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Defender la justicia es fácil, lo difícil es defenderse de él. Salomé acaba de licenciarse en Derecho y no tarda en enfrentarse a su primer caso: representar a una actriz temperamental que demanda a su ex por prometerle matrimonio… y no cumplir. Pero todo se complica cuando descubre que el demandado no es otro que su vecino: un mujeriego encantador, descarado y experto en ponerla nerviosa con una sola mirada. Entre alegatos, malentendidos y una serie de enredos cada vez más hilarantes, Salomé deberá mantenerse firme…, aunque su corazón tenga otros planes. Esta es una comedia romántica llena de ingenio, situaciones absurdas y diálogos brillantes que confirma el talento de Luisa-María Linares para crear heroínas inolvidables y tramas donde el amor siempre acaba ganando.
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Seitenzahl: 389
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Luisa María Linares
Saga Egmont
Salomé la magnífica
Cover image: Midjourney & Shutterstock
Cover design: Rebecka Porse Schalin
Copyright © 1979, 2025 Luisa María Linares and Saga Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788727242040
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
www.sagaegmont.com
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Vognmagergade 11, 2, 1120 København K, Denmark
— ... y repito, señor juez, que no hay dinero en el mundo con el cual se puedan indemnizar los daños morales...
Hubo un silencio profundo al hacer una pausa el abogado de la demandante, cuya larga pieza oratoria habían seguido todos con sorprendente interés.
— Es una muchacha magnífica — cuchicheó un caballero del público que lucía la más elegante corbata rayada de la Audiencia —. Lista y bonita.
Su compañero asintió, sacudiéndose una mota de polvo de la solapa. Vestía un impecable traje gris.
— Sí, en efecto. Pero las chicas inteligentes no han sido nunca mi flaco. Tontitas..., tontitas... Cuanto más tontitas, mejor.
«Corbata rayada» corroboró tal opinión.
— Pertenecemos a la antigua escuela. No nos seduce el papel de maridos de una abogado.
— Aunque la «abogado» esté potable. Muy potable. — Cambió de tono —. ¿A quién saludas?
«Traje gris» acababa de hacer una ligera inclinación de cabeza dirigida a alguien de la sala.
— A la de Briones. Aquella del vestido azulado. La otra es su prima, la marquesa de Alvial. Esa del sombrero absurdo.
… … … … … … … … … … … … … …
— ¿A quién has saludado? — preguntó en el mismo instante «Sombrero absurdo» a «Vestido azulado».
— No lo sé exactamente, hija. Tengo que ir al óptico a que me gradúen la vista. Estos impertinentes ya no me sirven. Creo que se trata del conde de Fresno, pero también pudiera ser Juanito Alarcón, que se le parece mucho.
— Se ha dado cita aquí todo Madrid. Cambié la hora de la masajista para no perderme esta sesión. ¡Mira! Fíjate en la del pelo rojo... Es «La Porteña», la estrella del Teatro Olimpia. Estuve anoche con Carlos viendo la revista. ¡Qué chistes tan subiditos de color! Carlos no cesaba de darme con el codo para que no me riese tanto...
… … … … … … … … … … … … … …
— Esto parece la tertulia de «El Gato Negro» o la del «Lepanto» — susurró «La Porteña» a su adorador de turno, sentado junto a ella —. Están aquí todos. Gámez, el empresario del Novedades; Ruiz, el del Nuevo; Samper, el del Colón... ¡No mires! Ahí está Catita. ¡Creerá que voy a saludarla, la muy idiota! Que salude ella... Se da unos humos desde que hace películas... ¡Ah! ¡Hola, hola, riquina...!
— ¿A quién has dicho «hola»?
— ¿A quién ha de ser, majadero...? A Catita... ¿No ves que miraba para acá?
— No miraba para acá. Saludaba a Flora Mayo.
— Haz el favor de no nombrarme a Flora... ¿Te das cuenta de las posturitas que está adoptando...? Se cree la persona más importante de la sala.
— Es la demandante...
— Es una fresca...
… … … … … … … … … … … … … …
Flora Mayo arregló un pliegue de su falda y cruzó las piernas, exhibiéndolas con generosidad. No olvidaba ni por un momento que en aquella especie de espectacular comedia correspondíale el papel de protagonista, y que era preciso cuidar todas las actitudes. Jamás en su larga carrera teatral tocóle en suerte un papel tan interesante. Desdoblándose de sí misma, creía verse actuar en una dramática escena que pudiera pertenecer al segundo acto. Las acotaciones indicarían que el rostro de la bellísima Flora debía mostrar contenido dolor, un dolor soportado con heroica dignidad, y que entre sus finas manos, de largas y cuidadas uñas, retorcería nerviosamente un pañuelito. Por supuesto, en lugar de retorcer el pañuelo hubiese preferido fumar un cigarrillo que calmase sus nervios, pero no estaba permitido, y tenía que aguantar aquella inmovilidad estúpida, consolándose con el pensamiento de que estaba proporcionándose la mejor propaganda de su vida.
Miró de reojo hacia el lugar donde se sentaba «la parte contraria», y se irritó al advertir la impertinente sonrisa del demandado. Tenía todo el aspecto de quien estuviera divirtiéndose muchísimo.
Rechinó los dientes y bajó los ojos, descruzando las piernas. De nuevo retorció el pañuelito y suspiró con el gesto de elegante sufrimiento que correspondía a la hermosa dama ofendida por un bellaco.
… … … … … … … … … … … … … …
«Un espectáculo regocijante — decidió mentalmente el ‟bellaco” añadiendo una pajarita de papel al surtido de barcas, mesitas y aeroplanos que disimuladamente iba colocando sobre la mesa de su abogado —. Regocijante. Lástima que se prolongue demasiado... Pero la abogadito está quedando muy bien... Me ha puesto verde, pero no importa. Es un encanto. ¡Y qué ardor! ¿Será tan vehemente para todo...? Es una fierecilla con toga.
