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El amor más verdadero se esconde detrás de la mentira más grande Silvia Garcés ha vivido quince años fingiendo ser su hermano gemelo fallecido, convertido en un famoso bailarín, todo para cumplir los deseos de su madre. Ocultando su verdadera identidad, ha renunciado a su libertad, a su feminidad y a sus propios sueños. Pero cuando Silvia conoce a Guillermo, un compositor y aviador que la confunde con "Juan-Luis", todo cambia. Lo que comienza como una farsa obligada se transforma en un conflicto emocional profundo: Silvia empieza a enamorarse por primera vez, pero bajo una identidad que no le pertenece. Con una trama original, llena de tensión emocional, romance y dilemas morales, Solo volaré contigo es una poderosa historia sobre lo que estamos dispuestos a sacrificar por amor y por ser quienes realmente somos.
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Seitenzahl: 234
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Luisa María Linares
Saga
Solo volaré contigo
Cover image: Midjourney, Shutterstock
Cover design: Rebecka Porse Schalin
Cover image: Midjourney & Shutterstock
Cover design: Rebecka Porse Schalin
Copyright ©1979, 2025 and Saga Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788727241746
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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La cuadra es el lugar donde crecemos compartiendo entre vecinos discos, libros y a veces besos…
La Cuadra Éditions nace de este espíritu, del deseo de reeditar los libros de la novelista española Luisa María Linares (1915-1986) para hacerlos redescubrir o descubrir al público contemporáneo.
Reina de las comedias románticas sofisticadas, Luisa María Linares escribió más de treinta bestsellers entre 1939 y 1983. Traducida a varios idiomas, su obra fue objeto de numerosas adaptaciones al cine y al teatro.
Luisa María Linares nos toca el corazón con historias llenas de ternura y espontaneidad, donde la fuerza del amor viene a trastornarlo todo. Bajo su pluma brillante, la imaginación, el encanto y el humor están siempre presentes, y el ritmo de la trama nunca para.
La Cuadra Éditions publica, para comenzar, cinco de sus libros más vendidos, con ediciones en español y en francés. Placeres de lectura imperdibles para quienes aman las historias de amor divertidas y entrañables, dinámicas y apasionadas.
Lacuadraeditions.com
—Juan-Luis, hijo mío… Pienso volver a casarme…
Durante unos segundos, Juan-Luis Garcés suspendió la ejecución del lazo de la corbata, que se ponía ante el espejo y miró a su madre, hundida en un sillón a poca distancia. La luna del cristal reflejó el rostro del muchacho, repentinamente pálido. Un rostro de facciones correctas, al que prestaba gran encanto cierta expresión melancólica. Sin querer dar crédito a sus oídos, repitió la asombrosa frase:
—¿Volver a casarte…?
Magda se revolvió incómoda en el asiento. Abrió estudiadamente la pitillera y extrajo un egipcio tratando de quitar solemnidad a 1a escena.
—Pones una cara de asombro divertidísima. —Se echó a reír y encendió el cigarrillo—. Me caso, sí. No he querido hablarte del asunto hasta que estuviera completamente decidido.
Decidido. Estaba ya decidido… El juvenil corazón que latía bajo la planchada camisa del frac se estremeció dolorosamente. Trató de decir algo, pero las palabras no acudieron a sus labios. Magda volvió a reír, lanzando al aire una bocanada de humo.
—Siempre has estado repitiendo que era peligroso el tener una mamá joven y guapa, que cualquier día alguien trataría de robártela. ¿Por qué te sorprendes de que tu profecía se cumpla?
Consiguió él que su garganta emitiera algún sonido.
—Lo decía bromeando…
—Pues tu broma se ha convertido en una estupenda realidad. No me hagas una ridícula escena de celos. Compórtate como la modernísima persona que eres. Mi boda nos beneficiará a los dos. Es fastidioso tener siempre un montón de facturas sin pagar.
