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Escribir puede salvar el alma. Nos lo enseñan Simone Weil, Georges Perec, Jean Genet, Mary Shelley, Victor Hugo, Arthur Rimbaud, Alice Miller, Romain Gary, Gustave Flaubert, Primo Lévi y otros grandes autores de la literatura mundial que aparecen en el último y apasionante libro de Boris Cyrulnik. Muchos de ellos han sido abandonados o han perdido a los padres en temprana edad, han sido víctimas de abusos o han luchado para sobrevivir, pero han encontrado en la palabra escrita una forma para salir de las tinieblas y un universo donde refugiarse. La escritura representa un posible camino para trasformar y superar el trauma, el dolor o la pérdida en fuerza de vida. Los eventos traumáticos no inducen solamente a la desesperación y a la oscuridad, pues pueden conducir a la creatividad y a la incesante búsqueda de luz. Las palabras escritas metamorfosean el sufrimiento y pueden sanar las heridas interiores. Nos lo demuestra Boris Cyrulnik en este vibrante e inspirador libro que combina testimonios de escritores famosos, historias, relatos personales y nociones científicas sobre procesos neuronales y psicológicos que ocurren cuando sufrimos y cuando escribimos. "Escribiendo he reparado mi alma desgarrada; en la noche, escribí soles." B.C.
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Seitenzahl: 341
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Titulo original en francés:
La nuit, j’écrirai des soleils
© Odile Jacob, 2019
© De la traducción: Alfonso Díez, 2019
Corrección: Marta Beltrán Bahón
Cubierta: equipo Gedisa
Primera edición: marzo de 2020, Barcelona
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. Tibidabo, 12, 3º
08022 Barcelona (España)
Tel. 93 253 09 04
Correo electrónico: [email protected]
http://www.gedisa.com
Preimpresión:
http://www.editorservice.net
e-ISBN: 978-84-17835-64-4
«Esta obra se benefició del apoyo de los Programas de Ayuda a la Publicación del Institut français».
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier
medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada,
en castellano o en cualquier otro idioma.
Índice
Algunas palabras para tejer el vínculo
Cuando las palabras nos permiten ver
Cuarenta ladrones con carencias afectivas
La herencia del gusto por el mundo
Esconderse detrás de un libro
La pérdida no es la falta
Sinestesias
Trazar palabras para soportar la pérdida
El robo y el goce
El pseudo, nombre que desenmascara
Una ciencia de la afectividad
Delincuentes literarios
La huella del pasado da sabor al presente
La muerte da sentido a la vida
Después del final, el renacimiento
Duelo y creatividad
Extraño y doloroso placer
Cuando la falta de palabras estimula el apetito
La sobrecarga afectiva apaga el apego
No es el amor lo que da seguridad, es el apego
Cuando no se sabe ser feliz
Vivimos en mundos de imágenes
El teatro de las palabras
La ideología implícita de las palabras científicas
Ciencia e imaginario colectivo
El espectáculo del mundo es una ópera
Científicos y escritores
Dar una forma verbal al gusto por el mundo
Escribir para salir de la tumba
El esfuerzo de escribir modifica la historia
En el fango, tener sueños dorados
Cómo degustar el horror de las obras de arte
Al no saber quién soy, tengo el placer de soñarme
La felicidad en la alucinación
La poesía, lenguaje del duelo
Literatura de la huella
Literatura del recuerdo
Concordancia o discordancia entre relatos
La moraleja de esta historia
Bibliografía
Entonces pronunció una frase inaudita:
«Madre, ¿podéis pasarme la sal?».
Nadie daba crédito.
«¡Has hablado, hijo, has hablado! ¿Por qué no hablabas?».
«Porque, hasta hoy, todo era perfecto. No tenía nada que decir».
¿Cómo entender esta pequeña fábula?1
¿La palabra sólo aparece para colmar una falta? Si nuestras almas estuvieran fusionadas podríamos, sin decir una palabra, entendernos, sentir las emociones de otros, adivinar sus deseos, descubrir sus creencias. Para que las palabras nos vengan a la mente, hay que separarse y luego establecer un vínculo verbal con el otro que se aleja.
La palabra nace en la imperfección de la relación, creando así un nuevo mundo confuso, misterioso, mágico, a veces embrujado. Si las palabras sólo designaran cosas, el sonido de «tenedor» designaría un objeto duro provisto de dientes. Pero esta palabra designa una representación de cosa: «Este tenedor es misterioso, es malo. Mi hermano pequeño intentó clavármelo en el brazo». O: «Este tenedor me enternece, mi querida abuela me lo regaló un día». El halo afectivo de las palabras es una interpretación del mundo.
1. Sylvestre, A., Coquelicot et autres mots que j’aime, Seuil, «Points», París, 2014.
Algunas palabras para tejer el vínculo
Hablamos para tejer un vínculo, escribimos para dar forma a un mundo incierto, para salir de las nieblas iluminando un rincón de nuestro mundo mental. Una palabra hablada es una interacción real, una palabra escrita modifica lo imaginario.