… … … … … … … … … … … … … …
— Poco tengo que añadir a lo ya expuesto, señor juez — concluyó la «fierecilla con toga»—. Mi cliente es en este momento la representante de todas las mujeres, a quienes durante siglos y siglos los hombres han hecho objeto de múltiples vejaciones. Ella ha tenido el valor, arrostrando la burlona ironía de muchos inconscientes, de hacerse portavoz del sentimiento general. En adelante, esos mal llamados caballeros que se dedican a hacer vanas promesas a la ligera y a destrozar el corazón del prójimo, deberán pensarlo un poco antes de dejarse llevar por sus repugnantes pasiones. Nunca debiera quedar sin castigo un perjuicio causado a sabiendas, aun cuando este perjuicio fuera exclusivamente de orden sentimental. Pero si, como en este caso, se une a aquél el daño material, justo es que el culpable repare su falta. El demandado — señaló a Fernando Carvajal con visible desprecio — impidió que mi cliente aceptase un brillante contrato que pudiera haber producido grandes beneficios. Las cartas unidas al expediente de la demanda indican que dicho señor obligó a mi cliente a rescindir dicho acuerdo con América bajo el pretexto de que iban a casarse en breve. Si después creyó prudente faltar a la palabra dada jugando con el corazón y la dignidad ajenas, justo es que pague los daños materiales. El daño moral, repito, no podría pagarse con todo el oro de la Tierra. Y nada más, señor juez; sólo añadir unas palabras de Ulpiano: «Honeste vivere; alterum non laederc, jus suum cuique tribuere.» «Honesto vivir; a otro no dañar, y dar a cada uno lo suyo.»
Se levantó la sesión y el asunto quedó pendiente de fallo.
Numerosos grupos estacionáronse por salas y corredores cambiando saludos e invitaciones para tomar el aperitivo.
— Creo que Carvajal ha perdido. Su abogado le ha defendido mal. En cambio, esa muchacha, Atienza, ha estado brillante. Fallarán a favor de Flora. Es casi seguro.
— Si Flora perdió su contrato para casarse con él, y luego él la dejó plantada, justo es que pague.
— ¿Es mucho lo que pide?
— No sé. Pero es millonario.
— ¡Es un tipo interesantísimo! — comentó una jovencita que capitaneaba un grupo femenino muy decorativo.
— Un estilo de Charles Boyer — apuntó otra.
— Combinado con Marlon Brando.
— Y con algo de Frank Sinatra.
— No exageréis. A mí me ha parecido un hombre corriente.
— ¡Corriente! — se indignaron tres voces al unísono —. Eso es precisamente «lo que no es». ¿Te has fijado en su sonrisa...?
— ¡Cómo no había de fijarme! Ha estado sonriendo todo el rato.
— ¿Y en sus ojos...? ¡Tiene una vida interior!
— ¡Bah!, estáis fascinadas por su fama de tenorio.
— Ha tenido amoríos con las mujeres más guapas de España.
— ¿Y eso es un timbre de gloria?
— ¡Vaya, chica! Desde que estudias Filosofía y te dedicas a los estoicos, no hay quien te aguante.
Catita Valdés, la artista de cine, comentó en otro grupo:
— ¡Qué suerte tiene Flora! De ahora en adelante no romperá las cartas de los admiradores..., por si acaso.
— ¿Cuándo se sabrá el fallo?
— Los periódicos lo dirán.
— Temo que a Carvajal empiecen a lloverle los pleitos. ¡Ha escrito tantas cartas de amor!
Un fotógrafo retrató a Flora Mayo junto a su abogado, Salomé Atienza, que aceptaba complacida las felicitaciones de algunos compañeros.
— Te felicito, Atienza. Has estado magnífica.
— Magnífica...
— Magnífica.
La aludida sonrió, con los ojos centelleantes de satisfacción. Guardó sus papeles en una cartera de piel, recibió un nuevo abrazo de Flora Mayo, que fue recogido por la cámara de otro fotógrafo, y trató de abrirse paso hacia una puerta lateral.
Procuraba aparentar una elegante indiferencia, como si estuviera acostumbrada a tales éxitos, pero lo cierto es que sentía la boca seca y las piernas temblorosas de emoción.
— Enhorabuena, Atienza. Fue algo espléndido. Estuvo magnífica — oyó decir.
— Gracias, muchas gracias.
— ¡Magnífica!
Se quitó la toga en la habitación contigua y bebió un vaso de agua, sintiendo ganas de reír y de llorar. Era aquél su primer pleito. Su primer caso importante. Había tenido una suerte loca, que de seguro envidiarían todos sus compañeros. ¡Haberle venido a las manos un asunto tan bonito, tan nuevo y que originaba tanta expectación...! No había en Madrid quien no conociera a Fernando Carvajal, empresario de cinco o seis cines y de otros tantos teatros, ni a Flora Mayo, primera figura de una compañía de operetas. ¡Y pensar que estuvo a punto de renunciar, en atención a que Fernando Carvajal era vecino suyo...! Vivía en el piso de al lado, pared por medio, lo cual temió creara una situación violenta si alguna vez se encontraba al entrar o salir en el ascensor. Sin embargo, como no podía permitirse el lujo de rechazar pleitos, decidió aceptar, entregándose con ferviente entusiasmo al estudio del caso. Por suerte, hasta aquel entonces no había coincidido con su vecino ni una sola vez durante el mes y medio que ella y su madre llevaban viviendo en el elegante piso de la calle de Ayala. Sin embargo, escuchó toda clase de comentarios acerca del turbulento inquilino del principal derecha, e incluso más de una noche vio interrumpido su sueño por el rumor de voces y de músicas que salían del piso del alegre soltero.
Salomé entregó al ujier su toga y su birrete, se encasquetó un sencillo fieltro negro y se abotonó la chaqueta sastre. El blanco cuello de la blusa ponía una nota clara en el severo conjunto. De refilón se miró en el cristal de una puerta, decidiendo que su aspecto era exactamente el que debía ser. A una muchacha abogado no le cuadraban los perifollos. Evocó el atrevido sombrero de Flora Mayo, sus visones y todo el conglomerado de pequeños detalles exquisitos: los guantes, los clips del escote, el bolso de cocodrilo.
«Precioso..., pero no para mí», pensó subconscientemente, al tiempo que retrocedía alarmada ante el magnesio de otro fotógrafo.
A duras penas se abrió paso hasta la calle lateral donde había dejado su cochecito. Aún no estaba acostumbrada a la idea de tener coche, y al sentarse ante el volante sintió, como siempre, un escalofrío de placer. Era un regalo con el que su madre la obsequió al doctorarse, meses antes.
