Esconde la llave de esa puerta - Luisa María Linares - E-Book

Esconde la llave de esa puerta E-Book

Luisa María Linares

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Beschreibung

Elegida por conveniencia, motivada por el amor... y destinada a desentrañar un plan siniestro Ivana, una joven criada por sus tías solteronas, es requerida por su tío Leopoldo, un importante político hipocondríaco, para que sea su dama de compañía en un viaje a Londres. Leopoldo la elige porque Ivana es enfermera, pero ella tiene una razón aún más poderosa para aceptar: espera encontrar en Londres a su antiguo amor, un líder hippie desaparecido. Pero sus planes se tuercen cuando la búsqueda de una gabardina perdida la involucra en el secuestro de un importante embajador. De repente, Ivana se ve inmersa en una peligrosa trama donde nada es lo que parece. ¿Podrá encontrar a su amado y resolver el misterio del secuestro, o caerá presa de las intrigas de la ciudad?

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Seitenzahl: 281

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Luisa María Linares

Esconde la llave de esa puerta

 

Saga

Esconde la llave de esa puerta

 

Cover image: Shutterstock & Midjourney

 

Cover design: Rebecka Porse Schalin

Copyright © 1974, 2025 Luisa María Linares and Saga Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788727295329

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser. It is prohibited to perform text and data mining (TDM) of this publication, including for the purposes of training AI technologies, without the prior written permission of the publisher.

This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com

Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.

 

Vognmagergade 11, 2, 1120 København K, Denmark

Todos los personajes de este libro, y también la República de Santibera, son puramente imaginarios. Cualquier parecido con personas o países existentes será completamente casual.

I

Ser recibida en Londres como una V. I. P. 1 , con ramo de flores, fotógrafos de prensa y escolta policíaca hasta el hotel, era demasiada emoción para quien, como Ivana, sólo había conocido el anonimato de las multitudes y el metro o el autobús como transporte. Y, por supuesto, a la policía de elemento decorativo para dirigir el tránsito.

Pero allí estaba, en el interior del Bentley gris, apretujada entre su tío Leopoldo — llamado en la más estricta intimidad «el Superpoldo» — y el delegado de Inglaterra en el Congreso, que había acudido a recibirles. Delante, junto al chófer uniformado, el petulante Florián Guevara, secretario de Superpoldo, torcía el cuello para tomar parte en la conversación y no perder ripio de cuanto se decía.

El ramo de gladiolos que alguien ofreciera a Ivana en el aeropuerto abultaba demasiado y no sabía en qué posición colocarlo para que no molestara.

— Nos escolta la policía — comentó su tío en perfecto inglés.

Era curioso que desde el momento de pisar tierra inglesa se hubiera metamorfoseado automáticamente en un correcto gentleman, con gestos, tono de voz y ademanes adecuados. Durante su breve estancia en Madrid había sido una especie de altivo y digno Grande de España. Ivana estaba segura de que en Francia asumiría el aspecto de francés impecable. Y en Alemania resultaría el ciudadano más germano de todos.

— Tomamos precauciones por lo de Santibera — aclaró el delegado inglés, que respondía por el nombre de míster Treadwell y que era alto y flaco, de cutis encendido y aspecto preocupado.

— Nos han creado un problema muy desagradable — corroboró Superpoldo, con el ceño fruncido —. Es indudable que se intenta sabotear el Congreso. Lo de Santibera es realmente grave.

— Muy grave — admitió míster Treadwell con voz de bajo profundo.

— Muchos especulan con el hambre de la humanidad — sentenció Florián Guevara, convencido de que aquello no lo había dicho nadie antes que él —. Nuestro Congreso Económico Euroamericano molesta a mucha gente. Pero yo me pregunto: ¿por qué precisamente a Santibera?

El inglés repitió como un eco:

— Eso es. ¿Por qué a Santibera? Una diminuta mancha en el mapa, que adquiere de pronto relieves inusitados. Confieso que he tenido que documentarme recientemente sobre ese país para poder hablar con conocimiento de causa.

Inesperadamente, Superpoldo dio una inelegante patada sobre la alfombrilla del coche que dejó a su interlocutor sorprendido y con una ceja levantada. Ante el interrogante de la ceja, tuvo que explicar su actitud.

— Tengo el maldito calambre.

Florián se agitó en seguida en el asiento, que era lo que se esperaba de él.

— ¡Vaya por Dios! El calambre.