Juan-Luis tragó saliva y se volvió otra vez hacia el espejo. Dominando el temblor de sus manos, siguió haciendo el lazo de la corbata. Obstinábase en guardar silencio, para no descubrir el tumulto de emociones dolorosas que le agitaban.
—Tengo que pagar la cuenta que el peletero me envió ayer —prosiguió Magda—. Y no sé cómo arreglármelas.
—Creo recordar que pagué noventa mil pesetas a ese hombre hace seis meses —protestó él.
—En seis meses la moda cambia, hijito. He tenido que comprar pieles nuevas, vestido, sombreros…
—joyas…
—Solo el brazalete de esmeraldas. Deliraba por él. —Se levantó, y se apoyó mimosamente en sus hombros—. ¿Verdad que no estás enfadado por mi proyecto matrimonial? No pongas esa cara de funeral. ¿Acaso no quieres que tu madre sea feliz…?
—Claro que sí, mamá. ¿Por qué habría de enfadarme? Únicamente, la noticia me ha impresionado un poco y… —su voz se debilitó. Para disimular cepilló furiosamente su castaño cabello hasta dejarlo planchado y reluciente—. En fin. Ya va pasando… —Trató de sonreír—. Ahora dime quién es el afortunado mortal.
Magda, halagada, sonrió a su propia imagen reflejada en el espejo. Era la imagen de una mujer rubia, esbelta y bella, a la que nadie hubiera echado más de treinta años. Su traje de noche habíaselo enviado aquella misma tarde el mejor modisto madrileño, lo mismo que el trois quarts de visón, una maravilla de suavidad, flexible y deslumbrador. Y, por supuesto, también era maravilloso el brazalete de esmeraldas, que combinaba exquisitamente con el tono verde del vestido. Se acarició el brazo por encima de la pulsera. Tenía pasión por las joyas, por las pieles y por todo lo bello y agradable que Dios pusiera en el mundo.
—Creo que mi elección será de tu agrado. Me ha parecido siempre que simpatizabas con Fernando Aliaga.
—Fernando Aliaga… —Juan-Luis se encogió de hombros. ¿Qué más daba que fuese él u otro? Lo horrible era que alguien se la llevara. A su madre. A su adorada madre, a la que consintiera despilfarros y caprichos con tal de conservarla a su lado… Todo el dinero ganado durante años de triunfos artísticos, derrocháralo ella a manos llenas, siéndole imposible ahorrar un solo céntimo que le permitiera descansar. Y ahora… iba a abandonarle—. No me disgusta Fernando Aliaga —concedió, con honrada sinceridad—. Parece un buen hombre. Y creo que está en buena posición.
La madre dejó oír otra suave risa. —¿Buena posición? Es millonario. Vive en un hotel de su propiedad. Un verdadero palacio. Nos instalaremos a la vuelta de nuestro largo viaje de novios. Pensamos recorrer medio mundo. Tiene tres automóviles…
—¡Qué abuso…! —comentó él con amarga ironía.
—… una finca en San Sebastián, un cortijo en Córdoba y una preciosísima villa en Sitges—. Los ojos le brillaban al enumerar sus futuras riquezas—. ¿No crees que he tenido una suerte loca?
Trató de bromear:
—Más suerte ha tenido él…
Por toda respuesta, Magda le besó en la mejilla. Era sorprendente que lo tomara con tanta tranquilidad. Había esperado una violenta escena, y sin embargo… Menudo peso se quitaba de encima… Volvió a besarle y luego se puso repentinamente seria.
—Ahora es preciso que hablemos de ti. Me preocupa mucho tu situación. He pensado que…
Pero él no se sentía con fuerzas para seguir hablando de aquello. Con un gesto, la detuvo.
—Perdona, mamá. Debo salir a escena dentro de un minuto. Dejaremos esta conversación para más tarde. ¿Quieres ser buena y poner un poco en orden el camerino? Ya te quedan contadas ocasiones para hacerlo… Y por cierto…, ¿qué ha sido de Cascarrabias? No le he visto en todo el día.