Consultó el reloj de pulsera y oprimió el acelerador, recordando de golpe la ineludible obligación de llegar a tiempo a otro sitio. ¿Cómo pudo haberlo olvidado? Durante el largo rato que duró su discurso estuvo ausente del mundo, embriagada por el éxito. Después de aquello le lloverían los clientes. Con el pleito Mayo-Carvajal, abríase ante sus ojos un porvenir de ilimitados triunfos... Tantos años de quemarse las pestañas sobre los libros, conduciríanla al fin a un resultado positivo...
Las notas del claxon servían de acompañamiento a la marcha triunfal que entonaba su corazón. Sonreían sus claros ojos, bajo el ala del sombrero, y las calles y paseos parecíanle distintos, sintiéndose indulgente y maternal con los peatones torpes e incluso con los guardias de tráfico.
— Concluyeron tus luchas, Salomé Atienza — murmuró dirigiéndose a sí misma, reflejada en el pequeño espejo retrovisor. Aquella manía de hablarse ante el espejo era una costumbre de su vida de muchacha solitaria —. Esto servirá de lección a mis compañeros. .. Habrán creído soñar al ver a la tristona, a la aburrida, a la neurasténica Salomé Atienza convertida en una oradora de verbo apasionado, capaz de vibrar de justa indignación, de sentirse humorística a ratos y de mantener en suspenso al auditorio.
Evocó los asombrados rostros de algunos de estos jóvenes abogados que acudieron a oírla e incluso el de dos de sus antiguos profesores.
Todos la felicitaron llamándola «magnífica» y expresando en sus ojos la inusitada sorpresa que tal revelación les había producido. Y no es que la tuvieran por una chica torpe, al contrario. Sabía que siempre fue considerada como una «empollona» a la que sin temor a errores podía consultarse sobre cualquier materia profesional. Pero sabía también que su catedrático preferido hizo en cierta ocasión un comentario que la amargó durante muchos meses:
— Atienza es una chica inteligente, pero no «lista». Nunca podrá ocupar un primer plano.
Es decir, que la consideraban con la suficiente masa gris para salir adelante, pero no para destacar en la lucha por la vida. Y a todos ellos habíales contestado aquella mañana. Porque indudablemente hablaríase de Salomé Atienza durante mucho tiempo.
— ¡Ah! Es aquí...
Frenó bruscamente ante la puerta de una iglesia, bajando con ligereza y diciéndose que sería lamentable llegar retrasada.
En la semipenumbra brillaban como luciérnagas las velas del altar. Apenas había nadie. Sólo un grupo de diez o doce personas junto al sacerdote, que en aquel instante pronunciaba las palabras de ritual.
— Yo consagro este matrimonio en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Se arrodilló allí mismo, junto a la puerta, prefiriendo permanecer aislada sintiendo disminuir el alocado ritmo de su corazón. La euforia momentánea que la invadiera desde la Audiencia disminuyó gradualmente y el frío del templo la hizo estremecerse. Ocultó el rostro entre las manos, tratando de rezar, pero no encontró las palabras precisas.
«Es una tontería que me ponga ahora nerviosa — se repitió a sí misma —. No debo hacer escenas, puesto que ya venía preparándome para esto. Siempre me han parecido ridículas las personas que lloran en las bodas... No. No lloraré. — Se mordió los labios y trató de autosugestionarse —. Estoy contenta. Esta boda me alegra mucho. No debo llorar. Todos me lo notarían... Quizás ella no lo observara, pero Dimas no dejaría de hacerme alguna de sus preguntas indiscretas... Odio el que me compadezcan...»
Hizo una pausa y alzó la cabeza para mirar hacia el altar, en el que continuaba la ceremonia. Pero en seguida volvió a hundir el rostro entre las manos.
«No lloraré. Es lamentable el papel de hija llorona en la boda de la madre. Soy una mujer moderna y sé hacerme cargo de todas las cosas... Creerán que lloro porque mamá se casa por dos veces y yo ninguna. — Sonrió, pero sus labios temblaron de pena —. Tampoco puedo decir que lloro porque me acuerdo de papá. Murió un mes antes de que yo naciera. ¿Será porque presiento que la pierdo...? No. Lo cierto es que nunca ha sido mía. Nunca fui su compensación. Mi carácter es áspero..., y somos tan distintas...»
Se sintió repentinamente débil. Parecíanle irreales las dos personas arrodilladas ante el altar; la esbelta figura de su madre, con un elegante vestido color corinto y un sombrerito ultramoderno, y la de Dimas, un poco rechoncha, cubierta con americana negra y pantalón rayado.
«Tampoco será suya nunca — pensó suspirando —. Se basta a sí misma para ser feliz. Quisiera poseer su imaginación y su inconsciencia. Vive en un mundo aparte creado por su fantasía. Pero quizá Dimas haya conseguido introducirse también en ese campo cercado. Tienen la mentalidad de dos recién nacidos.»
La ceremonia concluyó. Los novios pasaron a firmar en la sacristía, recibiendo las felicitaciones del pequeño grupo de amigos.
— ¡Mamá!
Volvióse la novia y dio un grito de sorpresa.
— ¡Nena! Por fin viniste a tiempo... — Pronunció a continuación las palabras que su hija menos esperaba. Era habitual en ella echar inconscientemente un jarro de agua fría sobre todas las emociones —. Habrás visto que no he podido ponerme el vestido gris. Esa idiota de modista no me lo ha tenido a tiempo. Cuando lo envíe, no se lo admitiré.
— Pero, mamá... Si lo envió ayer... — Salomé sorbió sus lágrimas.
— ¿Ayer? ¿Lo envió ayer?
— Claro. Te lo probaste y todo.
— ¡Pues es verdad! ¿En qué estaba yo pensando? ¿Oyes esto, Dimas...? ¡Dimas! ¿Qué estás haciendo?
El aludido, con la pluma en la mano, alzó la cabeza, inclinada sobre el libro del registro. Su rubicunda cara, orlada de cabellos rubios, casi grises, a juego con el bigote, se distendió en alegres sonrisas:
— Estoy firmando el acta matrimonial, chiquilla.
— Nena, cuéntale lo del vestido gris. ¡Pero no! Ya se lo contarás. Ahora no hay tiempo. ¿Hemos concluido? ¿Podemos marcharnos? ¡Dimas, no te entretengas! — Cogióse del brazo de su hija y salió sin ceremonia alguna hacia la calle —. ¿Has traído tu coche? No sé si Dimas ha traído el suyo o si hemos venido en el «metro»... ¡Adiós, adiós, querida María! Mil gracias... Adiós, Pepita... — Estrechó las manos de sus amigas —. ¡Dimas! ¿Es éste tu coche?
