Sin vuelta atrás - Jordi Sierra i Fabra - E-Book

Sin vuelta atrás E-Book

Jordi Sierra i Fabra

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Beschreibung

Jacinto Quesada, un chico de catorce años, aparece muerto en el fondo de un acantilado. Todo el pueblo se pregunta la causa de su muerte, pero solo Cecilia y Miguel Ángel, sus dos mejores amigos, saben que ha sido una decisión voluntaria. El trasfondo del fallecimiento del chico se sitúa en su instituto, donde era acosado sin piedad por cuatro matones. Una novela en la que se pone de manifiesto la culpabilidad de todo el entorno en la situaciones de acoso escolar.

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Seitenzahl: 206

Veröffentlichungsjahr: 2010

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A todos los que sufrimos malos tratos en la infancia.

Esta es una historia inventada. Que no se busque relación alguna con otras que hayan sucedido con nombres y apellidos. Ningún personaje está basado o inspirado en un modelo concreto. Pero es la historia de decenas, cientos de chicos y chicas que hoy, ahora, están siendo sometidos al mismo calvario que el protagonista de la novela. Es la historia de la intolerancia, el miedo, la estupidez y el silencio.Y es mi historia.

JORDI SIERRA I FABRA, febrero de 2005

PRIMER GRITO

La noticia

(Primera hora)

1

A lo lejos, sobre la línea del horizonte, el cielo y el mar se confundían. 

El cielo era gris, denso, poblado de nubes oscuras que, a primera hora de la mañana, conferían al nuevo día un aire de melancólica lasitud. El mar era plomizo, compacto, rota únicamente su monótona intensidad por las crestas blancas de algunas olas empeñadas en destacar, como si el viento las azotase. 

Pero no había viento. 

Aquella calma... 

El viejo Tobías contempló la distancia desde su propia distancia. Los años formaban una escalera desde la cual aquella visión tenía otros colores, otras sensaciones. Su cielo, su mar, la tierra, el acantilado, los mismos pasos perdidos de todas las mañanas de su vida más reciente. 

Llenó sus pulmones de aire. 

Y mientras sus ojos se inundaban de luz, su interior saboreó el aroma de la vida. 

Amaba aquel silencio. 

El tiempo no contaba. El paseo de todas las mañanas dependía de si hacía sol o llovía y poco más. Y si la lluvia era débil, apenas la esquirla de la humedad que provenía del mar, bastaba con un chubasquero o un paraguas para protegerse de ella. La tierra, con su mezcla de verde y negrura, desprendía racimos de energía que él absorbía como las plantas absorben la savia de la que se alimentan. 

Una perfecta cadena natural. 

Un paso, dos, tres, hasta llegar casi al borde del acantilado. 

La pared, vertical, se alzaba unos treinta metros sobre la escasa playa tachonada de rocas. La playa de toda la vida. La playa en la que, generación a generación, los jóvenes del pueblo se habían bañado a lo largo de la historia. 

Como él mismo, años y años atrás. 

El viejo Tobías miró hacia abajo, en busca del recuerdo. Por allí, impregnando las rocas, flotaban los ecos de sus voces, cantos y risas, los primeros besos de aquellos veranos perdidos aunque nunca olvidados, la memoria del pasado. La playa y el acantilado siempre habían sido uno de los sellos distintivos del pueblo. 

Su casa de toda la vida. 

La conocía palmo a palmo, hueco a hueco. Casi granito de arena a granito de arena. Era la imagen constante y eterna de todas sus mañanas, de todos sus paseos frente al mar. Una pintura móvil. 

Por esa misma razón capturó la anomalía. Lo extraño. 

La mancha rojiza destacaba de una forma antinatural en la playa, junto a las tres rocas gemelas y al pie del acantilado. 

El viejo Tobías aclaró la vista. La tenía buena, por lo menos de lejos. Otra cosa era leer el periódico o un libro. Para eso sí necesitaba gafas. Pero aunque la distancia no era excesiva, la forma rojiza sí se le antojó difícil. 