Magda expresó su ignorancia.
—No sé. Hace una temporada que se porta de un modo raro. ¿Cuándo dejarás de llamar Cascarrabias al pobre Santos?
—Le he llamado así toda mi vida, y a él le gusta. Si le ves, dile que pase por nuestro hotel esta noche. Tengo que hablarle.
Deseaba charlar con el viejo Cascarrabias, su mejor amigo, su acompañante y agente de publicidad. Desde que Juan-Luis debutara no se había separado de su lado. Nadie como él sabía comprenderle, y en aquel momento necesitaba desahogar su pena junto a un corazón comprensivo.
Sonaron tres timbrazos, y casi al mismo tiempo el avisador golpeó la puerta con los nudillos.
—¡Señor Garcés, a escena!
—Ya estoy listo —Cogió la chistera y un fino bastoncillo—. ¿Quién ha enviado esa canastilla de flores? —preguntó descubriéndola en un rincón del cuarto.
—Son para ti, de dos admiradoras anónimas.
—Ordena que la retiren. No puedo soportar las extravagancias de unas cuantas histéricas—. Desahogó su furia propinando un puntapié al cesto. El perfumado contenido se desparramó por la alfombra—. La humanidad está loca —concluyó saliendo en dirección al escenario.
—Un momento. Olvidaba lo principal. Te necesito esta noche. Están entre el público Fernando y su hija. Ella quiere conocerte. Procura estar amable.
—¿Él también tiene una hija? Perfectamente. Hasta ahora, mamá.
El ruido de sus pasos se apagó al alejarse. Magda dio un suspiro y empezó a recoger los objetos desperdigados por el camerino. Aquella había sido su tarea habitual durante mucho tiempo. Su única tarea, aparte de la de alentar al artista y dar el visto bueno a sus contratos. Pronto acabaría todo. No más viajes. No más vida trashumante sin poder disfrutar de un verdadero hogar. Cierto que fueron muy felices juntos… El triunfo fue tan rápido, que su vida era una sucesión de agradables estancias en los mejores hoteles del mundo. Los mejores teatros, los mejores contratos…
Se empolvó la nariz ante el espejo y frunció el ceño, recordando las últimas palabras de Juan-Luis acerca de la hija de Fernando Aliaga. Era aquel el único punto negro en la felicidad de Magda. Temía a aquella hija única, caprichosa e insoportable, que ejercía un terrible dominio sobre su padre. Al serle presentada, pocos días antes, pudo notar la hostilidad con que la acogía. Se hacía imprescindible tener diplomacia, mucha diplomacia, hasta llegar al anhelado matrimonio. Una vez que tuviese todos los triunfos en la mano, podría enfrentarse con la estúpida chiquilla que se proponía estorbarla.
Se arregló el cabello, perfumándoselo con la discreta loción de Juan-Luis. Todo se arreglaría. Confiaba en el mágico poder que su belleza ejercía sobre Fernando. Cogió una camelia de la despreciada canastilla y la prendió sobre sus pieles. Luego salió hacia su palco de platea, desde donde presenciaba siempre la brillante actuación del artista.
La luz de las candilejas iluminó una vez más, al alzarse el telón, el rostro juvenil y sonriente inclinado para saludar al público.
Como venía sucediendo diariamente, los espectadores aplaudían con entusiasmo, puestos en pie, sin querer marcharse todavía, Juan-Luis tuvo que hacer un gesto con la mano, implorando silencio. Seguidamente indicó al director de orquesta que repitiera la última pieza, y, tras nueva sonrisa al auditorio, inició los primeros pasos del baile que le hiciera famoso años atrás en el mundo entero.
La multitud guardó silencio, acomodada de nuevo en sus asientos. Una de las numerosas muchachas que invadían el patio de butacas susurró al oído de su acompañante:
—Es una crueldad hacerle repetir. Debe de estar cansadísimo. Pero baila tan maravillosamente… No me movería de la butaca en una semana.