— Sí, chiquita.
— Pues ¿no era negro? ¡Dimas! Me has estado engañando. Me aseguraste que tu coche era negro.
— ¡Pero Emi, vida mía! ¿No recuerdas que me hiciste pintarlo de gris para que entonara con tu vestido de ceremonia?
— ¡De gris! Cuéntale lo del vestido, Salomé... ¡Oh! Adiós, adiós, prima Lola... Sí... Mil gracias... Esta misma tarde nos iremos de viaje. Un viaje precioso. — Rió muy contenta —. Es un proyecto especial de Dimas. Hemos estado planeándolo durante mucho tiempo. Hasta que no nos entregaron el remolque no quisimos casarnos. Adiós... ¡Adiós...! — Volvióse hacia su marido —. ¡Dimas! Iremos los tres juntos en el cochecito de Salomé. Que el chófer se encargue del tuyo.
Durante el trayecto, los nuevos esposos entablaron un animado diálogo mientras la muchacha callaba, atenta al volante.
— ¡Bueno! Ya eres la señora de Soriano, Emi.
La interpelada hizo un gesto de sorpresa.
— ¡Señora de Soriano! No es posible, Dimas. No me acostumbraré nunca.
— Tendrás que acostumbrarte.
— Durante algún tiempo podría seguir llamándome viuda de Atienza. Es muy molesto variar de apellido.
— Tendrás que someterte, Emi. Lo contrario sería violento para mí.
— Soriano... Soriano... ¡Bien! Me sacrificaré. ¡Las mujeres siempre sacrificándonos! ¿Te gustaría que por haberte casado tuvieras que cambiar de nombre? Llamarte Roberto en lugar de Dimas, por ejemplo.
— Roberto es un nombre que me encanta. Siempre deseé llamarme Roberto, pero nunca lo he conseguido.
— ¡Pobrecito mío! No me lo habías dicho. Yo te llamaré Roberto siempre... siempre, querido Dimas. ¿Por qué vas tan silenciosa, Salomé? Supongo que no estarás triste.
— No, mamá... Todo lo contrario. Creo que he ganado mi pleito, ¿sabes?
— ¿Qué pleito, nena?
— ¡Pero mamá...! ¿Ya no recuerdas que llegué tarde a la iglesia porque coincidió con...?
— ¡Ah, sí...! Tu pleito. No me acostumbro a tener una hija abogado. Es tan absurdo como tener un hijo modista. Tú debiste haber nacido chico, Salomé. Siempre lo dije... Pero ¿adónde nos llevas por estas calles?
La muchacha suspiró, armándose de paciencia.
— A casa.
— ¿A casa? Pues ¿no vivimos en Argüelles?
— ¡Mamita, hoy estás fatal! Hace dos meses que nos mudamos a...
— ¡Sí, sí, sí...! Ahora recuerdo. Perdonadme. Son los nervios. Todos tenemos derecho a no dar pie con bola el día de nuestra boda. ¡Dimas! ¿Qué llevas en ese ojo?
— ¿Yo...? El monóculo.
— ¿Ahora usas monóculo? No lo sabía.
— Lo uso desde hace diez años. Por cierto, Emi querida, estoy algo preocupado. Durante toda la ceremonia no he dejado de pensar en el saco de harina.
— ¿Qué harina?
— La de las tortas. ¿Crees que será lo suficientemente fina y blanca para que la pasta resulte esponjosa?
— Querido Dimas, es decir, querido Roberto, sólo piensas en la tortas. ¿Hay algo en el mundo que te guste más que hacer tortas?
— No. ¡Nada! — respondió, completamente convencido tras de pesar el pro y el contra.
Salomé suspiró otra vez, mientras dejaba atrás la plaza de Colón y subía por la Castellana para entrar en Ayala. Sospechaba que no encontraría momento propicio para contarle a su madre el triunfo obtenido. A ella no le interesaban las cosas que no le atañeran directamente. Siempre ocurría igual, y ello fue causa de que Salomé se volviera reconcentrada y taciturna.
— Ya estamos.
Frenó rápidamente, evitando con destreza el chocar con otro coche que a la vez deteníase ante el mismo portal. La imprevista maniobra estuvo a punto de causar un accidente. Emi dio un gritito y el monóculo resbaló del ojo de Dimas.
— ¡Caramba!
— No ha sido nada.
Descendieron todos. Salomé enrojeció al reconocer al ocupante del otro auto. Era la primera vez que lo veía de cerca, ya que en la Audiencia apenas habíale mirado de refilón. Observó que iba impecablemente vestido y que su cabello relucía bajo el sol al quitarse el sombrero para saludar.
Sorprendida, vio que su madre le devolvía el saludo con toda cordialidad.
— ¡Si es el señor Carvajal! ¡Nos ha dado usted un susto, amigo mío!
— No sabe cuánto lo lamento, señora de Atienza...
— ¡Bah! No ha ocurrido nada, pero no hubiera sido agradable estrellarse cuando uno se acaba de casar...
El correcto semblante de Fernando Carvajal se inmutó ligeramente. Enarcó las cejas y dirigió una mirada de incrédula sorpresa hacia la figurita vestida con un traje sastre negro, a la que hasta el momento simulara ignorar.
— ¡Cómo...! ¿Acaso la señorita...?
Emi se echó a reír.
— No, no. Nada de eso. Salomé es una solterona impenitente. O mejor dicho, una solterita. Somos nosotros. Éste es mi marido, el señor Atienza. ¡Es decir, el señor Soriano! ¡Nos hemos casado hace veinte minutos! ¿Le sorprende la noticia?
Fernando Carvajal tenía demasiado hábito de mundo para que nada le sorprendiera. Pero sus ojos brillaron divertidos y su sonrisa se acentuó.
— Permítame que les felicite. Con permiso del señor Soriano..., éste es un rudo golpe para mí.
— ¡Bah! ¡Calle, picarón! ¿Va a fingir que lo ignoraba...? Si yo misma se lo había contado todo. ¡Todo!
Salomé, boquiabierta, no podía dar crédito a sus oídos. ¿Desde cuándo eran amigos su madre y Fernando Carvajal?
— ¿No recuerda que le referí que Dimas y yo nos conocimos en «Las Nubes»...?
— ¿En las nubes...?
