El murmullo de los fantasmas - Boris Cyrulnik - E-Book

El murmullo de los fantasmas E-Book

Boris Cyrulnik

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Beschreibung

El despertar del amor, la necesidad de sentirse visto y aceptado, o la progresiva toma de distancia respecto a la familia pueden vivirse con una fuerza que desborda y, en muchos casos, reactiva heridas profundas originadas en la infancia. A través de relatos reales y profundamente humanos, Boris Cyrulnik explora cómo los adolescentes pueden atravesar situaciones límite —pérdidas, rechazos, experiencias de abandono o violencia— y encontrar salidas allí donde solo parecía haber sufrimiento. La clave de ese proceso es la resiliencia: una capacidad dinámica que no surge en soledad, sino que se construye en el vínculo con adultos significativos, educadores, referentes afectivos y pares.

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Seitenzahl: 357

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Boris Cyrulnik

El murmullo de los fantasmas

Volver a la vida después de un trauma

Traducción deTomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar

Herder

Título original:Le murmure des fantômes

Traducción: Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar

Diseño de la cubierta: Melina Belén Agostini

Edición digital: Admagraf

© 2003, Éditions Odile Jacob, París

© 2026, Herder Editorial, S. L., Barcelona

ISBN ePub: 978-84-254-5450-9

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.cedro.org).

Herder

www.herdereditorial.com

Sinopsis

La adolescencia es una etapa de intensas transformaciones emocionales. El despertar del amor, la necesidad de sentirse visto y aceptado, o la progresiva toma de distancia respecto a la familia pueden vivirse con una fuerza que desborda y, en muchos casos, reactiva heridas profundas originadas en la infancia.

A través de relatos reales y profundamente humanos, Boris Cyrulnik explora cómo los adolescentes pueden atravesar situaciones límite —pérdidas, rechazos, experiencias de abandono o violencia— y encontrar salidas allí donde solo parecía haber sufrimiento.

La clave de ese proceso es la resiliencia: una capacidad dinámica que no surge en soledad, sino que se construye en el vínculo con adultos significativos, educadores, referentes afectivos y pares.

Autor

Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937). Neuropsiquiatra, psicoanalista y etólogo de formación, es considerado uno de los padres de la resiliencia. Es profesor de la Universidad de Toulon en Francia, profesor asociado en la Universidad de Mons en Bélgica y responsable de un grupo de investigación en etología clínica en el Hospital de Toulon.

Es autor de más de una treintena de libros, algunos de los cuales fueron traducidos a diversas lenguas.

Índice

Sinopsis

Introducción

1. Los chiquillos o la edad del vínculo

Sin sorpresa no emergería nada de lo realCuando la caída de una bayeta se vuelve aterradoraUn corro infantil que es como una varita mágicaAsí es como los hombres hacen hablar a las cosasLa alianza del duelo y de la melancolía¿Es más demoledor el vacío de la pérdida que un entorno destructor?Un rescoldo de resiliencia puede reavivarse si se le soplaCómo conseguir que un niño maltratado repita el maltratoLa triste dicha de Estelle era, pese a todo, un progresoLa resiliencia de los niños de la calle en la Suiza del siglo xviSe sentían amables porque les habían amado: habían aprendido la esperanzaDar a los niños el derecho de darNo se puede hablar de trauma más que si se ha producido una agonía psíquicaLa narración permite volver a coser los trozos de un yo desgarradoLa huella de lo real y la búsqueda de recuerdosCuando el recuerdo de una imagen es nítido, la forma en que se habla de él depende del entornoEl colegio revela la idea que se forma de la infancia una culturaEl día de su primera asistencia al colegio, el niño ya ha adquirido un estilo afectivo y aprendido los prejuicios de sus padresAlgunas familias bastión resisten a la desesperación culturalCuando los niños de la calle resisten a las agresiones culturalesHemos descuidado el poder moldeador de la interacción entre los propios niñosUn encuentro mudo pero preñado de sentido puede adquirir un efecto de resilienciaSe pueden invertir grandes energías en el colegio para complacer a los padres o para escapar de ellosLa creencia en los propios sueños entendida como una libertad interiorUna defensa legítima pero aislada de los demás puede volverse tóxicaEl colegio es un factor de resiliencia cuando la familia y la cultura le dan ese poderEl extraño hogar del niño adultistaLa oblatividad mórbida, es decir, la excesiva dádiva de uno mismo, como precio de la libertadDesembarazarse del sacrificio para ganar la propia autonomía

2. Las frutas verdes o la edad del sexo

La narración no es el retorno del pasadoTodo relato es una herramienta para reconstruir el propio mundoDebatirse y después soñarLa casa de fieras imaginaria y la novela familiarDar forma a las sombras para reconstruirse. La omnipotencia de la desesperaciónLos libros del yo modifican lo realLa literatura de la resiliencia actúa más en favor de la liberación que de la revoluciónFingir para fabricar un mundoLa mentira es un escudo contra lo real, y la mitomanía algo que solo esconde las miseriasLa ficción posee un poder de convicción muy superior al de la explicaciónPrisionero de un relatoEl poder reparador de las ficciones puede modificar lo realUn veterano de guerra de 12 añosCuando la paz se vuelve aterradoraDesgraciados los pueblos que tienen necesidad de héroesLa ventura del niño herido que tiene necesidad de héroesLa angustia de quien se lanza al agua desde una gran alturaHasta los más fuertes tienen miedo a lanzarseEl hecho de creer en un mundo justo da una esperanza de resiliencia¿Es posible convertir a una víctima en una gran figura cultural?Cómo descongelar a un niño heladoAprender a amar a pesar del maltratoRemendarse tras el desgarroLa cultura es la encargada de avivar las brasas de la resilienciaAsumir riesgos para no pensarBalizas culturales para la asunción de riesgos: la iniciaciónLa seguridad afectiva y la adquisición de responsabilidades sociales son los factores primordiales de la resiliencia