Parecía un cuerpo, y aquello era absurdo. 

Miró hacia atrás. Estaba solo. La silueta del pueblo se recortaba a lo lejos, incrustada en el perfil de las montañas que lo aprisionaban cerca del mar. Nadie en el sendero. 

Volvió a centrar su atención en la mancha rojiza. Una chaqueta, una prenda de abrigo... 

El mar devolvía siempre lo que se le echaba, pero no en un día como aquel. Todo había estado en calma la noche pasada, y también los días anteriores. Así que aquello... 

La figura humana se le hizo más y más concreta. 

—No –suspiró ante el grito de su instinto. 

Echó a andar hacia su izquierda. El camino que descendía en dirección a la playa era seguro, amplio. Veinte años atrás incluso se había colocado una barandilla en los dos tramos más pronunciados, y se le dio consistencia a los escalones naturales, cimentándose piedras en ellos para no resbalar y afianzarse en los días de mal tiempo. Sus pasos, sin embargo, fueron inquietos, más y más inquietos a medida que su corazón empezó a latir de aquella forma tan acusada y antinatural, en tanto que la certeza se abría paso en su ánimo. 

—Otra vez, no –suspiró de nuevo. 

El camino desembocaba en la playa tras una larga curva que lo suavizaba aún más en su proximidad. El viejo Tobías pisó la arena con la sensación del reencuentro. Allí sí se escuchaba el mar, el beso de las olas, el dulce deslizar del agua en la orilla en su eterno ir y venir. Se movió con pesadez al hundírsele los pies y tuvo que afianzar el bastón para no caer. Las tres rocas gemelas rezumaban humedad. Parecían los restos de un monolito ancestral. 

Quizás en otro tiempo lo hubieran sido. 

El cadáver se le hizo visible a los pocos pasos. La forma rojiza era la de su cazadora. 

No era la primera vez que veía algo como aquello, así que cuando miró hacia la cumbre del acantilado no se hizo más preguntas. El cuerpo estaba roto, quebrado, adoptando una forma absurda sobre la arena y las rocas. La sangre aún brillaba, pero se hundía en el suelo igual que una raíz en busca de una vida que ya nunca volvería. Cuando superó el choque, la brutalidad de la verdad, se movió hacia la derecha, en busca de aquel rostro todavía invisible. 

El viejo Tobías ahogó un gemido. 

Cerró los ojos, porque los del muerto seguían abiertos, orlando una mueca de estupor no superada con la agonía final, y luego venció el agarrotamiento muscular, aunque su corazón no dejó de latir, como si una feroz arritmia se hubiera apoderado de él, hasta que consiguió reaccionar. 

Echó a correr, en la medida de sus posibilidades, para subir de nuevo por el camino y llegar al pueblo cuanto antes.

2

Miguel Ángel se detuvo al llegar a las inmediaciones del instituto. 

A veces, unos pocos metros representaban la mayor de las distancias. 

Miró arriba y abajo de la calle. Nada. Los últimos chicos y chicas entraban por la verja aún abierta en el muro. Faltaban apenas un par de minutos para que se cerrara, dejando fuera y con el problema a cuestas a los que llegaban tarde. 

—¿Dónde estás? –susurró por lo bajo, revestido de angustias. 

No podía estar dentro. Eso seguro. Se daban un poco de fuerzas el uno al otro. Así que todo dependía de él. Si no entraba, se la ganaba. Si lo hacía y ellos estaban esperándole... 

Miguel Ángel se mordió el labio inferior hasta hacerse daño. 

Un minuto. 

Vio a dos de su clase apretando el paso. Pensó en alcanzarlos. Casi al instante se dijo que no valía la pena. 

Era un esfuerzo inútil. Nunca habían roto una lanza a favor suyo o de Jacinto. Siempre eran espectadores mudos, temerosos. A veces incluso sonreían. 

Ellos también cruzaron la verja. 

—Vamos, Jacinto... –gimió asustado. 