— Sí... Vamos, no ponga esa cara de sorpresa. Estoy cierta de habérselo contado..., aunque quizás haya sido a otra persona. «Las Nubes» es un sanatorio para personas delicadas de los nervios.
— Para neurasténicos — terció Dumas calándose el monóculo —. Allí nos conocimos. Los dos estábamos haciendo una cura de reposo.
— Sólo hace tres semanas de esto. En seguida comprendimos que ya no podíamos vivir el uno sin el otro.
— No nos hemos casado antes porque no teníamos el remolque.
— ¿El... remolque...?
— Sí, vamos a hacer nuestro viaje de novios en uno de esos coches-caravanas.
— Sí, vamos a hacer nuestro viaje de novios en uno de esos coches-caravana.
— Vendiendo tortas — apuntó Dimas acariciándose el bigote —. Todo ello por prescripción facultativa.
Fernando Carvajal se sintió atacado de una molesta tosecilla.
— ¡Ah! Comprendo... Debe de ser muy agradable...
— El doctor Besga tiene su sistema. Ya le conoce usted. Nuestro famoso vecino del segundo. Un psiquíatra extraordinario. A todos los que padecen de hastío (que es una faceta de la neurastenia) les receta lo mismo: «renovarse». «Si no podéis cambiar totalmente de vida, cambiad los pequeños detalles. Por ejemplo, cambiad de domicilio. O variad los muebles de las habitaciones. Poned el comedor donde estaba el dormitorio, el dormitorio en la salita, etcétera... ¿Acostumbráis acostaros temprano? Acostaos tarde. ¿Coméis guisantes? Tomad sardinas. ¿Os peináis con raya al lado? Peinaos con raya en medio.» Un cambio total. Dimas y yo hemos seguido sus consejos y estamos mejoradísimos.
— Por eso nos hemos casado. Por variar — indicó el caballero ingenuamente.
— ¡Y porque nos queremos, se entiende! — le increpó Emi.
Carvajal volvió a toser.
— El cambio de vida será absoluto. Yo le dije a Emi: «¡Emi! Confíame tu secreto. Todos ocultamos un anhelo en el fondo de nuestro corazón. Algo fantástico que quisiéramos conseguir y que por absurdos prejuicios sociales ocultamos.» — Dimas calló, satisfecho de la brillantez del párrafo.
— Yo en seguida me hice cargo de la situación — continuó la dama —. Y le dije: «Tengo un deseo absurdo..., ridículo; jamás me atreveré a confesártelo.»
— Pero yo insistí.
— Total, que se lo dije. Desde niña había lamentado desesperadamente no haber nacido en una tribu de gitanos para vagabundear en un carromato. Dimas no se sorprendió. Eso es lo que me gusta de él. Su comprensión.
— ¿Por qué iba a sorprenderme...? El deseo de Emi no era nada humillante si se comparaba con el mío. Yo le dije: «¿Sabes cuál es mi pasión frenética? Hacer tortas.»
— ¡Hacer tortas! — A pesar de todo su aplomo, Carvajal acusó el impacto.
Dimas bajó los ojos modestamente.
— Sí, señor Carvajal. Cuando somos niños se fijan en nuestro cerebro algunas escenas que persisten indeleblemente. Yo siempre recuerdo a un cocinero que tuvimos en casa. Hacía unas tortas exquisitas. Amasaba la pasta con un arte que jamás he podido olvidar. Tengo aún ante mi vista el espectáculo de aquellos gordos y morenos dedos hundiéndose en la blanca masa con verdadera furia. Desde entonces deseé subconscientemente fabricar tortas. El doctor Besga me sometió a un psicoanálisis y concluyó por revelarme mi propio morbo. En vista de lo cual, combinando el anhelo vagabundo de Emi con mi anhelo reposteril, decidimos viajar en el remolque vendiendo tortas.
Hubo una ligera pausa; al fin Carvajal pareció hacerse cargo de la situación, regresando a un mundo normal.
— Magnífico. Vuelvo a felicitarles... Ejem... ¿La... la señorita también los acompañará? — Indicó con un gesto a Salomé, pero sin mirarla.
Emi se echó a reír.
— ¡Oh, no! ¡Qué idea! Mi hija se horroriza de estas cosas, que califica de extravagancias. Considera que su pobre mamá es una locuela. — Poniéndose confidencial, agregó —: ¿Sabe usted? Salomé es magnífica, pero ¡tan horriblemente sensata...! Dimas. No entretengamos más al señor Carvajal. Adiós, amigo mío.
— Creo que... tenemos que subir juntos en el ascensor.
— ¡Ah! Es cierto...
En el rellano volvieron a despedirse.
— Adiós, caballero. Le enviaré algunas tortas — prometió Dimas.
— Agradecido. ¡Buen viaje!
Salomé hizo una fría inclinación de cabeza, a la que él correspondió del mismo modo. Y cada uno entró en su piso.
— Mamá. ¿De qué conoces a ese hombre? — preguntó apenas cerraron la puerta.
Tenía la irritante convicción de que aquella breve entrevista había echado por tierra todo su prestigio tan brillantemente adquirido. Llena de amargura, procuró dulcificar el tono de la voz, como hacía siempre al hablar a su madre.
— ¿A Carvajal? Si es nuestro vecino, hijita...
— Ya lo sé. Pero ignoraba que fueseis amigos. ¿No sabes que he actuado en el pleito como defensora de la parte contraria y que...?
— Intimamos la semana pasada — explicó Emi sin prestar atención a nada que se refiriese a litigios —. Cuando se nos estropeó el teléfono. Pasé varias veces a telefonear. Es sencillamente encantador y prepara unos cócteles deliciosos. Supongo que esto no te dará celos, Roberto.
El interpelado salió de su abstracción.
— No, claro que no. Estoy pensando en dónde vamos a colocar el saco de harina, Emi querida. Temo que vayamos un poco apretados en el remolque.
Emi abrió el gran armario empotrado en la pared y ojeó, vacilante, la hilera de vestidos y abrigos, de distintos colores y formas. Luego se volvió hacia su hija, que, hundida en un sillón, contemplaba en silencio los preparativos de viaje.
— No me llevaré nada de esto, ¿sabes...? Un par de faldas y dos jerseys serán suficientes para una vendedora de tortas.
Con un gesto peculiar, Salomé echó hacia atrás un largo mechón de pelo que le caía sobre la frente.
— Mamá... ¿Estás decidida a hacer esa locura?
