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El hogar está donde se encuentra la persona que amas Jess Calhoun, joven madre soltera, había aprendido por las malas a no confiar en los hombres. Hacía mucho tiempo que el padre de su hijo los había abandonado, pero eso no había sido impedimento para que se fijara en el guapo y zalamero Johnny Jameson, que acababa de llegar al pueblo. Era un hombre tan salvaje e indómito como el semental al que tenía que adiestrar. La atracción entre ellos era abrasadora y Johnny se encontró preguntándose si finalmente podría echar raíces en Larkville, un lugar donde dos personas muy especiales se habían apoderado de su corazón.
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Seitenzahl: 215
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2012 Harlequin Books S.A. Todos los derechos reservados.
EN BUSCA DE UN HOGAR, N.º 75 - Enero 2013
Título original: The Cowboy Comes Home
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2013
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-2617-5
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
On the Road Again, de Willie Nelson, salía por las ventanillas de la camioneta de Johnny Jameson mientras conducía por el camino rural. Era enero en Texas, pero el frío aire le daba energía al saber que la temperatura subiría mucho en cuanto llegara la primavera. Hiciera el tiempo que hiciera, él siempre prefería estar al aire libre antes que metido en un lugar cerrado.
Siempre le gustaba estar activo y moverse; nunca sentía la necesidad de quedarse en un mismo lugar durante demasiado tiempo.
Últimamente había tenido suerte. Le surgían muchos trabajos y podía elegir lo que quería. Esa era la razón por la que se dirigía a Larkville. La descripción del empleo había despertado su curiosidad y, además, Clay Calhoun y sus caballos de raza cuarto de milla eran legendarios en Texas. Pero antes de hacerse demasiadas ilusiones con el trabajo y de prometerle nada al ranchero, quería valorar la situación. Eso, contando con que el trabajo siguiera en pie, ya que la oferta se la habían hecho unos meses antes.
Un testarudo potro lo había entretenido demasiado tiempo, pero después de haber terminado de domarlo, el purasangre bien valía todo el dinero que había pagado por él el propietario. Cuando había llamado a Calhoun para que supiera que compromisos previos lo habían hecho demorarse, había terminado hablando con Holt, el hijo de Clay, que le había explicado que su padre estaba enfermo, pero le había asegurado que el trabajo estaría ahí cuando él llegara al rancho. Johnny le había dicho que lo esperara a principios de año.
Y resultaba que ya era principios de año y que, por fin, había puesto rumbo al rancho C Doble Barra. Miró el tráiler que llevaba por el espejo retrovisor y vio a su precioso semental ruano de tres años, Risky Business.
Su atención volvió a centrarse en el paisaje del sureste de Texas con sus onduladas colinas y prados que lucían el tono amarillo del invierno. Miró hacia un grupo de árboles desnudos junto al que había un abrevadero para el ganado. Además, había un visitante, un precioso semental negro. El animal se encabritaba, intentando liberarse de su correa que parecía estar enganchada con algo.
Miró a su alrededor para ver si había alguien cerca. Pero no, ni un alma. Aparcó a un lado de la carretera y bajó. Después de ir a comprobar cómo estaba su caballo, se dirigió hacia el prado abierto para, con un poco de suerte, poder salvar al otro.
Jess sabía que iban a echarle la culpa.
Ya que su hermano Holt había tenido que marcharse para encargarse de unos asuntos personales, su hermana Megan estaba en la facultad y su hermano Nate en el Ejército, ella era el único miembro de la familia que podía ocuparse de las emergencias que se producían en el C Doble Barra. Aunque no era la que se ocupaba de la regencia diaria del rancho, porque era Holt el que estaba al mando, sabía que encontrar a Night Storm tenía que ser la prioridad.
El mayor problema era: ¿cómo encuentras y, sobre todo, cómo traes de vuelta a un astuto semental? Nadie, excepto Clay Calhoun, había sido capaz de manejar al valioso cuarto de milla. Pero ahora que su padre había muerto, la cuestión era qué hacer con Storm.
El mayoral del rancho, Wes Brogan, había decidido dejar salir al animal hasta el pasto vallado, pero antes de que Wes pudiera trasladarlo hasta allí, Storm se había escapado.
Cuando la habían llamado esa mañana a primera hora, inmediatamente había ido al establo, había ensillado a Goldie y había salido a buscar a Storm. Llevaba subida a un caballo desde que era un bebé, así que no le había supuesto ningún problema seguir el ritmo de los peones del rancho. Para cubrir más terreno, los mozos habían partido en distintas direcciones del vasto terreno de Calhoun y Jess había ido sola.
