Estudios Sobre el Amor - José Ortega y Gasset - E-Book

Estudios Sobre el Amor E-Book

Jose Ortega Y. Gasset

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Beschreibung

Meditaciones del Quijote, publicada en 1914, es la primera gran obra filosófica de José Ortega y Gasset y marca el inicio de su singular trayectoria intelectual. Concebido como un ensayo a la vez literario y filosófico, el libro utiliza el Don Quijote de Cervantes como punto de partida para explorar cuestiones fundamentales sobre la realidad, el arte y la condición humana. Ortega no ofrece una simple interpretación de la novela; la transforma en una meditación sobre cómo los individuos construyen sentido dentro de sus circunstancias y cómo la cultura emerge de la tensión entre imaginación y realidad. La obra comienza con la célebre afirmación de Ortega: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo". Esta frase resume su filosofía de la razón vital, que sostiene que la vida humana no puede comprenderse separadamente del mundo concreto en el que se desarrolla. A través de Don Quijote, Ortega examina la relación entre idealismo y realidad: las aventuras del caballero simbolizan la tendencia humana a imponer sueños e ideales sobre un mundo resistente. Sin embargo, en lugar de considerar ese idealismo una locura, Ortega lo interpreta como una expresión necesaria de la energía creadora de la vida: la voluntad de trascender la propia condición, aun permaneciendo atado a ella. En sus meditaciones, Ortega también reflexiona sobre la identidad cultural de España, viendo en Don Quijote un espejo del espíritu español: apasionado, idealista y profundamente introspectivo. Lamenta que España, con frecuencia, no haya logrado reconciliar su imaginación poética con las exigencias de la razón y del progreso. Así, Meditaciones del Quijote se convierte simultáneamente en un tratado filosófico y en un diagnóstico cultural: un llamado para que España —y, por extensión, la humanidad— redescubra el equilibrio entre vida, razón e imaginación. José Ortega y Gasset fue un filósofo y ensayista español, ampliamente reconocido como una de las figuras intelectuales más influyentes de la España del siglo XX. Su obra se caracteriza por una profunda reflexión sobre la cultura, la razón y la vida humana, proponiendo una filosofía vitalista que buscaba renovar el pensamiento europeo desde una perspectiva distintivamente hispánica. Ortega y Gasset desarrolló una filosofía centrada en el concepto de razón vital, un enfoque que concilia el pensamiento racional con las realidades concretas de la existencia humana. Rechazó tanto el idealismo como el materialismo, proponiendo en su lugar que "yo soy yo y mi circunstancia", una de sus frases más célebres, que expresa su visión del ser humano como inseparable de su entorno y de su momento histórico. Ortega fue también un gran renovador del pensamiento cultural y político español. Como profesor en la Universidad de Madrid y participante activo en la vida intelectual del país, se convirtió en una figura central del pensamiento liberal y europeísta. Su influencia traspasó las fronteras de España, alcanzando América Latina y destacados círculos intelectuales en toda Europa.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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José Ortega y Gasset

ESTUDIOS SOBRE EL AMOR

Sumario

INTRODUCCIÓN

ESTUDIOS SOBRE EL AMOR

Epílogo al Libro "De Francesca a Beatrice

Para una psicología del hombre interesante

Facciones del amor

Amor en Stendhal

La elección en amor

Para la historia del amor

Paisaje con una corza al fondo

La solución de Olmedo

Prólogo a "El collar de la paloma", de Ibn Hazm de Córdoba

INTRODUCCIÓN

José Ortega y Gasset

1883 – 1955

José Ortega y Gasset fue un filósofo y ensayista español, considerado una de las figuras más influyentes del pensamiento español del siglo XX. Su obra se caracteriza por una profunda reflexión sobre la cultura, la razón y la vida humana, proponiendo una filosofía vitalista que buscó renovar el pensamiento europeo desde una perspectiva hispánica.

Infancia y formación

Nació en Madrid, en el seno de una familia vinculada al periodismo y a la cultura. Estudió en la Universidad de Deusto y en la Universidad Central de Madrid, completando su formación en Alemania, donde fue influido por el neokantismo y por pensadores como Wilhelm Dilthey y Edmund Husserl. Su estancia en el ambiente intelectual alemán fue decisiva para el desarrollo de su pensamiento.

Filosofía y obra

Ortega y Gasset desarrolló una filosofía centrada en la idea de la razón vital, que concilia la racionalidad con la vida concreta del individuo. Rechazó tanto el idealismo como el materialismo, proponiendo que “yo soy yo y mi circunstancia”, una de sus frases más célebres, que expresa su visión del ser humano como inseparable de su entorno y de su tiempo histórico.