Tras de lo cual, ambos miraron fijamente a Ivana.

Por entre el ramo de gladiolos asomó un ojo asustado. No podía evitarlo. Superpoldo y su odioso secretario le producían un pánico invencible.

— ¿Qué sucede...? — tartamudeó ante el reproche de las dos miradas.

Sin piedad, Florián comenzó a fustigarla. Desde el primer instante adivinó que le había sido antipática. Con una antipatía que quizá se extendía a todo el elemento femenino.

— ¡Vamos, vamos...! ¿No ha oído que tiene el calambre?

A la vez, su tío lanzó un suspiro entristecido que pretendía sugerir:

«Lo que yo me temía. Esta estúpida sobrina no va a servirme para nada. Es una retrasada mental. Herencia de su familia materna, por supuesto.»

Con desgana, aclaró:

— La píldora, Ivana. La píldora azul.

La píldora azul. Claro. La píldora que era preciso dar al tío en cuanto empezaba a patear el suelo. Se le cayó el ramo de gladiolos mientras rebuscaba en el enorme bolso, repleto de medicinas que Superpoldo había puesto bajo su responsabilidad. Apartó el pasaporte, los caramelos para la tos, el paquete de algodón, la caja de inyecciones, el frasco de alcohol, el libro Cómo aprender inglés en diez horas, su polvera, su barra de labios, la única postal que recibiera de Manu durante los cuatro meses de ausencia y, por fin..., sí..., la cajita de las píldoras azules. No había que confundirlas con las rosa o con las verdes, que servían para distintos fines. Le tendió la cajita abierta a Superpoldo, quien cogió una como quien pellizcase su estuche de rapé. Y dando por concluido el incidente, siguió hablando con los otros, pateando el suelo acompasadamente, como un acompañamiento de batería.

— ¿Ha habido nuevas noticias...? ¿Qué dice la prensa?

Míster Treadwell, sin dejar de mirar con recelo la pierna pateante, le tendió un periódico que olía a tinta fresca.

— Se teme lo peor — decretó con voz grave.

Ivana guardó la cajita y volvió a desaparecer tras los gladiolos. Como Florián estaba limpiando con su enguantada mano el vaho de la ventanilla, pudo al fin vislumbrar un trocito de Londres, húmedo y frío. No había traído abrigo, confiando en lo avanzado de la primavera. El abrigo estaba ya muy viejo, y en Madrid la gente empezaba a lucir sus galas de verano. Presentía que iba a pasar la semana tiritando, pero, en el fondo, nada importaba. Había vendido su alma al diablo con tal de llegar hasta Londres. Un diablo que tenía las facciones de Superpoldo. Pero ya estaba allí. Cerca de Manu, a quien no veía desde hacía cuatro meses. Y la vida sin Manu no valía la pena de ser vivida. Nada importaba el saberse rodeada de elementos hostiles. Nadie conseguiría entristecerla. Sabía que al cabo de unas horas iría en busca de Manu y vería su expresión sorprendida y escucharía su voz alterada por la alegría: «¡Ivana! Tú en Londres... ¿Cómo has logrado llegar hasta aquí...?»

Tendría que explicárselo todo. La repentina llegada de Superpoldo y su increíble ofrecimiento.

Increíble era cuanto provenía de su tío, porque Superpoldo resultaba un personaje irreal. Las contadas apariciones que hiciera en su vida resultaron siempre impresionantes. Aún recordaba la primera de todas, aunque hubiesen transcurrido ya veinte años, a raíz de la muerte de sus padres. Era el único representante de la línea paterna, y había dejado su cómoda residencia de Ginebra, donde habitaba, para echar una ojeada distraída a las dos pequeñas huérfanas que le miraban asustadas. Creyendo cumplir con su deber, eligió una al azar para llevársela consigo. Resultó ser Sara. Era la mayor y la más bonita, con su cabello rubio y su expresión altiva. A la otra, cuya única belleza eran sus extraordinarios ojos color azul violeta, que contrastaban con la lisa melena negra, la abandonó, sin una nueva mirada, en compañía de su familia materna, aquella familia de poca monta con quien su hermano emparentó en un momento de debilidad.

Sara desapareció de la existencia de Ivana y compartió con Superpoldo todas las grandezas del mundo. De vez en cuando, una postal enviada desde lejanos países establecía momentáneamente el contacto. Leopoldo Lorca, viudo de una millonaria suiza, viajaba incansablemente, de congreso en congreso. Era un hombre importante, Presidente de Todo. Sara disfrutó de su gloria durante veinte años.