Conclusión

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Introducción

Nadie podía adivinar que era un fantasma. Era demasiado bonita para que nadie lo creyese, demasiado dulce y radiante. Un aparecido no tiene calor, es una sábana fría, una tela, una sombra inquietante. Ella en cambio nos maravillaba. Tendríamos que haberlo sospechado. ¿Qué poder tenía para embelesarnos hasta ese punto, para arrebatarnos y transportarnos, llenándonos de felicidad? Estábamos en un error, un error que no nos permitió comprender que llevaba muerta mucho tiempo.

En realidad, Marilyn Monroe no estaba muerta del todo, solo lo estaba un poco, aunque a veces lo estaba algo más. Al hacer que naciera en nosotros un sentimiento delicioso, su encanto nos impedía comprender que no es preciso estar muerto para no vivir. Marilyn empezó a no estar viva desde su mismo nacimiento. Su madre, atrozmente desgraciada, expulsada de la humanidad porque había traído al mundo a una niña ilegítima, se encontraba embrutecida por la desdicha. Un bebé solo puede desarrollarse si se encuentra rodeado de las leyes que inventan los hombres, y la pequeña Norma Jean Baker, incluso antes de nacer, se hallaba fuera de la ley. Su madre no tuvo fuerzas para ofrecerle unos brazos que le transmitiesen seguridad: hasta ese punto se hallaba su mundo saturado de melancolía. Fue preciso internar a la futura Marilyn en orfanatos helados y confiarla a una sucesión de familias de acogida en las que resultaba difícil aprender a amar.

Los niños sin familia valen menos que los demás. El hecho de explotarlos desde el punto de vista sexual o social no es un delito excesivamente grave, puesto que estos pequeños seres abandonados no son enteramente niños de verdad. Así piensan algunas personas. Para sobrevivir a pesar de las agresiones, la pequeña «Marilyn tuvo que ponerse a fantasear, a nutrirse del dolor mismo, antes de abismarse en la melancolía y la locura de su madre».1 Así las cosas, declaró que Clark Gable era su verdadero padre y que pertenecía a una familia real…, ¡ya que estaba! Marilyn se dotaba así de una vaga identidad, porque, sin sueños locos, habría tenido que vivir en un mundo de fango. Cuando lo real está muerto, el delirio proporciona un sobresalto de felicidad. Por eso se casó con un campeón de béisbol para quien cocinaba todas las noches zanahorias y guisantes porque le encantaba el color que tenían.

En Manhattan, donde cursó estudios de teatro, se convirtió en la alumna favorita de Lee Strasberg, que había quedado fascinado por su gracia extraña. Ya para entonces, con mucha frecuencia, había estado muerta. Era preciso estimularla mucho para que no se dejase arrastrar a la no vida. Se quedaba adormecida, no se levantaba de la cama y dejaba de lavarse. Cuando la despertaba un beso, el de Arthur Miller, por quien se volvió judía, el de John Kennedy o el de Yves Montand, volvía a la vida, deslumbradora y cálida, y nadie se daba cuenta de que estaba siendo embelesado por un fantasma. Y sin embargo, ella misma lo decía cuando cantaba I’m Through With Love, aunque, situada ya en el límite del mundo, radiante y en plena gloria, sabía que no le quedaban más que tres años de vida antes de concederse un último regalo: la muerte.

Marilyn jamás estuvo del todo viva, pero no podíamos saberlo, ya que su maravilloso fantasma nos embrujaba en el más alto grado.

La última biografía de Hans Christian Andersen se abre con esta frase: «Mi vida es un bello cuento de hadas, magnífico y feliz».2 Siempre hay que dar crédito a lo que escriben los autores. En todo caso, es frecuente que la primera línea de un libro se halle preñada de sentido. Cuando el pequeño Hans Christian vino al mundo en la Dinamarca de 1805, su madre se había visto obligada a prostituirse por su propia madre, que le pegaba y le imponía a los clientes. La joven se había fugado, embarazada de Hans Christian, y se había casado con el señor Andersen. Esta mujer estaba dispuesta a todo para que su hijo no conociese la miseria. Por eso se hizo lavandera, y el padre se enroló como soldado de Napoleón. Alcohólica y analfabeta, la madre de Hans Christian murió en plena crisis de delirium tremens, y el padre se mató en un acceso de demencia. El muchachito tuvo que trabajar en una pañería, y después en una fábrica de tabaco en la que las relaciones humanas eran frecuentemente violentas. Sin embargo, Hans Christian, nacido en la prostitución, la locura y la muerte de sus padres, en la violencia y la miseria, nunca careció de afecto. Siendo «muy feo, dulce y amable como una niña»,3Hans Christian se vio acogido primero por el deseo que tenía su madre de hacerle feliz, y más tarde por el regazo de la abuela paterna, que le educó con ternura con ayuda de una vecina que le enseñó a leer. La comunidad de cinco mil almas de Odense, en la isla de Fionia, estaba fuertemente marcada por la tradición de los contadores de cuentos. La poesía acompañaba los encuentros, y en ellos se recitaban las sagas islandesas y se practicaban los juegos de los inuit de Groenlandia. La artesanía, las fiestas y las procesiones señalaban el ritmo vital de este cálido grupo al que daba gusto pertenecer.

