Siempre tuya - Anna Zaires - E-Book

Siempre tuya E-Book

Anna Zaires

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Beschreibung

Tercer libro de la trilogía de romance oscuro Secuestrada, éxito de ventas por el New York Times y USA Today Captor y cautiva. Amantes. Almas gemelas. Somos todo eso y más. Pensábamos que lo peor ya había pasado. Creíamos que por fin teníamos una oportunidad. Estábamos equivocados. Somos Nora y Julian, y esta es nuestra historia. ***Siempre tuya es la conclusión de la trilogía Secuestrada, contada desde el punto de vista de Nora y Julian.***

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Siempre tuya

Tercer libro de la trilogía Secuestrada

Anna Zaires

Traducción de Scheherezade Surià

♠ Mozaika Publications ♠

Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, los lugares y los acontecimientos son producto de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia, y cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, establecimientos comerciales, eventos o sitios es pura coincidencia.

Copyright © 2018 Anna Zaires

https://www.annazaires.com/book-series/espanol

Reservados todos los derechos.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión sin la autorización previa y por escrito del titular del copyright.

Publicado por Mozaika Publications, de Mozaika LLC.

www.mozaikallc.com

Diseño de cuberta de Najla Qamber Designs

najlaqamberdesigns.com

e-ISBN: 978-1-63142-353-6

ISBN impreso: 978-1-63142-354-3

Índice

I. El Regreso

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

II. El Viaje

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

III. Las Consecuencias

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Epílogo

Sobre la autora

I

El Regreso

1

Julian

Un grito ahogado me despierta y me saca a la fuerza de un sueño inquieto. Abro de golpe el ojo ileso en un subidón de adrenalina y me incorporo para sentarme. El movimiento repentino hace que se resientan las costillas fracturadas. Con la escayola del brazo izquierdo golpeo el monitor cardíaco que está al lado de la cama y la punzada de dolor es tan intensa que la habitación da vueltas a mi alrededor en una espiral nauseabunda. Me late el pulso con fuerza y tardo un momento en comprender qué me ha despertado.

Nora.

Creo que tiene otra pesadilla.

Relajo un poco el cuerpo, que se había puesto en tensión, preparado para el combate. No hay ningún peligro, nadie nos persigue. Estoy tumbado junto a Nora en la lujosa cama del hospital, a salvo, con toda la seguridad que Lucas nos puede proporcionar en la clínica de Suiza.

El dolor en las costillas y el brazo ha mejorado y ahora lo tolero mejor. Me muevo con cuidado y coloco la mano derecha sobre el hombro de Nora para despertarla con cuidado. Me da la espalda, mirando en dirección contraria a mí, por lo que no puedo verle la cara para ver si está llorando. Sin embargo, tiene la piel fría y empapada de sudor. Debe de llevar un rato teniendo la pesadilla. Además, está tiritando.

—Despierta, pequeña —murmuro, acariciándole el delgado brazo. Veo la luz filtrarse por los agujeros de la persiana de la ventana y supongo que ya debe ser de día—. Es solo un sueño. Despierta, mi gatita…

Se pone tensa al tocarla, de modo que no está despierta del todo y la pesadilla aún la tiene presa. Respira de manera audible, con fuertes jadeos, y noto que los temblores le recorren el cuerpo. Me aflige su angustia, me hiere más que cualquier herida, y saber que soy el responsable de nuevo, que no he podido mantenerla a salvo, me quema las entrañas con una ira corrosiva.

Ira hacia mí y hacia Peter Sokolov, el hombre que permitió que Nora arriesgara su vida para rescatarme.

Antes de mi puñetero viaje a Tayikistán, Nora estaba recuperándose poco a poco de la muerte de Beth. Sus pesadillas se habían vuelto menos frecuentes con el paso de los meses. Ahora, sin embargo, han vuelto y Nora está peor que antes, a juzgar por el ataque de pánico que tuvo ayer mientras hacíamos el amor.

Quiero matar a Peter por esto y puede que lo haga si alguna vez se vuelve a cruzar en mi camino. El ruso me salvó la vida, pero puso en peligro la de Nora al mismo tiempo y eso no se lo perdonaré nunca. ¿Y su puta lista de nombres? Que se vaya olvidando. No pienso premiarlo por traicionarme así, por mucho que Nora se lo prometiese.

—Vamos, pequeña, despierta —le ruego de nuevo, apoyando el brazo derecho para tumbarme en la cama. Me duelen las costillas al hacer el movimiento, pero esta vez con menos fiereza. Con cuidado, me acerco a Nora y me ciño a su espalda—. Estás bien. Ya se ha acabado todo, lo prometo.

Suelta un hipido profundo y siento cómo se alivia su tensión al observar dónde está.

—¿Julian? —musita, mientras se gira para mirarme, y veo que ha estado llorando. Tiene las mejillas mojadas por las lágrimas.

—Sí. Estás a salvo. Todo va bien. —Extiendo la mano derecha y paso los dedos por su mandíbula, maravillado por la belleza frágil de su rostro. Mi mano parece enorme y vasta sobre su cara delicada; tengo las uñas hechas polvo y amoratadas por las agujas que usó Majid. El contraste entre nosotros es evidente, aunque Nora tampoco salió ilesa por completo. Un moratón en la parte izquierda de la cara desluce la pureza de su piel bronceada, allí donde los hijos de puta de Al-Quadar la golpearon y dejaron inconsciente.

Si no estuvieran muertos, los hubiera despedazado con mis propias manos por haberle hecho daño.

—¿Qué estabas soñando? —le pregunto con dulzura—. ¿Era Beth?

—No. —Niega con la cabeza y me doy cuenta de que su respiración está volviendo a la normalidad. Su voz, sin embargo, todavía mantiene los ecos del miedo cuando dice con gravedad—: Esta vez eras tú. Majid te estaba sacando los ojos y no podía pararlo.