Ivana sólo pudo compartir las escaseces de tía Milagros y tía Dolores — tía Mila y tía Dol —, hermanas de su madre, que lucharon con uñas y dientes para sacarla a flote. En el anticuado piso de la calle Mayor abundaron siempre los apuros económicos, pero también las risas y el cariño. La tía Mila, viuda de un funcionario de Hacienda, disfrutaba de una pensión de viudedad que les permitía sostenerse hasta el día 15 de cada mes. Las dos semanas restantes subsistían milagrosamente gracias al ingenio de tía Dol, que tan pronto tejía jerseys en una máquina antiquísima que se estropeaba inevitablemente antes de llegar a las sisas, o se marchaba a Almería, a actuar de «extra» en una película de vaqueros, o aparecía en un spot de la «tele» entre un grupo de comadres ebrias de felicidad porque el detergente «Venancio» lavaba más blanco, o cantaba de contralto en los coros de Música Sacra, subvencionados por el Ayuntamiento.

Su más reciente hazaña había sido aquélla precisamente. Formando parte del coro, se había largado a Londres para actuar en un festival internacional..., y allí se había quedado, tras encontrar un magnífico empleo como sirvienta en casa de una anciana muy rara. En sus cartas aseguraba que ahorraba «montones de oro», pero su hermana Mila consideraba el modesto empleo como un horrible baldón del que no quería hablar a nadie. Para ayudarse a vivir sin bajar de posición social, ella se defendía de la falta de dinero como una auténtica señora, alquilando discretamente la habitación azul del fondo a viudas o viudos repetables. La habitación amarilla de fuera sólo era alquilada en situaciones muy desesperadas.

Los dos últimos años sólo tuvieron un alojado permanente en el cuarto azul. Se trataba de don Gregorio, un jubilado que fue ordenanza de la Academia de la Lengua. Gracias al contacto con los «inmortales», era, a su modo, un erudito que escogía primorosamente su vocabulario.

Al instalarse en el cuarto azul, nadie hubiera podido sospechar que se encontraría tan a gusto como para renunciar al resto de las vanidades del mundo. Se adaptó de tal manera a la librería de nogal atestada de libros, a los dos sillones de terciopelo granate, a la cómoda negra con aspecto de catafalco y a la mesa camilla con su brasero eléctrico calentándole en los inviernos, que nunca más se movió de casa.

Dol solía explicárselo a sus amigas:

— No creáis que estoy exagerando. No volvió a salir. Mila, sin sospecharlo, ejerce sobre él una especie de secuestro espiritual. Mi hermana es la perfecta oyente. Nadie en el mundo escucha mejor que ella. En su rostro se van marcando todas las impresiones que la narración le produce, todos sus estados de ánimo. Y don Gregorio es un charlatán de tomo y lomo. Encontró en mi hermana el auditorio que le faltó toda la vida. No necesita más. Carece de parientes. Su plato preferido son las gachas de harina de almortas, y Mila las prepara con los ojos cerrados. Os aseguro que este asunto se ha convertido en un concubinato casto. Eso sí. Castísimo.

Por fortuna, en el cuarto amarillo de fuera solían tener inquilinos más amenos. Gente que entraba y salía y con la que compartían retazos de vida.

La última ocupante de aquel cuarto amarillo había sido miss Frazer, una empleada del Consulado inglés, a la que debía Ivana sus ligeros conocimientos del idioma. En la actualidad se hallaba vacío porque Dol enviaba unas libras de cuando en cuando para que salieran del paso.

Superpoldo estornudó de pronto. Lanzó a su sobrina una mirada aviesa, pero se esforzó en encontrar un tono ligeramente amable. Solía hablar a las mujeres en un tonillo especial, como si las considerara yeguas asustadizas.

— Estas flores están dándome alergia — advirtió.

Frenéticamente trató Ivana de recordar si llevaba en el bolso algunas pastillas contra la alergia. Pero no las llevaba. Preocuparse de la salud del tío era parte fundamental de sus obligaciones. Superpoldo era un hipocondríaco que se creía enfermo de todos los males. Tenía ocho o diez neurosis convenientemente catalogadas, y de vez en cuando se le agudizaba una.

