persecución de Cristo y de la Iglesia como camino de redención y evangelización.
Leamos el nº 8 («La Iglesia, visible y espiritual a un tiempo») y comentémoslo a partir de lo reflexionado en esta unidad.
Sobre el silencio elocuente de Dios en el dolor y en la cruz son muy sugerentes las palabras de Benedicto XVI en la Exhortación postsinodal Verbum Domini (nº 12 y 21).
«Un fuego ardiente que no podía contener» (Jr 20,7-18)
Nos preparamos para acoger la Palabra de Dios en nuestra vida.
Transfórmame, Señor, con tu Espíritu.
Ilumíname, Señor, con tu Espíritu.
Ilumíname y transfórmame, Señor.
Y déjame sentir
el fuego de tu amor
aquí en mi corazón, Señor. (bis)
Fortaléceme, Señor, con tu Espíritu.
Consuélame, Señor, con tu Espíritu.
Fortaléceme, Señor, con tu Espíritu.
Fortaléceme y consuélame, Señor.
Tras la proclamación comunitaria del pasaje, volvemos a leerlo de forma personal, introduciéndonos en la escena. Me dejo atrapar por la experiencia de Jeremías; lo acompaño en la manifestación de sus diferentes sentimientos, y trato de comprender qué los motiva:
• Constato en primer lugar el lenguaje de amor con el que empieza su declaración. Me adentro en esta experiencia del primer amor, cuando Dios lo llamó para ser su profeta. Me percato de la fuerza del lenguaje que habla de seducción, de dejarse seducir, de sentirse vencido, desbordado.
• Las dificultades de la misión hacen que el profeta presente la seducción del primer amor como fuerza que le lleva a sufrir. Me sitúo ante los enemigos, ante sus familiares, ante su pueblo que rechaza su palabra. Recreo en mi mente las burlas, los insultos y calumnias, las duras palabras, las maquinaciones de los que le acosan.
• Descubro la angustia de Jeremías, su lucha interior. Por un lado, los enemigos que lo cercan y buscan su caída. Por otro, la fuerza de la llamada de Dios para que proclame su Palabra. Fijo la mirada en el ardor de su corazón, el fuego de la Palabra de Dios, que abrasa todo su ser y que no puede contener. Se siente vencido por Dios a pesar de que su misión lo expone al fracaso y al desprecio.
• Me percato del cambio de sentimientos de Jeremías al proclamar su oración de confianza al Señor. Me cautiva su confesión de fe, cómo define a Dios como guerrero y fortaleza que lo sostiene en su batalla contra los adversarios que terminarán derrotados. Se siente pobre, pequeño, pero confía plenamente en el Dios que lo llamó a ser su profeta y le prometió su asistencia.
• Finalmente, de nuevo me sorprenden las duras maldiciones que salen de los labios de Jeremías. ¡Qué lucha interior la de una persona para llegar a pronunciar tales palabras! Jeremías añora no haber nacido. Constato la amargura de la pregunta final del profeta.
• Esta pregunta solo puede encontrar una salida positiva: volver al corazón del profeta donde reside el fuego del amor de Dios y regresar al corazón del texto, a la plegaria confiada de Jeremías. Aquí está el sentido de su vida y misión: salió del vientre, seducido por amor, para ser profeta.
Después de un breve silencio reflexivo para recorrer toda la escena y lo que en ella sucede, compartimos en el grupo el momento del pasaje, la imagen, frase o palabra que más haya llegado al corazón de cada uno de los miembros del grupo.
La profunda experiencia de Jeremías remite a la propia experiencia de fe de los hombres y mujeres de hoy. Necesitamos reavivar el fuego del amor de la llamada de Dios. Dejemos que la Palabra interpele nuestra vida.
Si Jeremías viniera hoy a nuestro grupo…
• Nos explicaría su experiencia de amor, el sentirse seducido por la Palabra, y nos preguntaría si hemos tenido una experiencia del amor de Dios semejante.
¿He sido seducido por el Señor? ¿Recuerdo su primera llamada?, ¿y mi respuesta?
• Hablaría de las dificultades que encontró en el desarrollo de su misión, las duras persecuciones, que le llevaron a la crisis. Querría saber nuestra experiencia.
¿Cuáles son los obstáculos para mi misión? ¿Experimento el rechazo de mi gente o de otras personas hacia mi fe y mis valores? ¿Me lleva este rechazo a desistir de dar testimonio cristiano?
• Relataría su experiencia más amarga. Nos hablaría de ese momento crudo y difícil de llegar a maldecir el día de su nacimiento. Le gustaría saber si hemos pasado trances semejantes, si hemos «tocado fondo».
¿Alguna vez me he sentido tan angustiado como para desear no haber nacido? ¿Me detengo a preguntarme sobre el sentido de mi vida, de mi testimonio cristiano?
• El profeta trataría de explicarnos lo inexplicable. El fuego que ardía en su corazón. Nos hablaría de su confianza plena en el Señor que lo mantenía a flote, que lo sostenía en el duro combate. Nos hablaría de cómo supera la crisis apoyado en Dios a quien alaba y suplica. Le gustaría mirar qué hay dentro de nuestro corazón y cómo es nuestra oración.
¿Cuál es mi relación con la Palabra de Dios? ¿Experimento el fuego del amor de Dios al leerla, meditarla y orar con ella? ¿Acudo a Dios en la dificultad? ¿De qué manera?
Después de unos momentos de silencio para la meditación personal, elijo una de las reflexiones, en la que me haya detenido, y la comparto con el grupo.
En el pasaje leído y meditado hemos descubierto que el profeta vuelca en el Señor todos sus sentimientos y le presenta una plegaria de alabanza, súplica y confianza. Guiados por el fuego del amor de Dios, dirijámonos a él con esta misma confianza.
• En presencia del Señor recordamos su llamada, le agradecemos el que nos seduzca con su Palabra, con su fuerza irresistible. Le ofrecemos toda nuestra vida para ser también portadores de esta Palabra allí donde él nos envíe.
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