El C Doble Barra llevaba generaciones en manos de la familia y su padre había trabajo muy duro para que siguiera con los Calhoun mucho tiempo más. El gran Clay había adorado a sus caballos, sobre todo a ese semental, pero desde que Storm había llegado al rancho había habido problemas. El valioso caballo había sufrido maltratos en el pasado. Con el tiempo, Storm había empezado a confiar en su padre, pero desde la muerte de Clay unos meses antes, el comportamiento del animal había empeorado y nadie había sido capaz de manejarlo.
Suspiró; sentía el frío de enero contra sus mejillas. Aminoró la marcha de su caballo al llegar a la colina y, de pronto, vio un punto negro. Sacó los prismáticos y vio la esperada imagen.
–¡Aleluya! –gritó al ver a Storm. Después volvió a mirar y vio a un hombre agarrando su correa. No lo reconoció como uno de sus peones, y entonces vio una camioneta y un tráiler junto a la carretera–. ¡Oh, no, ni lo sueñes! No vas a robar propiedad del C Doble Barra –arreó a su yegua y corrieron hacia allí.
Llevaba con el caballo unos treinta minutos y había hecho algún progreso. El animal seguía inquieto, pero al menos Johnny se había acercado lo suficiente para poder enganchar una soga alrededor de su cuello y lograr calmarlo.
¡Qué preciosidad era! Su reluciente y negro pelaje parecía estar bien cuidado, pensó mientras el impetuoso semental se movía formando un círculo. Tensó la cuerda sabiendo que necesitaría una pista para trabajar de verdad con él.
El caballo se agitó más cuando oyó un jinete acercarse, pero Johnny no podía dejar de prestarle atención a la tarea que tenía entre manos.
–¿Qué cree que está haciendo en la tierra de Calhoun?
Se quedó sorprendido al oír la voz femenina.
–Intentando ayudar a este caballo tan valioso –dijo girándose, no sin dificultad. Y entonces la vio.
–No es su valioso caballo. Pertenece a mi padre.
Se fijó en la bonita yegua y alzó la mirada hacia la alta belleza rubia sentada en su silla. Sus largas y esbeltas piernas abrazaban los flancos del animal y controlaba a su caballo como si hubiera nacido para cabalgar.
–Entonces tal vez debería estar teniendo esta conversación con el señor Calhoun.
–Pues eso va a ser un poco difícil, porque está muerto.
Impactado por la noticia, pero sin dejar de prestarle atención al caballo, que ahora parecía más alterado, Johnny dijo:
–Por favor, acepte mis condolencias, señorita...
–Jess Calhoun. ¿Qué necesita que haga?
–Si puede, lance otra cuerda sobre la cabeza del semental.
–Storm. El nombre del caballo es Night Storm.
Al cabo de varios intentos, Jess por fin dio en el blanco.
Johnny vio como la señorita Calhoun echaba hacia atrás a su yegua y tensaba la cuerda. Eso ayudó a poner al animal bajo control. Más o menos.
–Manténgala tensa.
Y lo hizo.
Pero ella también necesitaba darle respuestas a algunas preguntas.
–No es que no agradezca su ayuda, pero no tengo ni la menor idea de quién es usted.
–Johnny Jameson. Iba de camino a ver a Clay Calhoun. No sabía nada sobre su muerte –no estaba seguro de qué más decir–. Hablé con su padre en septiembre estando en Dallas, en una subasta de caballos. Me pidió que viniera a trabajar al rancho, pero yo tenía un trabajo que terminar primero y al final me llevó más tiempo del planeado –tiró de la cuerda. ¿Es que ese caballo no iba a cansarse nunca?–. Llamé a Clay de inmediato, pero hablé con su hermano Holt. Me aseguró que sería bienvenido cuando llegara.
Pudo ver la triste emoción que se extendió por el rostro de la mujer.
–¿Cuándo murió Clay?
–En octubre. De neumonía. Esperó demasiado a ir a ver al médico –asintió hacia el agitado animal–. Storm es el caballo de mi padre. Nadie más ha podido manejarlo.
El semental piafaba y resoplaba. Johnny tiró de la cuerda bajo la mirada de asombro de Jess. Ese alto y moreno forastero sabía muy bien cómo tratar a los caballos. ¿Sería criador?