Se atrevió a replicar, con un hilo de voz:

— No pueden darte alergia, tío. Están envueltas en celofán. Pero si te molestan, las tiraré por la ventanilla.

Inició el gesto, que su tío contuvo con cara de mártir. Florián Guevara le lanzó una mirada displicente.

— A Sara solían obsequiarla con flores en todos los aeropuertos, y siempre las colocaba de modo que no molestasen a nadie — comentó el tío desviando la mirada hacia el infinito.

Ivana buscó ansiosamente dónde colocar el enorme ramo, y al final decidió ponerlo en el suelo y colocar los pies encima. Era una pena, pero ¿cómo esperar a que Sara le explicase en un cablegrama lo que solía hacer con las flores? Su hermana se hallaba muy lejos, en su lujoso hogar de Washington, compartido con un brillante senador del Estado de Minnesota que conociera en un congreso y con el cual se había casado.

La brillantez de la boda no consolaba a Superpoldo de la pérdida de una sobrina que fuera sus pies y sus manos.

— Ella cuidaba de mí... — explicó con acento de huerfanito patético en una entrevista, la cuarta o quinta en veinte años, que concediera a Ivana en el suntuoso hotel donde se había alojado días antes, a su paso por Madrid. Consideró ineludible comunicarle la boda de su hermana, a la que ni siquiera fue invitada.

— Fue todo demasiado rápido... — se excusó, aunque sus excusas sonaban a reprimenda —. No hubo tiempo de avisar a nadie. Tu hermana lamentó mucho no tenerte a su lado.

Ivana dudó de tal aseveración. Sara se había convertido para ella en una chica extranjera que hablaba el español con pésimo acento. Durante su última y breve visita se habían limitado a mirarse, sin encontrar nada que decirse. Algo muy triste, que a Ivana le hizo llorar después.

— Resultó una boda brillantísima — siguió Superpoldo —. La más importante del año. El senador, tu cuñado, es un joven que tiene ante sí una excepcional carrera política. — Tosió, sacó del bolsillo del pecho un inmaculado pañuelo, lo sacudió, lo dobló de nuevo y lo devolvió a su sitio. Durante la corta entrevista, su sobrina le vio repetir varias veces el mismo inútil gesto. Inclinándose en el asiento, bajó la voz, haciéndola más confidencial —: Y oye bien lo que te digo, Ivana. Hemos de verle muy pronto candidato de su partido.

Ivana, preocupada por esconder sus estropeados zapatos debajo del sillón donde se sentaba, sacudió la cabeza sin comprometerse. Mecánicamente repitió:

— ¿Candidato...?

Y él, irritado por la falta de entusiasmo, subrayó, altisonante:

— A la presidencia, niña. A la presidencia.

Ivana tartamudeó felicitaciones, imaginándose ya a su hermana como primera dama de Estados Unidos. Casi sintió ganas de reír, y tuvo nueva consciencia de su abrigo deslucido, de su bolso con tres temporadas y de la lana de su jersey que se empeñaba en formar bolitas por todos lados. Trató de armarse de valor para levantarse y despedirse con dignidad, cuando repentinamente ocurrió lo inesperado.

En el preciso instante en que Superpoldo comenzaba a referirle el cariñoso abrazo que le dieron los senadores de Georgia y de California en la recepción que siguió a la boda, interrumpió de pronto su relato, palideció, puso los ojos en blanco y descendió vertiginosamente de su trono de grandeza, cayendo cuan largo era sobre la alfombra del salón. Florián Guevara, que acechaba a distancia, corrió a levantarlo, e Ivana, tremendamente asustada, recordó de pronto que estaba a punto de concluir el curso de enfermera que tía Mila se obstinaba en hacerle seguir. Procuró recordar cuáles eran los primeros auxilios.

El médico confirmó a su llegada lo que ya ella había presumido: se trataba de un simple ataque de lipotimia, y la felicitó por su intervención.

Rápidamente repuesto, Superpoldo la miró con interés por vez primera en su vida. Observó que tenía unos ojos azules extraordinarios, una boca bonita y risueña y que era una versión en moreno de su hermana Sara. Pero lo que le impresionó realmente fue su título de enfermera.

Dos días más tarde, cuando ya Ivana había olvidado la escena y se encontraba en la cocina de su casa, ayudando a tía Mila a freír croquetas de bacalao porque era viernes, Superpoldo se presentó en el piso inesperadamente, causando tal sobresalto a Mila, que dejó quemar las gachas de don Gregorio y tuvo que correr a su cuarto para echarse en la cama con un pañuelo humedecido de colonia en la frente.