Intento no reaccionar, pero es imposible. Sus palabras me lanzan de vuelta a aquella habitación fría y sin ventanas, a las emociones nauseabundas que he estado intentando olvidar estos últimos días. La cabeza comienza a palpitarme al recordar la angustia y la cuenca del ojo a medio curar me quema por su vacío una vez más. Noto que la sangre y otros fluidos me resbalan por la cara y se me revuelve el estómago ante tal recuerdo. El dolor e incluso la tortura no me son desconocidos (mi padre creía que su hijo debía ser capaz de aguantar cualquier cosa), pero perder el ojo había sido, con diferencia, la experiencia más atroz de mi vida.

Al menos, físicamente.

Sentimentalmente, la aparición de Nora en aquella habitación se lleva la palma.

Tengo que emplear toda mi fuerza de voluntad para volver al presente, lejos del terror de verla arrastrada por los hombres de Majid.

—Lo paraste, Nora. —Me mata admitirlo, pero de no haber sido por su valentía, casi seguro que ahora estaría descomponiéndome en algún contenedor en Tayikistán—. Viniste a por mí y me salvaste.

Aún me cuesta creer que lo hiciera, que, por voluntad propia, se pusiera en manos de unos terroristas psicóticos para salvarme la vida. No lo hizo con la convicción inocente de que no le harían daño. No, mi gatita sabía perfectamente de lo que eran capaces y, aun así, tuvo el valor de actuar.

Le debo la vida a la chica a la que secuestré y no sé muy bien cómo lidiar con ello.

—¿Por qué lo hiciste? —le pregunto, acariciándole el labio inferior con el pulgar. Muy en el fondo lo sé, pero quiero oírselo decir.

Me mira fijamente, con los ojos ensombrecidos por esa pesadilla.

—Porque no puedo vivir sin ti —dice despacio—. Ya lo sabes, Julian. Querías que te quisiera y lo hago. Te quiero tanto que hasta iría al mismísimo infierno por ti.

Saboreo sus palabras con codicia, con un placer descarado. Su amor nunca me parece suficiente. No me canso de ella. Al principio la quise por su parecido con María, pero mi amiga de la infancia nunca había provocado en mí ni una pequeña parte de los sentimientos que Nora suscita. El afecto que sentía por María era inocente y puro, como la propia María. Mi obsesión por Nora es por otra cosa.

—Escucha, mi gatita… —Mi mano abandona su cara para reposar en su hombro—. Necesito que me prometas que nunca volverás a hacer nada parecido. Me alegro de estar vivo, pero preferiría morir antes que verte en peligro. Nunca vuelvas a arriesgar tu vida por mí, ¿vale?

Asiente levemente, de manera casi imperceptible, y le veo un brillo rebelde en los ojos. No quiere que me enfade, por lo que no discrepa, pero tengo la sospecha de que va a hacer lo que crea conveniente sin importar lo que diga ahora. Esto, como es obvio, requiere más mano dura.

—Bien —digo con suavidad—, porque la próxima vez, si hay una próxima vez, mataré a todo aquel que te ayude a desobedecer mis órdenes y lo haré de manera lenta y dolorosa. ¿De acuerdo, Nora? Si alguien quisiera tocarte un pelo, ya sea para salvarme a mí o por cualquier otra razón, esa persona tendría una muerte muy desagradable. ¿Queda claro?

—Sí. —Ha empalidecido y aprieta los labios como si estuviera reprimiendo una protesta. Está enfadada conmigo, pero también asustada. No por ella, que ya ha superado ese miedo, sino por los otros. Mi gatita sabe que cumplo mi palabra.

Sabe que soy un asesino sin conciencia con una única debilidad: ella.

La cojo del hombro con más fuerza para inclinarme y le beso la boca sellada. Tensa los labios un momento, resistiéndose, pero según le paso la mano por el cuello y le acaricio la nuca, suspira y los relaja, dejándome entrar. La explosión de calor en mi cuerpo es fuerte e inmediata. Su sabor hace que la polla se me ponga dura de manera incontrolable.

—Eh… disculpe, señor Esguerra… —Una voz de mujer acompañada de un golpe tímido en la puerta hace que me dé cuenta de que las enfermeras están realizando su ronda matutina.

¡Joder! Me entran ganas de no hacerles caso, pero presiento que volverán dentro de un rato, seguramente cuando se la esté metiendo a Nora hasta el fondo.

De mala gana, la dejo, me giro sobre la espalda, conteniendo el aliento por el dolor, y veo cómo Nora salta de la cama y se pone una bata a toda prisa.

—¿Quieres que abra la puerta? —me pregunta, y yo asiento, resignado. Las enfermeras me tienen que cambiar los apósitos y asegurarse de que estoy lo suficientemente bien para viajar hoy y estoy dispuesto a colaborar con sus planes.

Cuanto antes terminen, antes podré salir de este puto hospital.

En cuanto Nora abre la puerta, dos enfermeras entran acompañadas de David Goldberg, un hombre bajo y calvo, mi doctor personal en la finca. Es un excelente cirujano de traumatología y lo he hecho venir para que me supervise los arreglos del rostro y para asegurarme de que los cirujanos plásticos no la caguen.

Si puedo evitarlo, no quiero ahuyentar a Nora con mis cicatrices.

—El avión ya está preparado —dice Goldberg mientras las enfermeras empiezan a desenrollar los vendajes de la cabeza—. Si no hay signos de infección, podremos irnos a casa.

—Excelente —me quedo tumbado y hago caso omiso del dolor que me provocan las enfermeras. Mientras, Nora saca algo de ropa del armario y desaparece en el baño colindante a nuestra habitación. Oigo el agua correr, es decir, ha decidido aprovechar este rato para darse una ducha. Debe de ser la forma de evitarme un rato, puesto que aún estará preocupada por mi amenaza. Mi gatita es sensible a la violencia dirigida hacia los que considera inocentes, como ese gilipollas, Jake, al que besó la noche que la rapté. Todavía quiero arrancarle los huevos por tocarla… Quizá algún día lo haga.

—No hay señales de infección —me dice Goldberg cuando las enfermeras han acabado de quitarme las vendas—. Estás cicatrizando bien.