Emi hizo una pausa en su incansable ir y venir.
— Que si estoy decidida... Hijita, no seas aguafiestas. Claro que estoy decidida. Y Dimas también. ¿Crees que no vamos a ser felices en nuestro hogar-remolque?
Salomé se miró las uñas, libres de esmalte, con gesto de infinito cansancio.
— No dudo de que seáis felices..., pero me alarma el pensar lo poco que os conocéis... Hasta hace un mes no tenías noticias de la existencia del señor Soriano, y convendrás conmigo en que un sanatorio de... de neuróticos no es el sitio apropiado para conocer a un esposo.
Emi se cruzó de brazos, indignada.
— Estás calificando a un sanatorio tan moderno y divertido como «Las Nubes» exactamente igual que si se tratara de una casa de locos... Sabes que eso me molesta..., que eso me duele — se llevó un pañuelito a los ojos, pero en vista de que las lágrimas no acudían lo dejó caer sobre la mesa —. Mi cabeza rige normalmente, nena. Una cosa es que posea un temperamento excesivamente nervioso y otra que me consideres demente...
Salomé hizo un gesto de protesta.
— ¿Quién dice eso, mamaíta...? Me quedaría tranquila si tuviéramos más datos sobre la vida pasada de tu..., de Dimas.
— ¿Más datos...? ¿No te bastan las referencias del doctor Besga...? Creí que apreciabas al doctor.
Salomé se sonrojó perceptiblemente.
— Le aprecio y le admiro. Pero respecto a Soriano, sólo ha podido decirnos que...
— Que es un caballero intachable, de gran posición y cuyas pequeñas lagunas carecen de importancia.
— ¿Lagunas?
— Sí... Olvidos pasajeros. Sufrió un accidente en Suiza y perdió la memoria, pero la ha recobrado totalmente. Casi totalmente... Sólo persisten esas lagunas.
— Con tal de que no surja de ellas un pez espada...
— Hijita, no hay peces espada en los lagos. Además, te estás poniendo muy pesada. Es tu defecto primordial, y todo el mundo lo dice: «Salomé es muy pesada.»
— ¿Quién lo ha dicho?
— Bueno..., decirlo no lo ha dicho nadie; al contrario, todos sabemos que eres magnífica. Sin embargo, me gustaría que fueses más animada. Deberías ser abogado de una Compañía Funeraria; exactamente igual que tu pobre padre.
— Papá nunca fue abogado de la Funeraria. Tengo entendido que era ingeniero de caminos.
— Bien, sí. ¿Crees que no recuerdo que era ingeniero de caminos...? Te has empeñado en considerarme loca... Y si he de serte franca, es de muy mal gusto el que me hables de tu padre cuando acabo de sustituirle. — Atajó las protestas de la muchacha, que, resignada, volvió a hundirse en el sillón —. Por otra parte, tres semanas son más que suficientes para conocer a un hombre. Los hombres son como libros abiertos, libros bastante simples, en cuyos capítulos no encontrarás grandes sorpresas. Debieras procurar tener amigos. Eres poco popular entre el elemento masculino, y te aseguro que es doloroso para una madre tener una hija soltera a los veinticuatro años.
— Pero, mamá...
— Sí, nena; no protestes. A tu edad ya estaba yo casada con tu buen padre, que en paz descanse. Las chicas de ahora presumís de listas y de independientes, pero os falta gancho. ¿Has tenido novio alguna vez? ¡No...! Y, sin embargo, tienes buen tipo y no serías fea si te arreglases.
— Mamita, estás mortificándome. Hazme el obsequio de creer que si no he tenido novio no ha sido por falta de ocasiones.
— ¡Bah! Ésa es la frase típica de las solteronas.
— ¡Mamá!
— Hubiera preferido que estudiaras menos y te casaras. Aquel bailarín de San Juan de Luz te miraba con muy buenos ojos.
— Un bailarín profesional...
— ¿Quieres algo más divertido...? Pasarte la vida bailando... ¡Ojalá Dimas lo fuera! Yo sería su partennaire.
— Precioso.
— Si te pones irónica, no añadiré una palabra más. Y a propósito, ¿dónde está Dimas?
— En la sala, preparándose una bebida y cambiando de ropa.
— Confío en que no le tendrás ojeriza. Hoy día, las relaciones entre padrastros e hijastras se han simplificado mucho. Estoy segura de que será tu mejor amigo.
— ¿Por qué no? Te aseguro que me es simpático..., a pesar de que me ha quitado lo único que quiero. — Tembló su voz lamentablemente y se esforzó en asegurarla —. Ya sabes que yo te quiero mucho, ¿verdad?
— Claro que lo sé, tontina. — Se cambió la bata por una falda y un jersey.
— ¿Volveréis pronto del viaje...?
— Eso no lo sé, nena. Adoro la vida nómada. Por eso te puse de nombre Salomé, porque me hacía pensar en los gitanos trashumantes.
— Un nombre absolutamente ridículo — se lamentó la joven.
— ¿Ridículo?... En lugar de criticar mis gustos, deberías ser comprensiva y venirte con nosotros.
Sonrió su hija.
— ¿En el remolque...? Estaríamos estrechos.
— Podríamos añadirle otro remolque más.
— Igual que en los circos, ¿no?... Lo siento, mamita, pero viviré aquí sola, ejerciendo mi carrera. Ése es mi gusto y, como tú misma has insinuado, soy lo suficientemente mayorcita y seria para poder vivir como una solterona. Y ahora dejemos de discutir y dame un beso.
Se besaron y Emi siguió luchando luego con la cremallera de su falda.
— Estos cierres de cremallera no son apropiados para mis nervios. Se enganchan siempre.
— ¿Quieres que te ayude?
— Gracias, hija. Pero ¿por qué tienes que molestarte tú...? ¿Dónde está esa boba de Antonia? ¿Para qué se tienen los sirvientes sino para que sirvan?
— Antonia se fue ayer...
Emi puso cara consternada.
— ¿Que se fue ayer? ¡Lástima! Una chica tan simpática y espabilada... ¡Qué desconsideración, irse la víspera de mi boda...! ¿Por qué se marchó...?
— Tú la echaste.
— ¿Yo...?
— La llamaste zafia, estúpida, salvaje y analfabeta, y le tiraste la maleta al pasillo.
— Sería una broma. Esas mujeres no tienen sentido del humor.
— Quizá.