–¿No querría comprar un semental por un precio muy bajo, verdad?
Él sonrió.
–No quiera librarse de él con tanta prisa. Como ha dicho, es un animal muy valioso. Y creo que es el caballo con el que su padre quería que trabajara.
Johnny Jameson iba vestido con el típico uniforme de vaquero. Su sombrero Stetson de ala ancha ensombrecía su rostro, pero ella podía ver sus esculpidos pómulos y, cuando el hombre echó la cabeza hacia atrás, pudo captar también un atisbo del intenso gris de sus ojos.
Sintió que un cosquilleo la recorría de arriba abajo. Pero no. No iba a enamorarse de otro vaquero.
Sacó el móvil y llamó a Wes para darle su ubicación.
–Pronto tendremos más ayuda.
Estuvieron ocupados con el caballo hasta que, finalmente, el grupo de jinetes apareció sobre la colina.
–No lo he hecho yo –le dijo a uno de los hombres, Will Hinkle, que agarró la cuerda–. El señor Jameson lo ha atrapado.
Wes se giró hacia él.
–Le estrecharía la mano, pero veo que está ocupado –se detuvo un instante–. ¿Has dicho Jameson? ¿Johnny Jameson?
–Ese soy yo.
Wes, de cuarenta y cinco años, sonrió.
–Bueno, ¡por fin ha llegado a nuestra zona de Texas!
–¿Que por fin ha llegado? –preguntó Jess. No le gustaba quedarse al margen.
Wes sonrió.
–El señor Jameson es uno de los mejores adiestradores de caballos. Recuerdo cuando Clay volvió de Dallas, estaba emocionado y deseando que Johnny viniera a trabajar con nosotros.
Jameson dirigió esos impresionantes ojos grises hacia ella.
–Su padre y yo hablamos mucho. Como le he dicho, fue él quien me contrató. La cuestión es, ¿aún tengo trabajo?
Uno de los peones del C Doble Barra condujo la camioneta de Johnny hasta el rancho y le entregó su caballo a Johnny para que él, personalmente, pudiera escoltar al semental de vuelta. Pasó casi una hora hasta que Night Storm estuvo de vuelta en su establo, un cubículo totalmente a la última.
Johnny condujo al animal hasta dentro. El caballo estaba exhausto después de su aventura y Johnny esperaba que estuviera más calmado al día siguiente para poder trabajar con él.
Eso, contando con que aún tuviera el empleo. ¿La preciosa señorita Calhoun haría caso omiso de la decisión de su padre y su hermano?
Una vez hubo alimentado al caballo con su mezcla especial de legumbres y avena, Johnny salió del establo con Wes.
–Hacía semanas que no veía a Storm tan calmado –afirmó.
–¿Siempre está tan inquieto? –preguntó Johnny.
Wes se mostró serio.
–Casi siempre. Clay lo compró hace aproximadamente un año. Al principio era muy asustadizo y difícil de manejar y no sabíamos por qué, pero entonces vimos las marcas en sus patas traseras.
Johnny no se había dado cuenta. Normalmente había una razón por la que un caballo se mostraba inquieto y asustadizo y los malos tratos solían ser un factor importante.
–Clay era el único que sabía manejarlo, pero Storm seguía siendo impredecible. Ha empeorado desde que Clay murió y por eso esta mañana lo he dejado salir a pastar –se echó el sombrero atrás–. Y ya has visto en qué ha resultado la idea. ¿Crees que puedes ayudarlo?
Le gustaban los desafíos y quería demostrarles a todos, especialmente al maltratador del caballo, que Storm podía cambiar.
–Lo único que prometo es que lo intentaré. Claro está, siempre que la señorita Calhoun quiera que me encargue de su adiestramiento.
–No es decisión mía –dijo la familiar voz de la mujer.
Los dos se giraron hacia Jess.
Johnny aún seguía impactado por su belleza. Era alta y esbelta, con unas kilométricas piernas enfundadas en unos ajustados vaqueros. Se apartó del hombro la trenza que recogía su melena y caminó hacia ellos.
Bien. Quería verla más de cerca. La recorrió con la mirada y no quedó decepcionado con lo que vio. Su piel era perfecta y sus grandes ojos eran de un tono marrón dorado. Posó su atención en su boca y en esos carnosos labios y, de pronto, se le secó la garganta.
«De acuerdo, más vale que te concentres en el trabajo».
–No puedo agradecerle lo suficiente lo que ha hecho hoy, señor Jameson. Si tiene un acuerdo con mi hermano, por supuesto que tiene un trabajo aquí.