—Genial. —Respiro con lentitud y profundidad para controlar el dolor mientras las dos enfermeras me curan los puntos y me vuelven a vendar las costillas. He tomado la mitad de la dosis prescrita de analgésicos durante los últimos dos días y lo estoy notando. En el próximo par de días dejaré de tomarlos todos para evitar volverme dependiente. Con una adicción basta.

Al tiempo que las enfermeras me vendan, Nora sale del baño, aseada y vestida con unos vaqueros y una blusa de manga corta.

—¿Todo bien? —pregunta, mirando a Goldberg.

—Está listo —contesta, ofreciéndole una cálida sonrisa. Creo que le gusta, lo que me parece bien, dada su orientación homosexual—. ¿Cómo te encuentras?

—Estoy bien, gracias. —Levanta el brazo para mostrar la tirita enorme que cubre el área de la que los terroristas le extrajeron por error el implante anticonceptivo—. Estaré más contenta cuando los puntos se caigan, pero no me molesta mucho.

—Estupendo, me alegra oír eso. —Girándose hacia mí, Goldberg me pregunta—: ¿A qué hora salimos?

—Que Lucas tenga preparado el coche para dentro de veinte minutos —le digo, balanceando los pies sobre el suelo a la par que las enfermeras salen de la habitación—. Me visto y nos vamos.

—Bien —dice Goldberg, que se gira para salir de la habitación.

—Espere, doctor Goldberg, iré con usted —dice Nora a toda velocidad y hay algo en su voz que capta mi atención—. Necesito algo de abajo —explica.

Goldberg parece sorprendido.

—Sí, claro.

—¿Qué es, mi gatita? —Me pongo de pie, y me da igual estar desnudo. El doctor aparta la mirada con educación cuando cojo a Nora por el brazo para impedir que se vaya—. ¿Qué necesitas?

Parece incómoda y desvía la mirada.

—¿Qué es, Nora? —pregunto con curiosidad. Le aprieto el brazo al acercarla a mí.

Me mira. Tiene las mejillas sonrosadas y un aire desafiante.

—Tengo que tomarme la pastilla del día después, ¿vale? Quiero asegurarme de tomármela antes de irnos.

—Ah. —Me quedo en blanco por un segundo. Por lo que sea, no había caído en que, sin su implante, Nora podía quedarse embarazada. La he tenido en mi cama durante unos dos años y, durante todo ese tiempo, el implante la protegía. Me había acostumbrado tanto a eso que no se me había ocurrido siquiera que necesitáramos tener precaución ahora. Pero a Nora sí se le había ocurrido.

—¿Quieres la pastilla del día después? —repito lentamente, todavía procesando que Nora, mi Nora, pueda estar embarazada.

Embarazada de mi hijo. Un hijo que claramente no quiere.

—Sí. —Me mira con sus enormes ojos negros—. Es improbable que ocurra por haberlo hecho solo una vez, pero no quiero correr riesgos.

No quiere correr riesgos de quedarse embarazada. Siento una presión extraña en el pecho al mirarla y al ver el miedo que intenta ocultar con tanto empeño. Le preocupa mi reacción, tiene miedo de que le impida tomarse la píldora, miedo a que la fuerce a tener un hijo que no quiere.

—Estaré fuera —dice Goldberg, que, al parecer, siente la creciente tensión en la habitación y me deja con la palabra en la boca al escabullirse por la puerta y dejarnos solos.

Nora levanta la barbilla, enfrentándose a mi mirada. Veo la convicción en su rostro cuando dice:

—Julian, sé que nunca hemos hablado de esto, pero…

—Pero no estás preparada —la interrumpo con una presión en el pecho que se vuelve más intensa—. Ahora mismo no quieres un bebé.

Asiente con los ojos como platos.

—Exacto —dice con cautela—. No he terminado siquiera los estudios y te han herido…

—Y no estás segura de querer un hijo con un hombre como yo.

Traga saliva con nerviosismo, pero no lo niega ni aparta la mirada. Su silencio es mortal y la presión en el pecho se transforma en un dolor extraño.

Le suelto el brazo y retrocedo.

—Puedes decirle a Goldberg que te dé la pastilla y cualquier método anticonceptivo que considere mejor. —Mi voz suena inusualmente fría y distante—. Me lavo y me visto.

Sin que pueda mediar palabra, voy al baño y cierro la puerta.

No quiero ver su cara de alivio.

No quiero pensar en cómo me haría sentir eso.

2

Nora

Estupefacta, observo cómo la figura desnuda de Julian entra en el baño. Las heridas hacen que vaya más lento y sus movimientos son más rígidos que de costumbre, aunque aún hay cierta elegancia en su modo de andar. Incluso después de ese sufrimiento horrible, tiene el cuerpo musculoso, duro y atlético. La venda blanca alrededor de las costillas le realza la anchura de los hombros y la tonalidad bronceada de la piel.

«No se ha opuesto a que me tome la píldora», pienso.

Según voy asumiéndolo, noto que me ceden las piernas del alivio y la tensión producida por la adrenalina desaparece con un zumbido repentino. Estaba casi segura de que iba a negarse; su expresión al hablar era indescifrable, ininteligible… tenía una opacidad peligrosa. Me ha calado a pesar de mis excusas sobre mis estudios y sus heridas; el ojo ileso le resplandecía con una fría luz azul que me contraía el estómago de miedo.

Pero no me ha negado la píldora. Al contrario, me ha propuesto que pidiera un nuevo método anticonceptivo al doctor Goldberg.

Me siento casi aturdida por la felicidad. Julian debe de estar de acuerdo con la parte de «no tener hijos», a pesar de su extraña reacción.

Como no quiero poner a prueba mi buena suerte, me doy prisa y salgo de la habitación para alcanzar al doctor. Quiero asegurarme de conseguir lo que necesito antes de irnos de la clínica. Los implantes anticonceptivos no se encuentran con facilidad en nuestra finca en la jungla.

—Me he tomado la pastilla —le digo a Julian una vez nos hemos acomodado en el jet privado, el mismo avión que nos llevó de Chicago a Colombia cuando Julian volvió a por mí en diciembre—. Y me han puesto esto. —Levanto el brazo derecho para mostrarle una pequeña venda en el lugar en que me han introducido el nuevo implante. Me duele un poco, pero estoy tan feliz de llevarlo que no me importa la molestia.

