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Después de que un grupo de alumnos vuele por los aires el laboratorio de ciencias, de forma accidental, la profesora Fernanda decide darles una lección para demostrarles lo importantes que son la física y la química. Les hará beber un extraño líquido y les dejará un mensaje: tendrán que seguir una serie de pistas para encontrar el antídoto, pero deberán hacerlo antes de las dos de la tarde, o algo terrible ocurrirá. Jorge, Petra y Max recorrerán toda la ciudad buscando y resolviendo los acertijos para salvar su vida, y es que ya sabían ellos que el accidente terminaría pasándoles factura, aunque jamás pensaron que de forma tan dramática.
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Seitenzahl: 116
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Jordi Sierra i Fabra
El asesinato de la profesora de ciencias
Ilustración: Pablo Núñez
Querido Lector
Capítulo H
Capítulo He
Capítulo Li
Capítulo Be
Capítulo B
Capítulo C
Capítulo N
Capítulo O
Capítulo F
Capítulo Ne
Capítulo Na
Capítulo Mg
Capítulo Al
Capítulo Si
Capítulo P
Capítulo S
Capítulo Cl
Capítulo Ar
Tabla periódica
Créditos
Comencé a «matar» profesores hace ya años. Matemáticas, Lengua, Música... No podían faltar en esta serie de crímenes «académicos» las ciencias. Cuando yo estudiaba eran dos asignaturas diferentes que se hacían en dos cursos, quinto y sexto de bachillerato.
Y fue en química donde, a fin de cuentas, conseguí mi única matrícula de honor.
La historia tiene su miga. La profesora era una señora muy guapa. Al empezar el curso, leyó la lista de alumnos y dijo: «Tal y tal, aprobaréis sin problemas, y si os esforzáis, sacaréis nota. Tal y tal, lo tenéis más difícil, pero depende de vosotros. Y por último, tal, tal y... Sierra, vais a suspender, porque esto no es lo vuestro».
¡Me dijo al empezar el curso que iba a suspender!
Yo me levanté y, muy serio, le dije que no solo iba a aprobar, sino que tendría que ponerme matrícula, a lo cual ella puso cara de no creérselo ni loca, y ahí quedó la cosa.
Pasé tooodo el curso estudiando como un loco. Una auténtica pasada. Y en junio saqué el 10, lo cual me dio derecho a un examen personal para matrícula que aún tengo en la memoria: todo fueron fórmulas de jabones. Pero lo conseguí.
Este libro está escrito en honor de aquella señora a la cual derroté.
Volar el laboratorio de ciencias fue accidental. Todos sabían que mezclar potingues podía producir una explosión. Todos. La profesora Fernanda la primera. De hecho se lo había dicho el primer día de clase:
—Cuidado, en la vulgar vida cotidiana que creéis que es la real, un líquido de color amarillo es una limonada y uno de color naranja una naranjada, pero en el universo de la física y la química no es así. Se mezclan dos líquidos en apariencia inofensivos y ya la hemos liado: ¡Bum!
Fue muy gráfica al decirlo. Unió los dedos de las dos manos hacia arriba y los abrió fingiendo una explosión.
Desde ese momento, las clases prácticas de ciencias fueron especiales. Unos se divertían viendo lo que pasaba al jugar con los elementos y mezclar cosas, otros investigaban movidos por la curiosidad. Pero los más, en el fondo, esperaban algo como lo que al final sucedió. El ¡bum!
Jorge y sus dos socios, Petra y Max, eran los candidatos a liarla. Siempre juntos, siempre con la cabeza en las nubes, siempre dispuestos a soltar unas risas y pasarlo bien, en el fondo estaban seguros de que las ciencias no servían para nada. El mundo ya estaba hecho, y lo que le pasara al universo, dentro de uno o diez millones de años, era lo de menos. Del Big Bang al Big Down había muuucho tiempo de por medio. La profesora Fernanda se desesperaba ante su falta de entusiasmo y su total pasotismo por las maravillas de lo que, ella, consideraba como la base de todo. Por supuesto hasta de la misma vida.
—¡Las ciencias, la física, la química, eso es lo más esencial de la vida! —repetía—. ¡Todo son ciencias! ¡Todo es física y química! ¡No hay nada más importante!
Jorge la provocaba astutamente.
—Oiga, pues el profesor de matemáticas dice lo mismo.
—¿Matemáticas? ¡Ja! ¿Qué queréis que os diga el cabeza cuadrada de don Críspulo? ¿Matemáticas? —repetía la palabra como quien pronuncia el nombre de una enfermedad contagiosa—. ¡Las matemáticas fueron después, para interpretar con números todo lo que la física y la química habían creado! ¡Estamos hechos de física y química! ¿Cómo creéis que nos enamoramos?
