Copos de espuma - José María Vargas Vilas - E-Book

Copos de espuma E-Book

José María Vargas Vilas

0,0
5,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

«Copos de espuma» (1923) es una recopilación de cuentos que José María Vargas Vila publicó en la revista «Hispanoamérica». Los relatos reunidos son: «¡Tarde!», «¡En el mar!», «¡Bajo los árboles!», «Vengado», «Emboscada», «¡Inolvidable!», «Superstición», «Pasionales», «Claudio», «Libertino», «Invernal», «¡Soñador!» y «Rosa mística».-

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2021

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



José María Vargas Vilas

Copos de espuma

 

Saga

Copos de espuma

 

Copyright © 1923, 2021 SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726680836

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

Nueva York, 1894.

 

Amiga mia:

He aqui el libro.

Tal como lo has querido asi está hecho.

El rumor del torrente alborotado, cuyo ruido te asombraba, se ha calmado para llegar hasta ti El arroyo rumoroso con que soñabas está á tus pies. En las frondas de sus riberas y en las ondas azulosas vaga tu recuerdo.

Deseabas que apartándome un momento de la cucha constante en que me agito hiciera un libro asi. Ahi lo tienes.

Lo que de poeta hay en el alma de todo hombre, del fondo de la mia lo evoqué para escribirlo.

Serenas son estas páginas, como escritas muchas de ellas á la luz sideral de tus pupilas, envuelto en los perfumes de tu aliento.

El amor, acariciando la cabeza indómita, decia: ¡canta...! y el himno ya olvidado brotaba en los labios; y recostándola sobre un seno querido, decia: ¡sueña!.... y soñaba. ¡Que bien se sueña sobre el seno de la mujer amada!

¡Páginas tristes! Como aguas de ocultos manantiales brotaron de mi corazón y mi cerebro y van á murmurar en torno tuyo....

Álzate sobre tu pedestal, y permite que se refleje en ellas el sereno resplandor de tu belleza de diosa.

J. M. Vargas Vila.

Este libro ha sido soñado y vivido.

Tiene del esplendor de muchas lejanias....

En los países del globo y en los de la fantasía tuvo su origen.

Páginas de subjetivismo doloroso forman su esencia. Como sierpe entre cármenes floridos vese el dolor por entre estos sueños míos.

COPOS DE ESPUMA son ligeros y frágiles; véseles sobre la onda azul y al ponerles la mano se deshacen....

Melancólicos y solos hanse ido mis pensamientos y mis recuerdos por estas páginas como buscando abrigo en los lugares desiertos de pasada historia.

Ni un eco de mis luchas hay aquí.

Mis quejas indignadas; mis anatemas, hijos de generosas cóleras; mis frases soberbias de amor desbordante á la libertad; el verbo vengador, hierro candente que marca y resplandece; el apóstrofe que vibra y aletea, duermen hoscos en el fondo de otros libros míos. ¡Hasta los gemidos de mis tristezas indómitas y de mis nostalgias sombrías callan aquí!

¿Por qué mutilo así este libro mio?

¿Por qué lo hago soñador y ligero, copo de espuma, ramo de anémonas pálidas, y no como mis otros libros, indignado y vibrante, desenfadado y luchador?

Este libro es hecho así porque es un homenaje.

Incienso y mirra y flores recién abiertas es la ofrenda que se lleva ante los altares de los dioses adorados.

No se busque, pues, en este libro la huella de mis luchas, porque se tropezará con la blanca estela de mis sueños....

¡TARDE!

Cuando se la veía acompañando á sus ancianas tías al templo, se admiraban aún los restos de su belleza enferma, que tenía la atracción melancólica de una tarde de invierno.

Su palidez doliente hacía pensar en los mármoles antiguos y envuelta en sus tocas negras semejaba una flor de cera sobre las hojas del monte, sus grandes ojos negros tenían una mirada oscura como esos estanques profundos rodeados de grandes árboles. Viéndola pensaba uno en las vírgenes enclaustradas de los tiempos medioevales, en las trágicas leyendas de la santidad; en las maceraciones, en las castidades, en ese mundo de sueños y quimeras, en ese doloroso estado que la ciencia ha condensado en una palabra: histerismo.

Había nacido bella y lozana, como nacen las flores en el monte y los niños en el campo.

El soplo de la muerte que le arrebató á su madre cambió por completo su destino.

A los cinco años fué llevada á la capital á casa de unas tías de su finado padre y que por ende lo eran suyas; ancianas solteronas y piadosas, rígidas y aisladas, que llevaban una vida conventual en su antigua y fría casa de familia.