Julian levanta la vista del portátil con la expresión aún hermética.

—Bien —dice bruscamente y continúa trabajando en el correo electrónico para uno de sus ingenieros. Está describiéndole los requisitos exactos del nuevo dron que quiere que diseñe. Lo sé porque se lo he preguntado hace unos minutos y me lo ha explicado. Se ha abierto mucho más en el último par de meses, por lo que me resulta extraño que parezca querer evitar el tema de los anticonceptivos.

Me pregunto si no quiere hablarlo porque está el doctor Goldberg presente. El pequeño hombre está sentado en la parte delantera del jet, a unos cuatro metros, pero la intimidad no es total. En cualquier caso, decido, por ahora, dejarlo pasar y sacar el tema en un momento más oportuno.

Según va subiendo el avión, me entretengo mirando los Alpes suizos hasta que sobrepasamos las nubes. Después, me recuesto en el asiento y espero a que la preciosa azafata, Isabella, venga con nuestros desayunos. Esta mañana hemos salido del hospital tan rápido que solo he podido tomarme un café.

Isabella entra a la cabina unos minutos después enfundada en un vestido rojo y ajustado. Lleva una bandeja con café y una bandejita con pastas. Parece que Goldberg se ha dormido, así que se nos acerca con una sonrisa seductora.

La primera vez que la vi, cuando Julian volvió en diciembre, me puse celosa de una forma enfermiza. Desde entonces he descubierto que Isabella nunca ha tenido una relación con él y que, en realidad, está casada con uno de los guardias de la finca, lo que ha contribuido a tranquilizar al monstruo de ojos verdes de mi interior. Solo he visto a esta mujer una o dos veces durante los últimos dos meses. A diferencia de la mayoría de los empleados de Julian, pasa la mayor parte del tiempo fuera de las instalaciones, trabajando como su mano derecha en varias compañías aéreas de lujo privadas.

—Te sorprendería cómo se le suelta la lengua a la gente después de un par de copas a 9000 metros de altura —me explicó Julian una vez—. Ejecutivos, políticos, jefes de bandas… A todos les gusta tener cerca a Isabella y no siempre controlan lo que dicen en su presencia. Gracias a ella, he conseguido de todo, desde información privilegiada sobre negocios hasta información sobre tráfico de drogas en la zona.

Así que ya no tengo celos de Isabella, pero sigo opinando que su manera de tratar a Julian es demasiado coqueta para una mujer casada. Aunque, de nuevo, puede que no sea la más indicada para juzgar si el comportamiento de una mujer casada es apropiado o no. Si yo mirara a un hombre durante más de un minuto, estaría firmando su sentencia de muerte.

Julian es superposesivo, mucho más de lo habitual.

—¿Le apetece café? —pregunta Isabella, parándose al lado de su asiento. Hoy mira con más cautela, pero sigo deseando abofetearle esa preciosa cara por los ojitos que le pone a mi marido.

Lo reconozco: no solo Julian tiene problemas de posesividad. Por raro que parezca, siento que el hombre que me raptó es mío. No tiene sentido, pero he dejado de intentar que nuestra relación de locos tenga sentido desde hace mucho tiempo. Es más fácil aceptarlo.

Ante la pregunta de Isabella, Julian levanta la vista del portátil.

—Sí, claro —dice y me mira—. ¿Nora?

—Sí, por favor —respondo con educación—. Y un par de esos cruasanes.

Isabella nos sirve un café a cada uno, coloca la bandeja de las pastas en mi mesa y se aleja pavoneándose hacia la parte delantera del avión, con las caderas exuberantes contoneándose. Siento una envidia momentánea antes de recordar que Julian me quiere a mí. De hecho, me quiere demasiado, pero esa es otra historia.

Durante la siguiente media hora leo con tranquilidad, me como los cruasanes y bebo el café. Julian parece concentrado en el correo sobre el diseño del dron, por lo que no lo molesto; en lugar de eso, me esfuerzo en centrarme en el libro, una novela de suspense y de ciencia ficción que he comprado en la clínica. Sin embargo, mi atención continúa vagando y cada dos páginas pienso en otra cosa.

Me parece extraño estar sentada aquí leyendo. Es casi surrealista, como si nada hubiera ocurrido. Como si no acabáramos de sobrevivir al horror y la tortura. Como si no hubiera volado los sesos a un hombre a sangre fría. Como si no hubiera estado a punto de perder a Julian de nuevo.

Se me acelera el corazón y las imágenes de la pesadilla de esta mañana me invaden la mente con una claridad alarmante. Sangre… El cuerpo de Julian cortado y machacado… Su preciosa cara con una de las cuencas vacías… El libro se me escapa de las manos temblorosas y cae al suelo mientras intento respirar a pesar del nudo que de repente se me ha formado en la garganta.

—¿Nora? —Unos dedos fuertes y cálidos se me cierran alrededor de la muñeca y, aunque se me nubla la vista por el pánico, veo delante de mí la cara vendada de Julian. Me sujeta con fuerza. Su portátil ha quedado olvidado en la mesa de al lado—. Nora, ¿me oyes?

Consigo asentir y me paso la lengua por los labios para humedecerlos. Me noto la boca seca por el miedo y se me pega la blusa a la espalda por el sudor. Tengo las manos clavadas en el borde del asiento y las uñas hundidas en el suave cuero. Una parte de mí sabe que mi mente me está engañando, que esta ansiedad extrema es infundada, pero mi cuerpo reacciona como si la amenaza fuera real. Como si estuviéramos de vuelta en la zona de la obra de Tayikistán, a merced de Majid y los otros terroristas.

—Respira, pequeña. —La voz de Julian es reconfortante; me sujeta la barbilla con suavidad—. Respira lenta y profundamente… Muy bien…

Obedezco mirándolo fijamente mientras respiro profundamente para controlar el pánico. Un poco después, mi corazón se apacigua y suelto el borde del asiento. Todavía estoy temblando, pero el miedo sofocante ha desaparecido.