Entre sus obras más destacadas se encuentran Meditaciones del Quijote (1914), España invertebrada (1921) y La rebelión de las masas (1930). En esta última, Ortega analiza el surgimiento del “hombre-masa”, símbolo de una época en la que la mediocridad y la falta de valores espirituales amenazan con dominar la vida pública y cultural.

Influencia y legado

Ortega fue también un importante renovador del pensamiento político y cultural en España. Su labor como profesor en la Universidad de Madrid y su participación en la vida intelectual del país lo convirtieron en una referencia del pensamiento liberal y europeísta. Además, su influencia trascendió las fronteras españolas, llegando a América Latina y a los principales círculos intelectuales europeos.

José Ortega y Gasset murió en Madrid el 18 de octubre de 1955.

Su pensamiento, centrado en la afirmación de la vida, la cultura y la libertad individual, sigue siendo una fuente esencial para comprender la modernidad y los dilemas del hombre contemporáneo.

Sobre la obra

Estudios sobre el amor, de José Ortega y Gasset, es una reflexión filosófica que examina el fenómeno amoroso más allá de seu aspecto sentimental. Publicado en 1941, el libro reúne ensayos en los que Ortega analiza el amor como uma força que orienta a atenção, estrutura a personalidade e define a relação do indivíduo com o mundo. O amor, para ele, não é apenas emoção, mas um ato de visão: amamos quando vemos no outro um valor singular que nos atrai e nos faz projetar possibilidades de vida em comum.

A obra explora diferentes formas de amor —desde o enamoramento até a admiração e a amizade profunda—, destacando como cada uma revela modos específicos de perceber e interpretar a realidade. Ortega insiste em que amar é “preferir”, ou seja, estabelecer uma hierarquia íntima de valores que organiza nossa existência. Por isso, o amor não é cego: ele seleciona, distingue e ilumina aspectos da pessoa amada que para outros podem passar despercebidos. Assim, o filósofo mostra que o amor tem sempre uma dimensão intelectual, ainda que se manifeste como emoção intensa.

Outro ponto central do livro é a crítica às concepções românticas que absolutizam o amor ou o transformam em refúgio imaginário. Ortega afirma que o amor autêntico exige lucidez e responsabilidade, pois envolve dois sujeitos reais, com limites, história e liberdade própria. O amor maduro, portanto, não dissolve a individualidade, mas a integra numa convivência criativa em que ambos se enriquecem. Essa visão permite compreender o amor como uma tarefa, um processo que se constrói no tempo.

José Ortega y Gasset (1883-1955) foi um dos pensadores mais influentes do pensamento espanhol do século XX. Filósofo, ensaísta e professor, destacou-se por renovar a filosofia espanhola através de uma reflexão centrada na vida concreta, na cultura e nas circunstâncias históricas. Em Estudios sobre el amor, ele aplica essa perspectiva vitalista a um tema universal, combinando análise rigorosa com uma escrita elegante e acessível, que torna a obra uma das mais delicadas de sua produção ensaística.

ESTUDIOS SOBRE EL AMOR

Epílogo al Libro "De Francesca a Beatrice{1}

Señora:

La excursión ha sido deliciosa. Nos ha guiado usted maravillosamente por esta triple avenida de tercetos estremecidos poniendo aquí y allá, con leve gesto, un acento insinuante que daba como una nueva perspectiva al viejo espectáculo.

Claro que algunas veces nuestra mirada dejaba las figuras de Dante para atender a los gestos de usted, después de todo, lo mismo que hizo a menudo el poeta con su mejor guía.

¡Qué le vamos a hacer! Un apetito, tal vez inmoderado, de actualidad me hacía preferir al viejo espectáculo, genial pero exangüe, este otro nuevo que era la reflexión de aquél en usted. Ni creo que Dante redivivo hallase en ello ocasión para la censura. Era demasiado doctor en voluptuosidades para ignorar esta duplicada delicia que es, a veces, no mirar el mundo por derecho, sino oblicuamente, reflejado en las variaciones de un semblante. Cierta vez habla — ¡siete siglos, antes que Heredia! — de que ve espejada en una pupila la nave que desciende corriente abajo. (Par. XVII, 41-42.) ¿Grave confesión, no es cierto? Porque ella supone ineludiblemente la experiencia de inclinaciones muy próximas sobre ojos muy dóciles. Y nos complace sorprender a nuestra lírica hiena en tal dulce intimidad, geógrafo de ríos que fluyen por pupilas, piloto de naves que bogan niña adentro.