Se acercó al muro, despacio, pero era imposible ver nada desde el exterior. Solo cruzando la puerta podría saber si ellos estaban allí. Las pintadas exteriores hablaban de paz y amor, con escenas y motivos muy variados. Graffitis llenos de color envolviendo el perímetro del instituto. El edificio, de tres plantas, conservaba su sabor añejo, el tono de las construcciones viejas, como la iglesia, la alcaldía o algunas casas de la plaza Mayor. 

Para Miguel Ángel era la cárcel. 

Se arriesgó. No le quedaba otra opción. Echó a correr desde unos diez metros de la verja y pegado al muro. Cada paso marcó una aceleración de su corazón. Cada morado de su cuerpo le recordó el dolor tanto o más que el miedo que lo dominaba. Atravesó la puerta como una exhalación. 

Aunque no tanta como para eludirlos. 

Se los encontró casi de cara, como si supieran perfectamente el momento de su aparición, como si el muro hubiera sido transparente para ellos. La sorpresa le restó una simple fracción de segundo. 

Suficiente. 

No consiguió esquivarlos. No a los cuatro. Uno le lanzó el pie. Fue suficiente. Tropezó con él y cayó al suelo, de bruces, con la mochila igual que una joroba en la espalda. Su gatear para incorporarse de nuevo fue desesperado. Terminó cuando dos piernas le interceptaron el paso. Entonces alzó la cabeza, esperando el golpe. 

Esta vez no llegó. 

—Buenos días, gordo –escuchó la voz de Salva. Siempre Salva. 

No se enfrentó a ellos, sólo les miró. Segis y Cafre estaban a ambos lados. Alan cerraba su imposible retirada. Salva sonreía de aquella forma tan especial. Decían que tenía un aire satánico. Decían. 

—Va a sonar el timbre –dijo Alan. Era una advertencia inútil. 

—¿Dónde está el mierda? –le preguntó Salva inclinándose sobre él. 

Si no respondía, siempre era peor. 

—No lo sé. 

—¿No lo sabes? 

—No. 

—Yo es que tengo la mano tonta, y si no le sacudo al... te toca a ti –Salva extendió su mano derecha por delante y la estudió por ambos lados antes de hacer con ella un gesto rápido en dirección a Miguel Ángel. 

El chico se encogió por puro instinto. 

—Vamos, gordo, ¿dónde está esa nenaza? –insistió Salva. 

—No lo sé, os lo juro –estaba a punto de echarse a llorar. 

—Vaya, pues es una pena –Salva miró a sus compañeros–, ¿verdad, tíos? 

Segis y Cafre asintieron con la cabeza. A Alan no le veía. 

Miguel Ángel esperó el primer golpe. 

Entonces sonó el timbre del instituto y, junto a él, escucharon una voz adulta, recia. 

—¡Eh! ¿Qué pasa aquí? 

Salva reaccionó rápido. Le bastó con ver las caras de sus camaradas. Extendió la mano hacia Miguel Ángel y, atrapándole por la mochila, tiró de él. 

—Este, que se ha caído –dijo con el mayor de los desparpajos. 

Miguel Ángel quedó en medio de ellos. La mano de Salva, tras ayudarlo a incorporarse, pasó por encima de sus hombros. Sintió el frío aliento del diablo en sus huesos. A un par de metros, el profesor Osvaldo mantenía el ceño fruncido. El timbre dejó de sonar. 

—¿Estás bien, Gara? 

—Sí –se apresuró en responder Miguel Ángel. 

El hombre los barrió con una mirada críptica. Se detuvo en los dos personajes centrales. Fue de la sonrisa de superioridad de uno al expresivo pánico del otro. Vaciló un segundo. 

No más. 

—¿Queréis meteros en clase de una vez? –masculló con fastidio el maestro. 

Miguel Ángel no esperó más. Se soltó de la mano de Salva y echó a correr. Atravesó el patio en un tiempo récord y se sumergió de cabeza en el instituto. Tanto que casi se llevó por delante a uno de los pequeños, un chico de unos diez años llamado Isaías Bermejo. 