— ¿Y... tampoco tenemos cocinera? — hizo la pregunta con el temor del niño que teme le recuerden una travesura olvidada.
— Tuviste unas palabras con la cocinera anteayer. Por eso comimos y cenamos en el restaurante.
— El servicio está echado a perder. ¿Cuántas veces hemos cambiado de cocinera y de doncella este invierno...?
— Menos que el pasado, teniendo en cuenta que estuviste en el sanatorio.
— ¿Sugieres que soy la culpable de que las criadas se marchen?
— No sugiero nada, mamita. No discutamos los últimos momentos en que estamos solas. Perdóname si estoy algo nerviosa.
— Lo comprendo, nena. No todos los días casa una a su madre.
La abrazó, esta vez con verdadero sentimiento. Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas.
— ¡Cómo! ¿Estás llorando...? No te había visto llorar desde hace... desde hace..., ¡bueno!, no sé cuántos años.
— Si no... lloro.
— Lo celebro. No quisiera entristecerme en un día como el de hoy... Siento que te quedes sin sirvientes y con el piso en desorden...
— No te preocupes; ya lo organizaré todo. ¿Te acordaste de aquello de... — sintió inexplicable timidez —, de los documentos del Banco?
Emi frunció el ceño, porque los asuntos de dinero siempre le fastidiaban.
— Creo que está todo en el secreter. Puedes fisgonear libremente, si eso te gusta.
— No me gusta, pero necesito saber a qué atenerme respecto a mi situación económica.
— Me alegraré de que consigas enterarte. Yo nunca lo he logrado. De todos modos, no te preocupes. Dimas es rico.
— Prefiero no hacer cálculos con el dinero ajeno. Adoro mi independencia, y por eso luché para conseguir mi título. — El recuerdo de su reciente éxito fue un rayito de luz que la animó algo —. Deja esa maleta, mamá. Yo la cerraré. ¿Por qué llevas la bata azul? Es demasiado aparatosa, con tantos volantes de gasa y tanto marabú.
— La copié de una película de Marlene.
— No resulta muy apropiada para tu carromato.
— Es una lástima que no sepas apreciar los matices psicológicos de ciertas cosas... En el contraste está el encanto... Eres una especie de diamante en bruto, Salomé querida. ¿Dónde está mi bolso de serpiente?
— ¿Cuándo te has comprado un bolso de serpiente?
— ¿No lo compré al fin...? Pues pensé hacerlo. Bueno, dame entonces el bolso que sea.
— Lo tienes en la mano...
— Es verdad. ¡Dimas...! ¿Dónde estás? Llama a las maletas para que bajen al portero... Digo, llama al portero para que baje las maletas.
Hallaron a Dimas en el saloncito, haciendo solitarios con un montón de barajas halladas en el cajón de la mesita de juego. Habíalas extendido sobre la alfombra, cubriendo casi la mitad de la habitación. Indicó con un gesto que no le interrumpieran y siguió en cuclillas, colocando nuevas cartas en simétrico orden.
— ¡Dimas! ¿Sabes la hora que es...? ¿No quedamos en que comeríamos en el campo?
— Lo siento, nena. No me distraigas. Estoy en la fase más interesante del «Trucus».
— ¿El «Trucus»...? ¿Qué es eso?
Dimas respondió siguiendo el hilo de sus pensamientos:
— En el sanatorio nunca hacía solitarios porque el doctor Besga me los tenía prohibidos. Bueno, no los hacía delante de él. A veces me reunía con un amigo y... Pero el «Trucus» sólo puede hacerse cuando los nervios están firmes. ¡Resulta tan excitante! Y complicado... Figúrate que hay que utilizar ocho barajas.
— ¡Ocho barajas! ¡Qué lío tan horrible!
— Como nunca encuentro una mesa lo suficientemente amplia, debo extenderlas en el suelo. Hay que tener grandes energías para permanecer días y días en cuclillas.
— ¿Días y días?
— Eso es lo malo del «Trucus». Parece que no va a concluir nunca. La última vez duró semana y media, pero triunfé en la empresa...
— ¿Quieres decir que un mismo solitario te ocupó todo ese tiempo? — preguntó Emi, horrorizada.
— Sí, nena. Ya te digo que es muy complicado. El amigo que me lo enseñó batió el récord de velocidad sacando un «Trucus» en cinco días, tres horas y dos minutos. Pero él es un genio.
Emi, en un arranque de desesperación, le tiró del cuello de la americana, obligándole a levantarse.
— ¡Roberto! Supongo que no pretendes suspender nuestro viaje de novios por culpa del «Trucus». Yo no puedo estar semana y media con las maletas cerradas y el sombrero puesto en espera de que saques el último as.
Dimas puso cara consternada.
— Quizá lo consiga en ocho o nueve días... Nunca puede saberse... — aventuró.
Emi se cruzó de brazos fieramente.
— ¡Roberto Soriano...! No me pongas en la disyuntiva de darte a elegir entre el «Trucus» y yo... Recuerda que las tortas esperan.
El recién casado se animó algo.
— ¡Ah! Las tortas...
— Podría estropearse la levadura. Y además ardo en deseos de deambular por las carreteras. Tienes que suspender el solitario.
— ¡Jamás en toda mi vida dejé un «Trucus» a medio hacer! — se defendió débilmente.
— Ahora tienes que atender a tus obligaciones de hombre casado.
— Cierto... Soy un hombre casado —. Meditó un instante, adoptando una resolución —. ¡Emi...! Accederé a acompañarte en tu viaje de novios a condición de que tu hija deje las cartas como están hasta nuestro regreso.
Salomé intervino, completamente desquiciada por el absurdo diálogo conyugal.
— ¡Cómo! ¿Dejar las cartas en el suelo?
— Sin variarlas lo más mínimo.
— Pero... ¿y si tardáis un mes en regresar...? No se podrá barrer... No podré utilizar esta sala...
— No la utilices. Es el primer favor que te pide tu padrastro, hija mía.
— Sí... Es lo primero que te pide — imploró Emi también.
Los nervios de Salomé adquirieron una tirantez de cuerdas de violín.
— Pero... ¡por Dios...! ¿Estáis locos?
Dimas se puso el monóculo.
— Emi, tu hija no es correcta. Está insinuando que nuestras cabezas no rigen, y jamás nadie me lo había dicho tan claramente.
— Salomé, hijita... No me hagas sufrir el día de mi boda.