–Teníamos un acuerdo hablado. Necesitaré un contrato por escrito donde queden plasmados mis honorarios y mi forma de adiestrar al caballo.
Jess empezó a hablar, pero Wes dijo:
–Jess, ¿qué te parece si llamamos a Holt por teléfono? –se giró hacia Johnny para explicarle–: Holt está fuera por asuntos personales. No te importará esperar unos minutos mientras hablamos con él, ¿verdad?
–No hay problema. Iré a ver a mi caballo.
Jess vio al vaquero alejarse con ese contoneo que le resultaba tan familiar. Criada en un rancho, había conocido a muchos hombres como él. Guapo, zalamero y efímero en las relaciones. Era de los que acababan haciendo las maletas y marchándose cuando se cansaban.
Se había sentido incómoda con el modo en que Johnny Jameson la miraba.
Era una suerte que no tuviera ninguna responsabilidad en lo que respectaba al rancho, excepto cuando su hermano mayor se marchaba del pueblo y ella era la única que quedaba al mando.
Wes se detuvo justo dentro del establo.
–Jess, ¿vas a contratar a Johnny?
Ella sacudió la cabeza, sabiendo que tenía poder de decisión cuando Holt estaba fuera.
–Claro, pero me sentiría mejor hablando primero con Holt ya que tenemos que acordar el salario y los términos del contrato.
Wes asintió, sacó su móvil y marcó el número de Holt. Una vez que el mayoral había terminado con sus preguntas, Jess le hizo otras cuantas a su hermano. Satisfecha, colgó y sonrió a Wes.
–Me parece que ya tenemos un adiestrador para Storm.
Salieron del establo. Acababa de ponerse de acuerdo con su hermano en pagarle al señor Jameson una cuantiosa cantidad.
–Parece mucho para un adiestrador –comentó.
Wes asintió.
–Un adiestrador tan bueno como Johnny Jameson puede ponerse el precio que quiera –se detuvo–. Mira, Jess, no sé si sabes que el veterinario ha tenido que venir en varias ocasiones a medicar a Storm y que incluso el doctor Peters ha hablado sobre la posibilidad de sacrificarlo.
Jess contuvo un grito ahogado.
–¡Nosotros no haríamos eso!
–Por supuesto que no. Es un animal muy valioso, pero también está fuera de control ahora mismo. No podemos montarlo ni cruzarlo cuando está así.
–Pero Storm era el caballo de papá.
–Y esa es la razón por la que Holt ha tolerado su comportamiento durante los últimos meses, pero alguien podría resultar herido. Jameson es nuestra gran esperanza. Contratarlo ha sido la decisión correcta.
Jess sabía, después de un solo encuentro, que ese hombre había provocado algo en ella. Y ese era el problema. Sentía la atracción. Malas noticias. Y, por si eso fuera poco, no podía olvidar su penoso historial con los hombres.
Al menos no tendría que estar mucho por allí y su casa y su trabajo estaban en otra parte del rancho. Eso la hizo sentirse un poco más relajada... hasta que vio la escena que estaba desarrollándose en el cercado. No pudo hacer otra cosa que mirar mientras veía a Johnny levantando en brazos a su hijo de cuatro años y acercándolo a la valla. Se quedó paralizada al ver lo contento que estaba Brady con el nuevo adiestrador mientras su manita se acercaba a la frente del caballo ruano del hombre. Rápidamente, el pequeño apartó la mano y se rio nervioso.
Jess no había vuelto a oír ese sonido desde antes de que el abuelo de Brady muriera. ¿A su hijo no le daban miedo los caballos? Recordó ese día en el que Brady apenas tenía dos años y había ido con su abuelo Clay al establo y un caballo se había escapado y casi lo había tirado al suelo. Desde entonces, su hijo había llorado cada vez que su abuelo había intentado llevarlo de nuevo al establo.
Ahora, sin embargo, Brady estaba confiando en un extraño.
–Bueno, parece que le cae bien a Brady –comentó Wes–. Ya sabes lo que dicen.
–¿Lo que dicen sobre qué?
–Si a los animales y a los niños les cae bien un hombre, hay que confiar en él.
Brady Clayton Calhoun salió corriendo hacia ella.
–Mamá, ¡lo he hecho! Lo he acariciado.
–Ya lo veo.
Miró al pequeño niño rubio. Sus grandes ojos marrones estaban llenos de orgullo.