Es fácil imaginar que el pequeño Hans percibiera que el primer mundo que encontró a su alrededor se hallaba dibujado en forma de oxímoron, una figura retórica en la que dos términos antinómicos se asocian pese a oponerse, del mismo modo en que las vigas del techo se sostienen porque se apoyan la una contra la otra. Esta curiosa conjunción de palabras permite evocar sin contradecirse una «oscura claridad» o una «maravillosa desgracia». El mundo del pequeño Andersen tenía que organizarse en torno de estas dos fuerzas, le era absolutamente preciso abandonar el fango de sus orígenes para vivir en la claridad del afecto y de la belleza extraña de los cuentos de su cultura.

Estos mundos opuestos se hallaban unidos por el arte que transforma el lodo en poesía, el sufrimiento en éxtasis, al patito feo en cisne. Este oxímoron constituido por el universo en el que crecía el niño quedó rápidamente incorporado a su memoria íntima. Su madre, que le reconfortaba con su ternura, se ahogaba en el alcohol y moría entre los vómitos del delirium. Una de sus abuelas era la encarnación de la mujer bruja, la que no duda en prostituir a su hija, mientras que la otra era la personificación de la mujer hada, la que da la vida e invita a la felicidad. Así es como el pequeño Hans aprendió muy pronto la representación de un mundo femenino escindido, cosa que habría de convertirle más tarde en un hombre intensamente atraído por las mujeres, y aterrado por ellas. Su infancia de tipo «profiterol» estaba compuesta de incesantes humillaciones y de sufrimientos reales simultáneamente asociados a las cotidianas delicias de los encuentros afectuosos y de las maravillas culturales. No solo conseguía soportar el horror de sus orígenes, sino que lo que realzó la ternura de las mujeres y la belleza de los cuentos fue tal vez la aterradora prueba de sus primeros años. El oxímoron que estructuraba su mundo iba a tematizar también su vida y a regir sus relaciones adultas. En la historia de una vida, solo tenemos un único problema que resolver, el que da sentido a nuestra existencia e impone un estilo a nuestras relaciones. La desesperación del patito feo se vio teñida por la admiración que sentía hacia los grandes cisnes blancos y vivificada por la esperanza de nadar junto a ellos con el fin de proteger a otros niñitos feos.

Este par de fuerzas opuestas que le daba la energía necesaria para «salir de la ciénaga y acceder a la luminosidad de las cortes reales»4 explica también sus dolorosos amores. Hans, pájaro herido, caído prematuramente del nido, quedaba una y otra vez enamorado de aterradoras currucas. Le atraían todas las mujeres, a él, al herido salvado del fango por el vínculo femenino, pero esta sacralización del vínculo, esta divinización de las mujeres que galvanizaba sus ensoñaciones inhibía su sexualidad. Solo se atrevía a amarlas desde lejos. Uno no se convierte impunemente en cisne, y el precio de su resiliencia,5 lograda al coste de su sexualidad, le empujaba a una soledad que colmaba con creaciones literarias.

Hans Christian Andersen nació en la prostitución de su madre, en la locura de sus padres, en la muerte, en la orfandad precoz, en la miseria doméstica, en la violencia social.

¿Cómo no permanecer muerto cuando se vive así? Dos brasas de resiliencia reanimaron su alma: por un lado, el vínculo con algunas mujeres reparó su estima de niño desamparado, y por otro, le ayudó el contexto cultural compuesto por extraños relatos en el que la lengua de las ciénagas hizo surgir de la bruma gnomos, duendes, hadas, brujas, elfos, guerreros, dioses, armas, cráneos, sirenas, vendedoras de cerillas y patitos feos dedicados a la madre muerta.

Marilyn Monroe jamás pudo encontrar ni vínculo ni sentido,6 las dos palabras que permiten la resiliencia. Sin vínculos y sin historia, ¿cómo podríamos convertirnos en nosotros mismos? Cuando la pequeña Norma fue internada en un orfanato, nadie podía pensar que un día se convertiría en una Marilyn capaz de cortar la respiración. La carencia afectiva había hecho de ella un pajarillo desplumado, tembloroso, encogido, incapaz de abrirse al mundo y a la gente. Los incesantes cambios de familia de acogida no habían permitido organizar a su alrededor una permanencia afectiva capaz de permitirle adquirir el sentimiento de ser digna de amor. Y de este modo, cuando llegó a la edad del sexo, se dejó tomar por quien tuviese ganas de ella.

Cuando los hombres no se aprovechaban de ella en el terreno sexual, la explotaban en el económico. Darryl Zanuck, un productor de cine, tenía interés en considerarla como una cabeza de chorlito ya que así podía enriquecerse alquilándola a otros estudios. Ni siquiera aquellos que la amaron con sinceridad supieron penetrar en su mundo psíquico para ayudarla a hacer un trabajo de reconstrucción de su propia historia que fuera capaz de dar sentido a su infancia atropellada. Sus enamorados amantes se dejaron atrapar voluptuosamente por la magnífica imagen de la dulce Marilyn. Cegados por tanta belleza, no supimos ver su inmensa desesperación. Permaneció sola en el barro, lugar al que, de vez en cuando, le arrojábamos un diamante…, hasta el día en que se dejó ir.