Avergonzada, envuelvo la palma de Julian con los dedos y le alejo la mano de la cara.

—Estoy bien —consigo decir con una voz más o menos calmada—. Lo siento. No sé qué me ha pasado.

Me observa con su ojo resplandeciente y veo una mezcla de rabia y frustración en su mirada. Nuestros dedos están entrelazados, como si fuera reacio a soltarme.

—No estás bien, Nora —dice con brusquedad—. Estás de todo menos bien.

Tiene razón. No quiero reconocerlo, pero tiene razón. No estoy bien desde que Julian se fue de la finca para capturar a los terroristas. Estoy hecha un lío desde su partida y parece que estoy aún peor ahora que ha vuelto.

—Me encuentro bien —digo, sin querer que piense que soy débil. Fue a Julian a quien torturaron y parece tenerlo controlado, mientras yo me derrumbo sin ninguna razón.

—¿Bien? —Alza las cejas—. En las últimas veinticuatro horas has tenido dos ataques de pánico y una pesadilla. No te encuentras bien, Nora.

Trago saliva y bajo la mirada hacia mi regazo, donde nuestras manos están unidas con fuerza y posesión. Odio no poder restar importancia a esto del modo en que Julian parece hacerlo. Sí, él aún tiene pesadillas con lo que le ocurrió a María, pero esta dura experiencia con los terroristas parece que ni lo haya perturbado siquiera. Él estaría en todo su derecho de perder los nervios, yo no. Apenas me han tocado, mientras que él ha pasado por días de tormento. Soy débil y odio serlo.

—Nora, pequeña, escúchame.

Levanto la vista, movida por el dulce tono de la voz de Julian y me encuentro prisionera de su mirada.

—No es culpa tuya —dice con tranquilidad—. Nada. Has pasado por muchas cosas y estás traumatizada. No tienes que fingir delante de mí. Si empiezas a sentir miedo, dímelo y te ayudaré a superarlo. ¿Me entiendes?

—Sí —susurro, extrañamente aliviada por sus palabras. Sé que es paradójico que el hombre que trajo toda la oscuridad a mi vida sea el que me ayude a lidiar con ella, pero ha sido así desde el principio. Siempre he encontrado consuelo en los brazos de mi captor.

—Bien. Recuérdalo. —Se inclina sobre mí para besarme y yo me acerco también, con cuidado para no hacerle daño por las costillas fracturadas. Me roza con los labios en los míos con una ternura inusual y cierro los ojos. La ansiedad desaparece a medida que un deseo intenso se apodera de mi cuerpo. Me sorprendo rodeándole la nuca con las manos y un gemido surge de la parte más profunda de mi garganta cuando me invade la boca con la lengua con un gusto familiar y seductor al mismo tiempo.

Gime cuando le devuelvo el beso y juntamos las lenguas. Me rodea la espalda con el brazo derecho, acercándome a él y siento cómo crece la tensión en su cuerpo portentoso. Se le acelera la respiración y me besa con más violencia y exigencia, lo que hace que mi cuerpo palpite como respuesta.

—A la habitación. Ahora. —Sus palabras son como un gruñido cuando aparta la boca, se pone de pie y me levanta del asiento. De un plumazo, me agarra de la muñeca y me dirige hacia la parte trasera del avión. Para mis adentros, doy las gracias por que el doctor Goldberg esté dormido e Isabella haya vuelto a la parte delantera del avión; no hay nadie que pueda ver a Julian arrastrarme hasta la cama.

Al entrar en la pequeña habitación, cierra la puerta con el pie y me empuja sobre la cama. Incluso herido, es muy fuerte. Su fuerza me excita y me intimida, no porque tema que me vaya a hacer daño —sé que lo hará y que lo disfrutaré—, sino porque he visto lo que puede hacer. He visto que le basta la pata de una silla para matar a un hombre.

El recuerdo debería asquearme, pero es excitante y aterrador a la vez. Por otro lado, Julian no es el único que se ha llevado por delante una vida esta semana. Ahora ambos somos asesinos.

—Desnúdate —me ordena, deteniéndose a medio metro de la cama y soltándome la muñeca. Le han arrancado las mangas de la camisa para que pueda meter la escayola y eso, junto a la venda alrededor de la cara, le da aspecto de herido y peligroso al mismo tiempo, como un pirata contemporáneo tras un asalto. Los músculos sobresalen del brazo derecho y el ojo destapado es exageradamente azul sobre el moreno de su cara.

Lo quiero tanto que duele.

Doy un paso atrás y comienzo a desvestirme. Primero la blusa, luego los vaqueros. Me quedo solo con un tanga blanco y un sujetador a juego. Julian dice bruscamente:

—Súbete a la cama. Ponte a cuatro patas con el culo hacia mí.

El calor me baja por la columna y me aumenta el dolor en la entrepierna. Me giro para hacer lo que me ha dicho, con el corazón palpitando expectante. Recuerdo la última vez que nos acostamos en este avión… y los moratones que me cubrieron los muslos durante días. Sé que Julian no se encuentra lo bastante bien para algo tan extenuante, pero ese pensamiento no disminuye mis nervios o mis ganas. Con mi marido, el miedo y el deseo van de la mano.

Tras colocarme en la posición que satisface a Julian, con mi trasero a la altura de su ingle, da un paso hacia mí, sujeta la goma de mi ropa interior y me la baja hasta las rodillas. Me estremezco ante su tacto y se me contrae el sexo. Gime al pasarme la mano por el muslo para introducirse entre mis pliegues.

—Tienes el coño tan mojado, joder —murmura con brusquedad y me introduce dos dedos—. Está mojadísimo y tenso… Te gusta esto, ¿eh, pequeña? Quieres que te haga mía, que te folle…

Jadeo cuando dobla los dedos y alcanza un punto que hace que todo el cuerpo se me ponga tenso.