En cuanto empieza a hablar, el niño descubre que puede soportar la ausencia de su madre poniendo en su lugar un dibujo que colma su desaparición. Cuando ella regresa, el joven creador le enseña su obra y la envuelve en palabras para restablecer el vínculo. La falta de una figura presente estimula la creatividad del niño y el dibujo envuelto en palabras activa el apego. Cuando la madre nunca está presente, todo se detiene y la vida psíquica no arranca. Pero cuando está siempre ahí, se crea un apego sin ruptura que adormece la vida psíquica. Por este motivo, el desgarro empuja a producir la obra de arte. Esto no significa que una obra de arte lleve obligatoriamente al desgarro. Que todas las vacas sean mamíferos no quiere decir que todos los mamíferos sean vacas.
«¿Por qué el campo de la herida es, de lejos, el más fértil?».2
Porque la forma más segura de recoser el desgarro es suturar la herida con palabras.
«¿Por qué escribir cuando uno agoniza en Auschwitz?», preguntó Charlotte Delbo. ¿Por qué Novac, de catorce años, arriesgaba su vida escribiendo en trozos de sacos de papel? ¿Por qué Germaine Tillion, en Ravensbrück, cantó con sus compañeras de presidio una parodia de opereta?3 ¿Por qué Antonin Artaud escribió «para salir del infierno»? ¿Por qué Jean Genet se hizo detener cometiendo hurtos estúpidos con el fin de obligarse a «escribir para salir de prisión»?
La creación de un mundo de palabras permite escapar del horror de lo real descubriendo dentro de uno mismo el placer de la poesía, un cuento, una idea bella, una canción que metamorfosea la realidad y la hace soportable.
El mundo escrito no es una traducción del mundo oral. Es una creación porque la palabra escogida para nombrar la cosa es un recorte de lo real que le da un destino. «Escribo para vengarme» o «escribo para dar sentido al ruido» orienta al alma hacia la luz al final del túnel. La palabra que aparece en la mente para designar la cosa impregna el acontecimiento de un significado que proviene de nuestra historia. Recuerdo una reunión en una asociación de supervivientes de la Shoah. El presidente rendía cuentas sobre su actividad durante el año: «Nuestras reuniones interesan a muchas personas. Tenemos demasiado trabajo. Tendríamos que contratar a un… Deberíamos buscar un…». Terminar la frase resultaba insoportable. Entonces alguien dijo, riendo: «¡Pero no podemos contratar a un “colaborador”!». Esta palabra, para los supervivientes de la persecución de los judíos, estaba cargada de un significado proveniente de su historia. En tiempos de paz, la palabra «colaborador» designa sencillamente a alguien con quien se trabaja. Pero para los que vivieron la guerra y las delaciones, el vocablo apestaba a muerte y esto hacía que no fuera fácil pronunciarlo.
Para Anne Sylvestre, cantante, la palabra «amapola» es un «grito», una «llamada», «una palabra de mejillas rojas y de carreras locas entre el trigo».4 Para ella, la palabra «Liberación» era un desgarro, «una vergüenza tan difícil de soportar que a veces preferiría la desgracia».5 Su padre fue doriotista durante la Segunda Guerra Mundial, un comunista seducido por el nazismo que llevó a su familia a la desgracia. En 1945, Anne, como tantos otros traumatizados, no podía ni hablar de ello porque las palabras habrían hecho sangrar a su memoria. Callaba para sufrir menos. Prisionera de su silencio, un día se aventuró a hablar: «Desde del momento en que supo, la existencia de aquellos niños perseguidos, rotos, quemados […], sus lágrimas nunca pudieron compensar el hecho de haber tenido una infancia feliz».6 La palabra «Liberación», para ella, significaba vergüenza, vergüenza de haber sido una niña feliz mientras otros niños sufrían torturas insoportables. Necesitó dar un rodeo por las canciones para poetizar lo real y construir su propia realidad.
El conocimiento de la brutal realidad durante la Liberación desorganizó su mundo de niña pequeña: «Tu padre, al que tanto amas, ha participado en el asesinato de más de un millón de niños». ¿Cómo podría llegar a entenderlo? Anne sólo pudo soportar el golpe convirtiendo sus emociones dolorosas en expresiones conmovedoras, sorprendentes, elegantes, gracias a la poesía: «Es el vínculo mágico de todas las metamorfosis, la línea indivisible en la que la bailarina deja de sostenerse en sus puntas, en la que el cisne se convierte otra vez en pato… me pregunto de nuevo qué hago aquí, si no sería mejor morirse ahora mismo, aquí, de golpe, e imploro sin saber qué ni a quién:
¡Ayuda!
Antes de saltar al vacío
Con una sonrisa».7
La bailarina nos encanta sobre el escenario, pero entre bambalinas su realidad es desenmascarada y el dolor reaparece. La poesía crea sainetes en los que lo real se impregna de imaginario y, en su dulce bruma, el sufrimiento embellecido adquiere un sentido personal.
2. Char, R., Lettera Amorosa, Gallimard, París, 1953. [Trad. cast.: Correspondencia, Alfabeto Editorial, Madrid, 2019].
3. Tillion, G., Une opérette à Ravensbrück. Le Verfügbar aux Enfers, Seuil, «Points», París, 2007.
4. Sylvestre, A., Coquelicot et autres mots que j’aime, op. cit., pág. 11.
5. Pantchenko, D., Anne Sylvestre, Fayard, París, 2012, pág. 44.
6. Ibid.
7. Sylvestre, A., Coquelicot et autres mots que j’aime, op. cit., págs. 15-16.
Cuando las palabras nos permiten ver
El lenguaje debe ser enigmático para dejar espacio a la interpretación. Un lenguaje preciso sería sólo designación, señal de la cosa, sin vida emocional ni vibración, únicamente información destinada a desencadenar una respuesta. Hace falta una ilusión, un conjunto de sainetes verbales para dar vida al placer de pensar.