Juan-Luis, ajeno a los comentarios, seguía bailando acompasadamente. Los cambiantes colores del foco luminoso reflejaban sobre los cortinones de tisú de oro la esbelta figura, quizá demasiado delgada, que recorría la escena con un pitillo entre los labios, la chistera en una mano y el bastoncillo en la otra, mientras sus prodigiosos pies golpeaban el suelo a una velocidad de vértigo. Cien, doscientos, trescientos golpes por minuto. El magnífico ritmo exaltaba a los espectadores, que se agitaban en sus asientos.
—¡Es único! —suspiró una lánguida jovencita. Desde que Juan-Luis debutara dos semanas antes como número bomba de la revista musical Baile de gala, no había perdido una sola representación. —Me enloquece ese hombre.
—No exageres —replicó su vecina de asiento con la boca llena de bombones.
—A ti no te gusta?
—Es un gran artista. Pero no es mi tipo. Resulta demasiado guapo. ¿Lograste su autógrafo?
—Sí. Pero no conseguí verle. Me lo envió por correo su agente de publicidad. Es una lástima que sea tan arisco con sus admiradores. Ni siquiera se deja interviuvar.
—¿Será soltero?
—Claro. Es muy joven.
—Veintitrés años confiesa su agente. Pero casi no los representa. Para mi gusto es demasiado chiquillo. Dentro de diez estará en «su punto».
Callaron, prendidas en el encanto de la dinámica silueta de Juan-Luis. A intervalos solo podía verse la mancha blanca y negra del frac, girando al ritmo incansable de los ágiles pies.
Luchi Aliaga, desde su asiento de un palco de platea, enfocó a Juan-Luis con sus pequeños prismáticos. Graduó los cristales para verle con toda claridad, y por vez primera durante el curso de la noche pareció interesarse por la representación. Perdió el estudiado aire de aburrimiento y sus ojos brillaron de curiosidad. ¿Era aquel el famosísimo Juan-Luis, su futuro hermanito? Parecía un tipo interesante.
Los periodistas habían tejido fantasías y leyendas. Achacábanle un carácter huraño y retraído que le hacía huir de las gentes. Jamás acudía a fiestas ni recepciones, jamás recibía personalmente a los obstinados reporteros, sino que delegaba el encargo en su madre o en su representante. A fuerza de no tener noticias que comunicar a sus lectores sobre el ídolo del público, acabaron por inventarlas. Y de este modo, le atribuyeron aventuras románticas, rodeándole de una aureola de misterio y de romanticismo.
Escrutó detenidamente el rostro serio y enigmático del hijo de su odiada enemiga. Procuraba mirarlo con antipatía a pesar de que ya deseaba conocerle antes de que su padre se sintiera atacado por aquella estúpida manía de casarse. Naturalmente, al enterarse de tan inesperada noticia, hizo una terrible escena, que por vez primera no concluyó con su inevitable triunfo, tras de prometerle Fernando que haría lo que más le gustara. No. En esta ocasión se mantuvo inflexible y de nada sirvieron las lágrimas ni los ataques de nervios. ¿Habíase enamorado en serio de aquella estúpida mujer? Luchi la aborreció de antemano. Y la aborreció más después, al darse cuenta de que por su belleza y atractivo era una peligrosa rival, difícil de vencer.
Estudió la situación y formó un plan de ataque. Nada de violentas disputas que no conducían a ningún resultado práctico. Era mucho mejor adoptar un aire de negra desesperación, como si ya nada le importase en la vida. No probaba bocado delante de su padre, aunque a escondidas se hartase de golosinas, y no pronunciaba más palabras que las estrictamente necesarias. Estaba segura de que este plan de guerra era más inteligente. Y estaba poniéndolo en práctica.