De pie en el centro de lo que pomposamente denominaba «salón», con sus sillones de gutapercha, sus numerosos pañitos de encaje, la alfombra tejida a mano por toda la familia, incluyendo a don Gregorio — labor que duró dos inviernos —, y el piano desafinadísimo en un rincón, fue donde Superpoldo hizo su oferta. Invitaba a Ivana, a guisa de prueba, por supuesto, a ocupar el lugar que dejó vacante Sara. A cuidarle, a darle sus medicinas a la hora exacta, a evitarle todas las pequeñas molestias cotidianas. Claro que Sara era insustituible, puntualizó, pues por algo se había ocupado él de educarla maravillosamente. Pero podían probar.

Ivana le miró en silencio. Superpoldo parecía tan limpio y aséptico que hacía sentirse a los demás desaseados y llenos de microbios. Se dio cuenta de la hostilidad de su presencia en aquel salón cursilísimo pero que rebosaba dignidad, con sus paredes cubiertas por mustias fotografías de abuelos y abuelas desaparecidos, siempre recordados con fidelidad familiar. Rememoró el tono displicente con que saludó a tía Mila en el vestíbulo y pensó que había llegado por fin su gran oportunidad.

Pero, naturalmente, no la oportunidad de irse a vivir con Superpoldo y sus riquezas, abandonando inconsideradamente a las tías, lo cual no la tentaba lo más mínimo, sino la gran oportunidad de soltarle las cuatro frescas que siempre ambicionó. La ocasión de decirle de una vez por todas lo que opinaba de su crueldad al separarla de su hermana, de su egoísmo y de su espectacular pedantería.

Sin embargo, una sola frase, dicha al azar, la obligó a tragarse sus rencores:

— El lunes próximo saldremos para Londres.

Estuvo a punto de lanzar un grito. ¡Londres, el lugar inaccesible donde se encontraba Manu! ¡Londres, donde trabajaba tía Dol, a la que tanto echaba de menos!

Londres, por fin, al alcance.

Recapituló. Tragó las montañas de humillaciones acumuladas durante años y años. Repitió dos veces: «¿A Londres?... ¿A Londres?...», y agitó la cabeza como si no pudiera detenerla.

Aquello era maravilloso. Nada se perdía con aceptar. Iría a Londres y más tarde le diría al tío le que opinaba de él. La escena sólo sufriría un pequeño aplazamiento. Y durante aquel alegre intervalo, ella sería feliz en Londres. Con Manu, que la dejó hecha un mar de lágrimas hacía cuatro meses y que trataba de abrirse camino con su arte en aquella inmensa ciudad.

Llegó a un acuerdo con Superpoldo..., y por fin estaba en Londres.

II

Manu entró en su vida un año antes con la fuerza de un huracán arrasando cuanto pillaba al paso. Íntimamente dividía su vida en «antes y después de Manu», y no comprendía cómo había podido subsistir hasta sus veintitrés años sin conocerle. Sin ser hechizada por su voz ronca, su mirada sombría, por aquel modo peculiar de echar a andar de pronto haciendo correr a todos tras él, como si estuviese solo en el mundo y no pensara nunca detenerse ni volver la cabeza para cerciorarse de que los demás le seguían. Porque quizás, en el fondo, no le importaba que le siguieran o no.

Pero el caso era que a Manu siempre le seguían. Los amigos y las mujeres. En broma le llamaban El Rey, o The King, o Le Roi, según el idioma que empleara el súbdito. El mundo que rodeaba a Manu era una especie de ONU donde todos los países y razas estaban representados.

Le había costado mucho trabajo a Ivana el adaptarse a aquel mundo de Manu. Y no estaba muy segura de que aquel mundo la hubiese aceptado a ella. Ni «El Holandés», a quien consideraban como el segundo de a bordo y que era el único que ejercía cierta influencia sobre Manu, ni Berto, que compartía con él un cuchitril llamado «estudio» y que fregaba y barría para mantenerlo limpio, hasta que, harto de faenas caseras, metió allí también a Gerda, su novia, una alemana que acudió a Ibiza a pasar un mes de agosto y se quedó definitivamente en España.

— Nos llevamos muy bien los tres — solía decir Manu con su voz cansada que dejaba adivinar un mundo de decepciones —. Nos llevamos bien porque los tres lo odiamos todo. Por eso nuestra pintura está llena de estrépito y furia.