Cuando el microscopio fue inventado en 1590 por el holandés van Leeuwenhoek, su invención permitió ver por primera vez un espermatozoide, un pequeño organismo encapsulado en una membrana: por eso lo llamaron «célula». Pero cuando el microscopio electrónico llegó a los laboratorios en el siglo xx, vimos que esas membranas estaban tan llenas de canales que podríamos haberlas llamado «coladero», cambiando así la representación de la cosa. La palabra «casa» que podemos leer en la Biblia designa un objeto que existía hace miles de años. La misma palabra «casa», empleada en pleno siglo XXI, designa un hábitat distinto. La palabra «obrero» escrita por Émile Zola no designa la misma condición masculina que la palabra «obrero» tal como hoy se usa. Y la palabra «muerte» no solamente anunciaba el final de la vida cuando la oí en boca de un joven palestino, que le decía a otro niño: «Tu padre es más grande que el mío porque lo mataron». Entonces entendí que para aquel niño las circunstancias de la muerte del padre significaban mucho más que el final de la existencia. Decir «mi padre murió de viejo» no activa la misma representación que decir «tu padre murió en combate». El sentimiento causado por las mismas palabras es distinto, casi opuesto.
Las palabras escritas poseen un poder de metamorfosis. «En cuanto uno sabe leer, se convierte en lector»,8 ya no se es el mismo, ha cambiado tu forma de ser humano. «La literatura, como todas las formas de arte, demuestra que no basta con la vida…». La vida únicamente es biología, necesaria pero insuficiente. El arte es la negación de esta vida, ¡la trampa de las palabras crea la sensación de existir! La única realidad es el alma; todo aquello que sólo es cuerpo «me parece frívolo y trivial comparado con la pura y soberana grandeza de mis ensoñaciones… A mis ojos, esos sueños son más reales».9
Es un hecho que lo real de las cosas es a menudo algo no consciente. Sólo puede hacerse visible y comprensible mediante un procedimiento científico. Lo que llena nuestro mundo mental no es lo real, sino la representación de lo real mediante la ensoñación y el relato. No somos conscientes de la secreción de hormonas o del funcionamiento de nuestro cerebro, pero cuando estamos poseídos por la representación del mundo, es gracias a las herramientas de las palabras habladas y escritas como adquirimos cierto grado de libertad. Para estar de pie o respirar, no tenemos elección, nuestro cuerpo transige con lo real sin ser consciente de ello. Pero cuando damos forma verbal a los acontecimientos que construyen una representación de uno mismo, podemos transformarla sin cesar mediante la creación de relatos.
La Segunda Guerra Mundial fue la causa de mi infancia caótica. Entendí que era judío a la edad de seis años, durante la madrugada de mi detención, el 10 de enero de 1944, por la Gestapo francesa asociada al ejército alemán. Nadie podía habérmelo dicho, pues ya no había judíos a mi alrededor. Estaban todos en Auschwitz, en el ejército francés o en la Resistencia. Los Justos10 cristianos que estaban conmigo quisieron protegerme y no me lo dijeron. Después de la Liberación, cuando contaba mi arresto, mi huida y mi guerra a los seis años, los adultos se echaban a reír. Un real así era para ellos impensable. Su incredulidad hizo que me callara durante cuarenta años. Tras encontrar archivos y testigos quise reflexionar sobre esta curiosa infancia. Escribí un libro al que di la forma de una investigación y no la de una autobiografía.11 Comparé mis recuerdos con documentos oficiales, volví a los lugares de la guerra y me encontré con algunos testigos de aquella época traumática.
Entonces leí en documentos administrativos algunos hechos que no sabía y que cambiaron mi vida. Fui a la sinagoga de Burdeos que había sido transformada en prisión, en 1944, con alambradas y soldados armados, y tuve que reconocer que lo que yo recordaba no se correspondía con la realidad de los hechos y de los edificios. Cuando hablé con algunos testigos que habían sufrido la ocupación alemana igual que yo, la vida en los orfanatos y la liberación de Burdeos, de Bègles y de Castillon-la-Bataille, me sorprendió mucho la poca concordancia entre nuestros recuerdos respectivos.
Lo que más me sorprendió fue la modificación de mis recuerdos. Después de haber escrito el libro, ya no podía ver mi infancia de la misma manera. Durante cuarenta años había permanecido muda, compuesta de imágenes claras, como en una película muda. Después del libro, las conferencias, los debates, los descubrimientos sorprendentes y a veces las críticas, mi infancia se convirtió en una vida leída y ya no imaginada en silencio. A partir de aquel momento, mis recuerdos de infancia me dieron la impresión de ser los de la infancia de otro, interesante pero separada de mí. El trabajo de la escritura había modificado mi memoria.
Ahora sé que, gracias a los relatos íntimos, relatos compartidos con algunas personas cercanas y relatos que la cultura en la que vivimos cuenta sobre nuestra infancia rota, siempre es posible escribir otras vidas.
8. Despret, V., «Habiter le monde autrement, avec des animaux», conferencia en el Collège méditerranéen des libertés, Toulon, 24 de abril de 2017.