Estaba llorando, o por lo menos tenía los ojos húmedos y enrojecidos. 

Sostenía sus gafas rotas en la mano. 

Fue un rápido intercambio de miradas. La de Miguel Ángel, aún despavorida, como si por detrás estuvieran a punto de aparecer los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. La del niño, llena de rencor. 

Mucho rencor. 

Miguel Ángel pasó de él para seguir corriendo en dirección a su clase.

3

Cipriano Galindo supo que no sería un día tranquilo en cuanto escuchó las voces procedentes de la calle. 

Había dormido mal, con retortijones, con cierta ansiedad recogida en cada duermevela, soñando estupideces propias de su agitación. Y, además, se trataba de sus pesadillas más recurrentes, la del ascensor que no se detenía al llegar al último piso, la de la escalera que desaparecía, hasta hacerse tan angosto el paso, que se veía obligado a reptar por el suelo con el pánico añadido de quedarse atascado, la del campo de fútbol cuya localidad daba a una tapia y le impedía ver el partido. Toda su colección de inquietudes, aderezada con la imposibilidad de correr, con lo cual tenía que hacerlo a cuatro manos, asiendo los pliegues del terreno con los dedos para afianzarse y conseguir una mínima progresión. 

Ahora, los gritos. 

En un pueblo tan pequeño, gritos en la mañana sólo significaban una cosa: problemas. 

—Mi sargento... –escuchó la voz de Morales cuando ya se disponía a salir, tricornio en mano. 

Tampoco tenía nada de extraño que los problemas surgieran aquel día. La Ley de Murphy lo decía bien claro. Justo una jornada en la que estaba solo, al mando, con el teniente en la capital... 

Tobías Maldonado era uno de los habituales del bar de la plaza, buen jugador de dominó, un hombre recio, de mirada fija, mandíbula firme. No daba problemas, aunque tenía sus ideas y no eran precisamente amables. Un radical amparado en su edad. A su hija la conocía menos, de vista. Era una mujer fornida, gritona. 

Justo lo que hacía en ese momento: gritar. 

—¡Está muerto! ¡Muerto! ¡Vengan corriendo! ¡Abajo, en la playa, al pie del acantilado! 

Un muerto era más de lo que podía imaginar. 

—Cálmese, por favor... 

—¿Que me calme? ¡Pregúntele! –señaló a su padre, enrojecido por la más que posible caminata a paso vivo–. ¡Él se lo acaba de encontrar, Santo Dios! 

Cipriano Galindo sí mantuvo la calma frente a la tormenta y los curiosos. Sebastián Morales le lanzaba miradas de recelo. El número no llevaba ni dos meses en el pueblo, estaba tierno. De momento, todo había sido como una balsa de aceite. A él le dio por pensar en Laura. 

Se casaba en tres semanas. 

Se casaba y se iba. A Madrid. 

—Pasen –les dijo al señor Tobías y a su hija, viendo que la gente empezaba a arremolinarse a su alrededor. 

—¿Para qué vamos a pasar? –objetó ella–. El muerto sigue allí. ¿No hay que avisar a una ambulancia? 

—¿Señor Tobías? 

No hizo falta que le preguntara. 

—Está muerto, sí vacuos.  

–logró decir el hombre con ojos  

—¿Le ha tomado el pulso? 

—Coño, sargento, no hacía falta. Está reventado. 

—¿En la playa? 

—Al pie del acantilado. 

No hacía falta decir mucho más. Siempre el acantilado. 

—¿Sabe de quién se trata? –volvió a preguntar Cipriano Galindo. 

La respuesta no se la dio el señor Tobías, sino su hija. Era como si la esperase, para estallar, para convertirse de nuevo en el centro de la atención popular. Su voz los dominó a todos, mitad histérica mitad rota por la emoción que, de pronto, la embargó de arriba abajo, igual que una esponja absorbiendo sus fluidos vitales antes de catapultarlos hacia el exterior. 