Desde que la pobre niña pasó bajo el ancho portal de piedra que parecía lamentar su perdido escudo y entró á aquella casa llena de inscripciones y de imágenes piadosas, en la cual se respiraba un aire de soledad y de claustro, donde el silencio era profundo, la paz siniestra, puede decirse que el mundo real acabó para ella, y solo vivió en el mundo de los milagros, de la fantasía y de la fábula.

Su franca risa campesina fué reprendida, su charla infantil, gorjeo de pájaro en aquel desierto, fué severamente limitado, y desde aquel entonces sólo para la oración tuvo labios.

Bien pronto un nuevo mundo surgió de sus ensueños: no conocía más que el país ilimitado de la fábula.

Todas sus excursiones campestres fueron por las páginas de la Biblia, en los arenales de Palestina, allá á las orillas del Mar Asfaltites, en pos de las hordas vagabundas de los judíos. Inocentemente acompañó á estas tribus bárbaras en su camino de depredaciones, de incendios, de saqueos, de adulterios y de vicios. Creía á Salomón sabio, á David santo, y ella incapaz de matar una mosca, adoró en la perversión de su criterio infantil el asesinato de Holofernes.

Sus sueños terroríficos fueron con los condenados escapándose de los fondos de pez hirviente, los muertos que salían de sus sepulcros escupiendo la hostia que habían recibido en pecado mortal, las metamorfosis del diablo para tentarla, en fin, todas las espantosas narraciones con que asombraban su conciencia niña las Pláticas del Padre Parra, del Padre Mazo ó de cualquier otro narrador piadoso que le leían antes de dormirse.

El AñoCristiano completó su educación. Desde entonces todos sus héroes y heroínas pertenecieron á la leyenda mística. Vivió en pleno sueño.

Pero su inocente admiración se concentraba especialmente en esos héroes hoscos y selváticos que huían del mundo y se refugiaban en la soledad, en esas vírgenes á quienes San Cipriano llamaba « las flores de la semilla eclesiástica, » que huían con ellos del contacto del mundo.

San Antonio y sus tentaciones; San Pacomio, sus reglas y sus cilicios; San Macario, que estuvo sin comer siete años; San Eusebio, que se enterró en un lodazal con ochenta y seis libras de hierro en la cabeza; San Bezarión, que estuvo cuarenta años sin acostarse; San Dídimo, que estuvo noventa años sin hablar á nadie, y San Simón estilita que estuvo cuarenta años parado sobre una columna y renunció á ver á su madre moribunda por temor de caer en tentación; esos eran sus héroes predilectos.

Santa Paula, abandonando á sus hijos para seguir á Jerónimo al desierto; Santa Melania, llorando de contento porque la muerte de su marido y de sus dos hijos la dejan en un solo día libre para servir al Señor; Santa Margarita de Cortona, arrancándose el cuero de la cara para hacerse fea; Santa Gudula, viviendo con los leones; Santa Lucía, sacándose los ojos, eran las heroínas de su piedad exaltada. Así vivía en plena leyenda.

Sus sueños eran sueños de cenobita, aspiraciones al desierto. Su pobre pensamiento tendía las alas buscando el cielo. Á fuerza de ignorar los hombres, soñaba con los ángeles.

Pero la Naturaleza que se desarrolla no tiene cuenta con el místico arrebato y espolea y clava su aguijón.

Y así, cuando en noches ardientes la pobre joven sentía estremecimientos extraños, deseos inmotivados de llorar, anhelos de extender sus brazos para abrazar á alguien, y veía pasar ante ella como desprendidas y mirándola, la cara del último predicador que había oído, la adolescente faz de un monaguillo, el rostro de San Luis Gonzaga, de la iglesia vecina, la joven se defendía de las visiones, cerraba los ojos y cruzaba un brazo sobre la boca como para defenderse de besos invisibles y quería gritar como sintiendo que algunos brazos la tomaban; entonces apelaba á la vigilia, álamaceración, al rezo, y la luz del alba la hallaba con las pupilas abiertas, las huellas de la fiebre en la faz y la inmensa tristeza de algo desvanecido sobre la frente. Y, vencedora, macerada penitente se alzaba la pobre joven sobre las ruinas de sus sueños que eran las ruinas de su propia vida.

* * *

De su casa á la iglesia y de la iglesia á su casa, pasó los años de su vida.