9. Pessoa, F., Le Livre de l’intranquillité, Christian Bourgois, París, 1999, pág. 68.
10. Se denomina de este modo (Los Justos entre las Naciones) a aquellas personas que auxiliaron a la población judía durante la Segunda Guerra Mundial, y, más en general, según la tradición hebrea, a todos aquellos que, aun no siendo de su confesión o siendo extranjeros, merecen consideración por su conducta moral. [N. del E.]
11. Cyrulnik, B., Sauve-toi, la vie t’appelle, Odile Jacob, París, 2012. [Trad. cast.: Sálvate, la vida te espera, Debate, Barcelona, 2013].
Cuarenta ladrones con carencias afectivas12
Un recién nacido abandonado no tiene ninguna oportunidad de sobrevivir. El cuerpo de su madre le ofrece el primer nicho sensorial que tutoriza su desarrollo. Desde los primeros meses de vida, el nicho se expande e integra rápidamente otra base sensorial, otra figura de apego a la que podríamos llamar «padre» o «abuela» o «tía», según la estructura familiar. Esto significa que, desde el principio de la vida, la organización social dispone alrededor del niño tutores del comportamiento y de la palabra que dirigirán su desarrollo biológico y afectivo desde muy temprana edad.
A veces, ese nicho se ve alterado por la enfermedad de la madre, la violencia conyugal, la precariedad social, el hambre, las epidemias, las guerras y muchas otras desgracias que no son infrecuentes en la existencia humana. Estos niños forman parte de la población de quienes han empezado mal en la vida. La alteración del entorno altera los primeros estadios de la construcción de su pequeña persona. A veces ocurre que ese nicho permanece desierto cuando muere la madre y el entorno no suministra un sustituto sensorial adecuado, otro ser vivo que con su cuerpo, su comportamiento y sus palabras estructure un nuevo nicho para acompañar su desarrollo. Aislado, el niño muere. En un nicho alterado, experimenta un mal comienzo que estropea su desarrollo, pero esta tendencia no es algo inexorable y esto se explica mediante la posibilidad de resiliencia.
En los inicios de la humanidad, la desaparición de la madre era compensada por la estructura del grupo. Algunos cazadores-recolectores, hombres y mujeres, iban juntos a recoger fruta y a cazar pequeños animales. El niño que acababa de perder a su madre podía seguir su desarrollo en el nicho compuesto por el grupo. Cuando la civilización se hizo más compleja, la tecnología organizó progresivamente las sociedades. La eficacia de las armas, la precisión de las trampas, especializaron al grupo de cazadores. Los hombres, que se marchaban lejos, ya no participaban del nicho sensorial de los primeros meses de los recién nacidos. Cuando, durante el Neolítico, la cría de animales y la agricultura planificaron las actividades del grupo, el nicho sensorial se estructuró en función de este nuevo entorno. Si la madre moría o no podía ocuparse del niño, la civilización ofrecía un nuevo nicho sensorial para que el niño pudiera vivir. El sustituto afectivo dependía de la forma en que cada cultura concebía la educación de los niños. En una cultura simple, los niños pequeños seguían a los hombres, los imitaban y aprendían la tecnología de la caza, la pesca, la ganadería y la agricultura. Las niñas seguían a las mujeres y aprendían a ocuparse del huerto, del hogar y de los recién nacidos. Curiosamente, estos límites educativos daban a los niños una impresión de libertad. En las favelas brasileñas, en los pueblos indígenas de Perú, Colombia o en el sur del Magreb, vi a niños jugar y correr por todas partes con total seguridad. Todos los adultos se consideraban padres de todos los niños y se sentían responsables de ellos. Los niños obedecían a los adultos sin salir nunca de los límites del pueblo.
La estructura de este nicho sensorial experimentó cambios según el clima, la tecnología, las guerras y los relatos que atribuían valores distintos a la conducta. El pueblo protector, educativo y restrictivo se mantuvo hasta la explosión industrial del siglo XIX. «En el año 1797, una medida gubernamental animaba a los primeros manufactureros a emplear a niños de los orfanatos».13 Cuando había más huérfanos a causa de epidemias, o cuando la inmensa pobreza de los padres les hacía pensar que serían menos infelices en un orfanato, el abandono no era visto como un crimen. Los niños sin familia abundaban en los establecimientos que orientaban sus destinos, hacia el oficio de criada para todo en el caso de las niñas, hacia el de trabajadores del campo y pequeños trabajos en las primeras fábricas en el caso de los niños. Se solicitaba a los solteros, a las colonias agrícolas y a los centros católicos que recogieran a los huérfanos. El peso educativo que representaban era menor que el actual: un sitio donde dormir, un plato en la mesa, un poco de escuela y un trabajo precoz eran suficientes para su socialización. La literatura muestra estas carencias educativas en Pot-Bouille de Émile Zola, Los Miserables de Victor Hugo, Una vida de Maupassant y Oliver Twist de Charles Dickens. Sus autores describían la metamorfosis de los niños con mala suerte que tan pronto encontraban una buena familia burguesa (Oliver Twist), se unían a un movimiento social liberador (Gavroche) o daban con un adulto compasivo (Cosette), dejan de ser débiles o delincuentes. Esta literatura de la resiliencia se opone a los estereotipos culturales que decían que un niño sin familia se convertía en un retrasado y en un malhechor. La reacción social adaptada a esta representación cultural consistía en castigar a esos pequeños ladrones y a esas jóvenes prostitutas.
—¿Por qué abandonas a tu hijo?