—Sí… —Apenas puedo hablar por las oleadas de calor que me sobrepasan y me nublan la mente—. Sí, por favor…

Suelta una carcajada ronca y llena de placer oscuro. Retira los dedos dejándome vacía y palpitante por el deseo. Antes de que pueda protestar, oigo cómo se baja la cremallera y noto la suave y amplia cabeza de su pene rozarme los muslos.

—¡Ah! Lo haré —murmura con voz grave, dirigiéndose hacia mi abertura—. Te complaceré tantísimo, joder. —Me penetra con la punta de la polla y se me corta la respiración—. Gritarás para mí, ¿verdad, pequeña?

Sin esperar una respuesta, me aprieta la cadera derecha y se mete hasta el fondo, provocando que se me escape un grito entrecortado. Como siempre, la embestida me nubla los sentidos. Su anchura me hace ceder hasta casi provocarme dolor. Si no hubiera estado tan cachonda, me habría dolido. Tal como estoy, su aspereza solo añade un punto delicioso a la intensidad de mi excitación y me inunda el sexo con más humedad. Con la ropa interior alrededor de las rodillas, no puedo abrir más las piernas y parece enorme dentro de mí, todo él es duro y ardiente.

Después de esa primera embestida, suponía que establecería un ritmo brutal, pero ahora que está dentro, se mueve despacio. Lenta y deliberadamente, cada uno de sus movimientos calculados al máximo para darme placer. Dentro y fuera, dentro y fuera… Parece que me esté acariciando desde dentro, exprimiendo todas las sensaciones que puede producir mi cuerpo. Dentro y fuera, dentro y fuera… Estoy a punto de llegar al orgasmo, pero no puedo, no con él moviéndose a ritmo de caracol. Dentro y fuera…

—Julian —gimo y reduce el ritmo aún más, haciendo que gimotee de la frustración.

—Dime qué quieres, pequeña —murmura, retirándose casi del todo—. Dime exactamente qué quieres.

—Fóllame. —Suspiro arrugando las sábanas con los puños—. Por favor, haz que me corra.

Suelta una carcajada de nuevo, pero suena forzada. Su respiración se vuelve más fuerte y entrecortada. Siento la polla crecer dentro de mí y tenso los músculos interiores a su alrededor, deseando que se mueva solo un poco más rápido para darme esa pizca extra que necesito…

Y, al final, lo hace.

Me sujeta por la cadera, retoma el ritmo y me folla con más fuerza y rapidez. Sus sacudidas reverberan dentro de mí, haciendo que mi cuerpo irradie ondas de placer. Sigo aferrándome a las sábanas con las manos. Cada vez grito más alto mientras la tensión en mi interior se vuelve insoportable, intolerable… Y después me rompo en mil pedazos; mi cuerpo palpita sin cesar alrededor de su enorme erección. Gime y clava los dedos en mi piel mientras me agarra la cadera con más fuerza y siento que explota contra mi trasero con su polla sacudiéndose dentro de mí cuando encuentra su liberación.

Cuando ha terminado, sale de mí y retrocede. Temblando por la intensidad del orgasmo me desmorono sobre el costado y giro la cabeza para mirarlo.

Está de pie con la cremallera de los vaqueros bajada y su pecho sube y baja debido a su respiración acelerada. Su mirada está llena de deseo constante al observarme, su ojo fijo en mis muslos, donde su semen gotea lentamente de mi sexo.

Me sonrojo y echo un vistazo a la habitación en busca de un pañuelo. Por suerte, hay una caja en una estantería cerca de la cama. La alcanzo y me limpio los indicios de nuestra unión.

Julian observa en silencio mis movimientos. Luego, retrocede con expresión indescifrable de nuevo mientras se introduce el pene flácido en los vaqueros y sube la cremallera.

Agarro la manta y tiro de ella para taparme el cuerpo desnudo. De repente, me siento fría y expuesta; el calor de mi interior se ha disipado. Normalmente, Julian me abraza después del sexo, reforzando nuestra cercanía y usando la ternura para compensar su aspereza. Hoy, sin embargo, no parece dispuesto a hacerlo.

—¿Va todo bien? —pregunto dubitativa—. ¿He hecho algo malo?

Me dedica una sonrisa fría y se sienta en la cama, a mi lado.

—¿Qué podrías haber hecho mal, mi gatita? —Mirándome, levanta la mano y me retira uno de los bucles del pelo, frotándolo entre los dedos. A pesar de su gesto juguetón, un brillo frío en su ojo aumenta mi inquietud.

De repente caigo en la cuenta.

—Es por la pastilla del día después, ¿verdad? ¿Estás enfadado porque me la haya tomado?

—¿Enfadado? ¿Porque no quieras tener un hijo conmigo? —Ríe, pero con un tono tan áspero que me noto un nudo en la garganta—. No, mi gatita, no estoy enfadado. Sería un padre horrible y lo sé.

Lo miro, intentando entender por qué sus palabras me hacen sentir culpable. Es un asesino, sádico, un hombre que me raptó sin compasión y que me mantuvo presa, y aun así me siento mal, como si lo hubiera herido sin querer, como si hubiera hecho algo malo de verdad.

—Julian… —No sé qué decir. No voy a mentirle diciendo que sería un buen padre. Se daría cuenta, así que, en lugar de eso, le pregunto con cautela—: ¿Quieres tener hijos?

Después, contengo la respiración, esperando su respuesta.

Me mira con expresión ininteligible una vez más.

—No, Nora —dice con suavidad—. Lo último que necesitamos tú y yo son niños. Puedes ponerte todos los implantes anticonceptivos que quieras. No te obligaré a quedarte embarazada.

Suspiro de alivio.

—Bien, genial. Entonces, ¿por qué…?

Sin siquiera acabar la pregunta, Julian me deja con la palabra en la boca, se levanta y se va.

—Estaré en la cabina principal —dice en un tono llano—. Tengo trabajo. Vuelve conmigo cuando te vistas.

Y con estas palabras, se va de la habitación y me deja tumbada en la cama, desnuda y confundida.

3

Julian

Estoy en mitad de la revisión de la propuesta que mi gestor de cartera ha hecho sobre una posible inversión cuando Nora se sienta a mi lado. Incapaz de resistir al encanto de su presencia, me giro para mirarla y veo cómo comienza a leer su libro.