—Es el crío de la Fernanda, ¿verdad, padre? ¡El Jacintito! ¡Es el Jacintito, pobrecito él!

4

Cecilia no podía apartar los ojos de la silla vacía. Era incapaz de escuchar a la señorita Manuela. Las palabras de la maestra pasaban por encima de ella y se perdían más allá de sí misma. El peso de aquella ausencia la dominaba, hacía encoger su alma, su estómago, su mente. Sentía una bola de plomo en su garganta y una mano muy fría agarrotándola. 

Tuvo que volver la cabeza para mirar a Miguel Ángel, sentado tres filas más atrás y justo por detrás de él. 

Logró que el chico le devolviera la mirada al segundo intento. 

Entonces, hablaron en silencio, a lo largo de un momento. 

Sus ojos se lo dijeron todo. Es decir, nada. 

Cecilia recuperó la vertical. 

La señorita Manuela hablaba con su tono cadencioso, lento, deliberadamente pausado. Nunca sabían si era para que pudieran seguirla en sus explicaciones o si más bien se trataba de su peculiar forma de dar las clases. Su minuciosidad quedaba aún más patente cuando escribía en la pizarra, con aquella letra tan clara y elegante, llena de curvas y armonías. 

La letra de alguien que amaba las palabras. 

—... por lo que en cada texto tenemos lo que nos dice el autor, lo que no nos dice y lo que nosotros mismos entendemos. De manera que lo más importante es... 

La bola de papel impactó en la nuca de Cecilia. No le hizo daño, fue un golpe blando, pero sí la asustó. 

Mientras la pelotita caía al suelo y rodaba en dirección al entarimado, ella volvió la cabeza otra vez. 

Sabía a quien mirar. 

Salva y Segis disimulaban. Alan escribía algo, al parecer ajeno a la maniobra, porque no se aguantaba la risa como ellos. Cafre, en cambio, la miraba con fijeza. 

Hubo un murmullo. 

Roto por la tensión de la profesora. 

—¿Y ahora qué? 

No era una novata. Le bastó con ver la escena y leer en sus rostros y en sus gestos. Cecilia Torralba, como un tomate, Salvador Mateos y Segismundo Garrido, disimulando fatal, Carlos Freser, siempre un segundo por detrás de ellos... 

La bola de papel se quedó quieta casi a sus pies. 

—¡Ya! –apretó los puños al límite–. ¡Ya!, ¿de acuerdo? Su ira dominó el silencio. 

Cecilia bajó la cabeza. Contuvo sus ganas de llorar, más producto del miedo que a causa del enfado de la profesora. 

Porque la silla vacía se agigantaba más y más en su ánimo. 

—Freser, recoge eso –ordenó Manuela Giner. 

—¿Yo? ¿Por qúe?  

—¡Porque te lo digo yo!  

—Pues vaya –continuó en su asiento–. No es justo. 

—¿Quieres que te diga lo que es y no es justo? 

El chico, el más alto y cuadrado de toda la clase, lanzó una mirada envenenada a sus dos compañeros. Salva y Segis se la devolvieron, y también Alan, en el otro extremo del aula. Finalmente, se levantó y condujo su corpachón hasta la tarima. Recogió la bola de papel y se quedó con ella en la mano sin saber qué hacer. 

Hubo algunas risas más. 

—¡He dicho que ya! –gritó con más fuerza Manuela Giner. 

—¿Qué hago con esto? –preguntó el muchacho. 

—¿Qué tal si lo echas a la papelera? 

—Ah. 

La arrojó desde donde estaba. Se la jugó deliberadamente, pero tuvo suerte. Fue un enceste limpio a casi tres metros de distancia. Alguien dijo «¡Gasol!» en voz muy baja aunque todavía audible. 

—Vuelve a tu sitio, Freser –ordenó la maestra. Había nombres repetidos, así que se usaban los apellidos, por lo menos en clase. 

Cafre la obedeció, envalentonado por su última acción. 