Leonor, la romántica de la clase, había puesto ojos de ensueño.
—Pues nos enamoramos cuando vemos a alguien que nos gusta, y cuando su voz nos estremece, y cuando ya no comemos ni dormimos, y cuando en su mirada descubrimos ese dolor de estómago que te quita la respiración y…
—¡Tonterías! ¡Nos enamoramos porque las feromonas se disparan de golpe, interactúan y provocan una reacción con las de la otra persona!
—¿Las fero… qué? —preguntó Blas.
—¡Las feromonas, cabezas de chorlito! ¡Los cinco sentidos unidos en un fin común, disparando una reacción física gracias a la química interna de cada uno! Mirad, os pondré un ejemplo: un chico entra en una discoteca y en la barra hay diecisiete chicas distintas. Así, de buenas a primeras, él se fija en la segunda de la derecha, que es la más alta, la más guapa, la que tiene más de todo, cabello, ojos, cuerpo… Pero, de pronto, ¡zas!, se siente atraído por la tercera de la izquierda, que ni es la más alta, ni la más guapa ni tiene tanto como la otra. Una le entra por los ojos, pero la otra le entra por los sentidos. Y lo quiera o no, se acercará a la segunda.
—¿Y si ella no tiene las feromonas esas en sintonía? —insistió Rodrigo.
—¿Y si mañana es viernes en lugar de miércoles? —se había enfadado la profesora.
—Pero eso es muy poco romántico —se desesperó Leonor.
—¡Al contrario, es romántico a tope, al máximo! ¡Una fuerza telúrica nos estalla en todo el cuerpo, nos sacude la mente, y es imparable, no hay nada que hacer, nadie puede resistírsele! ¡Si no fuera por las feromonas, no nos enamoraríamos, seríamos zombis sin alma! ¡No puede ser más romántico!
Eso había sido la discusión sobre el amor.
Pero había más.
De hecho salían a discusión diaria, porque la provocaban de lo lindo. Jorge el primero.
Le encantaba.
—Profesora, ¿se llama ácido sulfúrico porque se sulfura mucho? —decía un día.
—Profesora, un kilo de hierro y un kilo de plumas caerán igual, pero no me diga que si te da en la cabeza el de hierro es lo mismo que si te da el de plumas —soltaba el otro.
Y así, día a día.
Por eso no tuvo nada, pero nada de extraño, que Jorge volara el laboratorio.
Accidentalmente, claro.
Si hubiera estado atento a la clase. Si hubiera oído lo de las «precauciones» al manipular aquellos dos potingues. Si hubiera tenido un mínimo de cabeza. Si hubiera mostrado un poco de sentido común. Si…
Demasiados «síes».
—Vuelvo en seguida —había dicho la profesora.
Jorge cogió el líquido azul.
Maquinalmente, casi sin darse cuenta, como quien hace circulitos con el boli o pinta flores mientras escucha a un profesor, lo vertió sobre el rojo.
Empezó a salir humo.
Petra y Max fueron los primeros en darse cuenta.
—¿Qué haces? —dijo ella.
—A ver si la lías —dijo él.
Pero ya estaba liada.
El líquido resultante ya no era ni azul ni rojo, sino más bien… verdoso. Algo la mar de raro. Verdoso tirando primero a violeta, luego a marrón y finalmente a negro.
Negro negrísimo.
—Ay, ay, ay. —Se apartó Max.
—Esto no me gusta nada. —Tragó saliva Petra.
Los demás de la clase se dieron cuenta de que algo sucedía, porque el humo empezó a hacerse notar. El líquido de la probeta, además, se puso a soltar burbujitas, a hervir sin fuego.
Y llegó la guinda.
Jorge le echó una jarra de agua.
En lugar de «apaciguar» la reacción, lo que hizo fue…
En fin, tuvieron el tiempo justo de salir de allí, todos, los quince, a escape.
La profesora Fernanda oyó la explosión desde el cuarto de baño.
El resto del colegio se vio sacudido por el impacto.
Muchos se cayeron de sus asientos. Otros se sujetaron a las paredes pensando que era un terremoto.
Cuando llegaron al laboratorio, se encontraron con quince chicos y chicas en el pasillo, un poco chamuscados, ridículamente tiznados y con unas terribles caras de asombro en las que los ojos parecían dos lagos blancos.
Más allá de la puerta… nada.
La señora directora se desmayó. El profesor de matemáticas, don Críspulo, se quedó tal cual. La profesora Fernanda cerró los puños y les miró.
De feromonas, en ese momento, pocas, por no decir ninguna.
Se adivinaba en su cara que lo que más quería era, sencillamente, matarles.
Sin necesidad de ciencia.
E