—Sólo gano 20 sueldos por día.
—Si no tienes padres que puedan ocuparse de ti, entonces no hay nada que hacer.
—¿Iremos a prisión por no tener ni padre ni madre?
—Sí, a prisión, es lo que hay.14
Esta visión del niño abandonado también impregnó el siglo XX. Cuando Jean Genet llega al mundo, en 1910, es abandonado hasta los siete meses, luego acogido en casa de Charles y de Eugénie Regnier, carpintero y fabricante de tabaco.
Las agencias de la región de Morvan tienen buena reputación.15 Los bebés abandonados son amamantados, viven en el domicilio de la nodriza y son alimentados hasta la edad de doce años, cuando la familia de acogida, con la que tejen lazos afectuosos, les proporciona un salario.
El bebé Jean Genet es acogido muy tempranamente en una buena familia. Dos hijos biológicos, a los que se añade otra pupila de la asistencia pública, Lucie, componen un hogar estable y alegre. Genet celebra su comunión y obtiene el certificado de estudios. En casa la familia se trata afectuosamente y Mme. Regnier llamaba al niño «Mi Jean», como todavía se hace en las familias del centro de Francia. Lucie Wirtz, su hermana de leche, también proveniente de la asistencia pública, cuenta: «¡Los Regnier era los mejores de toda la ciudad! […] M. Regnier, mi padre, ¡nunca vi a un hombre tan amable como él! Genet era querido por su madre, que le dejaba hacer lo que quería en casa».16 Aquel niño mimado, un «pequeño rey de la casa»17 no daba ningún problema: «Casi siempre era el primero de la clase. ¿Sabéis por qué? Porque la casa de mi familia de acogida estaba junto a la escuela, puerta con puerta. […] Yo siempre estaba presente […]. Los otros de mi clase eran hijos de campesinos; ellos […] podían ocuparse de las vacas, trabajar la tierra».18 Sus compañeros de clase son testigos de ello: «Leía mucho. Incluso durante el recreo, se quedaba leyendo, sentado, apoyado en una pared», decía Camille Harcq; «siempre estaba apartado de los compañeros y se pasaba todo el tiempo leyendo», confirma Marc Kouscher.19
Estos testimonios me intrigan. Imagino la vida cotidiana de un niño que no hace nada en casa, que sólo tiene que abrir la puerta de al lado para ir a clase, que no tiene ningún amigo, que nunca juega, no hace tonterías, que permanece apoyado en una pared para leer sin cesar, no llama la atención y no trabaja en la granja como los otros niños de su edad. Me pregunto por qué más tarde Jean Genet, ya con setenta años, cuenta este recuerdo de infancia con las siguientes palabras: «Yo siempre era el primero de la clase porque la casa de mi familia de acogida estaba junto a la escuela». Hablaba de «la familia de acogida», mientras que su hermana de leche, Lucie Wirtz, también acogida en la misma familia decía: «Mi padre, nunca he visto a un hombre tan amable como él», o «mis padres», «mis hermanos». En la misma familia, en el mismo pueblo, en la misma situación de niños abandonados, estas dos personas no habían adquirido el mismo gusto por el mundo. La afectividad calurosa de Lucie contrastaba con la distancia emocional de Jean: «Yo vivía en la casa de mi familia de acogida» es casi decir «me habían puesto en una especie de hotel donde había gente que cuidaba de mí, y yo, por miedo a tener relación con ellos, me refugié en los libros, me escondía detrás de ellos para evitar contactos amistosos que me daban angustia. Por este motivo era un buen alumno». Mal presagio.
12. Bowlby, J., «Some pathological processes set in train by early mother-child separation», en J. Ment. Sci., 99, 1953, págs. 265-272.
13. Laplaige, D., Sans famille à Paris. Orphelins et enfants abandonnés de la Seine au xixe siècle, Centurion, París, 1989, págs. 7-8.
14. Citado enD. Laplaige, ib., grabados, págs. 64-65.
15. Jablonka, I., Ni père ni mère. Histoire des enfants de l’Assistance publique (1874-1939), Seuil, París, 2006.
16. Jean Cortet (compañero de clase) citado en I. Jablonka, Les Vérités inavouables de Jean Genet, Seuil, París, 2004, pág. 44.
17. Dichy, A.; Fouché, P., Jean Genet. Essai de chronologie, 1910-1944, IMEC Éditions, Saint-Germain-la-Blanche-Herbe, 2004, pág. 59.
18. J. Genet, entrevista con P. Vicary (1981), citadoen P.-M. Héron, Journal d’un voleur de Jean Genet, Gallimard, «Folio», París, 2003, pág. 232.
19. Jablonka, I., Les Vérités inavouables de Jean Genet, op. cit., pág. 51.
La herencia del gusto por el mundo
Puedo entender el mundo mental de Jean Genet y de su hermana Lucie Wirtz, ya que yo también viví, antes de la guerra, una situación análoga. De hecho, no hay dos situaciones análogas, sólo hay situaciones comparables pero distintas. Yo también fui un niño sin familia. Mis padres desaparecieron al principio de la guerra, mi padre alistado en el regimiento de voluntarios extranjeros en 1939, mi madre detenida por la Gestapo en 1942 y el resto de mi familia evaporada quién sabe dónde.