Este verso encierra un dato biográfico de una indiscreción ejemplar y es un documento auténtico en la hoja de servicios sentimentales prestados por el poeta. Como luego hablaremos de su táctica de distancia, bueno es que ahora subrayemos sus hazañas de proximidad. Fue un bravo en amor, a pesar de su timidez. ¡Se acercó a la brecha peligrosa! Porque un barco en la líquida ensenada de una pupila es cosa tan menuda que sólo se ve asomándose muy de cerca al mágico iris. Viene a ser, a la inversa, el caso referido por Plutarco.

Mientras los demás guerreros van al combate con grandes y llamativas empresas, pintadas en sus escudos, hay uno que lleva sólo representada una mosca, "¡Eres un cobarde! — le imputan los demás. — ¡Quieres pasar desapercibido y que tu empresa no haga acercarse al enemigo!" "Todo lo contrario — responde, sereno, el denostad. — Es que pienso acercarme yo tanto a él que, quiera o no, tendrá que ver la mosca."

Pero es claro que este detalle biográfico de orden tan íntimo, y, por lo mismo, bastante trivial, no nos sirve a los amigos de usted para justificar mediante el propio poeta el desliz de nuestra atención si al leer este libro ha ido hacia usted con más frecuencia y curiosidad que al poema venerable.

La justificación desciende recta sobre nosotros desde más altas esferas y se nutre del principio más dantesco de todos.

Es usted, señora, una ejemplar aparición de feminidad.

Convergen en torno a su persona con gracia irradiante las perfecciones más insólitas. ¿Cómo no ha de excitar nuestra curiosidad verla descender al cosmos alucinado de Dante, donde están todas las formas de la existencia humana? El viaje ultramundano que tantas veces hemos hecho, cobra de esta manera un nuevo dramatismo y se puebla de sugestivas peripecias. Porque es su corazón, señora, un nido de perfectos entusiasmos y rigorosos desdenes, ¡Qué placer seguirla y presenciar el vuelo de unos y otros sobre el paisaje, advertir dónde se detiene su cordialidad y dónde, en cambio, sesga, con pie ágil, como en deliberada fuga! Cada uno de sus movimientos tiene para nosotros un sentido normativo, porque en él se aventa el secreto de sus aprobaciones y repulsas.

¿Y no es esto — la mujer como norma — el gran descubrimiento de Dante? Es una pena que la influencia peculiar de la mujer en la historia sea un asunto intacto y de que la gente no sabe nada. Verdad es que tampoco se ha ensayado aún la historia del sentimiento masculino hacia la mujer. Se supone que, poco más o menos, fue siempre el mismo, cuando en realidad ha seguido una evolución lenta y accidentada, llena de invenciones y retrocesos.

Por lo pronto, fuera bueno hacer notar que la historia ha avanzado según un ritmo sexual. Hay épocas en que predominan los valores masculinos y otras en que imperan, los valores de feminidad. Para no hablar sino de nuestra civilización, recuerde usted que la primera Edad Media fue un tiempo varonil. La mujer no interviene en la vida pública. Los hombres se ocupan en la faena guerrera y, lejos de las damas, los compañeros de armas se solazan en bárbaras fiestas de bebida y canción. La segunda Edad Media, a mi paladar, la edad más atractiva del pasado europeo, se caracteriza precisamente por la ascensión sobre el horizonte histórico del astro femenino. Muy bien lo indica usted al cerrar su comentario aludiendo a las "cortes de amor". Aún no se ha situado en su debido rango histórico esta cultura de la "cortezia" que florece en el siglo XII y que es, a mi juicio, uno de los hechos decisivos en la civilización occidental.

De la "cortezia" salieron San Francisco y Dante, la corte papal de Avignon{2} y el Renacimiento, en pos del cual se apresura toda la cultura moderna. Y esta gigantesca cosecha procede íntegra de la audacia genial con que unas damas de Provenza afirmaron una nueva actitud ante la vida.

Frente al doble ascetismo, igualmente abstruso, del monje y el guerrero, estas mujeres sublimes se atreven a insinuar una disciplina de interior pulimento e intelectual agudeza.

Bajo su inspiración renace la suprema norma de Grecia, el metrón, la "medida". La primera Edad Media es como el varón, todo exceso. La lei de cortezia proclama el nuevo imperio de la "mesura", que es el elemento donde alienta la feminidad.