El patito feo Hans había encontrado, durante su aterradora infancia, los principales tutores de resiliencia: unas mujeres le habían amado y unos hombres habían organizado un entorno cultural en el que los cuentos permitían metamorfosear a los sapos en príncipes, el fango en oro, el sufrimiento en obra de arte.

La dulce y bella Norma no recibió más agresiones que el pequeño Hans. Hay muchas familias de acogida que saben reconfortar a estos niños. Sin embargo, la chiquilla, demasiado formal a causa de su melancolía, no encontró la estabilidad afectiva que habría podido estructurarla, ni los relatos que necesitaba para comprender cómo debía vivir para salir del lodo.

Tras evadirse del infierno, el pequeño Hans recobró el gusto por la vida. Frecuentó a los cisnes, escribió cuentos y sometió a votación algunas leyes para proteger a otros patitos feos. Sin embargo, su personalidad escindida sofocó su sexualidad porque las mujeres a las que adoraba le inspiraban demasiado miedo. Esa renuncia le ofreció una recompensa al inventar héroes con los que se identificaron muchos niños heridos.7

La conmovedora Marilyn no volvió a la vida. Permaneció muerta. Lo que adorábamos era su fantasma. No tejió su resiliencia porque su entorno jamás le ofreció una estabilidad afectiva, y porque tampoco la ayudó a conferir sentido a su desgarro. El pequeño Hans, por su parte, encontró los dos pilares de la resiliencia que, a pesar de los pesares, le permitieron construir una vida apasionante. Se evadió del infierno al precio de su sexualidad, pero nadie afirma que la resiliencia sea una receta para la felicidad. Es una estrategia de lucha contra la desdicha que permite arrancarle placer a la vida, pese al murmullo de los fantasmas que aún percibe en el fondo de su memoria.

1 J. Charyn, «Sugar Kane et la Princesse Rita», en Revue des Deux Mondes, 2000, p. 17.

2 J. Luquet, Hans Christian Andersen (1805-1875). Le vilain petit canard, Société Française de Psychologie Adlérienne, boletín n.º 85, abril de 1996.

3Ibid., p. 4.

4Ibid., p. 20.

5 Resiliencia: proceso que permite retomar un tipo de desarrollo a pesar de una situación traumática y en circunstancias adversas.

6 S. Vanistendael y J. Leconte, Le bonheur est toujours possible, prólogo de Michel Manciaux, París, Bayard, 2000 [trad. cast.: La felicidad es posible: Despertar en niños maltratados la confianza en sí mismos: construir la resiliencia, Barcelona, Gedisa, 2002].

7Charles Dickens siguió exactamente el mismo proceso. Tras haber sido un niño herido por el encarcelamiento de su padre, circunstancia que había acarreado la miseria extrema de la familia, el pequeño Charles tuvo que trabajar desde los 12 años en una fábrica de betún. Quedará psíquicamente reparado gracias a los cuentos. Más tarde, siendo ya adulto, dejó de escribir cuentos para dedicarse a las novelas educativas y comprometerse socialmente. Cf. P. Ackroyd, Dickens, Londres, Sinclair-Stevenson, 1999.

1Los chiquillos o la edad del vínculo

Sin sorpresa no emergería nada de lo real

Solo es posible hablar de resiliencia si se ha producido un trauma que se haya visto seguido por la recuperación de algún tipo de desarrollo, es decir, si se verifica la recomposición del desgarro. No se trata de un desarrollo normal, ya que, a partir de ese momento, el trauma inscrito en la memoria forma parte de la historia del sujeto y le acompaña como un fantasma. La persona herida en el alma podrá retomar un desarrollo, un desarrollo que en lo sucesivo se verá modificado por la fractura de su personalidad anterior.

El problema es sencillo, pero basta plantear la pregunta con claridad para que se vuelva complicado. En este sentido, yo preguntaría lo siguiente:

¿Qué es un acontecimiento?¿En qué consiste esa violencia traumática que desgarra la burbuja protectora de una persona?¿Cómo se integra en la memoria una situación traumática?¿En qué consiste el andamiaje que debe rodear al sujeto tras el estropicio, el andamiaje que debe permitirle retomar su vida, pese a la herida y a su recuerdo?

Había dos chavales de la Beneficencia en aquella granja de Néoules, cerca de Brignoles. Uno mayor, de 14 años, y René, de 7. Los chicos dormían fuera, en el granero de madera, mientras Cécile, la jorobada, la hija de los dueños, tenía derecho a dormir en una cama con sábanas blancas y a una habitación. La granjera era dura, «en casa de Marguerite, las cosas funcionaban a base de estacazos». Como no tenía nada que decirles a los chicos, siempre que pasaba junto a ellos, les intentaba sacudir con un palo, así, sin más. Era frecuente que fallara, pero, lo que resulta chocante, por así decirlo, es el hecho de que en las ocasiones en que los chicos recibían un golpe, nunca se lo reprocharan a la granjera. Al contrario, se echaban la culpa a sí mismos: «Pues la habías oído llegar», «podrías haberte colocado mejor para protegerte…». Esta interpretación permite comprender que el dolor de un golpe no es un trauma. Con frecuencia sentían dolor, y se frotaban la cabeza o el brazo, pero cuando se representaban el acontecimiento, cuando se lo contaban a sí mismos, o cuando recordaban algunas imágenes, no sufrían por segunda vez, ya que el golpe venía de alguien a quien no querían. Uno no le echa la culpa a la piedra contra la que se golpea, siente dolor y nada más. Sin embargo, cuando el golpe proviene de una persona con la que se ha establecido una relación afectiva, una vez soportado el golpe, se sufre por segunda vez con su representación.