Estoy convencido de que durante los primeros meses de mi vida estuve bien cuidado. Probablemente me beneficié de un nicho sensorial estable y acogedor. En mi memoria quedan algunas imágenes en las que veo, al final del pasillo, una habitación bien iluminada que mi padre había transformado en taller de carpintería. Recuerdo también otra habitación más oscura con un montón de carbón en un rincón. Allí comíamos. Veo a mi padre, leyendo un gran periódico y diciendo: «Ay, ay, ay…». Recuerdo una carrera alrededor de la mesa huyendo de mi padre, que me quería dar un azote por una tontería que había hecho pero que no recuerdo. Me sentí orgulloso de haberme escapado de él. Recuerdo, tras una pelea con un amiguito de la calle de la Rousselle, en Burdeos, que acudí corriendo a mi padre para pedirle que lo matara. En mi memoria conservo la imagen de mis padres hablándose cariñosamente, también de que se ponían serios cuando comentaban lo que decía el periódico.
Hoy pienso que la persecución unió a la pareja que formaban. Yo no sabía que éramos judíos, esta palabra nunca había sido pronunciada. Mis padres jugaban conmigo y luego hablaban en voz baja tomándose de la mano. Me sentía protegido por su proximidad afectiva. Tenía dos años. No podía entender que aquel apego que me tranquilizaba se debía a la amenaza de muerte que se cernía sobre nuestras cabezas. En un contexto de paz en el que cada uno hubiera podido actuar a su manera, ¿no hubieran tenido discusiones? Esto me habría hecho sentir inseguro.
Lucie Wirtz, la hermana de leche de Jean Genet, ya había adquirido el gusto por un mundo lleno de calidez cuando fue acogida por la familia Regnier. De inmediato experimentó la amabilidad de M. Regnier, la ternura de su mujer y el amor fraternal de sus dos hijos biológicos.
Probablemente, Jean Genet no contó desde el principio con esta base, con ese punto de amarre que da a un niño un lugar al que aferrarse. Probablemente padeció privación sensorial durante los primeros meses de su vida. Ningún estímulo que despertara su alma. Nada. El vacío a su alrededor indujo el vacío en su interior, como vemos a menudo en los recién nacidos aislados. El mundo mental del niño sólo se puede llenar de aquello que los otros ponen en él: sus sonrisas, sus enfados, su ternura y sus cuidados. Cuando no hay nadie alrededor de un niño, el único objeto exterior consiste en sus propias manos, cuyo movimiento observa; sus pies, que no para de agitar; o los movimientos de péndulo que hacen surgir en su interior un vago sentimiento de existir, un acontecimiento pobre. Un niño sin Otro no puede construir su propia intimidad, ya que nada se inscribe en su memoria. Cuando el entorno está vacío, es un rastro de vacío lo que impregna su alma, no un recuerdo.20 Los bebés abandonados, sensorialmente aislados, acaban quedando inmóviles, con los ojos mirando al vacío, sin gestos ni balbuceos, inertes, separados del mundo real.21 En un entorno sin vida, los bebés se dejan arrastrar a la muerte, ya que tampoco es muy distinta de lo que viven. Pero cuando una estimulación física los mantiene vivos, conservan una marca duradera de esa privación afectiva.22
Hoy en día sabemos fotografiar esa marca del vacío, estigma de la ausencia de estímulos precoces. EL ordenador muestra en colores la emanación de calor producida por las zonas cerebrales que consumen glucosa al trabajar. La imagen del cerebro de un niño en un entorno empobrecido es azul y verde, mostrando así una desaceleración metabólica.23 Cuanto más intensa y duradera es la privación, menos reacciona el cerebro. Las familias de acogida tienen problemas para volver a activarlo.
Pero cuando la carencia ha sido menos intensa o menos prolongada, el entorno afectivo devuelve al niño el calor. La neuroimagen muestra entonces un cerebro amarillo y rojo, prueba de la resiliencia neuronal. La energía reaparece sobre todo en las zonas medias que constituyen la base neurológica de la memoria y de las emociones. El mundo íntimo del niño puede de nuevo llenarse de recuerdos.
Mientras el pequeño no habla, expresa las emociones mediante la conducta, los gestos, balbuceos y brincos que estructuran las interacciones con los cuidadores. Más tarde, cuando habla, tendrá algo que decir para alimentar las relaciones: «Fui a pescar contigo… te quiero… en la escuela Nadine es mala». ¿Significa esto que basta devolver el calor a un niño abandonado proponiéndole un nuevo nicho afectivo para que todo vuelva a funcionar como antes? La neuroimagen muestra que es necesario animar a un bebé para que su cerebro vuelva a vibrar, pero no es suficiente. El niño es portador de una marca mnésica de la privación pasada. Por este motivo hay familias de acogida muy buenas que no consiguen despertar las respuestas afectivas de un niño entumecido por una larga privación. Un niño así ha adquirido una apariencia anhedónica.24 Precozmente aislado durante un período sensible de su desarrollo, sus neuronas no estimuladas no se han podido ramificar para enviar centenares de miles de conexiones por minuto y así establecer los circuitos neuronales de un cerebro sano en un entorno sano. Las neuronas están ahí, pero no están conectadas y ya no transmiten información. El niño precozmente aislado ha perdido su capacidad de sentir placer. El niño carenciado establece sus nuevas relaciones con un estilo de apego entumecido por la privación afectiva anterior.