El baile, la diversión, el amor, no se nombraban ante ella sino con tremendos anatemas. San Bernardo había dicho que el baile era la escuela del diablo. Sus heroínas no habían tenido más amor que el amor de Dios. Locas de su cuerpo, llamaba otro santo á las mujeres que amaban.

Así había pasado su vida sin oir murmurar de amor.

Había llegado á los treinta años y se había replegado al seno de sus visiones. Ya no las rechazaba. Eran los ángeles que venían á verla en premio á su castidad. Su amor era ardiente como el de Santa Teresa de Jesús á su esposo, sólo que su erotismo no rebosaba en versos. Pero desde entonces sus pasados sueños la consolaban. Amaba y era amada ¿de quién? de celestes visiones, acaso de algún ángel.

Ya sus sueños eran tranquilos, se dormía sonriendo, envuelta en voluptuosos efluvios, acariciada por besos invisibles, y despertaba, macilenta, cansada, enferma. ¡Tristes amores con una sombra!

* * *

Cuando años después, habiendo enterrado á la última de sus tias; sintiéndose sola en aquella casa desierta; temerosa por su reputación de vieja virgen, se retiró á su pueblo natal, á casa de unas primas suyas; el mundo era enteramente nuevo para ella.

No encontró el camino lleno de penitentes sino de honrados comerciantes que reían, bromeaban y decían palabras que no eran de escuela mística, en las rocas no halló solitario alguno, ni anacoreta con báculo para mostrarle el camino, los pastores mofletudos y alegres, la miraban atrevidos, y no se les veía comer pasto con sus rebaños como aquellos que ella había visto citados en sus libros de santos, y en el pueblo las muchachas no hacían votos de castidad y antes bien, sus primas estaban locas por salir de tan enfadoso estado é importunaban á los santos con velas y novenas en solicitud de un novio casadero.

La vista de aquel pequeño mundo fué para ella como una revelación.

Comprendió que había placeres distintos del placer de la oración; que lo que se llamaba virtud podía ejercerse fuera del misticismo; que amar á los hombres no era un crimen. La conversación de sus primas la asombraba primero y la deleitaba después. Sus pasiones petrificadas se derretían con aquel nuevo sol. En el fondo de la momia anticipada volvía á levantarse la mujer.

Cuando iba al baile con sus primas, sentada en un rincón, envuelta en su negro traje, aquella mujer sacrificada mirando la juventud desde la altura de sus treinta y cinco años, sentía la nostalgia del placer y de la vida.

Y era bella todavía, con la belleza soberbia y provocativa de ese último esplendor de la juventud y la belleza. De ello se apercibió un día en que su primo Luis, después de mirarla tiernamente, se lo dijo sin rodeos.

Y se aseguró de ello cuando pocos días después se vió al espejo vestida de un traje vaporoso y moderno, que la fuerza del clima le hacía llevar. La morbidez de sus contornos, la frescura de su cutis, la lozanía de su belleza conservada por los climas fríos, la hacían aun capaz de luchar con las jóvenes y languidecentes bellezas de ese clima ardoroso.

Desde entonces limitó la rigidez de sus vestidos, y solía hurtar una que otra flor de las que llevaba al templo, para colocarla sobre su seno, ó en las ondas de sus cabellos negros y lustrosos como el ala de un paujil.

No faltaron adoradores á su belleza moribunda, especialmente entre los muy jóvenes, que no sé por qué extraño fenómeno de voluptuosidad se sient en atraídos por estas frutas maduras prontas á caer del árbol.

Su primo Luis era de este número. Estudiante èn vacaciones, atrevido, ardiente, voluntarioso, habituado á tronchar en el amor, en el pueblo aquel, las espigas del campo y las flores del poblado, se sintió atraído hacia aquella virginidad conservada, aquella hermosura voluptuosa, aquella rosa que exhalaba su último perfume. Y puso sitio á la plaza.

Inocente como si tuviese diez años, aquella extraña criatura se sintió sorprendida.

Sus libros de leyendas no hablaban de santos que miraran así ni dijeran cosas tan dulces. ¡Además, era tan semejante al San Luis aquél de la iglesia cercana que había hecho el encanto de su niñez y los éxtasis de su juventud! El mismo rostro fresco y juvenil, los mismos ojos tristes, la misma sombra de la barba naciente, los mismos cabellos cayéndole en bucles sobre la frente.

No se defendía siquiera. Se dejaba adormecer por aquel himno que no había oído nunca y marchaba al abismo en brazos de la inocencia. De sus sueños se apartaron los ángeles sonrosados, las visiones queridas; no hubo más que él, con su rostro de San Luis, dominando sus ensueños.

* * *