Como un óleo de espiritual suavidad se derrama este imperio de mesura, de comedimiento, hasta los lugares más remotos. Es conmovedor sorprender en tierra tan áspera como nuestro rudo Poema de Myo Cid versos con este vocabulario:

Fabló Myo Cid bien e tan mesurado.

Esta mesura llega a la bronca gesta castellana de las remotas cortes provenzales donde viven armoniosamente unas hembras civilizadoras. Parejamente, Carlota de Stein liberta a Goethe de su atroz teutonismo juvenil. Por eso suele llamarla la "domesticadora" y aconsejamos: "Si quieres saber lo que es debido en cada caso, ve a la tierra de las mujeres."

La mujer fue primero para el hombre una presa — un cuerpo que se puede arrebatar. A esta emoción venatoria sucede un sentimiento más delicado y de signo opuesto, que el griego no conoció bien. Lo que en la mujer puede ser botín y presa que se toma de arrancada no satisface un mayor refinamiento del hombre le hace desear que la presa lo sea por espontánea impulsión. El botín de su feminidad, en rigor, no se posee si no se gana. La presa se torna premio.

Y para alcanzarlo es preciso hacerse digno de él, adecuarse al ideal de hombre que en la mujer dormita. Por este curioso mecanismo se invierten los papeles: el eversor cae prisionero.

Si en la época del mero instinto sexual la actitud del varón es predatoria y se arroja sobre la belleza transeúnte, en esta etapa de entusiasmo espiritual se coloca, por el contrario, a distancia, se orienta desde lejos en el semblante femenino para sorprender en él la aprobación o el desdén. La cultura de la "cortezia" inicia esta nueva relación entre los sexos, merced a la cual la mujer se hace educadora del hombre. Dante representa su culminación. La Vita Nuova ha sido escrita trémulamente bajo la emoción de sentir el poeta que so el irreal cincel femenino se iba transformando en un hombre nuevo. Dante sólo aspira a la anuencia de Beatriz, a su aprobación. La vemos pasar siempre lejos, un poco amanerada y prerrafaelista. Al poeta sólo le preocupa si le saluda o no. Cuando Beatriz está displicente evita la salutación y Dante se estremece. "Mi salutò — dice la primera vez que la vio — virtuosamente tanto che mi parve allora vedere tutti i termini della beatitudine." Y otro día: "Conobbi ch’era la donna della salute, la quale m’avea lo giorno dinanzi degnato de salutare." Desde entonces vive Dante macilento, poseído sólo "per la speranza dell’ ammirabile salute".{3}

Con su saludo y su desdén, como con dos riendas invisibles, invisibles como los coluros astronómicos, rige la cauta doncella la brava mocedad del poeta. Claro que este poder tan mágico y casi incorpóreo sólo puede residir en la mujer que se ha refinado la que es gentil e non pura femmina, dice con plena conciencia Dante. Con ademán un poco excesivo de menospreciar la carne, insiste en que si habla de los ojos che sono principio di amore y de la boca "ch’è fine d’Amore se evite todo mal pensamiento, si levi ogni vizioso pensiero. Ricordisi chi legge, che di sopra è scritto che il saluto di questa donna, lo quale era operazione della sua bocca, fu fine de’miei desideri, mentre che io lo potei ricevere". Dicen que San Francisco pudo vivir una semana entera del canto de una cigarra. Dante de la boca y la pupila toma sólo la mística electricidad de la sonrisa que saluda. Esta sonrisa que va a aparecer tantas veces en la obra posterior de Dante, este disiato riso es la sonrisa gótica que perpetúan las oscuras vírgenes de piedra en los portales de las catedrales europeas.

Chè dentro agli occhi suoi ardeva un riso tal, ch’io pensai co’miei toccar lo fondo della mia grazia e del mio paradiso.

(Par. XV.)

[Ardía en sus ojos una tal sonrisa, que pensé con los míos llegar al fondo de mi beatitud y de mi paraíso.]

dice Dante hacia el fin de su obra vitalicia rizando el rizo de sus emociones primigenias cuando mancebo empezó la vida nueva.

El tema me apasiona, señora, y no acabaría nunca. Pero permítame usted que no desaproveche la ocasión para resumir mis pensamientos sobre la alta misión biológica que a la hembra humana atañe en la historia. Y ante todo, le ruego que no le disuene gravemente la aspereza de este vocablo — hembra humana — . Espero de su mesura que muy pronto me concederá usted licitud para su uso, reconociendo que me es imprescindible.