Probablemente Jean Genet había adquirido ya un temperamento así cuando fue acogido por la familia Regnier. Acabó amándolos como quien ama a su hotelero: «La casa de mi familia de acogida», decía hablando de su generosa familia. Lucie, su hermana de leche, sintió por aquella misma familia impulsos afectuosos: «Mi padre, el hombre más amable […], mi madre querida y mis hermanos amigables».
No es infrecuente que el aislamiento precoz altere en primer lugar el funcionamiento de las neuronas prefrontales, que al no ser estimuladas parecen atrofiarse. La función del cerebro anterior es anticipar una situación y frenar las reacciones de la amígdala rinencefálica, base neuronal de las emociones insoportables. Cuando este grupo de neuronas es afectado por un tumor, un absceso o una herida accidental, el sujeto sufre angustia, terror o cólera incontrolable. El más mínimo gesto del otro, la más mínima palabra mal dicha, la más pequeña de las frustraciones son experimentadas como una violencia. El niño moldeado de esta forma ha adquirido una vulnerabilidad neuroemocional.25 El más mínimo problema relacional causa reacciones emocionales insoportables. El sujeto estructurado de esta forma por un comienzo empobrecido de su vida da a su desesperación la forma de ideas suicidas.26 En este caso, la neuroimagen muestra que las partes profunda y mediana del cerebro, la zona de la amígdala, adquieren un color rojo, muestra de que, herido por un comentario sin importancia, no consigue controlar sus reacciones emocionales. Nada puede frenar los lóbulos prefrontales: ni la palabra, que el niño no sabe usar, ni los lugares culturales en los que podría haber aprendido a establecer relaciones. Un sujeto así, moldeado por el empobrecimiento de su entorno precoz, no puede gobernar sus relaciones. Pasa al acto, eso es todo, sin que haya tiempo de imaginar las consecuencias.
Recuerdo a una enfermera que adoptó a un niño de diez meses. El niño fue fácil de criar, era muy tranquilo, demasiado seguramente. No protestaba cuando le dejaban en la guardería. En la escuela nadie se daba cuenta de que estaba ahí. En el fondo de la clase, sin decir nada, aprendía silenciosamente, no jugaba, no hacía tonterías; un «niño fácil», decían. Hasta el día en que todo cambió: a los quince años la policía visitó a la madre para decirle que su hijo había sido detenido por intentar un atraco. ¡Increíble! Era imposible prever un comportamiento así… ¡Era un niño que se portaba tan bien! Durante el interrogatorio no dijo ni una palabra, él también era incapaz de explicar su propia conducta.
No sabíamos nada de los primeros meses de su vida. ¿Era un aislamiento precoz lo que había impregnado en su memoria un temperamento entumecido, interpretado por los adultos con las palabras «niño tranquilo»? ¿Por qué pasó al acto con una agresión así? ¿Para salir de su ensimismamiento necesitó un estímulo violento, el estrés intenso de un atraco?
He conocido a varios niños que han tenido recorridos semejantes. Recuerdo a André, buen alumno, tranquilo, aislado, cenizo, que no podía ir al instituto sin corbata. Sus compañeros, burlones, preferían los cuellos abiertos y los vaqueros raídos a consciencia. Su conformismo divertía a sus padres, pero no les inquietaba. Pero llegó el día en que André, que había ido a pasear por la playa de Sablettes por la tarde, decidió no volver a casa y pasar la noche tendido en la arena. Al día siguiente, al despertarse, ya no sentía angustia. Era libre, a pecho descubierto, por fin respiraba a cielo abierto. El lastre de su normalidad excesiva mostraba la lucha contra una angustia de la que se había deshecho mediante una «descarga emocional brusca e imprevisible».27 André se tranquilizó convirtiéndose en un vagabundo, liberándose así de las normas sociales y los códigos de vestimenta; él, antes sumiso, de pronto no quería volver a casa de sus padres, ni al instituto que para él era una prisión. Al rebelarse contra las normas, se sintió liberado de las cadenas, dejó corbata, familia y escuela para dormir en la calle o en estaciones donde podía encontrarse con otros vagabundos, libres como él.
¿Por qué estos dos niños, el delincuente y el vagabundo, no tenían ninguna vida imaginaria? Se podrían haber refugiado en ella para sentir el placer de vivir, algo que la realidad lo les proporcionaba. Muy al contrario, necesitaron un estímulo intenso, una transgresión para salir de su embotamiento y rebelarse contra el ahogo de la vida cotidiana: nada de horarios para estructurar el día, ni límites ritualizados, ni vestimenta socialmente impuesta. No querían lavarse siquiera; «estar sin cuerpo»28 era su libertad. Entonces se vestían con cualquier cosa, no se lavaban los dientes, ni las uñas, ni las llagas que dejaban que se infectaran. De esta forma se sentían liberados.
20. Lejeune, A.; Delage, M., La Mémoire sans souvenirs, Odile Jacob, París, 2017.
21. Spitz, R., La Première Année de la vie de l’enfant, prefacio de Anna Freud, Payot, París, 1946.
22. Nelson, C. A.; Nathan, A. F.; Zeanah, C. H., «Cognitive recovery in socially deprived young children: The Bucarest early intervention Project», Science, 318, 2007, págs. 1937-1940.
23. Alisa, A. et al., «Effects of early intervention and the moderating effects of brain activity on institutionalized children’s social skills at age 8», Proceedings of the National Academy of Sciences, 2012, 109 (2), págs. 7228-17231.