Ahora que he estado unos minutos lejos de ella, la necesidad irracional de explotar y hacerle daño ha desaparecido. En su lugar ha aparecido una tristeza inexplicable… un extraño e inesperado sentimiento de pérdida.

No lo entiendo. No le he mentido cuando le he dicho que no quiero hijos. Nunca había pensado en ello, pero ahora que me lo estoy planteando, ni siquiera me imagino siendo padre. ¿Qué haría con un niño? Sería otro punto flaco que mis enemigos podrían explotar. No me interesan los bebés ni sé cómo criarlos. Mis padres no fueron un modelo que seguir precisamente. Debería alegrarme de que Nora no quiera hijos, pero, en lugar de eso, cuando ha sacado el tema de la píldora, me ha sentado como una patada. Me lo he tomado como el peor rechazo de todos.

He intentado no pensar en ello, pero cuando la he visto limpiarse el semen de los muslos, esos sentimientos desagradables han despertado de nuevo y me han recordado que no quiere eso de mí, que nunca lo querrá.

No entiendo por qué me importa. Nunca he planeado crear una familia con Nora. El matrimonio ha sido solo un modo de consolidar nuestro vínculo, nada más. Es mi gatita… mi obsesión y mi posesión. Me quiere porque he hecho que me quiera y la quiero porque la necesito para vivir. Los niños no son parte de esta dinámica. No puede ser.

Nora me pilla mirándola y me dedica una sonrisa vacilante.

—¿En qué estás trabajando? —me pregunta, dejando el libro sobre el regazo—. ¿Todavía estás con el diseño del dron?

—No, pequeña. —Me obligo a centrarme en que vino a Tayikistán por mí, que me quiere lo suficiente como para hacer una locura tan grande, y eso me levanta el ánimo y hace desaparecer la presión persistente que siento en el pecho.

—Entonces, ¿qué es? —insiste y sonrío sin querer, divertido por su curiosidad. Ya no está contenta con quedarse al margen de mi vida; quiere saberlo todo y se envalentona cada vez más en su búsqueda de respuestas.

Si fuera cualquier otra persona, me enfadaría. Pero tratándose de Nora, no me importa. Disfruto con su interés.

—Estoy mirando una posible inversión —le explico.

Me mira intrigada, así que le cuento que estoy leyendo sobre un nuevo negocio biotecnológico especializado en las drogas químicas que afectan al cerebro. Si decido llevarlo a cabo, sería lo que suele llamarse un «ángel inversor», uno de los primeros en financiar la compañía. Siempre me ha interesado el capital de riesgo; me gusta estar en la cima de la innovación en todos los campos y aprovecharme de eso en la medida de mis posibilidades.

Escucha mi explicación muy fascinada, con sus ojos oscuros fijos en mi cara todo el tiempo. Me gusta cómo absorbe conocimiento como si fuera una esponja. Me resulta divertido enseñarla, mostrarle las diferentes partes de mi mundo. Las pocas preguntas que hace son perspicaces, lo que me demuestra que entiende a la perfección de lo que hablo.

—Si esa droga puede borrar los recuerdos, ¿no podría usarse para tratar enfermedades como el TEPT o alguna por el estilo? —me pregunta tras describirle uno de los productos más prometedores del negocio, y estoy de acuerdo: he llegado a esa conclusión hace solo unos minutos.

No había previsto esto cuando la rapté, el simple placer que significaría pasar tiempo con ella. La primera vez que la capturé, la veía solo como un objeto sexual, una chica bonita que me obsesionaba tanto que no podía olvidarla. No esperaba que se convirtiera en mi compañera, además de en mi alma gemela en la cama, no pensaba que fuera a disfrutar simplemente estando con ella.

No sabía que llegaría a ser tan suyo como ella era mía.

Sin duda, es mejor que se haya acordado de tomarse la píldora. Cuando nos hayamos curado los dos, podremos volver a nuestra vida normal. Al menos, a nuestra idea de normalidad.

Nora estará conmigo y no la volveré a perder de vista.

Es de noche cuando aterrizamos. Guío a Nora, que está adormilada, fuera del avión y nos metemos en el coche para irnos a casa.

A casa. Es raro pensar en este sitio otra vez como mi casa. Era mi casa cuando era un niño y la odiaba. Lo odiaba todo, desde el calor húmedo hasta el olor acre de la vegetación de la jungla. Sin embargo, ahora que he crecido, me siento atraído por lugares como este, sitios tropicales que me recuerdan a la jungla en que me crie.

Tuvo que venir Nora para darme cuenta de que no odiaba la finca, de que este lugar nunca había sido la causa de mi odio, sino la persona a la que pertenecía: mi padre.

Nora se acurruca cerca de mí en el asiento trasero, interrumpiendo mis cavilaciones, y bosteza con delicadeza sobre mi hombro. El sonido recuerda tanto a un gato que me río y le paso el brazo derecho alrededor de la cintura para atraerla más hacia mí.

—¿Tienes sueño?

—Mmm-mmm. —Frota la cara contra mi cuello—. Hueles bien —murmura.

Y solo con eso, se me pone dura como reacción a sentir sus labios rozarme la piel.

Mierda. Dejo escapar un suspiro frustrado cuando el coche se para delante de la casa. Ana y Rosa están de pie en el porche de la entrada, preparadas para saludarnos, y me noto la polla a punto de explotar. Me hago a un lado, intentando apartar a Nora de mí para que se me baje la erección. Me roza con el codo en las costillas y me tenso por el dolor. En ese momento maldigo mentalmente a Majid con todas mis fuerzas.

No veo la hora de curarme, joder. Incluso el sexo de hoy ha sido doloroso, sobre todo en el momento final en que he acelerado el ritmo. No es que disminuyera mucho el placer, ya que estoy seguro de que podría follarme a Nora en el lecho de muerte y seguiría disfrutándolo, pero me fastidia. Me gusta el dolor mientras follo, pero solo cuando soy yo quien lo provoco.

El lado bueno es que ya no se me nota tanto la erección.