La verdadera misión histórica de la hembra humana aparece sin claridad por olvidarse que la mujer no es la esposa; ni es la madre, ni es la hermana, ni es la hija. Todas estas cosas son precipitadas que da la feminidad, formas que la mujer adopta cuando deja de serlo o todavía no lo es. Sin duda, quedaría el universo pavorosamente mutilado si de él se eliminasen esas maravillosas potencias de espiritualidad que son la esposa, la madre, la hermana y la hija — de tal modo venerables y exquisitas, que parece imposible hallar nada superior — . Mas es forzoso decir que con ellas no están completas las categorías de la feminidad y que ellas son inferiores y secundarias si se emparejan con lo que es la mujer cuando es mujer y nada más.

Cada una de esas advocaciones del ser femenino se diferencia de las restantes y se define por su oficio eficaz. Nadie ignora lo que es ser madre y esposa, hermana o hija. Pues bien, ese cuádruple oficio conmovedor no existiría si la hembra humana no fuese, además — y antes que todo eso — mujer.

¿Pero qué es la mujer cuando no es sino mujer?

Yo no podría responder a esta pregunta sin rectificar antes la tradicional noción de los ideales. Desde hace doscientos años, señora, se nos habla con abrumadora constancia del idealismo. Esta prédica de los ideales tan usada por filósofos y pedagogos — la afirmación de que la vida sólo vale puesta al servicio de los ideales — cualquiera que sea la porción de verdad que encierre, manifiesta una concepción errónea de lo que estos son y ha estorbado tanto en los últimos siglos que es urgente desvirtuarla. Se habla mucho del ideal de justicia, del ideal de verdad o de belleza, pero nadie se pregunta cómo tiene que ser algo para ser un ideal. No basta con encomiar patéticamente tal o cual norma para esclarecernos su operación de ideal. El de ayer ha dejado de serlo hoy para nosotros. La historia asiste al drama cien veces repetido de un ideal que germina, fructifica y fenece. ¿Cómo es esto posible, si no ha variado su contenido, su trascendencia objetiva? Evidentemente es un error considerar a los ideales sólo en sí mismos, aparte de su relación con nosotros. No basta que algo sea perfecto para que sea, en verdad, un ideal. El ideal es una función vital, un instrumento de la vida entre otros innumerables. Podrán la ética y la estética definir en cada momento qué figuras merecen funcionar como ideales, pero cuál sea el ministerio mismo del ideal sólo podemos aprenderlo de la biología.

Diríase que son las ideales cosas ajenas, sublimes, a la vida y que ésta cuando asciende a ellos sale de sí misma y se eleva sobre su modesta órbita natural. No comprenden los que favorecen tal equívoco el daño que hacen a su propio idealismo. Porque dejan suponer que la vida, por sí, pudiera funcionar sin intervención alguna de los ideales, de modo que estos serían la quinta rueda del carro y un añadido tan honroso como superfluo.

Yo creo, señora, que no hay nada de eso. La vida, toda vida, por lo menos toda vida humana, es imposible sin ideal, o, dicho de otra manera, el ideal es un órgano constituyente de la vida.

La nueva biología va mostrando que el organismo vivo no se compone sólo del cuerpo individual o, si se trata del hombre, de su cuerpo y su alma. Cuerpo y alma, el conjunto de nuestra persona, no son sino un conjunto de órganos materiales y espirituales; por consiguiente, un sistema de aparatos que funcionan. La vida consiste en un sistema de funciones corporales y psíquicas, de operaciones, de actividades. Estas actividades, inmediata o mediatamente, se dirigen al mundo en torno, desembocan en él. La pupila ve los objetos del paisaje y la mano avanza para apoderarse de ellos. Pero sería un error suponer que el mundo en tomo, lo que llamamos el medio, está ahí meramente para recibir nuestras actividades según se va ejecutando. Cada día se hace más patente que las actividades del organismo, incluso las más elementales, como la nutrición, no funcionan si no son excitadas. Para el ser vivo es, pues, la excitación o estímulo lo primordial. Todo lo demás depende de ella hasta el punto que podría decirse: vivir es ser excitado. Pues bien, el medio antes que otra cosa viene a ser el almacén de los estímulos, el arsenal de las excitaciones que operando incesantemente sobre nuestro organismo suscitan el dinámico torrente que es la vida. Cada especie y aun cada individuo posee su medio propio: la avispa con sus ojos de seis mil facetas ve otras cosas que nosotros, tiene un medio visual distinto y, por tanto, recibe diferentes excitaciones.