Los niños no consideraban extraño este sentimiento. La rabia que sentían por haber caído en la trampa y la autoacusación constituían ya indicios de resiliencia, como si hubiesen pensado: «Teníamos una pequeña posibilidad de libertad. Al oírla llegar, podíamos haberla evitado, pero hemos perdido esa oportunidad». El hecho de atribuirse a sí mismos la responsabilidad les permitía sentirse dueños de su destino: «Hoy soy pequeño, estoy solo e increíblemente sucio, pero, algún día, ya lo verás, sabré ponerme en una situación en la que nunca más vuelva a recibir golpes». Y como la granjera marraba frecuentemente su diana, lo que se desarrollaba en el espíritu de René era, paradójicamente, un sentimiento de victoria: «Por lo tanto, puedo controlar los acontecimientos».

La madre de Beatriz quería ser bailarina. Sus cualidades físicas y mentales le auguraban una hermosa carrera, pero cuando quedó encinta pocos meses antes de la prueba, su bebé adquirió para ella el significado de una persecución: «Por su culpa, mis sueños se han echado a perder». Entonces, sintió odio hacia su niña, y cuando uno aborrece a alguien hay que encontrar razones que expliquen por qué resulta detestable, ¿verdad? Le pegaba mientras le explicaba que era por su bien, para que creciese mejor. En el instante mismo en el que Beatriz recibía los golpes, pensaba: «Pobre mamá, no sabes controlarte, no eres una verdadera adulta». Y esa condescendencia la protegía contra el sufrimiento de la representación de los golpes. Beatriz solo sufría una vez. Sin embargo, fue necesario separarla de su madre, porque el maltrato era realmente grave. Tras pasar a vivir con una vecina, Beatriz se empezó a sentir culpable por suponer una carga: «Mi vecina sería feliz si yo no estuviese aquí. Se porta muy bien al hacerse cargo de mí». A partir de entonces, la niña se volvió de una amabilidad mórbida. Iba a pie al colegio para ahorrarse el billete de autobús, lo que le permitía comprar más tarde un regalo a su tiíta. Se levantaba muy temprano por la mañana para hacer silenciosamente las cosas de la casa y que, al despertarse, la señora tuviese la sorpresa de ver una casa impecable. Por supuesto, la vecina se acostumbró a ver la cocina limpia, y el día en que se encontró que el suelo aún mostraba la suciedad de la cena de la noche anterior insultó a Beatriz y, con la excitación de la cólera, le dio un escobazo. El golpe no le había hecho daño, pero dado que significaba que los esfuerzos de Beatriz quedaban descalificados, provocó una desesperación de varios días durante los cuales la niña volvía a ver, sin cesar, las imágenes del escobazo. Beatriz sufría dos veces.

Para experimentar el sentimiento de que se ha producido un acontecimiento, es necesario que algo en lo real provoque una sorpresa y una significación que confieran realce a la cosa. Sin sorpresa, no emergería nada de lo real. Sin realce, no habría nada que llegase a la conciencia. Si un fragmento de lo real «no quisiese decir nada», ni siquiera se constituiría en recuerdo. Esta es la razón de que, por lo común, no tomemos conciencia de nuestra respiración ni de nuestra lucha contra la atracción terrestre. Cuando decidimos prestar atención a estas cosas, no nos queda el recuerdo porque este hecho no quiere decir nada en particular, a menos que nos pongamos enfermos. Cuando un hecho no se integra en nuestra historia porque no tiene sentido, se borra. Por mucho que escribamos en un diario íntimo todos los hechos del día, casi ninguno se transformará en recuerdo.

Cuando la caída de una bayeta se vuelve aterradora

Determinados escenarios van a convertirse en memoria y a constituir jalones de nuestra identidad narrativa, como si se tratase de una serie de historietas mudas: «Recuerdo claramente que, tras aprobar el bachillerato, fui con un compañero a beber un Martini en el mostrador de cinc de un bareto. Me acuerdo de la cazadora de ante de mi joven condiscípulo, de su peinado y de su cara. Me acuerdo del cinc abombado de la tasca y del rostro del camarero. Me acuerdo incluso de haber dicho: “Ahora que ya tenemos el bachillerato, tenemos valor”. Me acuerdo de la expresión asombrada de mi compañero, porque él consideraba que sin duda ya tenía valor antes de aprobar el bachillerato». El que así se expresaba había extraído este escenario del magma de lo real y lo había convertido en un ladrillo para la construcción de su identidad. Niño abandonado, empleado en una fábrica desde los 12 años, su éxito en el bachillerato adquiría para él el significado de un acontecimiento extraordinario que iba a permitirle hacerse ingeniero. El colegio significaba «reparación» y «compensación» para un adolescente que, sin diploma, habría tenido dificultades para valorarse. Beber un Martini narraba en imágenes el ritual de un escenario que iba a convertirse en una baliza de su memoria.

Sin acontecimiento no hay representación de uno mismo. Lo que ilumina un fragmento de lo real y lo transforma en acontecimiento es la forma en que el medio ha vuelto al sujeto sensible a este tipo de información.