–No me ha dado miedo. Johnny ha dicho que Risky nunca me haría daño –una gran sonrisa atravesó su rostro–. Y no me ha hecho daño.
–Has hecho un gran trabajo –lo abrazó–. Brady, ¿por qué no vas a casa? Seguro que Nancy ha terminado de cocinar esas galletitas.
El niño salió corriendo, aunque se detuvo un instante.
–¿Vienes, mamá?
–Voy en un momento, hijo. Tengo que hablar de unas cosas con el señor Jameson –Johnny estaba acercándose a ellos.
–¡Vale! –Brady se marchó corriendo.
Jess se giró hacia Johnny.
–No sé cómo ha conseguido que lo haga, pero le agradecería que lo consultara conmigo antes de presentarle a mi hijo a cualquiera de los animales.
–Sí, señora. Usted es la jefa.
Jess no estaba segura de cómo reaccionar ante Johnny Jameson. Nunca se le había dado bien flirtear con hombres. Sí, de acuerdo, quizá una vez, pero esa vez había terminado metiéndola en problemas. Definitivamente, no tenía ni idea de cómo interpretarlos ni juzgarlos.
–No, señor Jameson, no lo soy –deseaba que Wes no la hubiera dejado a solas con él–. Holt sigue satisfecho por haberle contratado, pero hasta que vuelva, usted responderá ante el mayoral del rancho. Si ocurre algo que Wes cuestione, entonces lo hablaremos nosotros.
–Entonces, ¿no le interesan lo más mínimo los progresos de Storm?
–Por supuesto que sí, pero tengo otras cosas que ocupan mi tiempo.
Los ojos grisáceos de Jameson se clavaron en ella removiéndola por dentro de un modo que no solo la sorprendió, sino que la asustó. Eran unas sensaciones que creía dormidas desde hacía demasiado tiempo. Durante casi los últimos cinco años su hijo y su trabajo habían llenado todos sus vacíos y ahora ese hombre estaba creando algo que no quería ni necesitaba.
Se ajustó la cazadora para protegerse del frío.
–Bueno, pues si no hay nada más, tengo que entrar en casa.
–No hay nada más de lo que no pueda ocuparme yo. Siento haberle robado tanto tiempo –colocó dos dedos contra el ala de su sombrero a modo de saludo–. Buenas tardes, señorita Calhoun.
–Señor Jameson.
–¿Por qué no me llama «Johnny» simplemente? A menos que no le guste tener una relación tan familiar con sus trabajadores.
Ella se negó a reaccionar.
–Tengo una relación bastante familiar con muchos de los hombres que trabajan en el C Doble Barra. Los conozco de toda la vida, pero a usted no le conozco.
Él sonrió.
–Todavía.
Jess asintió y se giró hacia la casa intentando caminar con paso lento y relajado a pesar de que Johnny Jameson había logrado inquietarla. Y eso no podía permitirlo. Ya había aprendido que confiar en un hombre la conducía al dolor. «No, señor Vaquero Guapo, no pienso volver a enamorarme de alguien como usted».
Una hora después, Jess estaba en la cocina del rancho mirando hacia el cercado y viendo cómo el nuevo adiestrador llevaba sus cosas al apartamento situado sobre la cuadra.
Johnny Jameson estaba instalándose. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Trabajaría solo con Storm o Holt le pediría que se quedara más?
Decidió no pensar en esas preguntas. ¿Qué importaba? Una vez su hermano volviera a casa, se ocuparía del rancho de nuevo y ella volvería a concentrarse en su trabajo, que durante las últimas semanas había desatendido.
Incluso meses después de la muerte de su padre, la familia seguía intentando adaptarse a los cambios que había supuesto su fallecimiento. Ahora Holt estaba fuera cuidando de un amigo enfermo en estado terminal, Megan estaba estudiando en el este y Nate se encontraba en el Ejército.
Suspiró. Era ella la que tenía que ocuparse de los problemas del rancho y uno de esos problemas había sido contratar al adiestrador de caballos. En fin... Tendría que esperar a ver cómo salía todo.
Se giró y vio a su hijo merendando en la gran mesa de roble. Una repentina tristeza la consumió. Su padre solía entrar en casa a esa hora del día y sentarse con su nieto a tomar un vaso de leche con galletas. Aún podía oír las risitas de Brady y las carcajadas de su padre retumbando por la casa.