Esta sencilla observación nos indica que el medio no es algo externo al organismo biológico, sino que es un órgano de él, el órgano de la excitación. La vida así considerada se nos ofrece como un enérgico diálogo con el contorno en el cual nuestra persona es un interlocutor y otro el personaje que nos rodea. Y así como la presión atmosférica, la temperatura, la sequedad, el lux excitan, irritan nuestras actividades corporales, hay en el paisaje figuras corpóreas o imaginarias cuyo oficio consiste en disparar nuestras actividades espirituales que, a su vez, arrastran en pos el aparato corporal. Esos excitantes psíquicos son los ideales, ni más ni menos. Cese, pues, la vaga, untuosa, pseudomística plática de los ideales. Son estos, en resolución, cuanto atrae y excita nuestra vitalidad espiritual, son resortes biológicos, fulminantes para la explosión de energías. Sin ellos la vida no funciona. Nuestro contorno, que está poblado, no sólo de cosas reales, sino también de rostros extraterrenos y hasta imposibles, contiene un repertorio variadísimo de ellos. Los hay mínimos, humildes, que casi no nos confesamos; los hay gigantescos, de histórico tamaño, que ponen en tensión nuestra existencia entera y a veces la de todo un pueblo y toda una edad. Si el nombre de ideales quiere dejarse solo para estos mayúsculos no hay inconveniente con tal de recordar que lo que tienen de ideales no es lo que tienen de grandes, no es su trascendencia objetiva, sino lo que tienen de común con los más pequeños estímulos del vivir: encantar, atraer, irritar, disparar nuestras potencias. El ideal es un órgano de toda vida encargado de excitarla. Como los antiguos caballeros, la vida, señora, usa espuela. Por esto, la biología de cada ser debe analizar no sólo su cuerpo y su alma, sino también describir el inventario de sus ideales. A veces padecemos una vital decadencia que no procede de enfermedad en nuestro cuerpo ni en nuestra alma, sino de una mala higiene de ideales.

Con esto venimos a la siguiente conclusión: para que algo sea un ideal no basta que parezca digno de serlo por razones de ética, de gusto o conveniencia, sino que ha de tener, en efecto, ese don de encantar y atraer nuestros nervios, de encajar perfectamente en nuestra sensibilidad. De otra suerte será sólo un espectro de ideal, un ideal paralítico incapaz de tender la ballesta del ímpetu. De las dos caras que el ideal tiene, sólo se ha atendido hasta ahora la que da a lo absoluto y se ha olvidado la otra, la que da hacia el interior de la economía vital. Con la palabra más vulgar de "ilusiones" solemos expresar ese ministerio atractivo que es la esencia del ideal.

Ahora podría más a placer contestar a la pregunta anterior. El oficio de la mujer, cuando no es sino mujer, es ser el concreto ideal ("encanto", "ilusión") del varón. Nada más. Pero nada menos. Puede un hombre amar con insuperable fervor a la madre, esposa, hija o hermana sin que haya en su sentimiento la menor tonalidad de ilusión. Por el contrario, puede sentirse ilusionado, encantado, atraído, sin que experimente nada de eso que propiamente llamamos amor filial, paterno, conyugal o fraternal. Las mujeres, con su aguda intuición, distinguen perfectamente cuándo en las emociones que suscitan existe ese matiz de la ilusión y, en el secreto de su ánimo, sólo entonces se sienten halagadas y satisfechas. Decía José de Campos, un fino escritor español de fines del siglo XVIII, que "sólo una cosa puede llenar por completo el corazón del hombre, y es el corazón de la mujer".

De suerte que la mujer es mujer en la medida en que es encanto o ideal. Una madre perfecta será un ideal de madre, pero ser madre no es ser ideal. Las varias advocaciones de la hembra humana, son, pues, claramente distintas y llevan adscrito cada una un repertorio diferente de gracias y virtudes.

Cabe que la esposa, la madre, la hermana, la hija sean perfectas sin que posean perfecciones de mujer y viceversa. Por otra parte, se advierte que la encantadora misión de la mujer es el principio que hace posibles las restantes formas de feminidad. Si la mujer no encanta, no la elige el hombre para hacerla esposa que sea madre de hijas hermanas de sus hijos, Todo se origina en ese mágico poder de encantar. En los Mártires, de Chateaubriand, cuando el general romano vela melancólico en el baluarte bajo la vaga palpitación estelar, la druidesa que le ama, la gentil Veleda se presenta como un fantasma etéreo, con su larga crin rubia, la litúrgica hoz de oro entre los pechos y le dice: Sois — tu que je suis fée?