No podemos hablar de situación traumática más que si ha habido fractura, es decir, solo en el caso de que una sorpresa con proporciones de cataclismo —o de carácter, en ocasiones, insidioso— sumerja al sujeto, lo zarandee y lo embarque en un torrente, en una dirección que hubiera preferido no tomar. En el momento en que el acontecimiento desgarra su burbuja protectora, desorganiza su mundo y, en ocasiones, le provoca confusión, el sujeto, poco consciente de lo que le ocurre, desamparado, ha de encajar, como René, algunos palos. Sin embargo, es preciso cuanto antes dar sentido a la fractura para no permanecer en ese estado de confusión en el que no es posible decidir nada porque no se comprende nada. Tendrá que ser por tanto una representación de imágenes y de palabras lo que pueda configurar de nuevo un mundo íntimo al restituir una visión nítida de los acontecimientos.

El acontecimiento que produce el trauma se impone y nos aturrulla, mientras que el sentido que atribuimos al acontecimiento depende de nuestra historia y de los rituales que nos rodean. Esta es la razón de que Beatriz padeciera por el efecto de unos escobazos de la vecina que para ella significaban el fracaso de su estrategia afectiva y que, sin embargo, padeciese menos por el grave maltrato de su madre. No existe por tanto ningún «acontecimiento en sí», ya que un fragmento de lo real puede adquirir un valor destacado en un contexto y resultar trivial en otro.

En una situación de aislamiento sensorial, todas las percepciones se ven modificadas. Cuando vamos a la cocina a buscar un vaso de agua, nos puede suceder que veamos una bayeta, y no por ello quedaremos conmocionados. Sin embargo, si estamos solos en una cárcel, si llevamos aislados varios meses y vemos esa misma bayeta, la cosa se convierte en un acontecimiento: «Dormitaba, sin pensar en nada, y de pronto oí un ruido detrás de mí. La bayeta acababa de caerse de los barrotes, con la flexibilidad de un gato. Estaba inmóvil, pero tenía la impresión de que, de un momento a otro, iba a levantarse y a saltar… Alcé la vista y entonces la vi. La sombra de la bayeta dibujaba sobre la pared la silueta de un ahorcado… No podía apartar los ojos de la imagen. Permanecí una tarde entera frente a aquel fantasma».8 En un contexto socializado, una bayeta no produce ningún recuerdo, mientras que, en un contexto de privación sensorial, la misma bayeta, al dibujar sobre la pared la sombra de un ahorcado, se convierte en un acontecimiento que actúa como jalón en la historia del interesado.

Esta es la razón de que la restricción afectiva constituya una situación de privación sensorial grave, un trauma insidioso tanto más demoledor cuanto que nos resulta difícil tomar conciencia de él, convertirlo en acontecimiento, en recuerdo que podamos encarar y modificar. Cuando no logramos enfrentarnos a una reminiscencia, esta nos atormenta, como una sombra en nuestro mundo íntimo, y es ella la que nos modifica. El aislamiento sensorial es en sí mismo una privación afectiva. La persona aislada deja de verse afectada por los mismos objetos sobresalientes, lo que explica la sorprendente modificación del vínculo de quienes han sufrido alguna carencia afectiva. El afecto es una necesidad tan vital que, si nos vemos privados de él, nos vinculamos intensamente a todo acontecimiento que nos permita recuperar un soplo de vida, al precio que sea: «Estar solo es el peor sufrimiento. Uno desea constantemente que suceda algo, uno se pasa el tiempo esperando que llegue el “papeo”, el paseo, la hora de irse a la cama, que venga alguien. Por la mañana, cuando ves al ayudante, hay veces que te alegras mucho de verle, aunque solo sea durante unos segundos… La soledad produce unos efectos curiosos».9

En semejante situación, un dato minúsculo llena una vida vacía. El sujeto sometido a la carencia, hambriento de vida sensorial, se vuelve hipersensible a la menor señal y percibe un inesperado suspiro, una mínima sonrisa, un fruncimiento de cejas. En un contexto sensorial normal, estos indicios no adquieren significado, pero en un mundo en el que hay una carencia afectiva, se convierten en un acontecimiento capital. «Lo primordial es no hacer ruido. No llamar la atención sobre su presencia»,10 decía el psiquiatra Tony Lainé cuando tuvo que ayudar a David, un niño encerrado en un armario mientras su madre viajaba. No se había tejido el vínculo entre la madre y su hijo. Cuando lo veía, lo maltrataba de forma increíble: «Mi madre me instalaba entonces, durante horas, de rodillas sobre una barra de hierro, con la nariz pegada a una pared. O si no, me encerraba en el cuarto de baño durante días enteros».11 Sin embargo, un día, un domingo, vino a buscarlo, y —deslumbrador acontecimiento—, ¡le llevó a dar un paseo! David recordará toda su vida aquel domingo luminoso en el que ella lo cogió de la mano. (¿Quién se acuerda de los domingos en que su madre le cogió de la mano? Desde luego no aquellos a quienes les cogía de la mano todos los días). La carencia afectiva de David transformó un gesto trivial en aventura que deja huella. Todo niño correctamente amado jamás construye un recuerdo a partir de semejante trivialidad afectiva. Esto no quiere decir que no la conserve en la memoria. Al contrario, incluso: la trivialidad afectiva marca en su cerebro una sensación de seguridad. Y es la adquisición de esta confianza en sí mismo la que le enseña la dulce osadía de las conquistas afectivas. Ese niño ha aprendido, sin saberlo, una forma de amar ligera. Pero nunca podrá recordar la causa de ese aprendizaje.