Fernando Aliaga pensaba también en su hija mientras veía bailar a Juan-Luis. No quería ceder en su actitud ni dejarse llevar por enternecimientos que pudieran dar alas a la voluntariosa chiquilla. La culpa la tenía él, por haberla mimado escandalosamente. Su boda con Magda era cosa resuelta. Veinte años de viudez, dedicados a la niña, eran suficiente sacrificio. Nadie podría tacharle de egoísta. Amaba a Magda, tan femenina, tan alegre y tan bella, opuesta en todo a su propio carácter, que la soledad hiciera tristón. Magda sería la compañera ideal que alegraría su existencia.
Tenía que pensar en casar a Luchi. Acababa de cumplir veinte años. Esa sería la mejor solución. Repasó mentalmente los nombres de los muchachos solteros que conocía y que gozaban de buena posición… Luego sonrió de su ingenuidad. En los actuales tiempos no eran los padres quienes elegían la pareja de sus hijos. La elegían ellos mismos, sin consultar con nadie. Ojalá Luchi tuviera buen acierto, aunque lo dudaba.
¿Y Juan-Luis? ¿Le habría comunicado Magda la noticia? No quería pensar en lo que sucedería si adoptaba la misma actitud que Luchi. Un ligero ruido interrumpió el curso de sus pensamientos. Magda entraba en el palco. Como siempre, su presencia hízole olvidar todas las preocupaciones. Se inclinó hacia ella y su perfume se le subió a la cabeza.
—¿Hablaste con él…? —preguntó con inquietud.
Magda oprimió su mano tiernamente.
—Todo va bien —repuso tranquilizándole.
Se volvió para saludar a Luchi con su mejor sonrisa.
Pero ante la llegada de la «intrusa», Luchi simuló perder todo interés por el espectáculo. Para demostrar a su enemiga lo mucho que le aburría ver bailar a su hijito, apoyó el rostro entre las manos, fingiéndose adormilada. Mientras bailaba, pensaba Juan-Luis en su madre y en la sorprendente noticia que le trastornara. En aquel momento odiaba el baile, odiaba al público que le aplaudía y odiaba a la humanidad entera. Su único deseo era el de huir de todo aquello, para dejarse llevar por su pena. Pero tampoco podría hacerlo. Era necesario que saludase a Fernando Aliaga y a su hija; sonriéndoles como si fuera la persona más dichosa del mundo.
Concluyó la música. Agitando la chistera, saludó al entusiasmado público. Más aplausos… Más inclinaciones. ¿No iba a acabarse nunca aquel infierno? Al fin pudo abrirse paso, entre bastidores, y dirigirse a su cuarto. El empresario le dio unas palmaditas afectuosas en la espalda. Estaba satisfecho. Pensaba pedir a Juan-Luis que prorrogase su actuación en el Royal.
Dos muchachas le asaltaron en demanda de autógrafo. Habían conseguido burlar la vigilancia del conserje. Maquinalmente estampó su firma en los dos álbumes que le tendían. Después estrechó la mano de un conocido, y al fin pudo encerrarse en su camerino.
Las flores de la canastilla que antes volcara continuaban esparcidas sobre la alfombra. Observó con disgusto que a aquella cesta habíase añadido otra. A pesar de su contrariedad, no pudo dejar de admirar el bellísimo conglomerado de tulipanes rojos, ramas de japónicos también color coral y rosas bermejas… Se inclinó para aspirar el delicado perfume de las rosas y observó, sorprendido, que algo se agitaba en el interior de la cesta. Casi en el mismo instante asomó por entre las flores el negro hociquito de un diminuto irish terrier que le miraba asustado. Lo cogió con alegría. Encantábanle los perros, y aquel animalito blanco y canela era un encanto. Leyó la tarjeta que pendía del collar: «Le envío a Tabú, para que sea su mascota de la buena suerte. Una admiradora de su arte».
Lanzó una carcajada amarga. Mascota de la buena suerte. Falta le hacía… Era gracioso que se lo enviasen aquella noche… ¡Pobre Tabú! Llegaba en mal momento.
Lo puso sobre el tocador, mientras se quitaba el maquillaje de escena. Tabú guiñó un ojo e inclinó la cabeza, aturdido por la intensa luz de las bombillas. Luego echó una ojeada a los numerosos objetos esparcidos a su alrededor y consideró divertido meter una pata en la polvera.