Pues bien, la mujer antes que poder ser cualquier otra cosa, ha de parecer al hombre, como Veleda, un hada, una mágica esencia. La ilusión podrá vivir un instante o no morir nunca: breve o perdurada es la ocasión de influencia máxima sobre el hombre que a la mujer se ofrece.

Es increíble que haya mentes lo bastante ciegas para admitir que pueda la mujer influir en la historia mediante el voto electoral y el grado de doctor universitario tanto como influye por esta su mágica potencia de ilusión. No existiendo dentro de la condición humana resorte biológico tan certero y eficaz como esa facultad de atraer que la mujer posee sobre el hombre, ha hecho de él la naturaleza el más poderoso artificio de selección y una fuerza sublime para modificar y perfeccionar la especie.

Es curioso que ya en los comienzos de la historia europea, allá en el primer canto de la Ilíada, aparece la mujer como galardón al que vence en los juegos o en la guerra. Al más diestro, al más bravo la más bella. De suerte que hallamos, desde luego, a los varones aspirando en concurrencia y certamen a conquistar la mujer. Posteriormente no es ésta sólo el premio que se otorga al mejor, sino que ella misma es encargada de juzgar quién vale más y preferir el excelente.

La vida social es un continuado concurso abierto entre los hombres para medir sus aptitudes con ánimo de ser preferidos por la mujer. Sobre todo en las épocas más fecundas y gloriosas — el siglo XIII, el Renacimiento, el siglo XVIII, las costumbres permitieron con peculiar intensidad que fuesen las mujeres, como Stendhal dice, juges des mérites. Pero se objetará que la mujer prefiere no al mejor, sino al que a ella le parece mejor, al individuo en que ve concretado su ideal del varón. En efecto, así es. El ideal, el diseño exaltado que del hombre tiene la mujer, actúa como un aparato de selección sobre la muchedumbre de los varones y destaca los que con él coinciden. He aquí precisamente la marcha de la historia, que es, de buena parte, la historia de los ideales masculinos inventados por la mujer. Así las damas de Provenza decidieron que el hombre debía ser prou e courtois. ¡Proeza y cortesía!! Crearon el ideal del "caballero" que, si bien decaído y malparado, sigue aun informando la sociedad europea.

En cada generación son preferidos los varones coincidentes con el ideal más generalizado entre las mozas de aquel tiempo: ellos crean los hogares más logrados y felices, donde se crían los mejores hijos que, influidos por las almas homogéneas de sus padres, transmiten a sucesivas generaciones un cierto modulo y gesto de humanidad.

Qué le hemos de hacer, señora; ¡la vida es así, sorprendente y llena de vías insospechadas! ¡Véase cómo lo más impalpable y fluido, el aéreo ensueño que sueñan las vírgenes en sus camarines imprime su huella en las centurias más hondamente que el acero de los capitanes! De lo que hoy tejen en su secreta fantasía, ensimismadas, las adolescentes, depende en buena parte el sesgo que tomará la historia dentro de un siglo. ¡Tiene razón Shakespeare! ¡Nuestra vida está hecha con la trama de nuestros sueños! Yo no quisiera, señora, tomar en esta ocurrencia posiciones ante el feminismo contemporáneo. Es posible que sus aspiraciones concretas me parezcan dignas de estima y fomento.

Pero sí me atreveré a decir que, aun acertado, es todo feminismo un movimiento superficial que deja intacta la gran cuestión: el modo específico de la influencia femenina en la historia. Una falta de previsión intelectual lleva a buscar la eficacia de la mujer en formas parecidas a las que son propias de la acción varonil. De esta manera, claro está, sólo hallaremos ausencias.

Se olvida que cada ser posee un género peculiar de causalidad y la mente alerta debe saber encontrarlo.

El genial dramaturgo Hebbel se preguntaba si es posible componer tragedias cuyo héroe sea femenino. Porque parece consistir el heroísmo en una superlativa actividad, apenas comportable con la normal condición de la mujer. Analizando el hecho de Judith, la viuda virgen, había hallado que si se aventuró hasta la tienda de Holofemes, fue por admiración, por entusiasmo hacia el audaz guerrero, y si luego segó su cabeza fue por acción automática de odio o resentimiento al sentirse mancillada y ofendida. Su hazaña, sólo mirada de lejos lo parece. En realidad, era un tejido compuesto de reacciones y debilidades. Para rectificar este ensayo, Hebbel modela su Genoveva de Brabante, que no hace sino sufrir, padecer, creando así el símbolo de un heroísmo negativo propiamente femenino, donde la actividad es, por esencia, pasividad y sufrimiento. Durch dulden tun; hacer al padecer.