Algunos niños privados de afecto construyen su identidad narrativa en torno a esos magníficos momentos en los que alguien tuvo a bien amarles, cosa que genera unas biografías asombrosas en las que el niño abandonado en un orfanato, aislado en un sótano, violado, apaleado e incesantemente humillado se convierte en un adulto resiliente que afirma con toda tranquilidad: «Siempre tuve mucha suerte en la vida». Desde el fondo de su fango y de su desesperación, se ha mostrado ávido de los pocos momentos luminosos en los que recibió un obsequio afectivo que él convertiría en un recuerdo mil veces revisado: «un domingo, ella me tendió la mano…».

Un corro infantil que es como una varita mágica

Cuando no se tiene la posibilidad de trabajar los propios recuerdos, quien nos trabaja es la sombra del pasado. Los que tienen una carencia, al volverse hipersensibles a la menor información afectiva, pueden convertir dicha información en un acontecimiento magnífico o desesperante, en función de los encuentros que proponga su entorno.

Bruno fue abandonado por haber nacido fuera del matrimonio, cosa que, en el Canadá de hace cuarenta años, era considerado como un delito grave. Por toda «relación», el niño aislado no había encontrado más que sus manos, y las agitaba sin cesar, de modo que su mismo movimiento creaba en él una sensación de acontecimiento, dándole, pese a todo, un poco de vida. Tras varios años de aislamiento afectivo, había sido integrado en un hogar lo suficientemente cálido como para hacer desaparecer estos síntomas. Sin embargo, conservó una forma de amar aparentemente distante y fría, forma que, al menos, no le espantaba. Esta adaptación realizada para obtener seguridad no era un factor de resiliencia, ya que, al apaciguar al niño, le impedía retomar su desarrollo afectivo. Una noche, después de cenar, una amable religiosa organizó un corro en el que, siempre que el chico invitaba a una niña, debía cantar: «Para Rosine son mis preferencias, porque es la más bonita de las dos/¡Ah! Ginette, si crees que te quiero/Mi corazoncito no está hecho para ti/Está hecho para la que amo/Que es más bonita que tú». Cuando Bruno y otro chico fueron invitados por una chica a girar en medio del gran corro formado por los otros niños, quedó como anestesiado por esa increíble elección. Pero cuando oyó que todo el corro infantil replicaba a coro: «Para Bruno son las preferencias…», dejó de percibir el resto de la canción, ya que su mundo acababa de estallar, con una gran luminosidad, en una alegría inmensa y una dilatación que le daban una asombrosa sensación de ligereza. Giró como un loco con la chiquilla, y después, olvidándose de reincorporarse al corro, fue corriendo a esconderse debajo de su cama, increíblemente feliz. ¡Era pues posible amarle!

El otro niño, un poco disgustado, se enfurruñó durante treinta segundos, justo lo que tardó en darse cuenta de que también otros niños, al igual que él, podían no ser los preferidos. Después lo olvidó todo. Ese pequeño fracaso nunca constituyó un acontecimiento para él, debido a que, por causa de su pasado de niño amado, ese corro no había resultado significativo. Para Bruno, por el contrario, ese mismo corro había adquirido el valor de una revelación. Durante toda su infancia volvió a pensar mil veces en ello, y aún hoy, cuarenta años después, habla con una sonrisa de ese acontecimiento capital que transformó su manera de amar.

Nos vemos configurados por lo real que nos rodea, pero no tomamos conciencia de ello. La huella de lo real se graba en nuestra memoria sin que podamos darnos cuenta, sin que se produzca un acontecimiento. Aprendemos a amar a nuestro pesar, sin saber siquiera de qué modo amamos. ¿Es posible que Freud quisiese hablar de esta forma de memoria, actuante y desprovista de recuerdo, al evocar «la roca biológica del inconsciente»?12

El acontecimiento es una inauguración, algo así como un nacimiento a la representación de uno mismo.13 Para Bruno, siempre habrá un antes y un después del corro. La falta de afecto le había convertido en una persona hambrienta y aterrorizada por la intensidad de la necesidad. Su desgracia había inscrito en él una huella biológica, una sensibilidad preferente a este tipo de acontecimientos, que percibía mejor que nadie. Si no hubiera vivido la experiencia de este corro, habría encontrado más tarde una circunstancia análoga. Pero si el contexto cultural hubiera prohibido estos corros, u organizado una sociedad en donde los niños nacidos fuera del matrimonio no hubiesen tenido derecho a bailar, entonces Bruno habría estabilizado en su memoria estas huellas de privación afectiva. Las habría aprendido a su pesar, y su comportamiento autocentrado, aparentemente glacial, nunca habría podido verse reconfortado por este tipo de encuentros. El acontecimiento jamás se habría producido.

Hoy, la escena del corro constituye un jalón de la identidad narrativa de Bruno: «Me sucedió algo asombroso, fui metamorfoseado por un corro». Sin embargo, no puede cerrarse un ciclo de vida, una existencia entera, tras el primer capítulo. Entonces, repasando su pasado, Bruno va a buscar los episodios que le permiten proseguir su metamorfosis y trabajar en ella con el fin de aclarar un tanto la negrura de su primera infancia: «No le guardo rencor a mi madre por haberme abandonado. Era la época la que así lo quería. También ella debió sufrir mucho». El relato de su pasado, su recomposición intencional, aligera la sombra que le aplastaba.