—¿Podemos entrar?
Se estremeció al oír la voz de su madre. Concluyó rápidamente de arreglarse y abrió la puerta. Lo peor de la noche empezaba.
—Hola, Juan-Luis. —La voz de Aliaga le saludó amablemente. La blanca pechera de su almidonada camisa destacaba en el mal alumbrado pasillo. A pesar de todo, no le resultaba antipático aquel hombre alto, distinguido y serio que iba a robarle a su madre—. Has bailado mejor que nunca. Mi hija está entusiasmada. —Volviose hacia la muchacha, que permanecía apartada, tratando de desmentir con un exagerado aire de aburrimiento las palabras del padre—. Luchi, aquí tienes al famoso Juan-Luis.
Sin tenderle la mano, Luchi hizo una ligera inclinación de cabeza.
—Encantada —concedió, mirando hacia otro lado.
—Juan-Luis no pudo por menos de sonreír ante aquella evidente descortesía. Apreció de una ojeada el rostro perfecto, un poco duro, su magnífica figura de deportista y el elegante vestido que la cubría.
«¡Fascinadora! —se dijo interiormente—. Con seguridad ha pasado varias horas ante el espejo ensayando su actitud de reina ofendida».
Tabú rompió el pesado silencio lanzando un aflautado ladrido. Estaba incómodo entre tantos tarros de crema, cuyo perfume hacíale estornudar. Magda corrió a cogerlo, dando un gritito de sorpresa, y Juan-Luis tuvo que explicar su procedencia.
Por vez primera, Luchi se dignó reír, lanzando una leve carcajada impertinente.
—Tiene gracia…
—¿El perrito? Se llama Tabú.
—Tiene gracia el que las mujeres te envíen regalos. Estarás muy orgulloso de ser un «hombre fatal».
Juan-Luis la miró con fijeza. Se esforzaba en mostrarse insolente. ¿Por qué? ¿Acaso no simpatizaba con el proyecto matrimonial de su padre…? Luchi le devolvió la mirada, desafiándole. Por lo visto, le declaraba la guerra. Mejor. La Providencia la enviaba. Necesitaba pelearse con alguien aquella noche y le agradaba tener buen contrincante.
—Estoy de acuerdo contigo en que es grotesco enviar regalos a un hombre —respondió sonriendo—. Y opino que dice muy poco en favor del cerebro femenino, ¿verdad…?
Luchi se mordió los labios. Luego comentó, fijándose en las flores caídas en el suelo:
—Te han alfombrado el cuarto con camelias. ¿No te sientes un poco Margarita Gautier…?
—Eres muy ingeniosa… Preveo que seremos buenos amigos. Me entusiasman los rasgos de ironía…
Aliaga interrumpió el vivo diálogo.
—Me gustaría que nos acompañaseis a casa. He mandado preparar una cena fría para festejar… para festejar… —Se detuvo turbado y dejó la frase sin concluir—. ¿Te molestaría venir, Juan-Luis? Sentiría que estuvieses muy fatigado y…
Deseó rehusar, pero su madre insistió:
—Me gustaría tanto…
—Iré.
—Tengo el coche ahí fuera. ¿Estás ya listo?
Se puso un abrigo oscuro y los cuatro salieron del camerino. Fernando echó a andar delante, cogiendo del brazo a Magda. Aquel gesto de posesión le irritó. Luchi, que caminaba a su lado, se echó a reír.
—¿De qué te ríes?
Señaló ella la pareja que les precedía.
—De eso… —Sus ojos adquirieron inusitada dureza—. De ese ridículo noviazgo. Supongo que no lo consentirás.
Juan-Luis, estupefacto, abrió la boca para contestar, pero se lo impidió una salva de aplausos. El público estacionado en la calle aguardaba su salida, ovacionándole a su paso hacia el auto.