La muerte de Clay Calhoun había sido muy dura para todos ellos, pero sobre todo para su hijo. Los dos habían estado muy unidos y lo único que los había separado habían sido los caballos. Su padre siempre había pensado que el niño acabaría superando sus miedos, pero nunca lo presionó. Por eso a ella le había sorprendido tanto que el niño hubiera ido al cercado ese día.
Aún seguía preocupada por su hijo. No era un niño extrovertido por naturaleza y, estando a punto de cumplir los cinco años, necesitaba interactuar con otros niños. Por eso tres mañanas a la semana, Brady había estado yendo a preescolar mientras ella se ocupaba de su tienda, La pastelería de Jess, en la que ofrecía mermeladas caseras que llevaban el nombre de su madre: Las confituras de Sandra.
–Mamá, ¿va a quedarse Johnny mucho tiempo? –le preguntó el pequeño.
–No estoy segura, cielo. Va a trabajar con el caballo del abuelo.
El niño dio un trago de leche.
–¿Porque Storm está triste porque el abuelito se ha ido al cielo?
Ella sonrió.
–Sí, Storm también está triste.
¿Era esa la razón por la que no le gustaba que Johnny, un extraño, hubiera llegado allí? ¿Porque él podía manejar al caballo de su padre con esa facilidad cuando ninguno de ellos había podido? ¿O porque su hijo confiaba en él?
–Espero que pueda hacer que Storm esté contento otra vez –dijo Brady.
–Yo también, hijo –se giró y miró hacia la casa que había sobre el establo–. Con lo que estamos pagándole, más le vale –murmuró.
Jess odiaba esa situación. Desde la muerte de su padre, Holt se había ocupado del rancho como si hubiera nacido para ello. Lo había hecho, pero ahora no estaba ahí y podía seguir fuera mucho tiempo. Antes ella siempre había acudido a su padre en busca de respuestas y ahora él ya no estaba a su lado.
Sintió el ardor de las lágrimas y su mente volvió seis años atrás, cuando les había contado a sus padres que estaba embarazada y que iba a ser madre soltera. Aunque su madre no había ocultado su decepción, su padre la había rodeado con sus fuertes brazos y le había dicho que todo iría bien. Y se aseguró de ello. En cuanto nació su hijo, Clay le puso el apellido Calhoun y, con el paso de los años, había sido su padre el que le había enseñado a ella la importancia de la tierra y de la familia.
Se giró hacia su hijo.
–Brady, ¿por qué has ido hoy al cercado?
El niño se encogió de hombros y se concentró en su galleta de chocolate.
–No sé.
–Creía que ya habíamos hablado de esto. Hasta que seas mayor, tienes que ir con un adulto cuando quieras acercarte a los animales. Por favor, haz caso de las reglas. Son por tu seguridad.
Él la miró.
–He salido a buscarte. Tenía miedo de que Storm te hiciera daño –vio miedo en la mirada de su hijo.
Se acercó a la mesa y se arrodilló.
–Cielo, yo no me acercaría a un caballo nervioso sola. Y, además, Wes estaba conmigo.
–Y también Johnny. El abuelito dijo que podía hacer milagros.
–Brady, ya hemos hablado de esto. El abuelito se fue.
–Lo sé. Está enterrado en la colina con la abuela Sandy. Pero el abuelito lo dijo antes, cuando estaba malito en la cama. ¿Te acuerdas cuando yo iba a su habitación y le contaba historias? A veces me hablaba del rancho.
Ella no pudo ocultar una sonrisa. Eso era muy típico de su padre.
–Creo que será mejor que hables de ello con Holt, hijo.
–El abuelito también le dijo al tío Holt que tenía que enseñarme porque tengo que saber cómo dirigir el rancho cuando sea mayor y sea el jefe. Y entonces el abuelito le dijo al tío Holt lo de Johnny –arrugó su pecosa nariz–. Mamá, ¿sabías que habla con los caballos?
–¿Quién? ¿El abuelito?
–No, Johnny. Y por eso el abuelito quería que viniera aquí –los ojos del pequeño se llenaron de lágrimas–. Por eso tenía que ir a ver a Johnny, para contarle cosas sobre Storm.
–De acuerdo –respondió Jess asombrada antes de abrazarlo–. Pero la próxima vez, díselo a un adulto antes de ir al cercado. No es seguro estar cerca de Storm.
–Lo sé, pero ahora Johnny va a hacer que sea un caballo bueno.
–Eso es lo que queremos todos, hijo, y espero que sea así, pero no esperes milagros.