El abandono que había impregnado en él su triste manera de amar se convirtió, en su representación de sí, en un acontecimiento, en una herida, en una carencia que pudo volver a elaborar con la perspectiva del tiempo. Y ello porque determinadas aventuras son metáforas de uno mismo: «Después de este corro, comprendí qué es lo que había que hacer para tener amigos. He tenido mucha suerte en mi vida. Sor María de los Ángeles, al llevarme a realizar las pruebas del cociente intelectual, me sopló las respuestas que debía dar. Mis resultados fueron buenos. Orientaron mi educación hacia el instituto. Hoy soy profesor de letras».

Así es como los hombres hacen hablar a las cosas

La arqueología de una cripta, la iluminación de una zona de sombra de nuestra historia, es algo que puede convertirse incluso en una búsqueda apasionante si se logra desvelar un misterio y si nuestro entorno participa en la exploración. Todo trauma nos conmociona y nos desvía, encaminándonos a una tragedia. Sin embargo, la representación del acontecimiento nos da la posibilidad de convertir ese trauma en el eje de nuestra historia, en una especie de negro lucero del alba que nos indica la dirección. Cuando nuestra burbuja se desgarra, perdemos nuestra protección. Desde luego, la herida es real, pero su destino no es independiente de nuestra voluntad, ya que nos resulta posible hacer algo con él.

El señor Dom tenía 18 años cuando fue detenido por la Gestapo por militar en las Juventudes estudiantiles cristianas. Fue deportado a Ravensbrück, y relata la espantosa tortura que es capaz de infligir un grupo humano jerarquizado mediante relaciones de violencia. El joven aprende a hurgar en el cubo de la basura que se encuentra cerca del barracón de los ss, y eso le permitirá sobrevivir hasta la Liberación. Tras ser repatriado se encuentra tan débil que su madre ha de sostenerlo cuando se dirige a la consulta del médico. Al pasar junto a un cubo de basura, el joven Dom recoge unas cuantas cerezas aún comestibles y se las come. Los asqueados transeúntes le hacen reconvenciones morales. Le llaman cerdo, le exigen un poco de dignidad, y el joven apenas puede comprender cómo un comportamiento que le ha permitido sobrevivir en Ravensbrück ha podido convertirse, en pocas semanas, en causa de desprecio en las calles de París. Lentamente se repone del inmenso trauma, pero nunca se atreverá a decir que le siguen atrayendo los cubos de basura. El objeto «basura» que ha quedado impregnado en su memoria se ha convertido para él en un significante de esperanza. ¡Vaya usted a hacer comprender esto a una persona obsesionada por la limpieza y para la cual ese mismo objeto significa suciedad! En ambos casos, el objeto ha adquirido relieve. Emerge del mundo a causa de la sensibilidad preferente de los dos observadores. Sin embargo, para uno de ellos, significa «esperanza de vivir», mientras que para el otro anuncia «la muerte causada por la podredumbre». Así es como los hombres hacen hablar a las cosas, por medio de su historia.

Cuando el trauma es flagrante, hiperconsciente, se padece por efecto del golpe, pero aún no se sabe qué sentido habrán de atribuir a la representación de ese golpe nuestra historia y nuestro contexto.

A veces ocurre incluso que sufrimos sin tener conciencia de hacerlo. Una carencia afectiva puede constituir una privación sin provocar sentimiento de pérdida. A veces sucede que un niño llega a saber que ha perdido a su madre, que se ha ido, que ha muerto, que no volverá a verla. Para experimentar semejante sentimiento, es preciso que el desarrollo de su aparato psíquico le haya vuelto capaz de una representación de la muerte, cosa que no sucede gradualmente más que a partir de la edad de 6 o 7 años. Esta representación de la muerte absoluta, del vacío definitivo, provoca en él una angustia que puede combatir pidiendo socorro, idealizando a la desaparecida o negando su muerte.

Sin embargo, cuando el niño es demasiado pequeño para tener acceso a semejante representación, es su mundo sensorial lo que cambia de forma. La figura familiar ya no está ahí y se ve vagamente sustituida por una figura desconocida, por una intermitencia del vínculo. Este cambio de mundo provoca una adaptación del comportamiento sin conciencia, del mismo modo que, sin darnos cuenta, nos adaptamos a una privación de oxígeno mediante la aceleración de nuestra respiración. Podemos hablar de acontecimiento traumático porque se trata de un golpe que desgarra su mundo y desmantela al niño, pero no podemos hablar de trauma en la medida en que aún no es capaz de representárselo de un modo que él pueda elaborar.14 No es un dolor, ni siquiera es una pérdida. Es un desafecto lento, un malestar que altera al niño de forma tanto más insidiosa cuanto que no puede dominar, combatir o compensar esta privación afectiva.15

A la larga, el niño se adapta a este empobrecimiento sensorial mediante un embotamiento de sus percepciones. Se vuelve cada vez más difícil de estimular, y, dado que su entorno ha dejado de dividirse en las categorías de un medio familiar y otro desconocido, su visión del mundo se vuelve borrosa. Cada vez le cuesta más establecer la diferencia entre quienes le estimulan y quienes le angustian. Esta falta de afectividad explica la necesidad de una afiliación. Cuando, en torno del niño, llegan a faltar los tutores sensoriales de desarrollo, el mundo deja de perfilarse. Y cuando deja de haber una figura destacada y un objeto cubierto de relatos, cuando una información vale tanto como otra, el mundo psíquico se vuelve borroso y la vida mental deja de estructurarse.