Aliaga tomó el volante, sentándose Magda junto a él. Los jóvenes se instalaron detrás.
—Me enorgullezco de ir a tu lado —declaró Luchi, burlona—. Debe de ser delicioso vivir entre aplausos y ovaciones. ¿No te sientes muy importante?
—Terriblemente importante cuando voy junto a una mujer bonita. Esta noche me creo un rey.
Frunció el ceño, sorprendida por su cortesía. Volvió la cabeza aparentando mirar la calle y vio centellear con letras enormes sobre la fachada del teatro el nombre famoso: «JUAN-LUIS». Suspiró. Era una lástima tener que odiarle por ser hijo de Magda. En verdad era muy guapo y no parecía nada presumido. Se encaró otra vez con él:
—Antes no contestaste a mi pregunta —dijo.
Pareció él volver desde muy lejos.
—¿Qué pregunta?
—No te hagas el tonto. Espero que serás de mi opinión respecto a ese absurdo matrimonio. —¿Tu opinión es…?
—Que no debemos consentirlo… ¿No ves cómo se ponen en evidencia…? El matrimonio es un atributo exclusivo de los jóvenes.
—Ellos no son viejos.
—Para mí todo el mundo es viejo, después de los treinta.
—Absurdo.
Deseando irritarla, fingió desinteresarse por la conversación. Encendió un cigarrillo tras ofrecerle la pitillera.
—¡Vamos, habla, di lo que piensas hacer! —insistió ella—. Yo contaba contigo para unirnos en un frente común.
Se aproximó a él, que pudo aspirar plenamente su delicioso perfume.
—¿No se te ha ocurrido pensar que todos tienen derecho a disponer de sus vidas? —dijo al fin Juan-Luis por llevarle la contraria y porque su natural honrado le hacía ver las cosas con claridad, a despecho de su propio sufrimiento.
—¿Quieres decir que estás contento de que se case tu mamá…?
—No. Pero ¿cómo voy a impedirlo?
—Haz lo que yo. Hace ocho días que no le dirijo la palabra a papá. Además, he declarado la huelga del hambre…
Rio Juan-Luis.
—¿Y consigues algo…?
Vaciló, ligeramente confusa.
—Hasta ahora no. Pero estoy segura de triunfar.
—En ese caso, lo dejo en tus manos —concluyó irónicamente, abstrayéndose en su cigarrillo.
Sentíase cansado. Tan cansado, que estaba convencido de que si cerraba los ojos no podría volver a abrirlos, vencido por el sueño.
—¡Ah! ¿Piensas dejarme a mí todo el trabajo?
—Me parece que sí. Y si no te molesta, preferiría hablar de otra cosa…
Luchi se retrepó en el asiento, mortificada. ¿Se atrevía aquel necio a darle lecciones?
—Estás resultándome antipático —dijo con furor.
—¿De veras…? ¡Resultarle antipático a una chica tan guapa!
—¿Me encuentras guapa?
—Lástima que tengas ese carácter…
—¡Ah! Al señor no le gusta mi carácter…
—No sé disimular. Además, entre futuros hermanos es natural la confianza.
—¡Nunca seré tu hermana!
—No me hagas sufrir… ¡Yo que pensaba quererte tanto!
Luchi ahogó una exclamación colérica y puso mayor distancia entre ellos. Permanecieron en la misma actitud mientras el coche atravesaba la iluminada calle de Alcalá, para salir a la Cibeles y continuar hacia la Castellana. Al fin se detuvo ante la verja de un magnífico edificio rodeado de jardín.
La cena fría que Aliaga mandara preparar aguardaba, lujosamente servida, en el suntuoso comedor de muebles severos y elegantes. Sobre la fina mantelería de encaje y dentro de un búcaro de plata destacaban unas hermosas orquídeas, la flor predilecta de Magda.