Tal es su fórmula de la causalidad femenina.

La solución de Hebbel al problema por él sutilmente planteado me parece excesiva. Ciertamente que el destino de la mujer no es la actividad, pero entre esta y el sufrimiento hay una forma intermedia: el ser.

Todo hombre dueño de una sensibilidad bien templada ha experimentado a la vera de alguna mujer la impresión de hallarse delante de algo extraño y absolutamente superior a él. Aquella mujer, es cierto, sabe menos de ciencia que nosotros, tiene menos poder creador de arte, no suele ser capaz de regir un pueblo ni de ganar batallas, y, sin embargo, percibimos en su persona una superioridad sobre nosotros de índole más radical que cualquiera de las que pueden existir, por ejemplo, entre dos hombres de un mismo oficio. Y es que las excelencias varoniles — el talento científico o artístico, la destreza política y financiera, la heroicidad moral — son, en cierta manera, extrínsecas a la persona y, por decirlo así, instrumentales. El talento consiste en una aptitud para crear ciertos productos socialmente útiles — la ciencia, el arte, la riqueza, el orden público — . Mas lo que propiamente estimamos es estos productos, y sólo un reflejo del valor que les atribuimos se proyecta sobre las dotes necesarias para producirlos. No es el poeta, sino la poesía lo que nos interesa; no es el político, sino su política. Este carácter extrínseco de los talentos se hace patente por darse a menudo en el hombre al lado de los más graves defectos personales.

La excelencia varonil radica, pues, en un hacer; la de la mujer en un ser y en un estar; o con otras palabras: el hombre vale por lo que buce; la mujer, por lo que es.

Cuando menos, lo que al hombre atrae de ellas no son sus actos, sino su esencia. De aquí que la profunda intervención femenina en la historia no necesite consistir en actuaciones, en faenas, sino en la inmóvil, serena presencia de su personalidad. Como al presentarse la luz, sin que ella se lo proponga y realice ningún esfuerzo, simplemente porque es luz, quedan iluminados los objetos y cantan en sus flancos los colores, todo lo que hace la mujer lo hace sin hacerlo, simplemente estando, siendo, irradiando. Y es curioso advertir cómo este carácter, que da a todo movimiento femenino un aire más bien de emanación que de acto regido por finalidades externas, luce en cada uno de sus oficios peculiares.

¿Es, por ventura, trabajar lo que hace la madre al ocuparse de sus hijos, la solicitud de la esposa o la hermana? ¿Qué tienen todos esos afanes de increíble misterio, que les hace como irse borrando conforme son ejecutados, y no dejar en el aire acusada una línea de acción o faena? Pues esta fluidez del acto es eminente en el oficio titular de la mujer. La mujer, en efecto, parece no intervenir en nada; su influjo no tiene el aspecto violento o siquiera afanado propio a la intervención masculina. El hombre golpea con su brazo en la batalla, jadea por el planeta en arriesgadas exploraciones, coloca piedra sobre piedra en el monumento, escribe libros, azota el aire con discursos y hasta cuando no hace sino meditar, recoge los músculos sobre sí mismo en una quietud tan activa, que más parece la contracción preparatoria del brinco audaz. La mujer, en tanto, no hace nada, y si sus manos se mueven, es más bien en gesto que en acción. Sobre un sepulcro de la vetusta Roma republicana, donde descansó el cuerpo de una de aquellas matronas genitrices de la raza más fuerte, se leen junto al nombre estas palabras: domiseda lanifica; guardó su casa e hiló. Nada más. Nos parece ver la noble figura quieta en su umbral, con los largos dedos consulares enredados en el blanco vellocino.

La influencia de la mujer es poco visible precisamente porque es difusa y se halla dondequiera. No es turbulenta, como la del hombre, sino estática, como la de la atmósfera.

Hay evidentemente en la esencia femenina una índole atmosférica que opera lentamente, a la manera de un clima. Esto es lo que quisiera sugerir cuando afirmo que el hombre vale por lo que hace, y la mujer por lo que es.

Así se explica que la cultura y perfeccionamiento de la hembra humana lleve siempre trayectoria distinta de la del hombre: mientras el progreso del varón consiste principalmente en fabricar cosas cada vez mejores — ciencias, artes, leyes, técnicas — el progreso de la mujer consiste en hacerse a sí misma más perfecta, creando en sí un nuevo tipo de feminidad más delicado y más exigente.

¡Más exigente! A mi juicio, es esta la suprema misión de la mujer sobre la tierra: exigir, exigir la perfección del hombre.