—¿Podemos continuar? –preguntó Manuela Giner. Cecilia intercambió una última mirada con Miguel Ángel. 

¿Por qué una ausencia era más notoria y gigantesca que toda una clase junta?

5

Manuela Giner observó los movimientos de Carlos Freser regresando con lentitud a su puesto. Sabía de sobra que ellos le llamaban por su apodo, Cafre, resultante de unir las dos sílabas iniciales de su nombre y apellido, pero también del talante y la personalidad de su alumno. 

Los instigadores eran siempre ellos. 

Salvador Mateos, su sombra, Segismundo Garrido y el inteligente pero sobrado Alan Gao. 

«Ellos». 

Aunque fuera demasiado fácil resumirlo en una sola palabra, siempre impersonal y vacía. 

Como en otras ocasiones, demasiadas ya, se sintió agotada. Tanto como furiosa. La impotencia era un cáncer capaz de minar una resistencia semana a semana, día a día, hora a hora y minuto a minuto. Igual que el ejército sitiador de una plaza, bastaba con dejar pasar el tiempo para que los resistentes fueran debilitándose por la falta de alimentos y de agua. No hacía falta luchar. Sólo esperar. 

Y el cáncer avanzaba. Tan rápido. 

Tan pronto. 

Se sentía demasiado joven para ceder. Y ya vieja para luchar. 

Vieja a los treinta años. 

Primero solía decirse que los lunes eran malos. El segundo peor día de la semana. Los viernes se llevaban la palma, con la inmediatez del fin de semana disparando sus adrenalinas. Ahora ya no se trataba de un día concreto. La degradación aumentaba, le ganaba el terreno a cuanto se le pusiera por delante. Se habían roto las medidas, los límites. 

El libro que sostenían sus manos empezó a pesarle. Jamás lo hubiera dicho. Para ella un libro era la máxima felicidad, la llave de todas las maravillas. Mundos fascinantes, personajes que adquirían forma en su mente y en su corazón, historias que la emocionaban y la hacían reír, llorar, pensar... Sin embargo, para muchos de ellos aquello no significaba nada. Libro equivalía a «cultura», «estudio». Se negaban el aire del alma, el alimento del espíritu. Y no eran los nuevos tiempos. 

Eran «ellos». 

Salvador Mateos, Segismundo Garrido, Carlos Freser y Alan Gao. 

A veces no sabía si era mejor suspenderlos, para que aprendieran una mínima lección, o aprobarlos, para perderlos de vista y quitárselos de encima. Y al diablo su ética profesional. Al diablo con todo, empezando por los cuatro. De cualquier forma, tanto les daba aprobar osuspender, repetir curso o no. Se lo pasaban por el forro. Alan Gao tal vez no. Tenía esperanzas. Era demasiado listo. El único con perspectiva. Pero los otros tres... Ninguno iba a seguir estudiando. Ninguno veía un futuro más allá del pueblo y del trabajo que les esperaba en un par de años. Aún sin olvidar la ley, se preguntaba qué estaban haciendo allí. 

Contaminando al resto. Y aquella mañana... 

Fuere lo que fuere, flotaba en el ambiente. 

En los ojos extraviados de Cecilia Torralba, en el miedo de Miguel Ángel Gara, en el desafío de Salvador Mateos... 

No quiso apartar la mirada. 

Aquella sonrisa burlona, aquella superioridad. 

Todos sus sueños de maestra despedazados por una guerra perdida. 

—¿Puedo seguir? –les preguntó. Nadie tomó la palabra. 

Otro lunes. Otra clase. Otra impotencia. 

—Como estaba diciendo –retomó el hilo de sus palabras–, en toda historia encontramos...

6

Cipriano Galindo no se atrevió a tocar el cadáver.  

Salvo comprobar su temperatura corporal. 

Aún cálida. 