—Ya estamos aquí —le digo a Nora mientras se frota los ojos y bosteza de nuevo—. Te llevaría hasta el umbral, pero me temo que esta vez no seré capaz.

Parpadea y me mira confundida por un instante, pero luego una enorme sonrisa le ilumina la cara. Ella también se acuerda.

—Ya no soy una recién casada —dice soltando una risita—. Estás libre de culpa.

Le sonrío con una alegría inusual que me llena el pecho y abro la puerta del coche.

En cuanto salimos, las dos mujeres nos avasallan, llorando. O, mejor dicho, avasallan a Nora. Observo asombrado cómo Ana y Rosa la abrazan, riendo y sollozando a la vez. Una vez que han terminado con Nora, se giran hacia mí y Ana solloza con más fuerza al echar un vistazo a mi cara vendada.

—Ay, mijo… —dice en español, como hace a veces cuando está preocupada, y Nora y Rosa intentan tranquilizarla diciendo que me recuperaré, que lo importante es que estoy vivo.

La preocupación del ama de llaves es conmovedora y desconcertante. Siempre he tenido la vaga impresión de que esta anciana se interesaba por mí, pero no me había percatado de que sus sentimientos fueran tan fuertes. Desde que tengo memoria, Ana ha sido una presencia cálida y reconfortante en la finca (alguien que me daba de comer, que limpiaba lo que ensuciaba y que me curaba los arañazos y los moratones). Sin embargo, nunca he dejado que se acercara mucho y, por primera vez, siento una punzada de arrepentimiento por eso. Ni ella ni Rosa, la criada amiga de Nora, intentan abrazarme como han hecho con mi esposa. Creen que no me lo tomaría bien y es probable que estén en lo cierto.

Solo quiero afecto, bueno, ansío afecto, de Nora y esto es reciente.

Cuando las tres mujeres han acabado con la emotiva reunión, nos dirigimos al interior de la casa. A pesar de la hora tardía, Nora y yo tenemos hambre y devoramos la comida que Ana nos ha preparado en tiempo récord. Luego, saciados y exhaustos, subimos a nuestra habitación.

Una ducha rápida y un polvo igual de rápido y me quedo dormido con la cabeza de Nora apoyada sobre el brazo que no tengo herido.

Estoy preparado para volver a nuestra vida normal.

Me despierta un grito que me hiela la sangre. Lleno de desesperación y miedo, retumba en las paredes y me inunda las venas de adrenalina.

Me incorporo y salto de la cama antes incluso de darme cuenta de lo que está ocurriendo. Según se va amortiguando el sonido, alcanzo el arma que tengo escondida en la mesilla de noche y al mismo tiempo golpeo el interruptor con el dorso de la mano.

He encendido la lámpara de la mesilla para iluminar la habitación y veo a Nora acurrucada en el centro de la cama, temblando bajo la manta.

No hay nadie más en la habitación, ninguna amenaza visible.

Mi acelerado corazón comienza a bajar el ritmo. No nos han atacado. Nora debe de haber gritado, habrá tenido otra pesadilla.

Joder. El ansia de violencia es casi tan fuerte que no puedo controlarlo. Se apodera de cada célula de mi cuerpo hasta el punto de temblar de rabia, con las ganas de matar y destruir a todo hijo de puta responsable de esto, empezando por mí.

Me giro e inspiro profundamente varias veces, tratando de contener la ira convulsa de mi interior. No hay nadie a quien pueda atacar aquí, ningún enemigo al que machacar para saciar mi sed de sangre.

Solo está Nora, que me necesita calmado y racional.

Pasados unos minutos y con la certeza de que no le voy a hacer daño, me giro para mirarla y devuelvo el arma al cajón de la mesilla de noche. Luego, me meto en la cama otra vez. Me duelen ligeramente las costillas y el hombro y me zumba la cabeza por los movimientos tan repentinos que he hecho, pero ese dolor no es nada comparado con la presión que siento en el pecho.

—Nora, pequeña… —Me inclino sobre ella, separo la manta de su cuerpo desnudo y coloco la mano derecha en su hombro para despertarla—. Despierta, mi gatita. Solo es un sueño. —Está sudada y sus gimoteos me duelen más que cualquier tortura de Majid. Una nueva rabia me brota por dentro, pero la reprimo y mantengo la voz baja y calmada—. Despierta, pequeña. Solo es un sueño, no es real.

Se gira sobre la espalda, temblando todavía, y veo que tiene los ojos abiertos. Abiertos y cegados mientras jadea en busca de aire; el pecho le sube y le baja y aprieta las sábanas con desesperación.

No es un sueño, está en medio de un ataque de pánico, posiblemente de uno causado por una pesadilla.

Quiero echar la cabeza hacia atrás y sacar mi rabia con un rugido, pero no lo hago. Ahora me necesita y no le voy a fallar. Otra vez no.

Me arrodillo, me coloco a ahorcajadas sobre ella y me agacho para sujetarle la barbilla con la mano derecha.

—Nora, mírame. —Convierto mis palabras en órdenes con un tono brusco y autoritario—. Mírame, mi gatita. Ahora.

A pesar del pánico, me obedece. Es un ataque de pánico fortísimo. Me mira y veo que tiene las pupilas dilatadas y los iris casi negros. Además está hiperventilando e intenta tomar aire con la boca abierta.

Joder, joder, joder. Mi primer instinto es abrazarla, ser dulce y amable, pero me acuerdo del ataque de pánico que tuvo la noche anterior mientras hacíamos el amor y que nada parecía ayudarla. Nada excepto la violencia.

Así que, en vez de murmurar inútiles palabras de cariño, me agacho apoyándome sobre el codo derecho y la beso en la boca con fuerza, aprovechando que tengo su mandíbula sujeta para mantenerla quieta. Mis labios chocan con los suyos e hinco los dientes en su labio inferior mientras fuerzo la lengua a entrar dentro, la invaden y le hacen daño. Mi monstruo sádico interno tiembla de placer ante el sabor metálico de la sangre, al tiempo que me retuerzo de arriba abajo de dolor ante la angustia que está sintiendo.