— Perdonadme..., no fue mi intención molestar, pero la petición de Dimas es tan absurda que...
— ¿Absurda...? El «Trucus» estaba en la fase A, quizá la más apasionante de las doce fases de que consta. Pretender que lo desbarate es como pedirle a un escritor que rompa los primeros capítulos de su mejor obra. ¡Bastante sacrificio hago con dejarlo así...!
— Es verdad, hijita. Bastante sacrificio hace — corroboró su esposa —. Ten compasión de él. Puedes prescindir perfectamente de esta sala hasta nuestro regreso. Hazlo por mí, nenita.
Salomé apretó los puños y suspiró, con infinitas ganas de llorar. Pero consiguió echarse a reír.
— Está bien. Dimas tendrá su «Trucus», si le hace feliz.
— Gracias, Salomé. Aprecio tu delicadeza — se regocijó el padrastro, de buena fe, dedicándole su mejor sonrisa —. Tu madre me había dicho siempre que eras magnífica. Veo que no hubo engaño. Por lo tanto, ya no es justo hacerla esperar. Vamos, Margarita.
— ¡No me llamo Margarita...! Me llamo Emilia.
— Yo tampoco me llamo Roberto, sino Dimas.
— Pero dijiste que te gustaba...
— También me agrada llamarte Margarita.
Salieron a la escalera, tras nuevas despedidas.
— Te mandaremos tortas también a ti — prometió Dimas, condescendiente, pero se interrumpió en el mismo instante, advirtiendo la corpulenta figura que bajaba del piso superior. Emi dio muestras de inusitado regocijo, con el alegre gorjeo del canario que de pronto se encontrara ante un montoncito de alpiste.
— Si es el querido doctor Besga... ¡Ah, pícaro...! No estuvo usted en la iglesia.
El recién llegado se detuvo, quitándose el sombrero, que cubría su cabello claro, no muy abundante y ligeramente ondulado. Una oleada de agua de colonia refrescante se extendió por el rellano.
Salomé aspiró inconscientemente aquel aroma, pensando que todo lo que provenía del doctor Besga era así: agradable y estimulante. Le extendió la mano, que él estrechó con uno de aquellos apretones enérgicos, peculiares en él.
— ¡Cuántos días sin verla, señorita Atienza! — comentó cordialmente, y Salomé se alegró de que un hombre tan ocupado se hubiera dado cuenta de que, en efecto, no habían vuelto a encontrarse desde la semana anterior —. ¿Trabajando siempre, supongo?
— Siempre.
Todo el aplomo y la desenvoltura de que alardeaba desaparecían ante el doctor, que la hacía sentirse aniñada y tímida. Y, sin embargo, él la consideraba importante e incluso habíala llamado a veces «doctora Atienza», según rezaba la placa que Salomé había clavado personalmente en la puerta, al inaugurar el bufete.
El doctor se volvió hacia la feliz pareja.
— No saben cuánto lamento no haber podido asistir... Estuve ocupado en el sanatorio hasta hace media hora. Ni siquiera pude dormir en casa esta noche. He venido a dar una vuelta y me marcho de nuevo. Felizmente, tengo a mi hermana que me ayuda a despachar los asuntos urgentes.
Las tres voces corearon al unísono:
— Sí, su hermana es una mujer maravillosa, doctor Besga.
Y el aludido asintió, brillando de satisfacción sus claros ojos azules, a través del fino cristal de las gafas.
— Sí, realmente, es maravillosa. No sé qué sería de mí sin ella. Arriba se ha quedado Copiando en limpio mis apuntes sobre «Fenomenología psíquica subconsciente». — Echó una ojeada a las maletas —. ¡Ah, ah! Veo que se marchan de viaje.
— Nuestro viaje, doctor — subrayó Emi, tratando inútilmente de parecer una novia ruborizada —. No olvide que prometió visitar la casita-remolque. Es un amor de casita, con cortinillas en las ventanas, cocinita de petróleo con su horno para las tortas, literas aisladas, depósito de agua y hasta tienda de campaña por si se desea pernoctar fuera. ¿Vendrá algún día a tomar el té...? Al fin y al cabo, usted fue quien aconsejó que...
— Evidentemente, evidentemente. Desde luego, iré a visitarles. O, mejor aún, ¿por qué no nos visitan ustedes en «Las Nubes»? Encontrarán allí algunos conocidos que se alegrarán de verlos. ¡Ah! Y no olviden que deberán reposar de nuevo en el sanatorio antes del invierno. Por lo menos durante tres semanas.
— No lo olvidaremos — corroboró Dimas metiendo las maletas en el ascensor, ayudado por el portero.
— Y ya saben mi recomendación esencial: ¡novedad, novedad y novedad! Esto les proporcionará la sensación de estrenar la vida a cada momento.
— Pueden bajar en el ascensor si lo desean — ofreció el portero.
Emi abrazó a su hija, sintiéndose conmovida ante el espectáculo de su esbelta figurita apoyada en la pared.
— Adiós, hija mía...
— Adiós, mamá. Escríbeme. Y vuelve pronto.
Emi se volvió hacia Besga.
— Doctor, si algún día tiene cinco minutos libres, acuérdese de mi pequeña.
Los azules ojos del doctor miraron a la muchacha con nuevo interés.
— ¿Acaso está enferma?
— No; pero es tan melancólica y se queda tan sola...
— No haga caso, doctor. No quisiera aumentar sus preocupaciones con un nuevo cuidado. Mi madre me trata como a una chiquilla a la que fuese necesario recomendar a los vecinos.
— Sin embargo, será muy agradable tener en cuenta esa sugerencia — concluyó el médico tendiéndole la mano —. Adiós, doctora Atienza. Hasta siempre.
Dimas se creyó en la obligación de abrazar a su nueva hija.
— Adiós, hija; he tenido mucho gusto en conocerte.
Su mujer le reconvino.
— ¡Pero Dimas! Si la conociste hace un mes, cuando fue a verme al sanatorio.
— ¿Y eso qué importa? Sigo teniendo gusto en conocerla — objetó muy digno.
Salomé le devolvió su abrazo.
— ¡Cuídemela! — suplicó señalando a su madre.
Con el mismo tono dramático, Dimas suplicó también:
— Y tú, ¡cuídamelo...!
— ¿Eh...?
— ¡El «Trucus»! — puntualizó metiéndose en el ascensor y oprimiendo el botón de descenso —. Mi pobre «Trucus» abandonado...