Acostumbrada a las tranquilas charlas familiares y a los apacibles y floridos discursos de don Gregorio, se escandalizó al principio con las opiniones del grupo. Más tarde se limitó a encogerse de hombros ante sus acerbos comentarios políticos, sus interminables quejas y sus puntos de vista delirantes. Incluso la apariencia física de todos ellos era poco común. Nolo y Nola, la pareja italiana, lucían sus cabezas rapadas al cero, para ir contra la moda.

— Somos dos bonzos contestatarios — solían decir.

También estaban los Mellizos, que se especializaban en collages y que eran armenios, de corta estatura, y hablaban muy bajito en un español ininteligible. Pero «El Holandés» era quien le manifestaba abiertamente su hostilidad, considerándola representante de una clase media a la que aborrecía. Se calificaba a sí mismo de anarquista y repetía orgullosamente:

— Estoy prohibido en todas partes.

Medía cerca de dos metros y usaba melenas largas y barba rubia. Para burlarse de Ivana decía a los otros:

— Escoged vuestro vocabulario, que la señorita se escandaliza. Guardad vuestras obscenidades para cuando la burguesita no esté presente.

Y la pobre burguesita, que solía ir andando al hospital donde hacía sus prácticas para ahorrarle a tía Mila el dinero del autobús, fingía no oírle y sonreía a Manu, quien le devolvía la sonrisa. No le preocupaban los comentarios ajenos y seguía buscando la compañía de la chica de los ojos azul-violeta y de la melena azabache. Manu, como buen pintor, calificaba a la gente por colores.

Ella no se consideraba entendida en pintura, pero casi le agradaban los extraños cuadros de Manu, quizá por lo mucho que le gustaba él.

Le agradó la primera mirada, desde que le conoció en unas agradables vacaciones en Torremolinos, invitada por una compañera del hospital. Su amiga tenía un cochecito de segunda mano y una casa muy grande en Málaga, llena de tíos y de primos, por lo cual aquellas vacaciones apenas le costaron nada.

Cierto atardecer en que regresaba de la playa, con las sandalias llenas de arena y una cinta sujetándole el húmedo cabello, se detuvo ante la exposición de cuadros alineada junto a un muro, delante de un café y próxima a la vía del tren.

Allí empezó todo, con un calor tremendo, cuando, impulsada por la mirada suplicante del artista, compró un dibujo a lápiz que representaba una animada escena callejera. Poco después, Manu se gastó aquellas pesetas recibidas en invitarla a vino tinto y rodajas de chorizo, a las que siguieron unos enormes bocadillos de calamares fritos. Más tarde le confesó que aquélla fue su única comida del día. Nunca lograba estar sobrante de dinero.

Charlaron durante horas y horas y se separaron casi de madrugada. La multitud que invadía las calles les veía pasar sonrientes y cogidos de la mano. Olía a flores, a vino y a alegría. Un olor bueno, que sólo se respiraba cuando se era feliz. Fue el comienzo del hechizo...

Y de la esclavitud. Ivana vivía dos vidas diferentes, imposibles de compaginar. Ni Manu ni sus amigos eran compatibles con los habitantes del piso de la calle Mayor, con las gachas de don Gregorio y con las amigas viudas de tía Mila, rebosantes de respetabilidad.

Hubiera deseado que tía Dol estuviese allí, para pedirle consejo. A menudo solía dárselos, llamándole al pan, pan, y al vino, vino, porque tía Dol era aún una mujer relativamente joven que miraba a la vida de frente. Había tenido muchos amoríos, de los cuales salía siempre tronchada y maldiciendo a los hombres.

— Ante ellos sólo tenemos dos clasificaciones — solía decir mientras se arreglaba las cejas, que era su momento propicio para las confidencias —. O nos clasifican como «esposa y madre» y nos obsequian con una vida de partos, guisos y fregoteo de sartenes dentro de la más respetable legalidad, lo cual, a la larga, resulta lo más cómodo y seguro, o nos catalogan por el lado frívolo como tierra de todos, sin prestigio, sin leyes que respetar, gratas como una buena manta cuando se tiene frío. Inútiles como esa misma manta cuando pasa el tiritón. Piénsalo bien antes de elegir tu senda.