La intimidad del momento pareció pesar en el ánimo de los cuatro comensales, haciendo la situación tirante y violenta. Con su gran desenvoltura, Magda trató de prestar animación a la fiesta. Alabó las flores, la marca de los vinos, el bonito aspecto de los candelabros de plata maciza, cuyas velas color rosa se derretían sobre el mantel. Todo era perfecto…, ¡perfecto…! Pero la armonía seguía sin reinar.
Aliaga se acercó a Juan-Luis, que fumaba nerviosamente.
—Ya sé que tu madre te ha comunicado nuestros proyectos. Espero que en adelante me consideres tu mejor amigo.
Agradeció su tacto al no pronunciar la palabra «padre». Trató de sonreír con naturalidad.
—No puedo negar que la noticia me ha sorprendido dolorosamente. Los hijos somos egoístas. Pero estoy seguro de que la harás feliz… como ella se merece.
Sentía un horrible nudo en la garganta, y procuró no mirar hacia su madre. Tiró el cigarrillo y aceptó una copa de champaña. Incluso conservó el valor suficiente para brindar por la felicidad de la pareja. Al llevarse la copa a los labios, sus ojos se encontraron con los de Luchi. Ella no brindó. Se aproximó, murmurándole al oído:
—Te ha salido muy bien el discursito, pero olvidaste darles tu bendición. Aún estás a tiempo. Súbete a una silla y di solemnemente: «Hijos míos, yo os bendigo…».
Una oleada de ira comenzó a invadir a su interlocutor. Apretó las manos contra los brazos del sillón para no abofetear a la insoportable criatura. Con refrenada violencia repuso:
—¡Ah! ¿Eres tú, hermanita? ¿Ya no estás enfadada conmigo?
Relampaguearon los ojos de Luchi.
—¡Hermanita! ¡Naturalmente, a ti te gustaría mucho que Luchi Aliaga emparentase contigo!
—Tanto como gustarme mucho…
—Demasiado honor para un bailarín…, aunque tenga cierto renombre. Si quieres saber la verdad, para mí solo eres un payaso a quien se paga para que divierta.
Juan-Luis se levantó. La ola de cólera iba subiendo… subiendo…
—Eres un ejemplar extraordinario de muchacha mal educada. Te felicito —dijo secamente.
—¡Mequetrefe…! No creas que a mí me impresionan tus aires de hombre superior. Se te ha subido la gloria a la cabeza…
—Y quizás el champán también. Creo ser objeto de una pesadilla. ¿Eres realmente así de intratable, o sufro una alucinación?
Hablaban a media voz, en un rincón de la sala contigua al comedor. Magda y Fernando conversaban también animadamente al otro extremo de la estancia, ajenos a cuanto les rodeaba. Ninguno sospechaba la proximidad de la tormenta.
Luchi se mordió los labios, y buscó nuevas frases para anonadar a su adversario.
—¡Estúpido! ¡Arranca la careta de una vez! Confiesa que estás loco de júbilo porque tu mamá ha pescado al fin un millonario.
—¡Cállate!
Ella debió haberse alarmado por el tono de su voz, pero, ciega de rabia, siguió insultándole.
—No me callo. Creéis estar de enhorabuena, ¿verdad? Pues no cantéis victoria antes de tiempo. Papá no se casará…, ¡no se casará…! ¡Nunca aceptaré por madrastra a esa mujer, que seguramente habrá tenido montones de aventuras escandalosas! Una…
La gota de agua rebasó el vaso. Juan-Luis zarandeó a la imprudente, desahogando en ella toda su amarga desesperación. Oía como en sueños los gritos de horror de Luchi y los de Magda y Fernando, que corrían a separarlos.
Soltó a su víctima con tal brusquedad, que la hizo caer al suelo, sobre el florido tapiz, donde quedó chillando con un ataque de nervios. La miró un instante sin verla, y luego, saltando por encima de su cuerpo, atravesó la habitación, abrió la puerta y salió dando un formidable portazo. Cruzó el vasto hall y cogiendo, al pasar, su abrigo, salió a la calle, hundiéndose en la sombra protectora de la noche, caminando sin rumbo fijo.