24. Loas, G., «Anhédonie», en Y. Pélicier, Les Objets de la psychiatrie, L’Esprit du Temps, Burdeos, 1997, págs. 45-46.
25. Cohen, D., «The developmental being», en M. E. Garralda, J. P. Raynaud (dir.), Brain, Mind and Developmental Psychopathology in Childhood, Jason Aronson, Nueva York, 2012, pág. 14.
26. Cyrulnik, B., «Déterminants neuro-culturels du suicide», en P. Courtet (dir.), Suicide et environnement social, Dunod, París, 2013, págs. 147-155.
27. Alby, J. M., «Alexithymie», en Y. Pélicier, Les Objets de la psychiatrie, L’Esprit du Temps, Burdeos, 1997, pág. 33.
28. Xavier Emmanuelli, presidente fundador del Samu social, discurso durante el seminario en el Instituto de estudios avanzados. París, febrero de 2017.
Esconderse detrás de un libro
Durante los primeros seis meses de su vida, Jean Genet, en brazos de una madre sola e infeliz que pronto lo abandonaría, probablemente adquirió mal la base de su vida afectiva. Empezó mal en la existencia y su cerebro seguramente se apagó como se apagan los de la mayor parte de niños aislados. Fue acogido en los brazos de Eugénie Regnier en su nuevo hogar, compuesto por Carlos, un padre amable, y por otros tres hermanos. Cierto, fue acogido. Pero ¿se pudo llenar aquel vacío inicial? La imagen que me viene a la mente es que el primer mundo mental de este niño se estructuró como una celda vacía. El nicho sensorial de los primeros meses, pobre y oscuro como un calabozo, dejó un resquicio para que entraran algunos rayos del calor materno. No se apagó del todo, como vemos en niños aislados de forma precoz. Un cerebro entumecido durante mucho tiempo habría hecho imposible la más mínima vida emocional y psíquica.29
Cuando Jean Genet fue acogido a los siete meses, el hogar de la familia Regnier reavivó el rescoldo del niño y éste volvió a la vida. Pero el rastro del vacío no se borró por completo. El pequeño Jean se adaptó a su nuevo hogar gracias a una sabiduría anormal, una lúgubre indiferencia que hizo de él un niño fácil de criar, algo distante pero que, gracias a su indolencia, se convirtió en un buen alumno, en un niño tranquilo, educado y disciplinado; «carácter sin fuerza», podemos leer en un informe de la Asistencia pública. Solitario, no jugaba con los otros niños porque siempre estaba cansado; «apartado de sus compañeros», siempre estaba leyendo.30 Entró en el coro infantil, hizo la comunión a los doce años, aprobó el certificado de estudios a los trece y no se puso a «servir» como criado en una granja como la mayor parte de niños de la Asistencia. Se le orientó hacia un aprendizaje profesional; una especie de promoción intelectual.
Quizás alguien hubiera debido advertir que carecía de amigos, su miedo a los juegos físicos entre niños y su tendencia a la soledad. De hecho, Genet, miedoso, se refugiaba en los libros y los usaba para esconderse.
Cuando un niño se socializa, se las arregla con los estudios y se sirve de algunos compañeros para construir una base de seguridad.31 El mero hecho de poder nombrar a cuatro o a cinco amigos presagia una buena socialización. Genet no podía hacerlo. Solo, inmóvil, refugiado en sus libros, se sorprendía al descubrir una emoción repentina, una atracción imprevista por un niño vigoroso que pasaba por ahí en bici.
En términos psicoanalíticos podríamos considerar que este refugio en la ensoñación es un mecanismo que en situaciones de estrés insoportable motiva ensoñaciones diurnas excesivas que suplen el impulso a relacionarse interpersonalmente.32 Este refugio protege y gratifica con pequeños momentos de felicidad, pero impide afrontar el problema. Genet se encontraba tan bien en sus sueños que acabó adquiriendo una aversión por lo real.
Para crear una situación propicia a la ensoñación, basta con llevar a cabo gestos automáticos que liberan la mente, como hacer punto o caminar. Uno también puede aislarse y facilitar el adormecimiento que deja que surjan fantasías imaginarias. Entonces nuestro mundo íntimo, separado de los demás y de lo real, se llena de escenas que vienen del fondo de nosotros mismos. De esta forma nos podemos evadir de un mundo doloroso dejando emerger el mundo de nuestros deseos, que llenan un desierto afectivo con satisfacciones imaginarias.33 La lectura nos descubre un continente protector, «los libros son nuestros verdaderos maestros del sueño».34
La habilidad para la ensoñación es una característica de la condición humana, ya que en caso de malestar poseemos un arma virtual para combatir una realidad dolorosa. En caso de desierto afectivo, podemos hacer que en ella cobren vida sueños deliciosos. Los animales sueñan, pero ¿acaso tienen ensoñaciones? Procesan la información de su contexto, pueden escaparse de él, realizar búsquedas anticipadas, buscar alimento o pareja, pero no pueden aislarse en los urinarios para soñar y leer durante horas: «El baño era la incubadora de su imaginación, un lugar somnoliento y oscuro donde [Genet] podía respirar sus propios olores, pruebas de una corrupción interna que más tarde, en la cárcel, recogía en el hueco de sus manos para aspirarlas con avidez. Como si, al coronarse sobre las emanaciones de su cuerpo, se convirtiera en su oráculo inspirado».35