Miró el rostro del chico, vuelto hacia él, con el cuello roto, o desencajado, de manera que la postura resultaba grotesca. La parte de la cabeza que había impactado contra la roca se veía deforme, como si hubiese estallado. La caída desde lo alto del acantilado había sido de cara. Daba la impresión de que las rocas lo hubieran absorbido. El tronco se expandía hacia los lados. Las piernas debían de estar machacadas. El pie izquierdo colgaba en una posición imposible. 

—¿No le va a cerrar los ojos? –preguntó la hija del señor Tobías. 

—No. 

—¿Por qué? 

Utilizó sus galones. Deslizó una rápida mirada hacia Morales y este reaccionó como se esperaba de un buen número de la guardia civil. 

—Aquí ya no hay nada que ver –anunció–. Por favor, retírense y vuelvan a sus casas. Por favor... 

Nadie se movió. 

Así que tuvo que empujarlos. 

Algunos seguían llorando. Otros hundían sus sorpresas en la escena. Todos sabían que eran testigos de la historia. Vivían en un pueblo. Siempre, había un antes y un después para según que cosas. 

Y aquella era una de ellas. 

—Pobre chico. 

—¿Cómo se habrá podido caer? 

—Y justo aquí, en el acantilado. 

—Habría que volarlo de una vez. 

—O poner una barandilla. 

Cipriano Galindo se acercó un poco más al cadáver. El mar no llegaba hasta allí. Y la humedad ambiental no era tanta como para haber entumecido el cuerpo. De cualquier forma, las huellas de los senderos que fluían de los ojos del chico no parecían ser otra cosa que lágrimas. 

Cauces abiertos en una piel violentamente roja. Brillando en la despedida. 

Levantó la cabeza y miró la pared vertical que ascendía rumbo al cielo, todavía demasiado plomizo y compacto como para que los rayos de sol penetraran a través de las nubes. La última vez que alguien se había arrojado por el acantilado él acababa de llegar al pueblo. 

Ahora se disponía a dejarlo. 

¿Casualidad? 

Como si alguien escuchara sus pensamientos, recuperó el eco de una de las voces. 

—¿Os acordáis de la Enriqueta? Y a continuación, otras. 

—Cayó allí, un poco más lejos. 

—Pero ella estaba enferma. 

—No estaba enferma. Estaba embarazada. Bien lo sabía el Juan de la tía Francisca. 

—Morales, lléveselos –ordenó él. 

Esperó a que los apartara un poco más allá. Luego se resignó. Protegido con un guante de látex introdujo los dos dedos de la mano derecha en el bolsillo izquierdo de la cazadora del muerto. No encontró nada. Para hacer lo mismo en el otro bolsillo hubiera tenido que mover el cuerpo, así que se abstuvo. 

Volvió a mirar el acantilado. 

Un chico de catorce años no era tan estúpido como para tropezar y caerse. 

—¿Y si le han empujado? –gritó todavía alguien más. Cipriano Galindo no era el mejor guardia civil del mundo, ni siquiera un policía avezado. 

Pero si de algo estaba seguro, por años de trabajo, por instinto, por pequeños grandes detalles como aquellas lágrimas, la postura y el lugar de la caída, era que a Jacinto Quesada no le había empujado nadie.

7

Lo primero que notó al entrar en la habitación de su hijo mediano fue el orden. 

Y eso le hizo abrir los ojos. Sorprendida. 

Tenía que haberlo hecho antes de ir a la escuela, por fuerza. O antes de acostarse. La tarde anterior la habitación era la misma leonera de siempre, con ropa tirada por el suelo, la mesa convertida en un caos, libros, libretas, discos y un largo etcétera atiborrándola, la cama por hacer, ya que los días de fiesta eso era cosa suya, el olor a pies sudados y a lugar cerrado... 

Ahora en cambio... 

Jacinto nunca hacía las cosas por sí que gritarle, ordenárselo. 

mismo. Había Su madre contempló aquel nuevo horizonte. 

Se quedó quieta en mitad de la habitación, perdidas las alas, el ímpetu con el que había entrado dispuesta a pelear con la adversidad. El lugar era una isla. 

Destilaba paz.