Ivana lo pensaba bien. Lo pensaba hasta la obsesión. Por culpa de Manu había rechazado a dos médicos del hospital que la perseguían con sus asiduidades. Luchaba consigo misma y no quería ceder al atractivo de Manu, que, según empezaba a sospechar, trataba de convertirla en «manta». Las frases de tía Dol continuaban resonando en sus oídos:

— Sobre todo... no te creas inteligente y moderna, como algunas que yo conozco, que aceptan alegremente un delicioso concubinato, considerándose más avanzadas que las demás... Y la realidad es que lo que han aceptado es una situación incómoda, con los mismos partos, el mismo fregoteo de sartenes y ningún prestigio social. Y las muy idiotas se consideran listas y emancipadas.

Como Ivana acababa siempre riéndose a carcajadas, añadía, rebosando sentido común:

— No te rías, tontita. El matrimonio, tal como está concebido, contiene muchísimos defectos..., pero protege a las mujeres. No olvides que los hombres de cualquier país prefieren siempre cambiar a una esposa de cuarenta años por dos de veinte.

A los veintitrés, Ivana seguía siendo «virgen y mártir», como la llamaba Manu despectivamente.

No sospechaba las numerosas veces que estuvo a punto de naufragar al contacto de sus labios, al calor de sus brazos, al sonido apasionado de su voz. Pensaba en que su tía Dol, con tan razonables ideas, no tenía, a los cuarenta y nueve años, un hombre en su vida. Aquella vida a la que ella misma calificaba de «desesperación pacífica»...

El viaje de Manu a Londres, seguido de su grupo, dejó su agonía en suspenso. Los primeros días casi sintió alivio, al no tener que luchar contra él. Luego, los cuatro interminables meses de ausencia la fueron convenciendo de que no soportaba la vida así.

Y allí estaba ahora, en busca de Manu, en aquel tumultuoso Londres en el que acababa de ser recibida como una V. I. P.

III

Entre las siete maletas negras de Superpoldo destacaba la número ocho, que era roja, como señal de peligro. Ivana la denominaba mentalmente «la maleta de los estómagos», porque su tío había indicado, refiriéndose a ella:

— Ahí reposan simbólicamente las esperanzas de millones de estómagos hambrientos.

Era la maleta donde se guardaban los documentos del Congreso y, por lo tanto, correspondía a Florián Guevara el ocuparse de ella. Pero las siete restantes constituían parte de las obligaciones de Ivana en su nuevo empleo de enfermera, ama de llaves y ayuda de cámara eventual. El auténtico ayuda de cámara que hasta entonces acompañara a su tío en los viajes había lanzado un grito de rebeldía y prefirió quedarse en Washington, al servicio de Sara y de su flamante senador, harto de viajes. La política americana había despertado su curiosidad. Había oído hablar de la juerga bestial que se organizaba cada cuatro años con motivo de las elecciones presidenciales y no quería perdérsela.

Superpoldo estalló de ira ante aquella innoble deserción. Todo el mundo le abandonaba a la vez. Excepto Florián, por supuesto, que estaba lleno de inmundas ambiciones y sabía que junto a él haría carrera. Pero esta vez le pillaría prevenido.

Con verdadero frenesí se dedicó Ivana a abrir las siete maletas y a poner las cosas en orden en los enormes armarios empotrados.

El Royal London habíales reservado un departamento fenomenal en el piso primero. Disponían de un pequeño vestíbulo lleno de espejos con marcos dorados, de un gran salón, de un enorme dormitorio para el tío y de otros dos más pequeños para ella y para Florián, cada uno con su correspondiente cuarto de baño. Las mullidas alfombras, las flores en los jarrones, las luces indirectas, todo aquel lujo al que no estaba acostumbrada le producían una euforia electrizante. Andaba con ritmo de baile, y más tarde escribiría una larga carta a tía Mila y a don Gregorio que les parecería un capítulo de Las mil y una noches.

El elegante contenido de las siete maletas negras pareció inundar todo el cuarto. Colgó en el armario los nueve trajes, los tres abrigos y el batín de seda rojo. Repartió por los cajones las docenas de camisas de todos los estilos, los pijamas maniáticamente azules con iniciales bordadas en plata, todos idénticos, y volcó la zapatería ambulante y fue colocando pares y más pares en los soportes de metal. Unas zapatillas viejísimas ocupaban un sitio de honor, cuidadosamente envueltas en celofán. Debían de ser sin duda las zapatillas viejas y adoradas con las que el tío descansaba en paz. Su única y vergonzosa concesión a la vulgaridad.

Los frascos de medicinas ocuparon todos los armarios de espejo del cuarto de baño, y aún tuvo que dejar la maleta medio llena por no saber dónde colocarlos. Se estremeció pensando en el estómago de su tío y en si sería capaz de sobrevivir a todos los frascos.

Desde el salón llegaban a sus oídos voces en español e inglés. Un numeroso grupo de gente les aguardaba en el vestíbulo a su llegada, y ahora discutían excitados en el salón del tío.

Aunque nadie le había dicho nada, considerándola sin duda quantité négligeable, había conseguido en parte enterarse de lo que sucedía. Unos periódicos abandonados sobre la mesa la informaron de que el delegado de Santibera, pequeña república hispanoamericana, llegado dos días antes para tomar parte en el Congreso, había sido incomprensiblemente secuestrado, a la puerta misma de su hotel y ante los ojos atónitos del portero, amenazado por dos individuos armados.

La prensa inglesa calificaba el asunto de monstruoso, incomprensible y temerario.

Ivana se leyó los artículos de cabo a rabo. Trabajosamente, porque sus conocimientos de inglés no eran todo lo brillantes que deseaba. Pero pudo comprender la situación y solidarizarse de corazón con los que en el salón vecino lanzaban gritos de «¡Sabotaje! ¡Anarquía! ¡Atropello!...»

Había pasado media vida leyendo novelas policíacas inglesas, que eran la pasión de sus dos tías, y lo del rapto le parecía relativamente normal. Estaban en Londres, donde era lógico que raptasen a la gente e incluso que asesinaran a las mujeres en las noches de niebla. ¿No era la tierra de Jack el Destripador? Deseaba, sin embargo, que no se le ocurriese a nadie raptar a Superpoldo, en cuyo caso se vería obligada a regresar a Madrid repatriada sin haber podido saborear el encanto de aquella magnífica ciudad. Y sobre todo sin ver a Manu.

Con una aguda sensación de urgencia corrió a su cuarto y rebuscó en su bolso el cuadernito de las direcciones. Era preciso actuar antes de que todos los congresistas, sobrinas incluidas, fuesen atacados.

Consiguió que la telefonista de la centralilla le pusiera en comunicación con el número anotado en el papel. La llamada sonó repetidas veces, y su mano apretó el auricular con impaciencia. El corazón le latía rápido, con brío y con esperanza nueva, porque era un corazón sin sofisticar que respondía en seguida a todas las emociones. Echó hacia atrás la larga melena oscura, que le tapaba la cara, como si fuese una cortina importuna que le impidiera conectar con el mundo.

Oyó al fin la voz familiar:

— Hello...!

La reconoció en el acto, aunque no hubiese lanzado el españolísimo «¡Diga!» habitual. Indudablemente se adaptaba a las costumbres extranjeras.

Había preparado lo que pensaba decir, pero las palabras acudieron en tropel.

— ¡Soy Ivana! Acabo de llegar a Londres.

El rudimentario inglés de su interlocutora fue sustituido por una rotunda exclamación castellana:

— ¡Caramba! ¿Quién habla...? ¿Qué está usted diciendo...?

— ¡Que soy Ivana! Tu sobrina Ivana. Aquella que te decía de pequeña: «Yo soy Ivana en su ventana...» ¿Es posible que no me reconozcas...?

Sentía deseos de reír y de llorar, porque ahora se daba cuenta de lo mucho que echaba de menos a su tía y del ansia que tenía de escuchar su alegre voz. Y también porque no podía acostumbrarse a la idea de estar en Londres. Para convencerse, pasó el dedo por el cenicero colocado junto al teléfono y que ostentaba el rótulo de Royal London Hotel.

Siguió una pausa expectante. Ivana adivinó la delirante confusión de pensamientos en la cabeza de tía Dol.

— No es posible que seas Ivana. No creo en los cuentos de hadas. Mi sobrina Ivana vive en Madrid, en nuestra casa de la calle Mayor, junto a mi pesadísima hermana Mila y a don Gregorio, el orador. No tiene una peseta, ni nadie a quien pedírsela prestada. Es imposible, por lo tanto, que haya llegado a Londres.

Ivana se echó a reír y le gritó al aparato:

— Pero... ¿de veras no conoces la voz de tu sobrina? Te aseguro que acabo de llegar en avión. Y me hospedo en el Royal London.